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BESTIARUM VOCABULUM

In document Grimorio de la MUERTE (página 41-49)

Comencé a sentir un libro entre mis manos, bastante grueso, pesado, empolvado, viejo, con textura rugosa y aterciopelada en su centro.

Con miedo, abrí los ojos, para mirar lo que en mis manos se encontraba.

Un compendio de bestias mitológicas estaba ante mis ojos, acaricié el libro, me emocioné, que secretos podría develar al abrir sus páginas, así que sin miramientos lo intente abrir, nada, no se podía. Vi que a un lado de mi pierna derecha estaba un cuenco con granos de sal gruesa, tome unos pocos con los dedos gordo, índice y medio, los lance por sobre mi hombro izquierdo, para ahuyentar a las fuerzas malignas que pudieran estar que- riendo ver por sobre mi hombro.

El libro cobró vida, levitó; se abrió por si solo en el capítulo dedicado a las gárgolas.

Lo leí con detenimiento, cuando llegue al final del capítulo, me fue imposible dar vuelta a las hojas, el libro se cerró para petrificarse por completo, transformase en piedra andrógina.

A mi diestra estaban un cincel y un martillo, los tome, y sin proferir palabra alguna, comencé a devastar la piedra negra, conforme volaban las lascas, fue emergiendo de su núcleo una gárgola, sus colmillos estaban afilados, igual que sus garras, sus

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Gabriel Corona Ibarra Córdoba

ojos amenazantes, la textura de su piel que dejaba entrever fuer- tes músculos, cuando la terminé por completo, deslicé mis dedos sobre la superficie rugosa de su piel, la observé por un largo pe- riodo, por arriba, por los costados, enfrente, abajo, atrás y quise penetrar en la profundidad de su abstracción.

Corrió el tiempo, sería un minuto, serian las horas, poco importaba, aquel demonio menor estaba ahí mirándome desde su lapidaria mirada, algo me quería decir.

Continúe viendo a la bestia, para comulgar con su silencio pétreo, fue entonces cuando pensé, en el libro decía que se po- dría conjurar la piedra, lanzarle un hechizo, para darle vida a la roca, despertar los señoríos que durante milenios la diosa había depositado en sus entrañas y poder contar con la protección de la gárgola.

La lectura fue rápida, sólo una vez… si leí una invocación en latín antiguo especial para este caso; pero no la recordaba.

Recordé vagamente algunas palabras en latín, asimismo que entre mis pertenencias traía una pequeña piedra de rayo.

Coloqué la piedra de rayo en lo profundo de la garganta de la gárgola.

Invoqué su poder, y comencé a conjurar por siete veces las siguientes palabras:

¡¡¡Vibratus ab œthere fulgor lapis vita!!!

No pasaba nada, entonces tome saliva con mi dedo índice derecho y coloque un símbolo sobre la frente de la gárgola, le di un poco de pólvora fuerte, que gargareó a destajo.

en latín, siempre sosteniendo la gárgola entre mis manos, sin despegarle los influjos magnéticos que fluían de mis ojos a los suyos.

Mas que hechizando aquella mole de granito, el hechizado estaba siendo yo, creando un lazo mágico entre aquel ser y mi espíritu, una amistad eterna; fue entonces que la gárgola parpa- deó, regresándome la mirada altiva. Un guardia nacía entre mis manos.

XÓLOTL

La multitud gritaba enardecida, los alaridos se elevaban como anunciando una muerte macabra, serian soltados los pe- rros de guerra; los Alanos; traídos de la península ibérica.

En el centro de aquel patio, un indio semidesnudo, sentía flaquear sus fuerzas, miraba alrededor, veía a sus verdugos con las gargantas abiertas, y de entre los dientes correr hilos de baba gruesa; él sólo estaba armado con un garrote, sabía lo que pasa- ría, el aperreamiento, se enfrentaría a dios Xólotl, su mente di- vagaba entre luchar por su vida o entregarse a su venerado Dios, inmolándose en su honor.

Vio que de unas jaulas de palos retorcidos, dejaron salir a cuatro monstruos con las orejas cortadas al ras de su testa, de un porte esbelto, musculoso y enormes, con las centellas fulguran- tes amarillas, plagadas de hilos sanguíneos, la lengua salía cual víbora amenazante, de la que colgaba una masa viscosa, oscura caverna flanqueada por una hilera de cuchillos blanquecinos y maloliente, ladrido estremecedor y demoniaco.

La hora estaba marcada, era entregarse o luchar.

Los perros bermejos se abalanzaron sin temor alguno, saltando dispuestos a matar, el indígena los recibió a palos, el instinto pudo más que sus creencias, atacó a los perros sin mi- sericordia: el dios dejó de ser, el dios había muerto, el estaba entregado a sobrevivir.

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Un perro logró apoderarse de la mantequilla suave, los peroneos se desgarraron entre sus afilados colmillos, la sangre brotó, los animales se excitaron, la comida estaba ofreciendo su mejor aroma, los invitaba inevitablemente al festín.

El dolor fue agudo, cayendo de rodillas, no por que estuvie- ra orando; la rodilla se incrustó en la grava y el polvo, el garrote voló decidido a la cabeza incrustada en su pierna.

El golpe fue contundente, el perro se desplomó sin vida a su lado. La vida le volvió al cuerpo, se animó, un enemigo menos, sólo quedaban tres, regresó con mayor ímpetu a la batalla, estaba decidido a salir con vida de aquella empresa.

Entonces el conquistador venido de Extremadura, dejó es- capar su voz, desde lo poblado de su rostro barbado.

- Que falible método de tortura es este, sólo una pequeña herida; y una de las bestias muertas; quiero a ese indígena muer- to, haz algo.

Su interlocutor; hombre menudo, vasallo de aquel señorón; pero con algo de poder por estos lares, algo nervioso dijo - Suel- ten a Amadís, para emperrar a ese indio insolente.

El encargado de las jaulas en su desesperación por obedecer a su patrón, chocó contra ellas, dejando escapar a seis perros más, entre dogos, lebreles y un Ixcuintla negro y pelón. Al me- nos eso era lo que alcanzaba a ver el indio. Poco le importaron los perros al hombre que dignamente confrontaba a la muerte, se hincó, vio directamente al perro calvo, y sin titubeos comenzó a rezar. La jauría se amontonó a su alrededor…

El dolor cesó, el indio abrió los ojos impresionado, quería saber que estaba pasando, entonces fue recibido por la lamida del animal bermejo al que le diera muerte, se paró, y vio alrede- dor, estaba a la orilla de un río, su única compañía era el canino, el cual lo miraba sin parpadear un poco, echado en sus patas tra- seras y dejando colgada su lengua, aquel animal que momentos antes era el peor de los monstruos, se transformó en dócil.

Al otro lado del río había unas personas; empezó a recono- cer que varios familiares y amigos… lo venían a recibir, tomó al xólotl-itzcuintli del cuello y juntos cruzaron la corriente por última vez.

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