CAPÍTULO I. PRESENTACIÓN DEL PROBLEMA CREACIÓN E INSERCIÓN
II.4 El Premio concentra la atención del medio (1950, 1952 y 1953)
II.4.3 Daniel de la Vega: “Para saber lo que significa el Premio hace falta una mirada a las víctimas”
. Más allá de la brevedad de este último juicio, explicada en parte por la escasez de espacio que le dejaban los otros nueve veredictos que hubo de introducir en su intervención, Latorre reproduce, al igual que Durand, Sarah y de la Vega, un posicionamiento enunciativo cargado de solemnidad, de pretendida templanza y justeza, reactivo a las imposiciones exigidas por la naturaleza discursiva del objeto sobre el cual se pronunciaba, sobre el cual pesaba a su vez la presión legitimadora del campo literario.
En su décimo segunda entrega el galardón recaería sobre un escritor particularmente versátil, cuya obra se repartía entre páginas de libros y de periódicos, escasas aquéllas, abundantes éstas, y entre las cuales se diluía su filiación genérica, al tiempo que se erigía su multidisciplinariedad: poeta, dramaturgo, novelista, crítico, ante todo cronista. La figura de Daniel de la Vega, Premio Nacional de Literatura año 1953, acoge la relevancia en Chile a mediados del siglo XX del vínculo literatura-prensa, acaso de manera ejemplar. De la
122 Fernando Santiván recibirá el Premio Nacional de Literatura en nombre de su obra “inspirada en un
sentido de profunda chilenidad, depurada en sus formas, y precursora de las tendencias que engendran la sensibilidad creadora de la novela chilena del siglo XX” (Acta del Premio, 1952). Dicha obra hubo de realizarse en alrededor de 10 novelas publicadas entre 1909 y 1951 – después del Premio seguiría publicando –, y que tuvieron una excelente recepción de parte del público local: con Ansia de 1910, ganó el Primer Premio del Concurso de Novelas del Centenario, mientras que La Hechizada de 1916 fue un éxito de público y de crítica.
142 consistencia de la reunión del escritor y del periodista en su persona informa el hecho de que, al igual que Joaquín Edwards Bello, en 1962 sería acreedor del Premio Nacional de Periodismo123
Entre quienes hicieron el comentario de la nueva designación, Alone figura con dos columnas, una escrita para El Mercurio, otra para la revista Zig-Zag, publicadas respectivamente el 4 y el 10 de octubre de 1953. En ambas expresaría su aprobación del fallo, y aprovecharía, como era su costumbre, de reflexionar en torno al galardón:
– y aún del de Arte, ese mismo año, mención Teatro, lo que lo convierte en el único artista chileno en haber recibido tres de estas distinciones.
“Aunque disminuida y desvalorizada en proporciones vertiginosas, la
recompensa guarda siempre su prestigio y remueve al público; lo cual pasa
mucho en el gremio que, por sobre todos los gremios, ‘no solo vive de pan’…” (Díaz Arrieta, 1953a)
Ya desde las líneas iniciales de su escrito insiste el crítico Alone en desconocerle al galardón cualquier atributo intrínseco, y pondera su valor como una cualidad eminentemente voluble. Dicha volubilidad es formulada en términos que pueden resultar contradictorios, pero que son en el fondo tremendamente eficaces en la identificación de la dinámica en que la existencia pública del galardón se desenvolvía: cada año, pasaba éste de las manos de un escritor a otro, de un comentarista a otro, de un periódico a otro, y aquello que Alone designa como un “prestigio” que la “recompensa guarda siempre”, a pesar de su acusado grado de “desvalorización”, es en el fondo ese atributo neutro, susceptible de ser una y otra vez reactivado al ingresar al espacio del debate público; ahí dentro circulando, el Premio había logrado consolidar un poder de atracción, la capacidad de dirigir hacia sí oleadas periódicas de atención. En una segunda afirmación, y con penetrante lucidez, entiende el crítico lo gravitante de ese valor neutro y transformable en un “gremio” cuyas transacciones no se reducían a lo material: “no solo de pan vive el hombre”, dice el refrán sugerido por Alone, y que esconde precisamente la intención de afirmar la naturaleza del valor de lo artístico, al tiempo que sucumbe a la imposibilidad de poder definirlo en términos tan materiales como un trozo de pan.
