En este día de luna llena, justo en que cumplo cincuenta y dos años, recuerdo que la muerte se acercaba, acechaba por entre los rincones, se escondía en cada esquina en la que daría vuelta, para observarme detrás de cada puerta, asomarse cual francotira- dor por cada ventana; sentía lo gélido de su mirar, como camina- ba a lo largo de mi espina dorsal, el sueño se esfumaba, llevaba días sin dormir, tal vez semanas, que importaba si podía escon- derme de la muerte, ganarle la delantera y que no me encontrara. Esto es gracioso, jugando a las escondidillas con el Ángel de la muerte.
Pero tengo la idea de haberle ganado, hoy llega el libro que encargué al tendero de la librería de esotérico, “los dioses pre-
hispánicos, mitos y ritos”.
- El asustadizo quídam, caminaba por las calles de la ciu- dad, con cuidados extremos, al llegar a las esquinas, y antes de cruzar la calle, miraba tres veces en cada dirección, se persigna- ba y corría apresurado hasta la siguiente acera.
Supuestamente ya a salvo, revisaba la cuadra que se exten- día frente a él, los edificios, las casas, si las paredes no estaban agrietadas, si no había algún gato negro cerca o perro que le atacara, cuando estaba totalmente seguro continuaba su camino, con pasos lentos, protegiéndose lo más posible.
Por fin llegó a la librería esotérica.
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- Hola como está, ya tengo el libro que encargó, llegó justa- mente hace una hora, permítame traérselo.
- Está bien, aquí le espero.
- El hombre se sentía seguro, en aquel local comercial abun- daban los fetiches, amuletos y talismanes, así es que la espera por el libro no sería problema alguno.
Salió el tendero del almacén con un embalaje de paquetería sin abrir, tomó el cúter amarillo…
- No… no lo abra, así entréguemelo, mejor dígame ¿cuánto le debo?
- Son 888 pesos.
- Sacó novecientos pesos de la cartera de piel roja, los depo- sito sobre la vitrina, se dio la media vuelta y salió de la librería rumbo a su casa.
Ya en la intimidad de su casa, se dirigió al closet de su cuar- to, quitó las cajas de zapatos, separó la ropa colgada, tomó la caja que contenía el libro colocándola bajo su brazo izquierdo; abrió una puerta oculta, que daba a una escalera de caracol que llevaba al desván, subió nueve escalones, se agarró fuertemente del tubo central de la escalera, y se colocó sobre el décimo es- calón, la escalera chasqueó, girando en sentido contrario a las manecillas del reloj, ahora en vez de subir, bajaba, cuando al fin se detuvo estaba en el sótano.
Aquel lugar estaba alumbrado por trece lámparas de sal pe- trificada, dispuestas en círculo, alrededor del cuarto, al oriente estaba una pecera enorme como de cinco metros de frente por tres metros de alto por cuatro metros de profundidad, junto a
esta un altar; al sur una mesa de trabajo, una silla ergonómica de oficina, cómoda y con ruedas, al norte un sillón, y al poniente un librero, al centro sobre el piso varios signos trazados con tiza blanca y carbón.
El hombre tomó la silla, se sentó frente a la mesa de trabajo, tomó una daga ceremonial de pedernal, y con mucho cuidado la corrió por dentro de la caja, abriéndola con cuidado, tomó el libro, se fue directamente a leer el índice, encontrado el tema deseado, deslizó la yema de su dedo de poder; sobre la hoja para posicionarla junto al número de carilla, abrió el libro en la pá- gina, para leerlo con detenimiento. Lo leyó una vez, dos, tres… varias veces, hasta que hubo aprendido de memoria el contenido del tema, estaba leyendo sobre la leyenda y ritos del axolotl, del eterno niño, de su eterna búsqueda de la inmortalidad, de cómo huía de la muerte, lográndola esquivar.
Dejó el libro sobre la mesa, rodando la silla hasta quedar frente a la pecera, dentro nadaban varios ajolotes negros y blan- cos, pequeños animalitos parecidos a las salamandras, coronados con un penacho de seis bastones rematados en rojo, con cuatro extremidades cortas, una cola, pero lo más interesante, era que presentaban cuatro dedos en las extremidades delanteras y cinco en las traseras, en una relación cabalística con la carta del tarot denominada la luna.
Tomó dos perennibranquios: una hembra y un macho. Re- citando un cántico en lengua náhuatl, durante treinta minutos prosiguió cantando aquel salmo, todo el tiempo acariciando a los dos monstruos acuáticos, cuando terminó, los presentó a los
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seis puntos determinados por el símbolo Ollin: me refiero a los cuatro espacios cardinales y los dos recintos mistéricos.
Salió sin prisas del sótano, se dirigió a la cocina y aun vi- vos, cocinó a los pequeños animalitos teratológicos.
El mortal, disfrutó aquella cena, sin importarle el lado oscu- ro de Venus, o si los dioses se enojaban; lo cierto es que el festín era exquisito.
Desde aquel día, hace ya setenta y siete años; que la joven criatura cena dos ajolotes cada trece lunas llenas.
LA PLUMA
El extremo de las alas de un Ángel, justo en el justo lugar donde se doblan; se le llama cuento.
Aquel día, caminé por el cuarto, me encontraba solo, sé que me había visitado el Ángel de la muerte, estaba totalmente ator- mentado, asustado; circulé de un lado para el otro, de un extremo al opuesto, algo me llamó la atención, debajo de la pata izquier- da de la silla, estaba una pluma, la recogí con cuidado, la jugué entre mis dedos, estaba suave como las mejillas de un bebé, em- pero expulsaba un fuerte olor a viejo o a muerte.
Me senté, admiré la pluma por largo tiempo, por un tiempo que se antoja eterno, pero por un instante que es efímero; ¿aquel era un regalo?, ¿un compromiso?, ¿la olvidó?, ¿la perdió?, ¿por- qué la dejó?...las dudas no doblegaban mi espíritu, lo engrande- cían.
Entonces vino una idea a mi mente, que pasaría si escribía con la pluma del arcano místico del número XIII del Tarot, el tra- zo que su punta dejara, transmutaría lo escrito en realidad…que se yo, no soy más que el instrumento de un engranaje cósmico.
Pero por que quedarme con la duda…
Carbonicé en un carbúnculo; un poco de incienso de copal, me serví una copa de tequila, de cera virgen encendí la vela, dispuse la tinta color vino carmín, un pergamino y me dispuse a escribir…
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Las palabras fluyeron con estrépito, dejando su huella en aquel espacio blanco; manchas que cambian el curso de nuestra historia o nuestro pensar, cuento que habla de mis deseos; histo- ria… rito… secreto…
Me vigilan; en el fondo unos ojos que espían, se asoman por entre la oscuridad, obsidianas perdidas en lo negro de la noche; mirada mesmerica, hipnótica que recorre mi espina dorsal, mis manos escriben la carta que quiero escribir, escriben la carta que me vas a ordenar; trazo del mortal, grafías influidas por un ser inmortal…