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Max Jara: “¿Me lo dieron a mí? ¡Qué raro!”

CAPÍTULO I. PRESENTACIÓN DEL PROBLEMA CREACIÓN E INSERCIÓN

II.2 Los premiados que no querían el Premio (1951, 1956, 1957 y 1959)

II.2.2 Max Jara: “¿Me lo dieron a mí? ¡Qué raro!”

El crítico Ricardo Latcham escribiría para la Revista Occidente un extenso ensayo dedicado al Premio Nacional de Literatura del año 1956, el poeta Max Jara de 70 años. El premio había sido discernido el día 18 de julio, y el ejemplar de la revista donde Latcham publicaba su análisis y comentario correspondía al trimestre que iba entre junio y agosto, por lo que contaba con la distancia temporal suficiente para incluir en su escrito las reacciones despertadas en el medio por la designación de Jara:

“Existe indudablemente en Max Jara lo que cierta crítica denomina un fenómeno de cristalización. Por eso ha sorprendido a muchos que se le otorgara el Premio Nacional de Literatura correspondiente a 1956, venciendo a candidatos dotados de mejor propaganda y más sometidos a la atención

pública. Desde otro punto de vista hay que considerar el fallo como reacción contra la popularidad excesiva y un reconocimiento a la auténtica vocación literaria.” (Latcham, 1956, p. 13)

Latcham es bastante lúcido y efectivo a la hora de formular la principal crítica despertada en el medio por la designación de Jara, y explicarla de tal forma de poder simultáneamente desestimarla; también es ladino, pues prescinde vincular esta falta de popularidad con el hecho de que Max Jara no publicaba nada nuevo desde hace 20 años, y que su obra la conformaban solo tres poemarios. Propaganda y atención pública son dos distinciones de que el premiado carece, mas no dos atributos necesarios de una obra, ni garantías de su excepcionalidad; cristalización es, en tal sentido, sinónimo de invisibilidad. La figuración y actualidad de unos productores literarios no es criticada directamente, sino antes advertida y minimizada en la invocación de sus opuestos: el veredicto debe también ser considerado como una “reacción” contra la “popularidad” que, siendo “excesiva”, no comporta un atributo, y que puede también engañar en la apreciación de una vocación literaria “auténtica”91

91 En las páginas finales de su artículo, Latcham ubica la poesía de Max Jara dentro del panorama

poético nacional, insistiendo en su invisibilidad y aislamiento, mas imbricando la explicación de estos con la singularidad de su obra: “Jara es un escritor fronterizo, que vive entre dos épocas profundamente divorciadas. Asimila muchos elementos del simbolismo francés, introducidos aquí por los

111 Después de un largo rodeo biográfico, y antes de pasar al comentario de la factura y características de la poesía de Max Jara, Ricardo Latcham vuelve sobre estos aspectos relativos al personaje público, tratando nuevamente de rescatarlo del rechazo o desaprobación que evidentemente despertaba. Después de trazar el recorrido laboral del poeta, que nunca vivió de lo que publicaba sino que se desempeñó en el periodismo y la burocracia, agrega:

“Ha sido un individuo de apariencia introvertida, de escasos, pero fieles amigos, que vive de espaldas al mundo presente y a su dinamismo intelectual… Max Jara es un descontento de su obra, un disociador de conceptos que rumia largamente las cosas y las elabora en la soledad… Rechaza de plano los valores

en boga y no se interesa visiblemente por el curso incierto de la nueva poesía.”

(1956, p. 14)

Latcham, jurado de los primeros premios entregados hace ya más de una década, buscaba en estas líneas hacer la defensa de una designación cuestionada. Su método es sugerente por no achacarle intolerancia o ignorancia al medio, sino antes reconocer el carácter retraído y hosco del premiado. Esto último, en la lógica de Latcham, puede bien ser un error del propio Max Jara, pero ello no opaca su obra, o no guarda relación con ella, que es al final, lo que por medio de él se está premiando. En la comprensión del comentarista el Premio Nacional es asertivo, en cuanto corona una obra que, a pesar de su brevedad se inscribe con tres hitos en el devenir de una tradición poética local, signados por su talento y vaticinio. Solo considerándola así, y haciendo caso omiso de su incapacidad de ofrecerse atractivamente a las generaciones contemporáneas de lectores, es que se puede comprender y dimensionar la justeza de su invitación al olimpo literario local. Cierra Latcham sus líneas, con una propuesta estimulante:

“La verdadera tradición consiste en incorporar a ella a todos los valores que en un momento representaron la vanguardia. Y el caso de Jara resume lo atrabiliario y tradicional en agudo fenómeno estético.” (1956, p. 14)

En cuanto a la propia opinión del premiado, tendrá éste mucho del anacoreta pintado por Latcham. La revista Ercilla en su ejemplar del día 25 de julio de 1956, presentaría una entrevista con el flamante ganador. Ésta inicia con la información proporcionada por el amigo del poeta, Alonso Vial, quien, por sus vínculos con la Universidad de Chile, se enteró del fallo pocas horas después de su resolución. Fue él quien le comunicó a Jara la noticia. A lo que, cuenta el amigo, responderá:

