B. ARTÍCULOS DE INTERCAMBIO
1. Alimentos agrícolas
Para cuando los españoles llegaron a territorio muisca, éstos habían alcanzado un nivel de desarrollo en el cual el cultivo de alimentos ocupaba un lugar preponderante dentro de las prácticas económicas. Parece probable que actividades como la caza, pesca o aún la explotación de fuentes de agua salada sólo tuvieran una importancia secundaria en relación a las faenas agrícolas, las cuales permitieron una organización económica y política que tradi- cionalmente se ha considerado más compleja que la de la mayor parte de los grupos indígenas que encontraron los europeos en territorio colombiano (cf. Reichel-Dolmatoff /1978/, 1982).
Sin embargo, aún es poco lo que sabemos sobre las características técnicas y sociales del cultivo de alimentos en épocas prehispánicas. Debido a ésto, es necesario hacer énfasis en algunos aspectos de la agricultura muisca antes de exponer los datos referentes al intercambio de alimentos. Además, es importante discutir las teorías que han planteado algunos investigadores sobre las presuntas limitaciones ecológicas que debieron enfrentar los habitantes del Altiplano, así como la supuesta dependencia del trueque en cuanto al abastecimiento de comida por parte de los indígenas de tierra fría.
La producción agrícola. Parece probable que los instrumentos agrícolas utilizados por los muiscas se limitaban al bastón para cavar y las hachas de piedra, es decir los mismos que conocían los demás grupos precolombinos de las cordilleras. Fray Pedro Simón (/1625/, 1981, III: 406) mencionó el uso de "palos de madera" para sembrar y "cuchillos" de piedra (¿por hachas?) para deshierbar. Así mismo, en la descripción de la ciudad de Tunja del año de 1610 se habló de "unas que llaman tecas, hechas de madera tostada, de que usaban los indios antes de que entrasen los españoles" (en B. H. A., 1943: 472).
Desde el punto de vista tecnológico, un desarrollo notable de la agricultura indigena lo constituye la elaboración de terrazas de cultivo, aunque de todos modos se trata de construcciones muy elementales si se les compara con aquellas encontradas en los Andes Centrales o en las montañas del occidente venezolano (Haury y Cubillos, 1953; Broadbent, 1964b y Donkin, 1968). Existen por lo menos dos clases de terrazas; las más conocidas se ubican en los bordes de los valles fríos, sobre lomas que reciben buena cantidad de humedad, mientras que otros conjuntos se ubican sobre las laderas de los cañones interandinos de los ríos que descienden a los Llanos Orientales y al valle del Magdalena, en clima templado y en áreas que pueden ser indistintamente o secas o húmedas.
La mayor parte de las evidencias disponibles sugieren, en todo caso, que las áreas agrícolas más importantes fueron las partes planas no inundables de los valles fríos, las cuales fueron utilizadas con el fin de obtener cosechas sin los riesgos de erosión, poca fertilidad y gran inversión de trabajo que implica laborar en tierras de pendiente (cf. Broadbent, 1968 y 1974 y Knapp, 1981). Hablando de esas tierras, Aguado (/1581/, 1956, I: 439) refiere que los muiscas sembraban en camellones que hacían a mano, algunas de cuyas evidencias aún se encuentran en la Sabana de Bogotá (Broadbent, 1968); además, lo anterior coincide con la información existente acerca de zanjas de desagüe para agricultura en partes planas (Reichel- Dolmatoff 119181, 1982: 100), así como con las numerosas evidencias sobre sitios arqueológicos ubicados en esas áreas (Broadbent, 1968 y 1970; Langebaek y Zea, 1983).
De otro lado, de acuerdo a un dato de 1602, los indígenas de Ocavita tenían coca "de riego" (A.N.C. Vis. Boy. X f 335v), lo cual significaría que la información disponible hasta el momento en cuanto a que los muiscas no tenían conocimiento de técnicas de irrigación (Reichel-Dolmatoff /1960/, 1977:32) debe ponerse en duda. Sin embargo, dada la carencia de referencias similares, resulta plausible que los indígenas del Altiplano no utilizaran el riego como una práctica agrícola común, aunque esto no debe asociarse a deficiencias en la agricultura nativa, sino más bien al hecho de que se trata de una técnica que sólo presenta apreciabies ventajas en ambientes secos, como el del Cañón del Chicamocha, donde se ubicaba Ocavita y no necesariamente en amplias regiones del Altiplano donde, a pesar de su altura sobre el nivel del mar los niveles de humedad y precipitación son considerables (Guhl, 1981: 58 y Knapp, 1981).
