– Ya voy, ya voy.– En un instante una mujer joven, no pasaba de la veintena, se dio prisa en bajar las escaleras con una pequeña maleta en su mano. Vestía un ajustado uniforme de criada que completaba con un sombrero arrugado. Observé como sus pechos saltaban cuando descendía por las escaleras y que casi se le salían de la blusa.– Aquí tienes, Annie. Sé buena chica, ¿de acuerdo?– dijo, palmeando amorosamente la mejilla de la niña.
Miré a Michael para ver qué pensaba de aquella mujer. Él me estaba mirando, en su rostro se reflejó el mismo pensamiento que el mío. Nos volvimos hacia el par.
– Vale. Dile adiós a papá por mí y que lo quiero.– Dijo Annie, abrazando a la criada y tomando su maleta en su pequeña mano. La sirvienta asintió.
– Por supuesto, cariño.– Se volvió hacia Michael y hacia mí.– Espero que todo salga bien.– Dijo secamente, entonces se dirigió de nuevo hacia las escaleras. La miré mientras se iba. Así fue como conocí a Amy. Era una mujer atractiva, pero en serio... Una niña de nueve años vivía allí. Me pareció que Michael estaba preocupado, pero se mantuvo bajo control de alguna forma. Annie se giró hacia donde nosotros mirábamos y rió disimuladamente.
– Es normal en ella. Y eso que hoy va algo más vestida.– Ambos la miramos, pero ella ya estaba de camino hacia la puerta. Se detuvo con la mano en el pomo.– ¿Venís?
– La cena había sido increíble. Jamás en mi vida entera había comido un bistec tan jugoso y tan tierno. Me sentí como el perro que tenía en casa, lamiendo mis chuletas. A lo largo de la cena los tres habíamos tenido una gran conversación,
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hablando acerca de cualquier cosa, desde política a la coincidencia de que Michael iba a ir a estudiar en la Escuela de Negocios Wharton de la Universidad de Pennsylvania. Estaba a sólo una hora o así de nosotras en F y M. Cuando él ese enteró, sus ojos brillaron. Después de que terminamos de comer, se dirigió a mí.
– Oye, Laurel, ¿quieres dar un paseo alrededor de la casa? Puedo enseñártela,– Era tan lindo. Su rostro expresaba tanta esperanza. No pude hacer otra cosa que decir sí. Así que nos fuimos. Caden salió al paso con una pobre excusa acerca de hablar con Mildred sobre planchar sus camisas mientras estaba en casa.– ¿Nos vamos?– Michael me ofreció su brazo y yo lo tomé. De momento. No quería resultar demasiado grosera.
Dimos una vuelta por los preciados jardines de Margaret Lodge. Rosas por todas partes y su aroma llenando el aire nocturno, haciéndolo dulce mezclándolo con todas las otras variedades de flores y árboles.
– Hermoso, ¿verdad?– Asentí, impresionada más allá de las palabras.–Mi madre puede tener muchos defectos, pero definitivamente despliega algún tipo de magia en el jardín. Ni siquiera tenemos jardinero. Insistió en hacerlo todo ella misma. Mi padre suele discutir con ella sobre ello a menudo.– Tomó una hoja de un árbol por el que pasábamos, comenzando a jugar con ella mientras caminábamos y él hablaba.– Personalmente creo que mi padre tiene razón. No debería estar aquí afuera excavando en la suciedad.
– ¿Por qué no? Si le gusta...
– Mi madre es una mujer de sociedad. Contratamos gente para hacer ese tipo de cosas.– Indicó la belleza que nos rodeaba.– ¿Sabes todo lo que entra en un jardín? Se arrastra en la suciedad como algún tipo de animal, arruinando la ropa y manchando de suciedad y estiércol las uñas.– Yo no podía creer lo que estaba escuchando, y eso que por entonces debía de haber estado acostumbrada a
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semejante actitud con lo que había visto en la escuela, pero aun así me sorprendía. Mi madre habría hecho cualquier cosa por tener tanto espacio para el jardín de sus sueños. En cambio tenía una pequeña parcela de tierra por fuera de la puerta trasera donde plantaba algunas flores y unas pocas plantas cada año.