En el posterior desarrollo de la columna, ésta se abocará a una exposición de los méritos de Daniel de la Vega en función de su relación con aquel atributo neutro puesto en circulación por el Premio. Y es que, si había algo que a Hernán Díaz Arrieta le resultaba abyecto, era el prurito competitivo que el galardón era
123 Instaurado el año 1953. Redactado como modificación y adenda a la ley n° 7368, su texto original
estipula: “Créase el ‘Premio Nacional de Periodismo’, con tres recompensas, que corresponden al ‘Premio Nacional de Crónica’, al ‘Premio Nacional de Redacción’ y al ‘Premio Nacional Gráfico’, con un total de cuatrocientos mil pesos anuales, que serán distribuidos por iguales partes entre las tres recompensas. Estos premios serán otorgados por un Jurado compuesto por el Presidente del Senado, el Rector de la Universidad de Chile y un representante de los Círculos de Periodistas de Santiago,
143 susceptible de despertar entre los escritores. En tal sentido, Daniel de la Vega le parecía un caso ejemplar:
“En muchos se juntan los variados méritos; pero en pocos las cualidades de todo orden que reúne el nuevo Premio Nacional, empezando por una que se aprecia especialmente y se reconoce más de lo que se piensa: jamás hizo
ningún acto ostensible para conseguir el honor que acaba de dispensársele y su carácter deja creer que acaso ni lo esperaba. / Trabajador empecinado de las
letras, su vista absorta en la tarea nunca se ha distraído para contemplarse ni se ha paseado en torno para proponerse; su yo, el más sencillo, el menos hablador, no existe para él mismo y son los otros, sus lectores, sus amigos, los que lo conocen, miran y admiran, quienes, por la fuerza de una corriente colectiva, lo han llevado al sitio que ya ocupaba antes de serle confirmado protocolar y positivamente.” (1953a)
En la escala de quien esto escribe, no hay mejor merecedor del Premio Nacional
de Literatura que aquel que no lo desea. La contundencia de la lógica desde la
cual se celebra la designación de la Vega, es la misma desde la cual el crítico, antes y después de 1953 fustigaría a todo aquel escritor que propusiese – o actuase bajo una concepción de – la literatura como medio para un fin, y no como un fin en sí mismo124
Habiendo establecido estos rasgos distintivos del escritor recatado y desinteresado, a contrapelo de las actitudes dominantes en el medio, procede Alone a un trazado biográfico. Respondiendo a una modalidad del todo habitual, pero imprimiéndole su tono personalísimo, el comentarista de El Mercurio se aboca a la presentación del personaje reconocido a partir de los hitos de una trayectoria en que, en la fusión del talento y las posibilidades, se construye el escritor a partir de una serie de atributos discernibles como literariamente disciplinarios: este, que estas cosas ha hecho, es todo un escritor. En tal sentido, hay en la carrera de Daniel de la Vega un momento decisivo, una filiación determinante:
. Daniel de la Vega es en tal sentido un artista de excepción, pues ha creado su literatura sin abrigar segundas intenciones, rehuyendo sobre todo de la fama. Esto tiene, pensando como Alone, consecuencias para la valía misma del galardón: cuando éste reconocía a aquellos que prescindían de hacer su alabanza, su legitimidad aumentaba; si, en cambio, lo recibían aquellos que públicamente habían expresado con anterioridad su anhelo de recibirlo, el galardón se devaluaba, se envilecía. Son estos conceptos, los que le permiten entender que la premiación de Daniel de la Vega, es un “triunfo (que) purifica la atmósfera”.
124 En la presentación contrastada de las premiaciones de Augusto D’Halmar y Joaquín Edwards, fue de
advertir cómo es que el conflicto entre una literatura útil y comprometida frente a una fiel a la premisa del arte por el arte, forma parte del origen mismo del galardón, y su reaparición 10 años más tarde, no hace sino confirmar dicho vínculo inicial. En tal sentido, la mirada de Alone se mantiene coherente a lo largo de los años, y su voz será acaso la máxima defensora, en estas primeras décadas, de la
144 “Para ‘El Mercurio’ este triunfo de Daniel de la Vega envuelve el significado de
una victoria personal, no solo por su larga y constante colaboración en los
diarios de la Empresa, sino por algo más que aparece de relieve en una página cuya reproducción nos permitiremos.” (1953a)
Con estas palabras introduce Alone la reseña que él mismo había escrito en 1931 acerca del poeta y narrador Daniel de la Vega, para un “Panorama de la Literatura Chilena durante el siglo XX”, encargado entonces por el Ministerio de Instrucción Pública. De dicho libro, recupera lo sostenido hace más de dos décadas, apuntalando la solidez de las bases sobre las cuales se construía la legitimidad del escritor condecorado:
