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Alone: “una intención de penitencia”

CAPÍTULO I. PRESENTACIÓN DEL PROBLEMA CREACIÓN E INSERCIÓN

II.2 Los premiados que no querían el Premio (1951, 1956, 1957 y 1959)

II.2.4 Alone: “una intención de penitencia”

El nombre del crítico Hernán Díaz Arrieta ha tenido hasta aquí un marcado protagonismo – y lo seguirá teniendo –, fruto no solo de la importancia de las plazas periodísticas desde donde escribía – la revista Zig-Zag y el diario El

Mercurio – sino también del manifiesto interés que el Premio le despertaba. En

la pluma de Alone, el máximo galardón nacional constituía una ocasión privilegiada para abordar, interpelar, atacar y/o alabar los comportamientos de los escritores chilenos en su dimensión de personajes públicos, sus actitudes frente al poder, el compromiso con sus obras y escrituras, así como el actuar de las instituciones culturales detrás de su Jurado. Año tras año, había sido en sus columnas semanales un ácido fustigador del Premio Nacional literario, adoptando en ellas el papel de defensor de una dimensión auténtica y abnegada de la producción literaria – del flujo legitimador literario –, necesariamente ajena a intromisiones políticas o a resquemores financieros. Que el año 1959, el último Jurado de tres miembros en votar un Premio Nacional se inclinase por su persona, generaba un escenario delicado, expectante respecto de cuál sería su reacción.

El 6 de septiembre de 1959, cuatro días más tarde de la reunión que había discernido su premiación, Alone titularía su columna en el diario El Mercurio “El Premio Nacional de Literatura”, y sería desde la primerísima línea coherente con el discurso que venía sosteniendo hace ya más de quince años:

“Nunca he sido muy partidario de que el Estado conceda un Premio Nacional de

Literatura y varias veces he pedido que se suprima esa recompensa o se la

modifique profundamente. / Ahora me confirmo en tal idea.” (Díaz Arrieta, 1959)

Inicia así una intervención en que realizaría una suerte de aceptación en negativo de la distinción recibida, es decir, donde no procedería explicando por qué aceptaba el galardón, sino más bien porque no lo rechazaba. Repitiendo el raciocinio sostenido hace 14 años a propósito de la inminente premiación a Neruda y la incomprensible postergación de Mistral, Alone vuelve a invalidar el Premio Nacional mediante la desarticulación de su funcionamiento y lógica: desestima sin contemplaciones la posibilidad de que el Jurado opere realmente como receptor de una opinión más o menos consensuada del medio literario acerca de sus mejores escritores, al tiempo que insiste en que el origen estatal del galardón lo convierte en una imposición periódica del Gobierno sobre el medio literario; la única legitimidad, finalmente, contenida en la problemática distinción era la de la autoridad del poder, y su importación al terreno literario

118 era un atentado ante el único juez válido dentro de éste: “el gusto personal”99

“Se me dirá: -Si a usted le disgusta tanto el premio, ¿por qué no lo rehúsa o lo regala? / No lo rehúso, porque no sé a quién se lo darían entonces y en cuanto al dinero, he decido recibirlo, precisamente para regalarlo, para darme ese gran lujo dentro de una situación económica ‘poco desarrollada’ como ahora se dice.” (Díaz Arrieta, 1959)

. Habiendo instalado dicha improcedencia como condición inicial de su intervención, agrega luego con maliciosa ironía que la “potencia celeste” de apócrifa infalibilidad procede a elegir a un escritor, y a entregarle sumas de dinero extraídas “del bolsillo de los contribuyentes”. De esta forma, Alone ofrece una suerte de deconstrucción del flujo legitimador proveniente del Estado, desactivándolo con relativa sencillez y aplastante eficacia, al negarle cualquier competencia. Sobre ese escenario, y proponiendo un diálogo hipotético, desemboca en el meollo del asunto:

Explica a continuación que donará el dinero a dos instituciones de caridad, una abocada al trabajo con indigentes, la otra a la mejora de las condiciones de los manicomios de la ciudad de Santiago. Al igual que Gabriela Mistral y Max Jara, Alone le desconoce al Premio cualquier dimensión honorífica, y acepta recibirlo solo para evitar la posibilidad de un desaguisado: ante la amenaza de que un

