• No se han encontrado resultados

EL TIEMPO LIBRE

In document Objetivo Felicidad Gretchen Rubin (página 127-157)

• Diviértete más

• Encuentra tiempo para hacer tonterías • Sé innovadora

• Empieza una colección

Mayo, el inicio de la primavera, era el momento idóneo para trabajar en la diversión, es decir, las actividades que hacía en mi tiempo libre por mero placer, por mis propias razones, y no por dinero o ambición. En una ironía del destino que no se me pasó por alto, me preparé para trabajar de lo lindo en la diversión y para tomarme en serio hacer tonterías.

La escritora Jean Stafford afirmó burlonamente: «Las personas felices no necesitan divertirse», pero los estudios demuestran que para ser felices no nos basta con no sentirnos mal, también necesitamos buscar cosas que nos hagan sentir bien. Una forma de hacerlo es encontrar tiempo para la diversión: los científicos la definen como una actividad muy satisfactoria, que carece de una gratificación económica, que no perjudica a la sociedad,

y que no conduce necesariamente a los elogios o el reconocimiento. Las investigaciones revelan que divertirnos con regularidad es fundamental para ser felices en la vida; las personas que se divierten tienen veinte veces más posibilidades de ser felices que las otras.

Me había fijado dos metas para el mes: divertirme más, y aprovechar el tiempo libre para cultivar mi creatividad. La diversión no consistía sólo en estar ociosa, sino que también era una oportunidad para experimentar con nuevos intereses y sentirme más cerca de los demás.

Tenía mucha suerte en que las actividades que conllevaba escribir eran en gran parte versiones de las actividades que más me gustaba hacer en los ratos de ocio. Había muchos argumentos persuasivos en contra de dedicarme en mi tiempo libre a actividades parecidas a las de mi trabajo, pero los fines de semana siempre he querido hacer lo mismo que los días de entre semana. Sabía exactamente a lo que se refería el fotógrafo Edward Weston cuando afirmó en su diario que se pasaba el día como si «estuviera de vacaciones, haciendo un trabajo que le encantaba».

En marzo ya había visto que la novedad era una fuente importante de felicidad y un elemento relevante en la creatividad. Como suelo hacer lo mismo de siempre, quería superarme a mí misma teniendo nuevas experiencias e ideas que me atrajeran.

Debía tomarme mi tiempo libre más en serio. Al haber siempre supuesto que me divertiría espontáneamente, nunca se me ocurrió planear el tiempo libre ni intentar aprovecharlo al máximo, pero aunque divertirse pareciera sencillo, no lo era. Cuando les pregunté a los lectores de mi blog sus ideas sobre la diversión, algunos me respondieron:

Crear cosas me encanta. Soy una fan de las actividades artesanales, pero me lo paso mucho mejor cuando hago un regalo para alguien. Para estas Navidades tengo en mente un ambicioso proyecto para mi novio; sé que le encantará, y me lo estoy pasando en grande con el desafío que implica y pensando en la ilusión que le hará. Esta clase de ideas son todo un reto intelectual para mí, y también un reto creativo en el sentido mecánico, y esta

combinación me parece muy gratificante y divertida.

Me divierto leyendo blogs del extranjero, incluyendo el tuyo, por supuesto. Los fines de semana los leo por la mañana mientras me tomo un café (como vivo en el Lejano Oriente, los actualizan mientras duermo). Huelga decir que me ayudan a aprender una lengua extranjera, en mi caso, el inglés. Pero lo más divertido de todo es encontrar personas con mis mismos gustos, modo de pensar, etcétera…, en una distinta cultura.

Los libros son mi mayor fuente de alegría y diversión: los colecciono, los leo, los consulto en internet. Me lo paso bomba abriendo un «nuevo» libro, tanto si es de segunda mano como si acaba de publicarse.

Para mí, lo mejor de todo son las clases de latín semanales. Ya llevo cuatro años estudiando con otro puñado de personas que quieren aprender a leer latín, repasar la gramática latina y charlar de cualquier tema que salga. Cuando iba al instituto me enamoré del latín, y hasta ahora no he tenido la oportunidad de estudiarlo más a fondo. Y esto me ha hecho feliz, muy feliz.

¿Con qué me lo paso mejor? ¡Con CUALQUIER cosa creativa… lo que sea! Con lo que más disfruto es con los cuadernos de colorear que tienen una imagen muy compleja a un lado de la página… y con una nueva caja de afilados lápices de colores. Pero también disfruto… bordando con una plantilla y con los hilos de colores que utilizo.

