– ¡Laurel!
Me giré sólo para verme sumergida en un abrazo monstruoso, sentí que mis ojos se me salían de las órbitas. Una vez que me devolvió al suelo, miré el apuesto rostro de Michael Jr. Una amplia sonrisa se extendió por mi rostro. – ¡Hey, Gooper!– Le golpeé ligeramente en el brazo y recibí una palmada a cambio. Frotando mi dolorido hombro, le sonreí.– Es genial volver a verte.
– Lo mismo digo, enana. Estás fabulosa.– Me miró de arriba abajo y finalmente a los ojos.
– Me enteré de que te casaste. Por fin...– Ambos reímos.– Es maravilloso. Felicidades.
– Gracias, gracias. Felicia es estupenda. Le llevó cinco largos años convencerme de que necesitaba casarme con ella, pero me alegra que lo hiciera. Esperamos nuestro primer hijo para Noviembre.
Un cálido sentimiento me invadió, seguido por una ligera envidia. ¿Porqué tanta gente en el mundo puede encontrar el amor y la felicidad, y el resto no somos tan afortunados? Entonces miré a Caden y me sentí como una idiota por siquiera pensar en eso. Después de todo, había terminado con Troy y ahora el tumor cerebral... Yo, al menos, tenía salud. ¿De qué sirve el amor sin salud? – ¿Cómo va la enseñanza, Michael?– preguntó Caden débilmente desde detrás de nosotros. Mike se giró y caminó hacia la cama.
– Hey, tú. ¿Cómo estás, cariño?– Preguntó, besándola ligeramente en la frente. Caden sonrió.
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– En clase. Dijo que sentía no poder estar aquí esta mañana, pero planea estarlo cuando te despiertes.– Caden sonrió acariciando suavemente una mejilla del rostro de su hermano.
– Gracias, Mikey.
Caden se volvió hacia mí, llamándome con su dedo. Caminé hacia ella, sentándome al lado en una silla. Oí a Margaret apartándose rápidamente de mi camino con un suspiro que denotaba molestia.
– Hey, chica.– Dije, tomando su mano en la mía, cubriéndola.– ¿Cómo estás? ¿Cuándo vas a entrar?
– Vendrán a por mí en cualquier momento. Me dieron algo para relajarme y me siento cada vez más cansada.– Bostezó, cerrando sus ojos con fuerza, luego los abrió, revelándome ese increíble color azul una vez más.– Muchísimas gracias por hacer todo este viaje por mí. Por esto. No tienes idea de cuánto significa para mí, Laurel.
– Que me invitaras significa mucho también. Me alegra estar aquí para ti. Y sólo piensa– pasé mi mano sobre la superficie de su recientemente afeitada cabeza–, el look de Sinéad O’Connor está de moda y este verano pasarás menos calor.
– Ja, ja. ¿Eres muy graciosa, no?– Sonreí, sorprendiéndome a mí misma al inclinarme y darle un pequeño beso en la frente. Mientras me incorporaba, los ojos de Caden estaban en los míos, los suyos llenos de lágrimas.
– Tengo miedo, Laurel.– Susurró. Miré en las húmedas piscinas de azul y levanté una mano, acariciando suavemente un lado de su rostro. Estaba asombrada en cómo, de nuevo, su usual calma y su sereno comportamiento se abrían para revelar el alma vulnerable que habitaba debajo. Hermosa en su pureza. Justo como una niña.
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– Todo irá bien. Saldrás de esto y mucho más fortalecida. Todos estaremos aquí cuando lo hagas.
– ¿Te quedarás?– Preguntó, su voz insegura mientras trataba de mantener sus emociones bajo control.
Asentí.
– Por supuesto.
Caden sonrió, enderezándose para tomar mi mano de su rostro, apretando mis dedos. Tan rápido como hubo venido, el sentimentalismo desapareció. Aspiró una vez y sus ojos comenzaron a despejarse.
– ¿Madre?– Me puse de pie y retrocedí, esperando a que llamase a Margaret sobre su cabecera. La señora Lodge, quien se había sentado en la otra silla y leía una revista, miró sobre las páginas con las gafas colocadas en su nariz.– ¿Dónde está Annie? Troy no la traerá esta mañana antes de que yo entre? – Bueno, él me dijo que todo dependía de si su niñera llegaba a tiempo. Hoy tenía una reunión temprano.
– ¿Por qué no vas a por ella? – dijo Michael, su frente trazaba un surco profundo. Margaret miró intensamente a su hijo.
– Yo no me muevo de aquí.– declaró, cerrando de golpe la revista y tirándola al suelo. Observé sorprendida, mirando a uno y otro.– Además, los precios de la gasolina están por las nubes últimamente...
– ¡Madre!– Michael avanzó un paso hacia su madre, pero se detuvo cuando Caden puso su mano en alto, tocando su brazo. Pude ver los músculos de su mandíbula estrujándose.
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– Yo puedo ir por ella, si me dicen dónde ir.– dije, echando una mirada alrededor. Caden debía ver a su hija y Annie ciertamente tenía derecho a ver a su madre solamente en caso de que..., bueno, en caso de que algo saliera mal. – ¿Tú? – Dijo Margaret casi escupiéndolo.
– Bueno, me imagino que la familia debe estar aquí. Quiero decir, puedo darme prisa y traerla y tratar de regresar antes de que Caden entre– mi voz se fue apagando mientras tres pares de ojos me contemplaban.
– Yo puedo ir.– ofreció Michael.– Annie me conoce.– Miró fijamente a su madre, entonces se volvió hacia mí.– ¿Por qué no vienes conmigo? La compañía sería agradable.–
Miré a mi amiga, era su operación y yo haría cualquier cosa que ella quisiera. Asintió, sonriendo.
– Por favor, daros prisa…– Dijo.
Caminé hacia la cama, la besé de nuevo en la frente y sostuve su mano. – Buena suerte, Caden. Todo irá bien.
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PARTE 2
El BMW de Michael se dirigió silenciosa y ágilmente a lo largo de las calles de Boston. Parecían estar igual que hace años. No había muchos cambios en la ciudad. Los primeros veinte minutos del trayecto pasaron en silencio, con Mike concentrándose en el tráfico del mediodía y yo observando el mundo pasar. Pensé en Caden y en su hija Annie. Una parte de mí estaba aterrada por conocer a esta niña. Parecía que había sido ayer cuando su madre y yo no éramos más que unas crías. O al menos así lo sentía yo.
Me pregunté si debía ir a ver a mi madre y a mi hermano. Papá había muerto hace casi cuatro años. No fui al funeral. Él no se molestó en ir a mi graduación de la universidad, no le importaba un carajo nada que no fuera la botella. Dejó que su amargura y la bebida lo mataran. Buen viaje.
– Y... ¿sales con alguien?– Me volví hacia Gooper, recordando aquella época en la que me había hecho la misma pregunta.
– ¿Sales con alguien, Laurel? No me extrañaría– los ojos grises de Michael bailaban con travesura.
Seguí a Caden al comedor "informal", que era aún más grande que la mitad de mi casa en Southie. Miré a mi alrededor, maravillándome de la rica madera que revestía las paredes; la larga, y de aspecto caro, alfombra oriental bajo la hermosa mesa de oscura madera ya puesta para tres, pero con capacidad para diez. El candelabro sobre la mesa brillaba con prismas de cristal y los balanceaba, reteniendo cualquier luz en el cuarto y haciéndolo resplandecer.
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– Guau– respiré. Caden me sonrió, y se sentó, indicándome que la acompañara. Yo no podía hacer otra cosa que mirar fijamente.– ¿Sabes?, cuando me dijisteis que era el comedor informal, creí que sería como una barra de desayuno o algo parecido.– Ella rió.
– Nop. Ésa es para la servidumbre. – Oh.
– Buenas tardes, señoritas.–Michael atravesó la entrada y se sentó frente a mí con una sonrisa para ambas. No dije nada, sólo sonreí. En aquella época, estar cerca de cualquier chico de mi edad me ponía nerviosa. Michael Cooper Lodge III no era una excepción.– ¿Tenéis hambre, chicas? ¿Desde cuándo estáis aquí? Caden se aferró con las manos en el borde de la mesa, recostándose sobre el respaldo de la cómoda silla.
– Llegamos esta tarde. ¿Cuánto tiempo vas a quedarte?
– Oh, supongo que hasta el domingo por la noche. ¿Y vosotras?– Nos miró a las dos. Fijé los ojos en la escena que se desarrollaba frente a mí, deseando que el cocinero o la criada, Jaime el mayordomo o quienquiera que se suponía que nos tenía que servir, lo hiciera de una vez. Estaba hambrienta. Caden y Michael continuaron hablando, mi mente en otra parte.
Cuando estábamos en el cuarto de Caden, ella decidió cambiarse de ropa. Yo estaba sentada en la cama, mirando su enorme colección de muñecas, todas sentadas sobre una caja cerrada. Junto a la voluminosa caja había una casa de muñecas, construida como réplica exacta a la propiedad Lodge. Me levanté y caminé hacia ella. Detrás de las cristaleras me di cuenta que estaba hecha de muchos de los mismos materiales que la de verdad.