Un aspecto en el cual no parece haber existido un desarrollo apreciable es en lo que toca al uso de abonos, o técnicas para conservar alimentos durante más que unos pocos meses. En el Altiplano, como en la generalidad de las tierras altas de Colombia, los indígenas no pudieron practicar la deshidratación de tubérculos con ánimo de preservarlos puesto que las heladas nocturnas no son constantes y el ambiente no es lo suficientemente seco como para permitirlo (Domínguez, 1981: 90).
Hoy en día se discute sobre la posible rotación de tierras así como de quemas con fines agrícolas. Orlando Fals Borda (/1955/, 1961: 109) considera que los muiscas quemaban maleza porque Aguado (/1581/, 1956, I: 239) menciona que cuando los muiscas llegaron al Altiplano observaron "huma-
redas de los naturales" pero el dato no es concluyente si se tiene en cuenta que los conquistadores no dieron más información al respecto, y que más bien pudieron ver las "ahumadas" que según el mismo cronista (Ibid., 300) hacían los indígenas como medio de comunicación. Un dato que, en cambio, apoyaría la idea sobre quemas proviene de la gramática de Uricoechea (1871: 189) donde se encuentra la palabra muisca isucogoscua como sinónimo de "quemar rozas", aunque no sabemos qué tan comunes pudieron ser. De la rotación de tierras existe alguna evidencia más clara pero limitada a una pequeña región del Altiplano; Londoño (1983: 65-67) cita algunos documentos escritos en 1575 con ocasión de un pleito sobre la pérdida de tierras indígenas a manos de los españoles en el Valle de Sáchica. En ellos, un testigo nativo sostuvo que había tierra sin sembrar,
". . .no. . . por ser tierras que nos sobraran sino porque las dejamos descansar para que luego que se cansen de la labor de las otras. . . pasemos a labrar en ellas" (A.N.C. Pob. Boy. II f 436v, en Londoño, Ibid.: D. 3.8)
Por otra parte, en el mismo pleito, Juan de Castellanos sirvió como testigo y declaró que si a los indígenas les quitasen la tierra:
"... en tal manera que no pudiesen mudar las labranzas a sus tiempos cansándoseles las tierras donde agora siembran al presente, sería gran daño" (En R.A.N., 1944: 94).
Según Londoño (Op. cit. 66) es probable que la práctica de la rotación de tierras fuera común en otras regiones aparte del Valle de Sáchica, pero que por la introducción de herramientas de trabajo europeas, los indígenas pudieron tener una agricultura más sedentaria. Sin embargo, cuando no va acompañado de abonos y fertilizantes, el uso de artefactos de hierro en tierras de baja capacidad resistencial puede tener un efecto contrario al acelerar el proceso de destrucción del suelo y fomentar, más bien, una rotación rápida de las parcelas.
En todo caso, se puede pensar que como la pérdida de tierras indígenas fue un proceso constante desde la invasión española, éstos dispusieron cada vez de menores extensiones de tierra donde pudieran rotar. Además, el término chanta que la gramática de Acosta Ortegón (1938: 32) traduce como "tierra cansada" sugiere que en algunas oportunidades los indígenas debieron enfrentar el problema del agotamiento del suelo, y tal vez abandonar las labranzas para cultivar en otra parte.