“Llegado a la edad en que los autores chilenos dejan de escribir para ganarse la vida, cuando se le creía desalentado, revivió de un modo algo milagroso: entra a colaborar en ‘El Mercurio’ y, de la noche a la mañana, se convierte en un periodista instantáneo, vibrante, alerta, que cada día traza su comentario agudo y bello en una prosa límpida, mezcla de crítica, poema, teatro, cuento y crónica de actualidad, con valor permanente por el estilo y variedad inagotable de asuntos.” (1953a)
La plataforma de publicación tiene un rol determinante, mas esta vez se prescinde de invocarla como un espacio genérico, “la prensa”, y se procede a su plena identificación con el diario El Mercurio, con “la Empresa”. Es en dicho espacio, y en un momento clave de la vida de los escritores nacionales, aquel en que estos “dejan de escribir para ganarse la vida”, que Daniel de la Vega encuentra las condiciones no solo para desarrollar su propia escritura, su propio arte (“prosa límpida, mezcla de crítica, poema…”), sino para convertirse en “periodista instantáneo”, en cuanto se integra a un organismo, a una “Empresa”, que funcionaba en torno a la escritura. El rol fundamental jugado por la prensa en la apertura de espacios para el desarrollo de la creación literaria en el Chile de la primera mitad de siglo anima ciertamente estas líneas; la variante, no obstante, que el caso de Daniel de la Vega ofrece la define la formulación escogida por Alone: “una victoria personal” para El Mercurio. Al decir esto, la legitimidad reconocida a un galardón bien entregado, se transmite al diario en que el escritor-periodista escribe por primera vez de manera explícita. Insertado en dicha constelación, la entrega anual del Premio Nacional de Literatura trasciende el vínculo Estado-Escritor, irradiando su legitimidad desde éste a la Institución que lo acogía. Alone clausura el ciclo legitimador, invitando todavía a un cuarto actor:
“Poco literario, en el sentido técnico, Daniel de la Vega ha estado y ahora
estará más que nunca en relación exclusiva y directa con sus lectores, con el vasto público que lo sigue, lo ama, lo conoce, se lo sabe ya un poco de
memoria y ha de hacerle llegar, junto con la noticia, la onda de su poderosa simpatía humana, más halagadora para un artista que todas las demás posibles recompensas.” (1953a)
145 Si bien al Estado no se le menciona, es sabido que el circuito se inicia en él, representado por la SECH, el Ministerio y la Universidad. Viene después el escritor, invocado aquí en su filiación institucional. En último término, surge el público, cuya devoción es la máxima recompensa para el artista. Solo una década antes, al recaer la distinción sobre Joaquín Edwards Bello, había tenido el Premio un radio tan amplio de impacto, un radio tan público de impacto. Para que esto fuese así, y siempre de acuerdo a la lógica que anima la reflexión de Alone, la dimensión periodística del productor es clave, al punto que incluso su propiedad literaria es relegada a un segundo plano, supeditada a la irrefutable legitimidad del segundo flujo legitimador, conferida por la fidelidad de los lectores, del público.
El segundo texto antes aludido aparece seis días más tarde en la revista Zig-Zag. Al igual que en el de El Mercurio, y como es costumbre en las columnas dedicadas por Alone al Premio Nacional, alternará el argumento entre ponderaciones sobre el candidato y sobre el galardón mismo, su sentido y función. “El Premio Nacional” se tituló esta nueva intervención, acompañada de una foto de Daniel de la Vega al centro de la página. Nuevamente, el crítico erigiría la sencillez y desapego del personaje como sus atributos fundamentales, prescindiendo de extenderse en comentarios sobre la factura de su obra, sus condiciones de narrador o poeta. Evocándolo en la lejanía – Daniel de la Vega se encontraba en España al momento de ser elegido Premio Nacional –, Alone imagina la ausencia de sorpresa en el semblante del ganador al leer el telegrama que le comunicaba la noticia (a un “¡Bah!”, se reducirían sus comentarios, especula Alone), insistiendo en la representación de un personaje carente de ambición y de codicia. El atributo reconocido por el Premio en la lectura de su comentarista es ante todo moral, y su celebrada valía la justificaba la ignominiosa abundancia de su opuesto, vale decir, de escritores que lo ambicionaban, y que no tenían empacho en manifestar y hacer pública esa ambición. Y es en esto último, que el resto de la columna habría de extenderse. Afirma Alone: “Para saber lo que significa el Premio hace falta una mirada a las víctimas”125
La premisa negativa le permite a Hernán Díaz Arrieta un ejercicio de indagación del medio literario local, concebido como una hoguera de vanidades. Escribe:
(Díaz Arrieta, 1953b), donde por víctimas entiende a los relegados, a aquellos que no lo recibieron.