– ¿Sabes? Quizás no te caiga bien después de esta noche, pero voy a decirte una cosa, Michael, creo que te equivocas.– Me miró, su rostro mostró su confusión. – ¿Por qué?
– Lo que quiero decir es, ¿en qué siglo crees que estamos? Si eso la mantiene feliz y ocupada, ¿entonces dónde está el problema?– Michael se encogió de hombros, tirando la hoja al suelo. Deslizó las manos dentro de los bolsillos de su pantalón. – Supongo. Sólo que no lo entiendo. Así que hablemos de ti. ¿Qué quieres hacer cuando seas mayor?– Me sonrió. Yo simplemente me encogí de hombros.
– Ser una artista, creo. Eso es todo lo que siempre he querido hacer. – ¿Eres buena?
– Sí. Muy buena.
Finalmente llegamos al hospital y me alegré. Quería saber cómo progresaba la operación. Caden había permanecido dentro casi dos horas. El cuarto de Caden estaba vacío, la revista (la que Margaret había estado leyendo sentada en la silla) sobre la cama. Las sábanas tendidas y la ropa de cama arrugada era la única indicación de que alguien había estado allí
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– ¿Dónde está mi madre?– Michael echó una mirada por todo el cuarto, abriendo la puerta del baño. Después saliendo al vestíbulo y mirando en ambas direcciones. Regresando a la habitación el teléfono de su chaqueta.
– Uh oh.– Dijo Annie, sentándose en la cama deshecha.
– ¿Qué pasa?– Pregunté, sentándome junto a la niña. Ella se encogió de hombros, mirando un ramo de flores sobre la mesa de noche.
– La abuela esta otra vez en problemas.
Oh, señor...
Michael se apoyó contra el marco de la puerta mientras marcaba con expresión concentrada. Colocó el diminuto teléfono en su oído y esperó. Después de unos cuantos segundos habló.
– Mildred, ¿está mi madre ahí? Gracias.– Pude ver su mandíbula apretada mientras esperaba – Soy yo. ¿Interrumpo algo? Bien. ¿Dónde diablos estás? Contemplé en estado de shock cómo Mike sermoneaba a su madre. No estaba segura de qué hacer; quedarme y escuchar, dejar el cuarto, hablar con Annie... Decidiendo que no eran asunto mío los problemas entre Michael y su madre, me levanté de la cama.
– Suele pasar. Vamos.– Leyendo mi mente, Annie saltó de la cama de hospital, caminando hacia la puerta. La seguí. Caminamos hacia el vestíbulo en silencio. Me sentía fuera de lugar, como si no debiera estar ahí después de todo. Annie paseaba como si poseyera el lugar, mirando alrededor, sonriendo a la enfermera que pasaba. Me sentía como si debiera decirle algo, conocerla un poco. Me recordaba tanto a su padre...
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– Estoy en sexto grado de la escuela privada para niñas de Washington. – ¿Sexto grado? ¿No eres un poco joven para sexto grado?
– La educación es muy importante para mamá, así que me enseñó a leer y a escribir cuando era pequeña. Pasó que la escuela me aburría cuando aún iba a Brewster, así que me avanzaron un par de grados y me trasladaron a Washington, donde todo me parece más interesante.
Miré a Annie mientras caminábamos, apenada porque Caden intentara hacer con su hija todo lo que ella no pudo hacer. ¿Estaba empujando a su niña demasiado lejos y demasiado rápido? Pensé que era genial que Annie fuera tan inteligente, pero tenía que preguntarme si estaban permitiéndole ser una niña y no sólo una pequeña persona.
– ¿Qué te gusta hacer por diversión, Annie?
– ¿Diversión?– me miraba como si yo hubiera vomitado el suelo encerado. – Sí. Ya sabes, si sales por el centro comercial con tus amigos, o vas a ver películas, o...
– Leo.
Nos dirigíamos hacia un área del vestíbulo cuando vi una máquina de refrescos. Me enfilé en esa dirección con Annie siguiéndome.
– Lees...– dije. Una declaración más que una pregunta.– Eso es genial, pero ¿qué otra cosa haces para divertirte? ¿No tienes ningún amigo en la escuela? Annie se encogió de hombros.– No. No realmente. Y no me importa. Son todos unos mocosos presumidos.
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– Oh.– Busqué en el bolsillo de mi pantalón hasta que encontré algo de dinero suelto.– ¿Qué quieres?
– Un Sprite estaría bien.
– De acuerdo. Sprite entonces.– Las monedas resbalaron en la hendidura al empujar el botón.
– Mami no me deja tomar refrescos...– dijo Annie, de pie frente a la máquina, con los brazos cruzados sobre su pecho. Aún, mientras lo decía, podía ver el anhelo en sus ojos azules mientras miraba fijamente la lata verde en mi mano. – Que tal te parece esto: será mi obsequio especial para ti. ¿De acuerdo?– Con una mueca infantil, ella asintió, tomando el refresco ofrecido.
– Gracias, señorita Gleason.
– No, no. Nada de esa basura de "señorita".– Deslicé otro juego de monedas en la máquina, empujando el botón de Dr Pepper.– Me llamarás Laurel. ¿Entendido?– otra mueca e inclinación.
– Entendido.
Encontramos unas sillas y nos sentamos, bebiendo a sorbos nuestros refrescos. Pude adivinar que Annie tenía algo en su mente, pero decidí permitirle hablar sobre ello cuando estuviera lista.
– ¿Dónde vives?– preguntó, mirándome por el rabillo del ojo. – En California.
– ¿En qué parte de California? – San Diego.
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– Oh.– Annie tomó otro sorbo de su Sprite, con ese aspecto de concentración en su joven rostro.– ¿Estás casada, Laurel?
Yo pensaba que la niña me diría que estaba preocupada sobre su madre, o que me preguntaría si su mamá iba a estar bien. Oh no. La pregunta del matrimonio. La miré por un momento lo bastante largo para hacerla mirar hacia otro lado, justo a la fascinante lata que sostenía en la mano. Yo no estaba segura cómo manejar la situación; ¿Debo darle simplemente un no? ¿O merecía una explicación? No tenía ninguna idea de lo que Caden y Troy le habían dicho o enseñado a Annie sobre mí, o sobre los Gays en general.
– Bueno, no, Annie no lo estoy.
– Mi papá me dijo que no te gustan los hombres. ¿Es verdad?
Glups.
– Bueno, sí. Es cierto.– La niña me dio la espalda por un momento, contemplando al hombre que fregaba el suelo cerca de la cafetera, acto seguido suspiró.
– Vale.
– ¿Vale?– La miré de nuevo. No tenía idea de qué hacer, o de adónde llevar la conversación. Parte de mí quería golpear a Troy, pero otra parte se alegraba de que hubiera salido el tema.
– Yo también pienso que los chicos son algo tontos.– Miré hacia abajo para ver a Annie sonriéndome. Era una niña muy agradable. Me caía bien.
– Ahí estáis. Veniros. El doctor quiere vernos.– Levanté la vista para ver a un Michael casi sin aliento y de pie en la puerta. Él se volvió y caminó de vuelta al vestíbulo. Me incorporé, seguida por Annie y me di prisa en seguirlo.
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El camino de vuelta a la escuela fue animado mientras Caden y yo hablábamos acerca de nuestro fin de semana en la casa de los Lodge. Yo aún no podía asimilar lo maravilloso e impresionante que era el lugar.
– Creo que mi hermano ha caído en tus redes.– Dijo Caden con los ojos fijos en la oscura carretera delante de nosotras. Su pequeño automóvil deportivo maniobraba sin cesar dentro y fuera del tráfico.
– Es un buen chico.– dije. No quise agregar nada más a su ya concebido plan de tenernos a su hermano y a mí como feliz pareja. A decir verdad, me gustaba Michael y pensaba que era agradable y atractivo, pero me gustaba como amigo. Era divertido hablar con él y teníamos mucho en común.
– Sí, lo es. Quiere venir a vernos el próximo fin de semana.– Caden me miró de reojo. La miré, no muy segura de sí hablaba en serio o no.– ¿Te parece bien?– Me miró de lleno, con una sonrisa de medio lado.
– Claro. Si Michael quiere venir a F y M por mí no hay problema. – Creo que quiere venir más para verte a ti que a mí.
Sonreí, pero entonces miré por la ventana lateral. No estaba muy segura de cómo me sentía ante tal halago. Había tenido citas antes, en secundaria, e incluso había tenido un novio en plan serio, pero ya no estaba interesada en nada de eso. ¿Se vería obligado a lidiar con mi incertidumbre? No estaba muy segura de que eso fuera justo.
Todos permanecíamos en silencio, Michael sentado en una silla con Annie en su regazo, yo de pie en la puerta y Margaret no muy lejos apoyada contra la pared. A su vez, el doctor nos miraba a cada uno.
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– Bueno, eso es todo lo que tengo por ahora. Regresaré brevemente para decirles si le queda poco tiempo, o por si por el contrario, aún nos queda mucho tiempo. Desgraciadamente la hemorragia cerebral es algo común en estos casos.
Con esas palabras reverberando en mi cabeza, salió. Todos nos quedamos aturdidos y en silencio, no muy seguros de sí era buena idea incluso respirar. Fue Margaret la que finalmente habló.
– Llamaré a tu padre.– Salió de la habitación, con la mano en la boca. Indagué el cuarto con los ojos, buscando algo a lo que sostenerme. Encontré dos ojos grises, llenos de preocupación y con un reflejo de tortura. Miré a Mike.
– ¿Estás bien?– él cabeceó aturdidamente. Annie envolvió sus delgados brazos alrededor de su cuello y él la atrajo para darle un firme abrazo.
– ¿Mami no está muerta, verdad?– preguntó en su cuello. Michael la apartó suavemente para poder mirarla a los húmedos ojos azules.
– Oh no, cariño. Mamá no está muerta. Logró salir bien de la operación, pero pasó algo malo y ha caído en coma. ¿Sabes lo que es eso, Annie?
– Es cuando la persona duerme durante mucho tiempo, a veces no llega a despertar nunca.– Dijo la niña con su voz calmada e infantil. Michael cabeceó. – Bueno, sí y no. Tu mamá está durmiendo ahora mismo, pero no será durante mucho tiempo.– Él me miró, sus ojos llenos de esperanza y lágrimas. Sonreí, intentando darle toda la seguridad que pude. Atrajo a su sobrina de nuevo hacia él, enterrando la cara en su cabello.
Paseé por los silenciosos vestíbulos del hospital, con mis manos en los bolsillos mientras miraba directamente hacia el frente, mi mente con Caden, no en lo que me rodeaba. No me importaba donde estaba. No me importaría hasta que
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ella no despertaba. Habían pasado dos días y nada. Aún permanecía en la UCI, pero los doctores tenían la esperanza de poder pasarla a su cuarto dentro de unos días. Michael y yo habíamos estado en el hospital casi todo el día, haciendo turnos para ir a comer y llevar a Annie con su padre y de nuevo al hospital. Ella aguantaba bien, sólo me permitió verla llorar una vez. Igual que su madre.
Sonreí mientras caminaba, recordando de nuevo mi época con Caden cuando éramos más jóvenes.
Gooper comenzó a venir cada vez más a menudo. Salíamos los tres juntos y nos lo pasábamos genial. A él y a mí nos encantaba especialmente jugar al frisbee en Long’s Park. Caden odiaba jugar, se limitaba a sentarse sobre el césped con las piernas cruzadas para observarnos, con un libro de texto en su regazo. Michael se convirtió en uno de mis mejores amigos, junto con Caden, por supuesto. Ella y yo éramos inseparables. Le enseñé cómo divertirse y ella me ayudó con mis deberes. Era una estupenda sociedad.
– ¡Vamos, Caden!– Llamé desde la acera, mirando nuestra ventana del dormitorio.– No tenemos toda la bendita noche!
– Tengo miedo.– Me contestó.
– Estás de broma, ¿no?.– Murmuré, con los brazos en jarras, echando un vistazo alrededor y a los estudiantes que pasaban junto a mí, que me miraban como si hubiera perdido la razón. Yo les respondía con una mirada penetrante y después miraba hacia la ventana.– Lo prometiste.– Le recordé. Al final Caden asomó la cabeza por la ventana.
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– ¡Venga ya!– Pude ver el más ligero atisbo de su piel cuando sus hombros asomaron.– Vamos, tonta.– Caden me regaló una última e intensa mirada, luego desapareció de la ventana.
Aferré las puntas de la toalla, envolviéndola aún más firme alrededor de mis caderas cuando vi a Caden caminar hacia las puertas de nuestro edificio. Sonreí, observándola mirar alrededor para ver quién podía estar viéndola, que probablemente eran casi todos los que por allí pasaban.
– Vamos.– Llamé con mi mano, sonriendo como una idiota. Despacio, como un tímido gatito que se acerca a un juguete nuevo, Caden salió del edificio y vino hacia mí.
– No puedo creer que me hayas convencido para hacer esto.– Siseó con los dientes apretados.
– Ah, vamos. No es tan malo como piensas. Caray.– Envolví el más grande de mis seis bocetos bajo el brazo y volví en dirección a mi automóvil. Miré por encima del hombro para ver a Caden de pie justo donde la había dejado. Caminé otra vez hacia ella, comenzaba a preocuparme.– ¿Estás bien? Mira, si no te gusta no lo hacemos, ¿de acuerdo?
Puse mi mano en su hombro para intentar calmarla y hacerle saber que no me enfadaría si cambiaba de parecer. Miró fijamente al suelo por un momento, acto seguido y con una profunda inspiración, me miró a los ojos.
– Vámonos.– Para mi sorpresa, se adentró en el aparcamiento y se situó al lado de mi Bug esperando que abriera la puerta para ella. Con un encogimiento de hombros la seguí y nos montamos en el pequeño coche.
Yo nunca había estado en el Cascade Park, pero había oído hablar de él y tenía curiosidad por ver qué tipo de dibujos podría obtener de allí. Supuestamente no
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era muy concurrido, la mayoría de la gente prefería el Long’s Park. Cascade se salía de la ruta habitual y se encontraba a orillas del pueblo.
– ¿Adónde vamos?– preguntó Caden mientras bebía a sorbos la Pepsi que habíamos comprado junto con nuestro almuerzo en un Burger King.
– Cascade Park.
– Oh. No he oído hablar de él.
Caden miró por la ventana abierta, la brisa de fin de primavera soplaba, removiendo su cabello en todas direcciones. Tenía un pelo precioso. Sonreí a su nuca antes de retroceder al camino, doblando a la izquierda y dirigiéndome directamente hacia delante un par de millas. ¡Voila! Cascade Park asomó justo frente a nosotras. El parque no era muy grande, pero sí agradable con todos aquellos árboles que ofrecían buena sombra para el calor y mejores oportunidades para diferentes tipos de sombreado.
Aparqué mi Bug en el pequeño estacionamiento y comencé a descargar mis suministros de arte. Caden me ayudó, al tiempo que echaba una mirada alrededor y se bajaba la parte de arriba de su bikini.
– Me siento muy incómoda con esta cosa. Todavía no puedo creer que me convencieras para que me lo pusiera.– Le sonreí.
– Eh, estás preciosa, así que no te quejes.– Me miró con duda, pero no dijo nada más hasta que encontramos un lugar bajo un árbol alto con un césped suave y verde bajo él.
– ¿Por qué yo?– Caden extendió la manta que habíamos traído y se acostó sobre su estómago, desenvolviendo su hamburguesa. Me senté frente a ella, cruzando mis piernas mientras mordía una patata frita. Me encogí de hombros.