La rotación de tierras se debe tomar como una práctica asociada a deficiencias de clima y/o suelos, cuya finalidad es proteger las parcelas del agotamiento y, al mismo tiempo, obtener un rendimiento de las cosechas que no disminuya en relación al tiempo que se utilice determinada porción de tierra (Reichel-Dolmatoff/1960/, 1977: 26-27). En consecuencia, ésta sólo debió darse únicamente en aquellas regiones donde se presentaban limitaciones en la capacidad de los suelos, las cuales —por cierto— no podían ser obviadas de
otra forma puesto que los muiscas no parecen haber conocido el uso de abonos o fertilizantes que permitieran enriquecer la capa húmica por medio de métodos artificiales. Hoy en día, por ejemplo, en los páramos de Cundina-marca, caracterizados por su baja capacidad resistencial, la rotación es una práctica común (Guhl, 1982: 123:124) y es de suponer que si esas regiones fueron cultivadas por los indígenas, éstos tuvieron que recurrir al mismo sistema con el fin de mantener un nivel de producción aceptable. A la inversa, parece probable —dada la ausencia de datos— que los suelos ricos de muchas partes de la Cordillera, particularmente de los valles fríos donde se concentraba la mayor parte de la población, no obligaron a trasladar parcelas, al menos durante largos períodos de tiempo.
Por lo que se refiere a los aspectos sociales del trabajo agrícola, en algunos documentos se menciona que los indios "andaban ausentes haciendo sementeras" como ocurría en el Valle de Samacá en el año de 1581 (A.N.C. Res; Boy. f: ?, en Londoño, 1983: 64) o que los indígenas hacían "sus sementeras con sus mujeres e hijos" (para Usaquén /1639/ A.N.C. Vis. Cund. V f 80r) pero este tipo de datos no deja muy en claro si las mujeres en realidad trabajaban en las faenas agrícolas o simplemente acompañaban a los hombres.
Evidencias más específicas sugieren que tanto los hombres como las mujeres trabajaban la tierra pero que lo hacían respetando cierta división del trabajo. Según el Cacique Bonza en el año de 1590 los indígenas de ese repartimiento:
"... todos los años. . . hicieron tres sementeras /a su encomendero/ y solo hacían las dichas indias de este pueblo deshierbar las dichas sementeras y tardaban cada vez dos semanas y otras tres y cuando las dichas sementeras estaban. . . para cojerse iban a ello todos los indios e indias del dicho pueblo y se tardaban en ello cuatro semanas y algunas veces cinco" (A.N.C. Vis. Boy. XII f 962r).
Otro dato que hace énfasis en la división sexual del trabajo agrícola proviene de un documento publicado por Colmenares y otros (1968: 325) en el cual se menciona que cuando el Visitador Obando se quejaba de la ausencia de familias enteras en los campos de la región de Tenza en 1621 para sembrar las parcelas de los encomenderos, argüía que eso se debía al abandono de la antigua costumbre de,
". . .ocuparse los varones tan solamente en las cavas, deshierbas y cosechas, y las hembras en el sembrallo" (A.N.C. Bis. Boy. XVII f 394r).
El trabajo comunal que se hacía en las labranzas de los encomenderos no significa, sin embargo, que se tratara de una costumbre prehispánica, puesto que la imposición colonial de hacerlas recaía sobre la comunidad en general y no sobre individuos particulares. Pero, a pesar de eso, debemos re-
cordar que la siembra y cosecha parecen haber implicado en tiempos precolombinos la realización de fiestas en las cuales participaba mucha gente (Véase: tributo y redistribución). Teorías sobre las limitaciones de la agricultura muisca. Con respecto al cultivo de alimentos por parte de los indígenas del Altiplano, se han planteado varias interpretaciones las cuales se basan en consideraciones acerca de las limitaciones que el medio ambiente les imponía. En efecto, gran parte del territorio ocupado por los muiscas se localiza a una altura bastante ele- vada —más de 1.800 m.s.n.m. es la regla— con las consecuentes bajas temperaturas, y riesgos de heladas o granizadas, las cuales son particularmente frecuentes en los meses secos, vale decir de diciembre a febrero y de junio a agosto (cf. Hettner /1892/, 1966: 193-195: Guhl, 1981: 12-13 y 1982: 49).