“Y es que esa murmuración, esa queja expresa o tácita, ese gran disgusto más o menos disimulado de los que hacían cálculos, a veces, también, un poco de propaganda, constituye, ¿cómo diremos?, algo así como el pedestal, o, por lo menos, lo que sostiene sobre cabezas hieráticas el pedestal que sustenta al
triunfador y lo levanta. / No importa que se declare oficialmente que el Estado considera a alguien escritor excelente y le entregue determinada suma. Eso es
solo el principio. La fiesta verdadera empieza después, cuando se añade que,
125 Una segunda formulación en el mismo escrito, igualmente elocuente: la palabra de los postergados
146 además de ser un escritor excelente, es más, mucho más que A, que B, que C y que D…” (1953b)
El raciocinio es de implicancias riquísimas, en cuanto propone una develación del valor abstracto transmitido por la premiación, incluyendo un descarte de posibilidades. La etiqueta estatal como marca de fábrica es irrelevante, así como la suma monetaria que lo compone; lo que importa, lo que realmente desencadena el efecto legitimador asociado al Premio Nacional de Literatura es la “murmuración” que su designación despierta: una de las formulaciones más notables del flujo legitimador del campo. Dicha murmuración se yergue como un
sistema de declaraciones en las plataformas públicas de lo literario capaz de generar un atributo distintivo, y traspasárselo al escritor. Alone prescinde, luego,
de seguir el rastreo de la convertibilidad material de dicho atributo, de si acaso se traduce en más lectores, en nuevas ediciones, en nuevos contratos; esto, sin embargo, no obsta el ejercicio afirmativo, la construcción del valor del Premio Nacional de Literatura a partir de su capacidad de insertarse en el medio literario, y estremecerlo al imponer un reordenamiento de sus jerarquías126
Desde el periódico El Siglo, el crítico Juan de Luigi refutaría la designación de Daniel de la Vega, coincidiendo en algunos puntos con Alone, mas considerando estos como atributos negativos; principalmente, su dimensión periodística. Escribe de Luigi, en edición del día 18 de octubre:
.
“Daniel de la Vega tiene por lo menos los requisitos formales establecidos por la legislación que creó el premio. Es escritor incansablemente, en el libro o en el periodismo, ha trabajado con honradez durante 25 años o más; muchos más. Su labor periodística, como cronista o como crítico teatral en ‘Las Últimas Noticias’ y en ‘El Mercurio’ es de un caudal formidable. Su obra literaria puramente tal, es mucho más restringida, por lo menos la conocida. Ello se debe a que De la Vega, desde hace años, se preocupa poco de la publicación.
Produce por el gusto de producir; pero no parece tener igual gusto por publicar. Por eso está presente en la actualidad más como periodista que como literato.”
(de Luigi, 1953)
Cuando al principio dice “por lo menos”, es por no haber, a su juicio, mucho más. La coincidencia en el Premio de unos atributos detentados por el productor con las exigencias estipuladas por un Jurado, es reducida a una de carácter exclusivamente formal, restándole así una dimensión de calidad estética. Trabajo
126 El parentesco entre las ideas expresadas por Alone y la comprensión de los premios literarios
esbozada por James English y presentada en las páginas introductorias, es evidente, y no deja de llamar la atención. Su similitud se explica, no obstante, en el hecho de que ambos autores concentran sus análisis en la forma en que los premios como objetos simbólicos y prácticas impactan en sus medios de recepción. En tal sentido, la figura de Alone no hace sino confirmar su interés y excepcionalidad
respecto de muchos de sus colegas nacionales contemporáneos. La obstinación con que Alone le negaba atributos legitimadores a la oficialidad cultural chilena, y su creencia cerrada en el derecho del lector de evaluar desde el gusto, resultaba en una valoración del crítico hacia la opinión del público. Esto, finalmente, y en virtud de la discusión en torno al Premio Nacional de Literatura, singularizaba y aislaba su discurso, en medio de voces que apelaban a valores culturales mayores, como la nación o el arte puro, y tendían a desestimar la opinión de las masas lectoras.
147 honrado, producción caudalosa, inmune a la necesidad de publicar. El crítico articula su refutación en términos exactamente contrarios a su colega Alone. La veta periodística, el contacto con el público, el desdén ante el medio, son aquí considerados aspectos formales que no satisfacen una pertinencia propiamente literaria del galardón. Juan de Luigi inscribe estas reflexiones en una crítica general al proceso de discernimiento del Premio, en el que acusa la falta de pertinencia de su Jurado (el Ministerio, y detrás de él el Gobierno, “no posee ni debe poseer aptitudes literarias”; la SECH crea “camarillas” para elegir a su representante, condicionando así su voto; la Rectoría está ocupada por alguien que bien puede ser un sabio, pero no necesariamente un literato), la reprochable colisión de intereses creados que periódicamente escenificaba, la escasez de autores de valía, que a su vez hacía de su condición anual un exceso y un despropósito; todo esto, finalmente, agravado por la falta de categoría literaria del último premiado, quien en el fondo era un periodista. En tal sentido, la designación fallida era el producto de un proceso mal concebido. Todo lo cual, llevaba a de Luigi a concluir: