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Hasta que la muerte nos separe

In document Sopa de Pollo Para El Alma de La Pareja (página 90-96)

Muchos amantes se prometen estar juntos por siempre, en la

vida y en la muerte, pero creo que yo no he sabido de nadie cuya lealtad y devoción se equiparen a las de la señora Isidor Straus.

Fue en el año de 1912. La señora Straus y su esposo eran pasajeros del Titanic en el fatídico viaje. No muchas mujeres se hundieron con el barco, pero la señora Straus fue una de las pocas que no sobrevivieron por una sencilla razón: no podía soportar separarse de su marido.

Así es como Mabel Bird, la sirvienta de la señora Straus, quien sobrevivió al desastre, narró la historia después de su rescate:

"Cuando el Titanic comenzó a hundirse, los primeros en pasar a los botes salvavidas fueron las mujeres y los niños dominados por el pánico. El señor y la señora Straus estaban tranquilos, consolaban a los pasajeros y ayudaron a muchos a entrar en los botes.

"Si no hubiera sido por ellos", declaró Mabel, "me hubiera ahogado. Yo estaba en el cuarto o quinto bote salvavidas. La señora Straus me obligó a entrar en el bote y me cubrió con algunas frazadas gruesas".

El señor Straus suplicó a su esposa que subiera al bote salvavidas con su sirvienta y las demás. La señora Straus empezó a hacerlo, y con un pie ya en la borda, de pronto cambió de parecer, se dio la media vuelta y regresó al buque que se hundía.

"¡Por favor, querida, sube al bote!", suplicó su esposo. La señora Straus miró profundamente a los ojos del

hombre con quien había pasado la mayor parte de su vida, el hombre que había sido su mejor amigo, el verdadero compañero de su corazón y siempre un consuelo para su alma. Se aferró a su brazo y acercó el cuerpo tembloroso de su esposo al suyo.

"No", se dice que la señora Straus respondió desafiante. "No me subiré al bote. Hemos estado juntos durante demasiados años. Ahora somos viejos y no te dejaré. A donde tú vayas, yo iré".

Y ahí es donde se les vio por última vez, parados, brazo con brazo, sobre la cubierta, a esta devota esposa abrazada valerosamente de su esposo, a este amoroso esposo estrechando protectoramente a su esposa, al hundirse el barco. Juntos por siempre...

La buenaventura

Ahora sola la mayor parte del tiempo, y agradecida de que por lo

menos uno de sus ojos todavía le es útil, la esposa lee mucho, en su mayoría libros de otras mujeres que narran historias con las que se identifica. Con pluma en mano, da vuelta a las páginas y subraya las partes que le parecen buenas. Antes solía guardar esos fragmentos para comentarlos con su esposo.

Continúa haciéndolo por hábito, un hábito adquirido desde tiempo atrás. Un hijo o hija que la visite puede esperar verse confrontado con algún artículo extraído de las páginas editoriales o con un insistente "escucha esto..." al hacer su madre referencia a su último libro o revista.

Algunas referencias, sin embargo, son demasiado íntimas y no son para compartir, por eso las guarda en un cuaderno. ¿Un ejemplo? Estas líneas del Cabin Fever de Elizabeth Jolley, en las que una mujer hace la observación: "Experimento de nuevo el profundo deseo de ser una vez más parte de un matrimonio, de sentarme en invierno cerca de un fuego con el hombre que es mi esposo. Es tan intenso este deseo, que si escribo la palabra esposo en una hoja de papel, mis ojos se llenan de lágrimas, pero la palabra esposa, es todavía peor". Esta cita no es algo que leería a alguno de sus hijos. ¿Por qué le son tan dolorosas estas líneas?

Podemos comenzar con la primera fotografía de un deteriorado álbum de bodas. Allí están ellos, retirándose del altar, enfrentándose con sonrisas inciertas a una iglesia llena de parientes y amigos. La novia no llevaba ese

día anteojos, por lo tanto, para ella todo era una mancha de luz de velas, hileras de nochebuenas y caras supuestamente amistosas.

Caminaron hacia la parte posterior de la iglesia y se pararon en la puerta para que todos los allí reunidos desfilaran frente a ellos. De los colegas y viejos camaradas de la escuela recibieron expresiones de buenos deseos ocultas en bromas torpes. Sin embargo, algunos de sus parientes no estaban satisfechos por este acontecimiento. Una de las madres ya se había retirado de la escena y sollozaba en el auto. La otra estaba ahí rodeada de simpatizantes que le presentaban sus condolencias. Estas dos buenas mujeres le habrían asegurado que sólo querían lo mejor para sus hijos, que habían trabajado y se habían esclavizado para asegurarse de eso, pero ellas definían lo "mejor" a su modo en aquellos duros tiempos del pasado, y eso significaba quedarse en casa para ayudar a mantener a la familia, no irse y casarse.

La última persona que se acercó a la pareja fue una mujer robusta de estatura corta, que les sonrió al tomarles las manos entre las suyas y felicitarlos, no por su nombre, sino como "marido" y "mujer".

"Soy la tía Esther Gubbins", explicó, "estoy aquí para decirles que van a vivir una buena vida y serán felices. Trabajarán duro y se amarán el uno al otro". Al decir estas palabras, lo hizo sin prisa, con cuidado, mirando a uno y a otro. Luego, con rapidez para ser una persona mayor y corpulenta, se retiró. Después ellos se fueron en un Buick 1938 prestado, y con dinero que el hermano del novio les prestó, pudieron disfrutar unos días en la posada de un parque estatal. La noche siguiente, sentados frente a un buen fuego de madera de roble, recordaron los sucesos del día de su boda, empezando por el hecho de que a él le tuvieron que achicar la camisa rentada que era demasiado grande y agrandar una levita demasiado estrecha que le apretaba. Re- cordaron los buenos deseos de sus amigos, la manifiesta angustia de sus madres y, por último, el extraño mensaje transmitido por la mujer que se identificó como la "tía Esther Gubbins". "¿Quién es la tía Esther Gubbins?", quiso saber la esposa. "¿Es hermana de tu mamá o de tu papá?" "¿No es tu tía?", interrogó el esposo. "Yo nunca antes la había visto". Se preguntaron quién sería. ¿Alguien que asistió a la iglesia equivocada, o a la hora equivocada, confundiéndolos con otras dos personas? ¿O era una an-ciana a quien sólo le gustaba llorar en las bodas y buscaba los avisos en los boletines de las iglesias?

Con el paso del tiempo y la acumulación de nietos en un número que en la actualidad se consideraría excesivo, sus madres se reconciliaron y se mostraron amor. Una hacía pilas de ropa resistente para que los niños jugaran, utilizando remanentes de tela rayada de algodón de sus propios vestidos de casa. La otra tejía a gancho y con agujas gorras, guantes, suéteres y bufandas. Los padres siempre se simpatizaron. Ellos hablaban de política y narraban historias de su propio crecimiento como inmigrantes en esta hostil ciudad. La vida de esta pareja no tenía nada de ex- traordinario. Al marido se le podía describir como taciturno, inexpresivo. La esposa parecía más efusiva y sociable, diría cualquiera. Por extraño que parezca, ninguno parecía preguntar

en esos tiempos de grandes carreras especializadas, "¿a quién le corresponde este trabajo?" o afirmar "¡esto no me corresponde!". Los dos trabajaban para cubrir sus necesidades conforme el tiempo y la oportunidad se los permitía: cualquiera hacía la investigación para el curso que uno de ellos estaba tomando o para la conferencia que él tenía que presentar, cualquiera buscaba a medianoche en el botiquín de medicinas las gotas de los oídos para calmar al niño que lloraba, o cualquiera llevaba una carga más de ropa blanca a la perpetua pila que se acumulaba.

Al regresar de un arduo día de trabajo, él solía pararse en la puerta y anunciar: "¡Mujer, ya estoy en casa!". Y ella, conteniendo el impulso de soltar una cadena de quejas bien fundadas, contestaba desde algún rincón de la casa: "¡Marido, me da gusto!".

Sus hijos eran una fuente de gran alegría para ellos. ¿Del promedio? No para sus padres, que los amaban. ¿Extravagantes? Sólo si se piensa que el amor se debe proporcionar con cautela y que los niños se echan a perder si reciben demasiado.

De cuando en cuando, por lo general cerca de la fecha de su aniversario, sacaban a colación su vieja discusión sobre la tía Esther Gubbins, un debate que reflejaba la distancia entre lo práctico y lo imaginativo, el pragmatismo y lo romántico. Él insistía en que la señora Gubbins había estado presente en su boda sólo por accidente. Pero ella sabía que la tía Esther, en vista de que nunca la identificó ninguna de las personas a las que se les preguntó por ella, y era desconocida en esta cerrada comunidad eclesiástica, no estaba ahí sólo para protegerse del frío y llorar en una boda. Ella estaba ahí con un propósito. Los hijos tomaban partido con entusiasmo: los terrenales contra los fantasiosos.

Ahora él se había ido y ella estaba sola. Pensando en su vida, la esposa se pregunta: si una de esas teteras o cacerolas que se sabe deja en la estufa hasta que se queman cuando está preocupada hicieran que la casa se incendiara, ¿qué correría a buscar para salvar? ¿El camafeo de su madre, los retratos de su esposo rodeado de sus nietos, la llave de la bodega, o cuarenta y siete dólares escondidos en un viejo tazón de azúcar?

No, sería el reverso amarillento y raído de un sobre que ha conservado por mucho tiempo. Una mujer que con frecuencia no sabe dónde están las cosas y pasa mucho tiempo buscándolas, sabe exactamente en dónde puede encontrar este objeto: debajo de una pila de servilletas de la isla de Madera que se utilizan en celebraciones especiales. Una noche, cuando el esposo había caído dormido en su silla, cabeceando con una gruesa novela de espionaje que esta-

ba leyendo, ella le escribió una nota en el reverso del sobre y se la dejó en su libro. "Marido, fui a casa de la vecina para ayudar a la señora Norton a deducir el reembolso de su seguro médico".

A la mañana siguiente advirtió que él había escrito debajo de su mensaje: "Esposa, te extrañé. Pensaste que estaba dormido, pero sólo estaba descansando los ojos y pensando en aquella mujer que nos habló en la iglesia hace mucho tiempo. Siempre me ha parecido que ella no tenía la apariencia de un mensajero celestial, pero de cualquier modo, es tiempo de dejar de preguntarnos si vino del cielo o de la parroquia vecina. Lo que importa es esto: quienquiera que haya sido, la tía Esther Gubbins tenía razón".

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