Todo lo anterior, implica una limitación en la variedad de productos que pueden prosperar en esas tierras así como en el crecimiento de algunos otros, que si bien se adaptan, rinden un menor número de cosechas al año como es el caso del maíz (Hettner, Ibid.: 220- 221). Los muiscas debieron, en efecto, tener ciertos problemas cuando las granizadas y heladas afectaban sus cultivos de tierra fría. Aguado (/1581/, 1956, I: 257) aseguró que al sur del Altiplano los páramos eran tan rigurosos que sólo permitían el crecimiento de turmas porque "los grandes y continuos hielos y fríos no daban lugar a que en ella se criasen otros mantenimientos". En 1593, el Cacique de Chocontá declaró que en "años pasados cogían muy poco maíz porque se les helaba en más de los años" (A.N.C. Vis. Cund. XI f 149y) y también en Sisa-tiva y Comeza los indígenas-manifestaron que las heladas afectaban sus labranzas de maíz y papa (/1594/, A.N.C. Vis. Boy. XVII f 447v y /1602/ Vis. Boy. XI f 571v). Además, algunas palabras muiscas reflejan esa situación: en efecto, según la gramática de Acosta Ortegón (1938: 44) Zejichaguasuca significaba granizar, y Zejichuasuca helar; por otra parte, de acuerdo a Uri-coechea (1871: 162 y 164) los términos hicha agua traducían "granizo", hichu "helada" y apguyhystasuca "helarse los maíces o plantas".
Desde hace años, los autores han hecho énfasis en las limitaciones de una agricultura de altura, y las han hecho válidas para caracterizar a la economía indígena. Haury y Cubillos (1953: 93) afirmaron que:
"Para la mayor parte del territorio /muisca/ . . . una cosecha anual fue probablemente la regla. Papa y maíz, los artículos cosechados, hoy requieren de 7 a 10 meses para madurar. . . Nos parece que todos estos factores debieron combinarse para limitar la producción de alimentos, y por consiguiente afectar, no sólo la densidad de población, sino el nivel de sus realizaciones".
Posteriormente, Reichel-Dolmatoff (/1960/, 1977: 31) consideraría que el intercambio de comida pudo haber suplido las necesidades de los indígenas de tierras altas y que, al hacerlo, "adquirir comida por medio del comercio se hubiera preferido a producirla localmente", y Domínguez (1981: 90) sostendría que:
"Un periodo vegetativo muy prolongado, granos pequeños y grandes posibilidades de perder la cosecha por heladas, fueron las condiciones que debió soportar el agricultor de maiz en los altiplanos. Por el contrario la agricultura de la papa de altura tiene un rendimiento por hectáreas muchas veces superior al maiz y fue, con seguridad, el alimento básico del pueblo raso, teniendo el maiz carácter de alimento especial secundario".
Las anteriores posiciones, sin embargo, no contemplan la capacidad que tenian los muiscas de cultivar en tierra templada (véase: patrón de asentamiento y control sobre recursos), y menos aún pueden explicar por qué los cacicazgos que tenian sus asentamientos principales en tierras altas y frias —como los de Sogamoso, Duitama, Tunja y Bogotá— alcanzaron un desarrollo más complejo que el de los grupos que habitaban tierras templadas. Por otro lado, los datos de archivo sugieren que él maiz, a pesar de su lento crecimiento en tierra fria, fue el producto agrícola más importante y que, además, los intercambios de comida entre los indigenas del Altiplano y los grupos de tierras bajas fueron muy esporádicos y sin mayor relevancia en la solución de necesidades alimenticias.
Para sustentar esta posición se procederá a exponer los datos sobre los diferentes productos que cultivaban los muiscas, y luego las referencias sobre los intercambios de comida asi como de algunas posibilidades que tenían los indigenas para adquirir comida autónomamente en caso de que las heladas o granizadas les hubieran afectado sus cultivos en tierras altas.
Productos agrícolas utilizados por los muiscas. La impresión que tuvieron los conquistadores y escritores del Siglo XVI sobre la producción agrícola en las altas y frías tierras del Altiplano no da pie para pensar que los indígenas descuidaron sus labranzas. Según Fray Pedro de Aguado (/1581/, 1956, I: 274) aunque no había oro, el territorio ocupado por los muiscas "era abundante de todo género de comidas, y muy poblada de naturales". Además, en 1547 Miguel Díaz de Armendáriz escribió al monarca español que de las treinta y dos leguas que separaban a Vélez de Tunja,
"... no se ven cuatro que no muestren claramente haber sido labranzas de maíz o de turmas. . . que es un mantenimiento de mucho caudal, o frísoles o algodonales, o hayales" (en Friede, 1955-60, VIII: 308).