“¿Me lo dieron a mí? ¡Qué raro!” (Ercilla, 1956)

postmodernistas y, más tarde, frecuenta el trato con los buenos poetas españoles. No acepta el

encrespamiento metafórico de Gabriela Mistral y rechaza el mundo caótico y elemental de Neruda. Sigue su robusto nombre siendo una cifra esencial en nuestra poesía, a pesar de la desmonetización impuesta por el tiempo. No ha renovado su voz y tampoco la ha ensanchado, pero representa dignamente una actitud de fiera rebeldía e individualismo que dio la medida revolucionaria de la generación de 1900, tan digna de ser recordada en un momento superficial y oportunista.” (1956, p. 20)

112 La fría incredulidad del personaje acoge el diagnóstico elaborado por Ricardo Latcham respecto de su figuración pública; el desdén con que recibe la noticia habla de la conciencia que tenía el mismo Max Jara de ser un poeta ignorado. Lo poco que todo esto le importaba, y el escepticismo que le despertaba quedará luego plasmado en el resto de la entrevista, convirtiendo al poeta Jara en uno de los receptores menos entusiastas que ha tenido el Premio Nacional de Literatura en su historia:

“Estos premios no consagran a nadie. Ni siquiera tiene valor el Premio Nóbel. Así es que figúrese usted el Nacional… Lo único importante del premio es el

dinero (300 mil pesos), que es como una compensación por tanto trabajo;

como una especie de jubilación. La obra de uno, laureada o no, es lo único que importa, y la popularidad no me interesa; no pienso recibir a nadie más. Yo debería estar ya en cama. Estoy enfermo y, además, no me gusta esta popularidad de que me hablan” (1956)

Más allá de venir mediadas por el personaje del viejo cascarrabias, las palabras de Max Jara transmiten con bastante claridad la negativa del escritor a participar de su circuito. En tal sentido, el premiado representa un problema para el Premio mismo, en cuanto le niega explícitamente todo valor simbólico, afirmando que “no consagra”, y recibiéndolo positivamente solo en nombre de su dotación, “una especie de jubilación”. Al sostener luego que no le interesa la popularidad, afirmando al mismo tiempo que lo único que importa es la obra sola, termina de anular la relación basal del Premio entre los escritores chilenos y sus medios institucionales y públicos de legitimación, el vínculo institucional. A pesar de la brevedad de sus declaraciones, revisten éstas una coherencia radical del poeta que reniega del medio literario92

92 Insistiendo en dicho esencialismo, en la defensa de su derecho de escritor de no tener que dar

explicaciones acerca de su obra, ni de nada, informa Ercilla que ante los periodistas reunidos y en respuesta a la pregunta de por qué escribía poesía, “respondió veloz: Porque sí. No hay otra respuesta: ¡porque sí!” (Ercilla, 1956)

. El entrevistado mantendría este tono hostil a lo largo de la conversación, y emitiría declaraciones contra Neruda y Mistral, que terminarían por nutrir el discurso de aquellos disconformes con su designación. Del primero, y a pesar de que había sido uno de los tres miembros del Jurado que lo había votado, “Neruda no existe para mí. Prefiero que no venga a felicitarme. Existió como poeta en la primera parte de su obra. Después se bastardeó: lo oscuro, lo complicado, nubló su talento.” (1956); de la segunda, y sabiendo ya que para él un Premio Nóbel no significaba nada, “Gabriela Mistral no solo no me agrada, sino que no cuenta para mí como poeta.” (1956) El ninguneo a las dos voces poéticas más importantes de la poesía de Chile junto a la escasez de su propia obra que, reunida, bordearía con suerte las 200 páginas y que, además, se había discontinuado hace ya más de veinte años, despertarían la indignación de algunos sectores del medio, que protestarían ante tal falta de gratitud. Las palabras de Hugo Montes, a la sazón profesor de literatura de la Universidad de Chile, son representativas de esto. En la edición de agosto de la revista Educación, escribiría:

113 “Si se atiende al trabajo, al volumen de la creación, la respuesta es categóricamente negativa. Un par de libritos, alguna antología y nada más. Luego, el último título es nada menos que de 1934. Max Jara, poeta exiguo,

casi estéril, vivía retirado de la poesía. Sus mismas declaraciones a la prensa lo

confirman… Reconocemos el derecho a opinar libremente, pero reclamamos el de criticar tan lamentables declaraciones, reveladoras a nuestro juicio de gusto estragado, de incomprensión, de vida marginal en todo lo que es arte actual.

¡Con más tino deberían darse estos premios, que de otro modo se van a desacreditar hasta el punto que recibirlos, será poco menos que un baldón!”

(Díaz, 1972b, p. 35)

El debate es sustancial. Hugo Montes desconoce las dimensiones defendidas por Ricardo Latcham, y exige recaigan los galardones sobre productores capaces de dar cuenta no tanto de la actualidad de sus obras, sino siquiera de la actualidad de sus lecturas, de algún grado de conexión y compromiso con el avance y estado actual de las preferencias literarias dentro del país93

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