LA PAMPA. COSTUMBRES ARGENTINAS
Francés, Alberto Ebelot emigró a la Argentina en 1870, para perma- necer en estas tierras a lo largo de treinta y ocho años. Este período de su residencia en el país coincidió con el momento en el que en Buenos Aires se esfumaba la sociedad criolla y asomaba la sociedad moderna y capitalista. Vinculado por su ideología y por sus actividades, a la de- nominada «Generación del ochenta», Ebelot, en calidad de ingeniero, sirvió a los proyectos de expansión de las fronteras internas impulsa- dos durante las presidencias de Sarmiento y de Avellaneda. Fue encar- gado de la Dirección de las obras de Defensa que incluyó, entre otras, la realización de la «zanja de Alsina» y con el grado de sargento mayor participó en la llamada «conquista del desierto». Además de sus ava- tares militares, mantuvo una intensa actividad ligada al periodismo a través de colaboraciones desde 1880 en La Nación y como redactor del Courñer de la Plata. En el nutrido estudio preliminar de esta edi- ción de La pampa, a cargo de la historiadora María Sáenz Quesada, se rememora una polémica olvidada entre Alfredo Ebelot y el entonces reconocido crítico literario, Ernesto Quesada. La misma había teni- do lugar en la Revista Nacional: allí los autores polemizaban sobre la profesionalización del escritor, y se acusaban mutuamente de no con- cebir la actividad literaria en sus vidas sino como un mero accesorio. María Sáenz Quesada destaca de modo sagaz, la azarosa coincidencia que pone brillo a este episodio: la polémica fue contemporánea a la presencia de Rubén Darío en Buenos Aires, quien no dejaba de elogiar el clima intelectual hallado en esta ciudad, y las auspiciosas poten- cialidades para desplegar en ella su actividad de escritor, en términos “profesionales”.
Escrita originalmente para un público extranjero, esta obra, la más valorada de todas las del autor, se publicó por primera vez en París en 1889, editada por Escary con ilustraciones de Alfred Paris. Traducida luego al español por el mismo Ebelot, se publicó a este lado del At- lántico en 1890 y es ahora reproducida en la presente edición con la inclusión de los grabados originales.
rá este libro como una crónica del venerable pasado”. Efectivamente, sus páginas poseen un valor testimonial que se suma a la tradición de la literatura sobre la Argentina escrita por extranjeros. Los modos de vida, las costumbres y las actividades de la campaña rioplatense apa- recen comentadas de modo detallado pero no agobiante: en cada cua- dro descrito, el autor logra compendiar todos los elementos en una síntesis discursiva que provoca el efecto de una lectura placentera. Al mismo tiempo, el texto nos invita a pasar de capítulo en capítulo, a través de una entretenida narración de aquello que se vio y se vivió. Este especial matiz en la pluma de Ebelot puede explicarse a partir de una reflexión que él mismo realiza en relación con su propia escritu- ra: «El ambiente que voy describiendo no lo he atravesado como un viajero que llega, echa miradas por todas partes, toma sus apuntes y se marcha. La existencia del desierto la he sobrellevado. Le he cobra- do cariño, amoldándome a ella. Durante largos períodos, no sólo he vivido sino que he pensado como gaucho». Como vemos, los textos de esta colección establecen sus propios diálogos, se acercan y se alejan en movimientos que destacan tanto sus singularidades, como su par- ticipación en el conjunto.
Así es como el lector, va siendo guiado por una sucesión de diferen- tes cuadros: el velorio de un niño, las descripciones de los rastreadores, el reñidero, el viaje en galera, la pulpería, etc. En uno de los capítulos, Ebelot se dedica a agregar otro nombre a la figura legendaria del gau- cho malo, sumándolo a los ya conocidos Hormiga Negra y Juan Mo- reira: el Gato Moro. El autor dice: «quisiera hoy hacer un croquis del gaucho bravo, del gaucho alzado, (...) que se ha declarado en abierta guerra con los jueces y los policías, que la sociedad no supo amansar, y que se echó al desierto, confiando en su cuchillo, como el tigre en sus garras, para hacer respetar sus gustos de vagancia y de soledad». El croquis trazado sobre este gaucho alzado le permite discurrir sobre la problemática de su lugar en la sociedad de la época: expone argu- mentos y toma a partir de ellos una posición según la cual el gaucho malo ya no tiene cabida en la vida civilizada. No obstante ello, el tra- tamiento prodigado por el narrador al “malhechor” protagonista de la anécdota no escamotea el encomio al valor y la bravura consideradas características inherentes a este tipo de las pampas. El elogio al cora- je no es excluyente del Gato Moro, porque cuando el autor menciona
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haber conocido varios años antes a otro gaucho malo, lo anuncia en estos términos: “me asiste cierto amor propio nacional al hacer constar que, en los tiempos de mi juventud, vivió en el departamento del Arie- ge un mozo al que ni el más pintado aventaja en criminalidad”. Y más adelante, cuando acerca ambas figuras al punto de la comparación, expresa: “Ignoro, y poco me importa si mi mozo de Ariege es superior al Gato Moro bajo el punto de vista dramático. Ambos han tenido un buen fin, entendiendo con esta palabra un fin que concilia satisfacto- riamente nuestros apetitos de aventura y nuestros instintos de seguri- dad.” El irremediable fin al que se hace referencia en este pasaje, aquel que satisface los instintos de seguridad mencionados es, precisamente, la dispersión, la desaparición de estos individuos del mapa social, por sus incapacidades “naturales” para la civilidad. Al mismo tiempo, se advierte que las circunstancias de ese final no son en modo alguno for- tuitas; muy por el contrario, las mismas se adecuan a la producción de cierto tipo de relatos complacidos en la ponderación del riesgo y de la bravura: uno de estos personajes muere en una pelea, y el otro, tras ser apresado, huye al Paraguay. Si bien el autor considera, por un lado, la inutilidad del gaucho alzado para ser insertado en cualquier función en el medio social porque ya, dice, ni se puede formar un pelotón de escolta con esos asesinos reincidentes; no desconoce la posibilidad de concebir un punto de vista dramático para el tratamiento de las anéc- dotas de vidas de gauchos. Por este movimiento introduce a esta figu- ra en el mundo de la ficción, destacando su potencialidad para prota- gonizar las historias del coraje, del peligro y del riesgo inesperados, y cuenta la aventura de las pampas.
Las evocaciones están mayormente legitimadas, según lo expresa Ebelot, por el hecho de tratarse de un intento de rescate, por medio de la escritura, de ciertas “buenas costumbres” con las que él mismo ha convivido en modo armónico, y que al momento de escribir su libro se hallan en vías de desaparecer en la Buenos Aires cosmopolita de fines del siglo XIX. La mayoría de los hábitos descriptos a lo largo del libro efectivamente han desaparecido con el paso del tiempo, con excepción de la costumbre de tomar mate. El capítulo dedicado a explicar el ri- tual de cebar y tomar mate tanto en el ámbito del campo como en el de la ciudad, es quizás el más ameno del libro y constituye un llamado a la solidaridad de los lectores de entonces para que tengan a bien, no
abandonar la costumbre de consumir ese “honrado brebaje”. Ebelot allí afirma: “El mate se va, y es una lástima”. A juzgar por el énfasis de sus palabras, para el autor no sólo se trata de preservar un hábito sino además de conservar una costumbre vernácula que tiene la virtud de conferir autenticidad (“identidad”) al habitante de Buenos Aires. Sus palabras, son elocuentes: “Hoy por hoy se toma más mate tal vez en París que en Buenos Aires. Sólo que en la capital de Francia se toma
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