Así mismo, un cronista anónimo escribió a mediados del Siglo XVI que:
"... la tierra de Santa Fe es abundantísima de los frutos que los indios tienen para su sustento, que son maíz, papa, frisóles..." (Anónimo/1559-1560/, 1983:65).
El uso de terrazas de cultivo en laderas muy por encima de los límites inferiores de heladas y granizadas puede tomarse, por último, como prueba de
ello. Según Donkin (1968: 207) el hecho de que las terrazas precolombinas estén hoy subutilizadas o incluso totalmente abandonadas, mientras que parecen haber tenido alguna importancia en tiempos pretéritos, sugiere: un "uso más intensivo de las laderas. . . alrededor de las cuencas intermontanas. . . que el que se logra en la actualidad".
Si nos atenemos a las crónicas más tempranas, los principales cultivos de los muiscas a la llegada de los españoles eran de: maiz (Zea mays), papa (Solanum tuberosum), yuca dulce (Manihot escaleta grantz), batata {Ipomea batata), auyama {Cucúrbita máxima), frijol (Phasolus), hibia (Oxalis tuberosa), cubio {Tropelum tuberosum), chugua (Mellocoa tuberosa), pina {Ananas sativus) y aji (Capsicum annum), mientras que aún se discute el aprovechamiento de otros cultivos como el de quinua (Chenopodium quinua), aguacates {Persea americana), plátanos {Musa sp.) y diversas clases de palmas, entre otros (cf. Patino, 1964), si bien en ninguno de los documentos más tempranos se menciona cualquiera de los últimos productos.
Ahora bien, de acuerdo a la información que nos brindan los testimonios de las "visitas" a 56 repartimientos de los que tenemos datos, asi como a referencias de carácter arqueológico, el cultivo de algunas plantas por parte de los indígenas del Altiplano está documentado así:
Maíz: Aún es poco lo que se sabe sobre la clase de maíz cultivado por los muiscas. La diversidad de términos que aparecen en las gramáticas para denominar la planta parece sugerir que se trataba de más de una variedad (cf. Correal y Pinto, 1983: 176). De otro lado, en el Museo del Oro de Bogotá, se encuentran dos tusas arqueológicas de maíz procedentes del municipio de Pasca, identificadas por Paul Mangelsdorf como pertenecientes a la va- riedad "Pollo" (Falchetti y Plazas, com. per., 1984)(1), la cual aún es utilizada en algunas partes de Boyacá, como en Tenza (Montes y Rodríguez, 1975: 87), y en las laderas orientales de la Cordillera en general (Sanoja, 1982: 93, 94 y 111). Otras variedades probablemente conocidas por los muiscas son el “cariaco” y el "yucatán" de amplia dispersión en el norte de Suramérica.
La variedad "Pollo" es característica de tierras templadas, aunque una de sus propiedades es la de poder adaptarse a pisos térmicos muy variados, incluido el frío (cf. Sanoja, Ibid. y Correal y Pinto, 1983: 176). El maíz, en general, crece más rápido en clima templado, con un abastecimiento continuo de humedad y exposición solar adecuada. En esas circunstancias, la planta genera granos grandes y, lo que es más importante, da dos cosechas anuales. Por el contrario, el clima frío, además de favorecer el riesgo de heladas y granizadas, retarda su crecimiento y determina que sólo puede madurar al cabo de casi un año de la siembra.
Sin embargo, las tierras de clima templado de la Cordillera Oriental tampoco dejan de presentar ciertos inconvenientes para la agricultura del maíz. Amén del problema de sembrar en pendientes expuestas al riesgo de erosión, Basilio Vicente de Oviedo (/1763/, 1930: 49) anotó que al maíz
sembrado en regiones cálidas y templadas podia darle "una plaga que lla man gorgojo, que lo vuelve harina y no sirve", asi como la existencia de unas aves:
". . .que llaman cochas, son negras, de altor de un pollo; éstas se crian con abundancia en las tierras templadas y cálidas y hacen mucho daño en las sementeras de maiz" (Ibid., 67).
Una de las principales ventajas del maiz reside, precisamente, en que con algunos riesgos comparativos, puede prosperar tanto en tierras cálidas como frías. Además, se trata de una planta muy alimenticia cuyos granos pueden ser utilizados verdes o maduros y que por lo