Aunque me duela reconocerlo, no me gusta demasiado jugar sentada en el suelo con mis hijos y sus juguetes. Lo que me encanta es cocinar con ellos, leerles cuentos, charlar, mirar películas juntos, salir a pasear y llevarlos a sitios adecuados para su edad. Me lo paso en grande cuando voy a buscar a mi hijo de cinco años al colegio y nos vamos a tomar un tentempié. Pero no me divierte jugar con las Polly Pocket (con la mayor) o con los Little People (con el pequeño). Y a veces me siento muy culpable por ello.

Lo que más me chifla es… darle vueltas a algo, hacer pequeños ajustes (por ej., meterme de lleno en el hardware o el sofware de un ordenador), aumentar (hardware/software), leer blogs (de toda índole), contarle a mis hijos historias de mi juventud.

He llegado a la conclusión de que ya no me lo paso bien con nada; hablo en serio. Es mejor que haga algo al respecto antes de que me convierta en una mujer apagada, aburrida y triste.

A mí me pasa lo mismo que a la persona que ha hecho el último comentario: quiero disfrutar más en la vida.

D

I V I É R T E T E M Á S

Cuando pensé en la diversión, descubrí para mi gran asombro que no sabía con claridad lo que me gustaba. No había captado del todo, hasta hacía poco, uno de mis Secretos de la Adultez más importante: lo que es divertido para los demás puede que no lo sea para ti, y viceversa. Muchas cosas con las que la gente disfruta a mí no me gustan.

Me encanta la idea de jugar al ajedrez, asistir a una conferencia sobre los mercados internacionales, rellenar crucigramas, que me hagan la pedicura, cenar en un restaurante que esté de moda o adquirir un abono para la ópera o para la temporada de los Knicks. Entiendo perfectamente por qué a la gente le gustan estas actividades. Pero a mí no me atraen. Ojalá me gustaran. Pero no es así. Algunos lectores de mi blog tienen el mismo problema que yo:

En los últimos años he descubierto lo que en realidad me gusta hacer. Vi que no disfrutaba con muchas de las diversiones y actividades a las que me dedicaba. A los demás les gustaban, pero a mí no. Al aceptar que no tenía por qué gustarme hacer lo mismo que los demás, sentí que había dado un gran paso adelante. Cuesta mucho saber lo que te gusta sin pensar en que te deberías divertir con lo que los demás se divierten. Por ejemplo, me gusta ir al cine, pero hay otras actividades con las que disfruto mucho más. Así que he ido dejando poco a poco de hacerlo. Ahora voy al cine con una amiga, pero con menos frecuencia, ya que antes solía ver dos películas a la semana.

Mi marido me hizo esta pregunta hará cosa de un año: «¿Con qué te lo pasas bien?», y tuve que pensar largo y tendido en ello. La mayoría de mis aficiones son silenciosas y solitarias. Me encanta estar absorta en un buen libro, me gusta tejer, disfruto haciendo joyas. Me he dado permiso para pensar que no hay nada malo en ello. Me encantan los juegos de mesa, sobre todo cuando juego con mis hijos.

Mi forma de divertirme es muy distinta de la de los demás. Me gustan las actividades solitarias y tranquilas. Hasta los deportes que practico son silenciosos. Me divierto leyendo libros y blogs. Me gusta la programación informática. Me encanta hacer submarinismo y alpinismo. Y también yoga. En cambio detesto ir de compras, aunque les gusta a las mujeres. Las fiestas tampoco me atraen demasiado.

Tendía a sobrevalorar las actividades divertidas que no hacía y a subestimar mis inclinaciones. Creía que las actividades con las que los demás se divertían eran más valiosas, más cultas… más legitimadas que las mías. Pero era hora de «ser Gretchen». Necesitaba saber qué era lo que me gustaba y no lo que deseaba que me gustara. Si una actividad me gustaba mucho significaba que la esperaba con ansias, me llenaba de energía, no me dejaba agotada y no me sentía culpable después de hacerla.

Le conté a una amiga mi búsqueda y ella me dijo:

—Caramba, si hubiera algo divertido que deseara hacer, me sentiría frustrada, porque no tengo tiempo. No quiero hacer más cosas de las que ya hago.

Esta actitud me pareció de lo más deprimente, pero en el pasado yo también podría haberla adoptado. Mi proyecto de felicidad me había mostrado que era mejor decirme: «Tengo un montón de tiempo para divertirme».

Pero ¿con qué exactamente me divertía? ¿Qué me gustaba hacer? No se me ocurrían demasiadas cosas. Bueno, había una que me encantaba: leer literatura infantil. Nunca acabé de descubrir qué me daba exactamente que no me dieran los libros para adultos, pero lo hacía. Las novelas infantiles no se diferencian de las de adultos sólo por la cubierta, por la sección de la librería en la que están, ni por la edad de los protagonistas, sino también por el ambiente especial que destilan.