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– ¿Te gustaría verla?– preguntó una voz detrás de mí. Me volví, justo a tiempo para darme la vuelta de nuevo. Caden estaba de pie detrás de mí, vestida solamente con la ropa interior y la otra en sus manos. No sabía qué hacer. Viviendo en un dormitorio de universidad había visto a muchas chicas en diferentes estados de desnudez. Pero nunca a Caden. Habíamos sido compañeras de cuarto durante todo un semestre, pero ella había sido muy discreta y siempre iba directa al baño del vestíbulo. Yo estaba roja y lo sabía. Sólo esperaba que ella no lo hubiera notado.
– ¿Estás bien?
No hubo suerte esta vez.
Me di la vuelta despacio, Caden seguía de pie con la sudadera a medio camino de su cabeza, sus pantalones de franela ajustados pendiendo de sus caderas. Estaba en forma, tenía el estómago plano y sus costillas sólo se le marcaban brevemente. Asentí.
– Sí. Sólo que me habías sorprendido. Eres siempre tan discreta en la escuela. – Oh, bueno– se puso rápidamente su camisa, arreglando su cabello después de haber metido su cabeza por el agujero del cuello–… No hay nadie más que tú. No tengo que preocuparme por si entra alguien o algo.
Estaba sentada en la mesa, mirando la vajilla china expuesta frente a mí, sin darme cuenta siquiera de que me miraban fijamente como si hubiera perdido la razón.
– ¿Laurel? ¿Hola?¿Hay alguien en casa?
Mi cabeza se alzó de pronto y me giré para ver a Caden mirándome, con las cejas levantadas y un ligero atisbo de sonrisa en el rostro.
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– ¿Eh?– Caden señaló a mi izquierda donde una mujer permanecía de pie sosteniendo una bandeja e intentando no sonreír. Le sonreí, sintiéndome como una completa idiota y me retiré de la mesa, dejándola poner un panecillo en mi plato.
– ¿Uno o dos, señorita?– preguntó.
– Dos. Gracias.– Me miró extrañada, entonces caminó detrás de mí, preguntándole a Caden lo mismo.
– Uno. En fin, Mike, de la forma en que lo veo, mamá no debería estar jugando con el personal.– La miré, sobresaltada por sus modales, o más bien por la falta de ellos. La mujer se apresuró hacia Michael y acto seguido se retiró a por más comida. Caden se dio cuenta de que la estaba mirando fijamente.– ¿Qué?
– ¿No dais las gracias?
– ¿Por qué deberíamos hacerlo?– preguntó Michael– solamente está haciendo por lo que mi padre le paga por hacer.
– Sí, pero... Será mejor que me calle.–Sintiéndome increíblemente estúpida, corté mi panecillo a la mitad, tomando el plato de mantequilla que estaba en medio de la mesa.
– No, no. Dime porqué lo dices.–Miré al curioso rostro de Michael, que se apoyaba hacia delante mostrando interés.
– Bueno, lo que yo digo es que se le paga por serviros y estoy de acuerdo. ¿Pero, cuando vais a un restaurante no le das las gracias al camarero?– ambos hermanos se miraron y luego me miraron a mí.
– No.– dijo Caden– A ellos también les pagan por hacer lo que hacen. ¿Por qué agradecérselo?
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Asombrada por lo que estaba escuchando, me concentré en mi amiga, con el ceño fruncido. ¿Puedes ser tan esnob que te olvidas de lo que la gente hace para ti?¿Tan mimada que su duro trabajo no significa nada? A cambio de esto, dije: – Míralo de esta manera. Aunque a esa camarera le paguen por servirte y no se pone de rodillas, sigue esforzándose para hacer bien su trabajo, ¿no?– ambos asintieron.– Así que, ¿por qué no agradecerle ese esfuerzo y no solamente el servicio?
La puerta oscilante que llevaba a la cocina se abrió y la chica salió, cargando con una enorme bandeja de platos con comida.
– ¿Laurel?– me volví para ver a Michael observándome, el BMW se había detenido en un semáforo en rojo.
– ¿Sí?–Él sonrió abiertamente.
– ¿Adónde vas cuando desapareces así?– Le sonreí de vuelta encogiéndome de hombros.
– Donde sea que me lleve mi mente.
– Debe ser agradable.– Puso su atención al tráfico.– Unas muy agradables vacaciones mentales. Bueno, ya casi hemos llegado. ¿Ansiosa por conocer a Annie?– Mike puso el coche en movimiento una vez más, tratando de adelantar a un camión que insistía en conducir veinte kilómetros por hora.
– Sí y no, para ser honesta. Estoy nerviosa.– Me volví hacia él, encontrando su mirada.
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