Jurado incompetente consagre a un mal escritor, mejor recibirlo él. Cuando,

inmediatamente después, pasa a referirse a lo que tenía pensado hacer con la dotación económica del galardón, incrementa el efecto devaluador de sus palabras en cuanto es el único valor que le reconoce al Premio Nacional de Literatura. Habiendo dicho esto, habiendo absorbido y anulado todo caudal consagratorio, su exposición se extiende en un segundo argumento, en el que accede a poner en relación al galardón consigo mismo, con su obra y trayectoria:

“Hace treinta y ocho años que la literatura nacional está, como si dijéramos, pasando por mis manos, domingo a domingo. Creo que soy, no ya el crítico literario más viejo de habla española, sino del mundo. Y han dicho que ejerzo alguna influencia. / Pues bien, desde que Pablo de Rokha y Vicente Huidobro aparecieron, cuarenta años atrás, una epidemia mental colectiva de locura se ha desarrollado en la poesía de mi país y no lleva visos de terminar. Se saben las relaciones entre el arte y la demencia. Son antiguas y bien establecidas. Pero ahora se trata de algo más grave de cuanto se había desencadenado en la historia, sobre todo por su duración. / Esto significa que yo no he

99 Alone defendía una comprensión eminentemente subjetiva de la crítica literaria, en tanto ejercicio de

opinión en que lo único que validaba al crítico eran su fascinación por la literatura y el conocimiento proporcionado por la acumulación de lecturas. En un artículo titulado “El oficio de crítico” escrito para la revista Atenea en la segunda mitad de la década del ’40, sostendría: “un crítico no es un hombre seco, ley en mano, condenando, absolviendo, sentado en su tribunal. Tampoco un ególatra o simple egoísta de piedra. Un crítico es un individuo que siente sus lecturas como una cosa viva, que convierte un volumen impreso en ser humano y lo encuentra simpático o antipático, lo ama o lo aborrece, conversa con él, lo toma de compañía o lo tira para no verlo. Un crítico es un individuo que… solo pide tener disponibles un número ilimitado de libros, de libros interesantes, variados, renovables hasta el infinito, más el derecho a hablar sobre ellos sin mirarle la cara a nadie, sin calcular las consecuencias ni

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desempeñado bien mi puesto, que no he sabido luchar como se debe. ¿No seré,

hasta cierto punto, culpable de ocultar en el subconsciente alguna simpatía por esas corrientes perniciosas, funestas al sentido común, enemigas de la sensatez, perturbadoras del buen criterio? / En la donación que hago hay una

intención de penitencia.” (Díaz Arrieta, 1959)

La cita es extensa, pero tremendamente sugerente. Su formulación no deja de ser compleja en el barniz irónico que la recubre, y a partir del cual filtra y suaviza un malestar ante la situación contemporánea de la poesía en Chile. Él, acaso el “crítico más viejo del mundo”, afirma que la paulatina imposición de unos repertorios de formas y contenidos erróneos, “epidemia mental colectiva de locura”, constituyen un fracaso en su tarea como guía y censor del gusto público. Burlándose con descaro del galardón recibido, lo despliega dentro de las coordenadas del ritual cristiano de la confesión de la culpa y la penitencia, donde su culpa es haber dejado que esa mala poesía proliferase. La renuncia voluntaria a los bienes materiales contenidos en el Premio Nacional de Literatura – que es eso y nada más: un cheque – es la penitencia de aquel que cumplió deficientemente con su tarea. En una operación inédita, jocosa y ciertamente fina, todo el circuito de transmisión de valores simbólicos que se supone propiciaba la entrega del Premio Nacional de Literatura es aquí reinterpretado en los términos de una moral cristiana, de resultas que el máximo galardón de las

letras nacionales es recibido por su acreedor del año 1959 como un castigo.

II.3 Custodios de la Nación, servidores de la patria (1944, 1946, 1949,

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