La literatura infantil trata abiertamente los temas más trascendentales, como la lucha entre el bien y el mal, y el poder supremo del amor. Estos libros no ignoran el horror y la fascinación que nos infunde el mal, pero al

final hasta en las novelas infantiles más realistas triunfa siempre el bien. En cambio, los novelistas para adultos no suelen escribir de este modo; quizá les dé miedo que los tachen de sensibleros, mojigatos o simplistas. En su lugar se centran en la culpabilidad, la hipocresía, la tergiversación de las buenas intenciones, los crueles giros que da el destino, las críticas sociales, las astucias del lenguaje, la inevitabilidad de la muerte, la pasión sexual, las acusaciones injustas y otras cuestiones parecidas. Son los grandes temas literarios. Pero a mí me resulta sumamente agradable ver que el bien triunfa sobre el mal, que la virtud es premiada y las malas acciones castigadas. Me encantan las obras didácticas, tanto si son de Tolstoi como de Madeleine L’Engle.

Es más, al ser fiel a esta visión del mundo del bien frente al mal, la literatura infantil hace que el lector se sumerja en un mundo de arquetipos. Ciertas imágenes estimulan la imaginación de forma poderosísima, y la literatura infantil las usa produciendo unos efectos increíbles. Libros como Peter Pan, La brújula dorada y El pájaro azul actúan a nivel simbólico y están impregnados de significados que somos incapaces de captar del todo. Las novelas para adultos a veces tienen esta atmósfera, pero es mucho menos frecuente. Me encanta volver al mundo del bien y el mal, de los animales que hablan y las profecías que se cumplen.

Pero mi pasión por los libros ilustrados infantiles no encajaba con mi imagen de cómo deseaba ser, no eran adecuados para mi edad. Quería que me atrajera la literatura seria, el derecho constitucional, la economía, el arte y otros temas de adultos. Y me atrae, pero de algún modo me daba corte que me gustara J. R. R. Tolkien, E. L. Konigsberg y Elizabeth Enright. Reprimí este aspecto de mi personalidad hasta tal punto que cuando salió al mercado uno de los libros de Harry Potter, tardé varios días en comprarlo. Me engañé incluso a mí misma diciéndome que no me interesaba.

Si iba a «tomarme en serio la diversión» necesitaba aceptar esta pasión reprimida y divertirme más con ella. Pero ¿cómo? Mientras intentaba

averiguarlo, fui a comer con una conocida, una agente literaria elegante, intimidante y afamada. Mientras manteníamos una conversación de «nos gustaría ser amigas pero aún no sabemos cómo», le mencioné que me encantó La danza de la muerte de Stephen King. Sentí que me arriesgaba un poco con el comentario, temía que fuera la clase de persona que despreciaba a Stephen King.

—A mí también me encanta Stephen King y La danza de la muerte — exclamó—. Pero no es tan bueno como Harry Potter —añadió.

—¡Oh! ¿te gusta Harry Potter? —Estoy obsesionada con él.

¡Eureka! Al fin había dado con mi alma gemela. Durante el resto del almuerzo no hablamos más que de Harry Potter. Mientras charlábamos, se me ocurrió que también conocía a una tercera persona a la que le apasionaba la literatura infantil. ¿Podríamos empezar un grupo de lectores?

—Voy a sugerirte una idea —dije tanteando el terreno mientras pagábamos la cuenta—. ¿Te gustaría empezar un grupo de lectores de literatura infantil?

—¿De literatura infantil? ¿Qué tipo de libros leeríamos?

—Los que quisiéramos. El dador, El jardín secreto, James y el melocotón gigante, los que sean. Podríamos reunirnos para cenar cada vez en casa de una de nosotras.

—¡Claro, será divertido! —repuso entusiasmada. Por suerte. Si hubiera rechazado mi sugerencia, no estoy segura de si se lo habría propuesto a alguien más—. Tengo una amiga a la que quizá también le interese unirse al grupo.

Envié varios correos electrónicos preguntando a la gente si deseaba formar parte del grupo. En cuanto lo sugerí, me asombré al descubrir que ya conocía y me gustaba mucha gente que compartía mi pasión por los relatos infantiles. Como nunca se lo había mencionado, no sabía que la tuvieran.

mundo invitándoles a cenar en mi casa para hablar de El león, la bruja y el armario de C. S. Lewis. Al final del correo incluí una cita del brillante ensayo de Lewis Sobre las tres maneras de escribir para los niños:

A los diez años leía cuentos de hadas en secreto, y me habría avergonzado si alguien me hubiera descubierto. Ahora que tengo cincuenta, los leo abiertamente. Cuando me convertí en adulto dejé atrás las puerilidades, como el miedo infantil y el deseo de ser mayor.

