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Amor sin palabras

In document Sopa de Pollo Para El Alma de La Pareja (página 96-101)

De regreso a casa de una estancia de cuatro días en el hospital, insisto en que lavar mi cabello es una necesidad inmediata. En realidad no lo es. Un cuarto de baño caliente y lleno de vapor parece ser el lugar perfecto para esconderme del miedo que envuelve a mi corazón.

Pospuse el inevitable momento durante todo el tiempo en que me desvestía, y también mientras me hundía en el agua jabonosa caliente. Pero ya no lo puedo aplazar más. Así que permito que mi vista se deslice lenta y cuidadosamente hacia abajo, hacia el espacio vacío donde solía encontrarse mi seno izquierdo.

Está magullado... verde y amarillo, lleno de puntadas negras cubiertas de sangre seca. Es tan indigno, tan brutalmente repugnante.

Rápidamente concibo exóticos planes mentales para evitar que mi esposo Jim me vuelva a ver alguna vez desnuda. La pasión mutua ha sido muy fuerte en nuestro matrimonio, pero ahora todo eso parece haber terminado. ¿Cómo lo podría seducir con una figura mutilada y asimétrica? Apenas tengo cuarenta y tres años, y me avergüenzo mucho de mi cuerpo por esta traición. Me recuesto en la tina, olas de tristeza me recorren.

La puerta del baño se abre y Jim camina derecho y atraviesa mi nube de autocompasión. Sin decir palabra, se inclina para colocar despacio sus labios sobre cada uno de mis párpados. Él sabe que para mí esta es una de nuestras tradiciones íntimas favoritas para decir "te amo". To-

davía en silencio y sin vacilar se inclina más abajo. Me preparo para la repentina aversión que no le será fácil ocultar.

Jim mira sin disimulo mi herida y con cuidado besa las espinosas puntadas. Una vez, dos veces, tres veces. Se levanta y me sonríe amoroso, luego me sopla un beso especial por correo aéreo, mi segunda tradición favorita, y cierra suavemente la puerta a sus espaldas.

Mis cálidas y agradecidas lágrimas ruedan por mis mejillas y caen gota a gota en el agua. La herida en mi pecho sigue ahí, pero la del corazón, desapareció.

Inseparable

El amor confunde horas por meses y días por años; y cada pequeña ausencia es una eternidad.

John Dryden

Al final, cuando se verificaron las estadísticas de su relación

amorosa, surgió este sorpresivo detalle: Paul y Linda McCartney pasaron casi todas sus noches juntos.

En treinta años sólo se separaron un día. Linda siempre viajó con los Beatles y los otros grupos de Paul. Él la acompañó en sus viajes para promover su trabajo de fotografía y sus libros de cocina.

En casa o de viaje, durmieron bajo el mismo techo, mezclando su aliento, sudor y recuerdos.

Noches antes me había enterado de que Linda McCartney había muerto, y ahora me encontraba sentada en una ciudad extraña, compartiendo la cena con dos docenas de otros periodistas.

La mayoría habíamos volado solos a la conferencia, dejando a la familia en casa.

En la cena se platicó poco, todo lo que uno puede platicar con un desconocido. Me sentía artificial, no como de costumbre, como actuando. Aunque el hombre a mi lado parecía real. Al platicar, miraba a menudo a su esposa, sentada en otra mesa y a corta distancia, entretenida en su propia conversación.

En su juventud, me platicó, había recorrido el mundo, ansioso de aventuras, reportando guerras y cataclismos. Dos matrimonios fracasaron. Se estableció y se casó de nuevo, luego pasó el último año en Sudáfrica.

Su esposa no podía estar con él, excepto en visitas cortas, ya que aquí ejercía una floreciente carrera.

Ahora, al borde de los sesenta, le gustaría regresar a Sudáfrica, pero una nueva sensación lo detiene.

Me comentó: "Quiero estar con ella, quiero estar con ella todas las noches".

Me atraganté y afirmé con la cabeza y aseveré: "La vida es corta".

Es curioso que cuando uno es joven, dice: "La vida es corta" para justificar sus excursiones geográficas y emocionales. Cuando uno es mayor, dice lo mismo para justificar quedarse en casa con quien ama.

Ese tipo de relación les parece asfixiante a algunas personas. Ellas desean su espacio, tienen miedo de sumergirse o perderse con una pareja rígida.

Eso sentía al principio de mi matrimonio. Nuestro trabajo nos separaba con regularidad. Él volaba. Yo volaba. Parecía vigorizante, y cuando no se sentía soledad, parecía saludable. Incluso salimos con una buena metáfora: viajábamos por la vida en diferentes botes que anclaban, cada vez que podían, en el mismo puerto.

Ahora no queremos más que amarrar nuestras pequeñas balsas en la misma boya, para mecernos juntos suavemente cada noche.

Nuestros amigos manifiestan el mismo cambio en su corazón. ¿Qué sucedió?

Por un lado, uno comprende que compartir los detalles del día por teléfono nunca es lo mismo que compartir el día. Lado a lado, la vida acontece para ambos simultáneamente. Ambos guardan los mismos recuerdos, cuyos detalles se mezclan cada vez que se vuelven a comentar.

Separados, se guardan recuerdos separados. No importa qué tan importantes sean, sólo son historias para el que no estuvo ahí.

Además, cuando uno mira hacia atrás, recuerda demasiadas semanas y meses malgastados en lugares ridículos por razones insignificantes. Y cuando uno mira hacia adelante, ya no tiene que mirar de soslayo para ver que el final está cerca, cada vez más cerca.

En la madurez uno a veces siente que le quedan sólo algunos días por vivir.

Cuando era niña, mis amigos y yo nos entreteníamos con un juego en el que suponíamos que una bomba nuclear caería sobre nosotros. Teníamos sólo diez minutos de vida. ¿Qué haríamos? ¿A dónde iríamos? ¿La mano de quién querríamos apretar cuando llegara el fin?

Paul y Linda McCartney imaginaron esto desde el principio y se mantuvieron unidos treinta años. En la música, en las risas y los buenos momentos, sospecho que olvidaron que alguna vez tendrían que separarse.

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COMPRENSION

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