El resto del grupo no se identificó demasiado con esta apología, dado que nunca intentaron reprimir su interés por la literatura infantil. ¿Por qué yo lo había hecho? No lo haría nunca más.

Desde el primer día de nuestro encuentro me lo pasé en grande con este grupo. Me encantaban sus miembros, los libros sugeridos y las discusiones que manteníamos. Me gustaba que muchas personas que lo formaban no tuvieran hijos; era incuestionable que leíamos literatura infantil por nosotras mismas. Me encantaba la tradición de los libros infantiles en la que los anfitriones tienen que servir algún tipo de comida relacionada con la novela. Empezamos a seguirla cuando serví de postre delicias turcas en la primera reunión; estos dulces desempeñaban un papel importante en El león, la bruja y el armario. En la siguiente reunión bebimos Tokay, el vino que aparece en un momento fundamental en La brújula dorada de Philip Pullman. (Me sorprendí al descubrir que el Tokay existía, había supuesto que formaba parte del mundo de Lyra.) Para Aventuras de Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll, comimos un sucedáneo de sopa de tortuga y tarta de melaza. Para El enigma Vermeer, de Blue Balliett, elegimos galletas M&Ms azules, los pedacitos de chocolate recubiertos de azúcar que Petra y Calder comían. Para Mujercitas, de Louisa May Alcott, la crema de maicena que Jo le lleva a Laurie cuando se conocen por primera vez. En la cena que dimos para

hablar de Hoyos, de Louis Sachar, comimos donuts agujereados de Dunkin’ Donuts, por el juego de palabras.

Los estudios revelan que cada interés que compartes con una persona hace que tengas más posibilidades de mantener una relación duradera con ella, y aumenta un 2 por ciento tu satisfacción en la vida. Este grupo me aportó un puñado de nuevas amigas, y aumentó mi satisfacción en la vida mucho más que un 2 por ciento. También era divertido formar parte de un grupo nuevo. Pertenecer a un grupo fomenta la proximidad entre sus integrantes, y aumenta significativamente la confianza y la felicidad personales.

Como contraste, más o menos por aquella época me invitaron a unirme al Consejo de Relaciones Exteriores. Los temas de los que hablábamos eran interesantes, al igual que el grupo del que formaba parte, que era de lo más legítimo. Pero, ¿con qué grupo me lo pasé mejor? ¿Cuál de ellos me ayudó a entablar nuevas amistades? El de los libros infantiles. Me apasiona Winston Churchill, y también John Kennedy, pero lo cierto es que las relaciones exteriores no me entusiasman demasiado que digamos, por eso este grupo no me aportó una base sólida para la diversión.

Una de mis decisiones volvió a llevarme al Primer Mandamiento: «Sé Gretchen». Tenía que saber lo que realmente era divertido para mí y llevarlo a cabo. Era el camino que me conduciría a la felicidad. Pero ¿qué otra actividad me gustaba aparte del grupo de lectura de literatura infantil? No supe qué contestar. ¿Era una mujer tan apagada y sosa que no se me ocurría ninguna otra?

Una de las ventajas y desventajas de vivir en la ciudad de Nueva York es que puedes hacer un montón de cosas: asistir a clases de ballet, ir a un teatro que no está en Broadway, hacer un curso de diseño gráfico, ir de compras en el barrio de Williamsburg, comer en el Astoria. Pero casi nunca las hacía, por eso las posibilidades son excitantes, pero al mismo tiempo una causa de reproche. Durante años me obsesionó un anuncio del servicio de transportes públicos que había visto en el metro. Era la foto

de un recipiente de comida china encima de dos vídeos, con una leyenda que decía: «Si así es como pasas el tiempo, ¿por qué vives en Nueva York?»

Nueva York era una ciudad llena de diversiones si mi espíritu era lo bastante ancho como para aprovecharlas.

Le conté a una amiga que estaba intentando divertirme más en la vida, y en lugar de señalarme la columna de la «Agenda de actividades» del The New Yorker, me preguntó: «¿Qué te gustaba hacer de niña? Es muy probable que te siga gustando lo que hacías a los diez años».

Era una idea fascinante. Recuerdo haber leído que Carl Jung a los 38 años decidió volver a jugar con las piezas de madera con las que jugaba de niño para revivir el entusiasmo de cuando tenía 11 años. Yo de pequeña no jugaba al ajedrez, ni patinaba sobre hielo, ni pintaba. Siempre estaba enfrascada en mis «Libros en Blanco». Cuando cumplí 10 años, mi tío me regaló una especie de librito titulado Libro en blanco. Esta clase de diarios se encuentran en cualquier parte, pero cuando me lo regaló era la primera

In document Objetivo Felicidad Gretchen Rubin (página 127-157)

Documento similar