Le ayudé a traer sus cosas y nos dirigimos a su vieja alcoba. Caden empujó la puerta, haciéndose a un lado para que yo pasara. Eché una mirada alrededor, asombrada de que nada hubiera cambiado.
– Esta casa parece no envejecer, ¿verdad?– Me volví hacia Caden. Ella sonrió y se dirigió a su cama, recostándose en las almohadas.
– No. Me temo que no. Es un poco escalofriante, ¿no?
– Sí.– Miré a mí alrededor después de poner todo en el suelo, oteé el baño y la enorme bañera-jacuzzi con los aspersores a los lados y al centro. La ducha gigante y los toalleros, cada uno con sus propios armarios adjuntos. –Por Dios. Siento como si hubiera viajado en el tiempo diez años atrás.– Me sonrió mientras me sentaba al borde de la cama.– Pareces cansada.
– Lo estoy. He tenido un desgaste emocional tremendo. – Puedo imaginarlo.
– ¿Te estoy separando de algo en San Diego, Laurel?– su aliviada y feliz expresión se puso seria, como angustiada de repente. Me cogió de la mano.– Si necesitas regresar, lo entenderé. Solo quería verte una vez más. Ya sabes, para disculparme.
– ¿De qué?
– De todo.– Me miró a los ojos, esa intensa mirada que recordaba tan bien. Acaricié suavemente la mano que sostenía entre las mías.
– Está bien. El pasado, pasado está.– Ella continuó mirándome fijamente por un momento antes de asentir.– Y, no. No me estás separando de nada. Eso es lo mejor de ser tu propio jefe.– Sonrió.
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– ¿Todavía dibujas?– sorprendida por el giro de la conversación, solté la mano de Caden, sentándome hacia atrás.
– En realidad, no he dibujado en años.– Puso una expresión tal de tristeza que me rompió el corazón.
– Oh. Es una pena. Eres tan maravillosa dibujando. – Gracias.
– ¿Por qué? ¿Por qué no lo haces?
– No lo sé. Supongo que toda mi atención se fue dirigiendo hacia la fotografía. Sin embargo, de vez en cuando pinto algún cuadro. Es lo más cerca que estoy de la pintura en estos días.
– Me encantaba cuando me usabas como tu modelo. ¿Recuerdas? – Sí. Me acuerdo.
Michael se acercó a nosotras, estaba increíblemente guapo con un esmoquin negro con el chaleco y corbata blancos. Parecía orgulloso mientras nos admiraba a ambas apreciativamente.
– Señoritas.– Tomó una mano de cada una entre la suyas. –Estáis absolutamente espectaculares.
– Gracias, Michael. Tú también estás muy guapo.– Caden apartó la mano de la suya y le enderezó ligeramente la corbata, dando golpecitos, acto seguido, en su hombro.
– Para.– le apartó las manos, sonriéndome abiertamente. –Laurel, tengo que decirte que esta noche me siento como un colegial a tu lado. Estás
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impresionante.– Mi cara debió ponerse del mismo tono que el vestido de Caden. Nunca había sido receptora desemejantes cumplidos.
– Um, gracias. Tú también estás guapo–. Él sonrió, cogiéndome la otra mano. – Me siento orgulloso de ser tu pareja esta noche.– Eso era toda una sorpresa. Sonreí.
– Yo también. ¿Qué hay de Caden?
– Eso será asunto mío.– Caden y yo nos volvimos, yo casi grito. Troy caminaba hacia nosotros vestido con un esmoquin similar al de Michael, una mano en el bolsillo delantero y la otra sosteniendo un vaso de champán. –Hola, señoritas. Estáis adorables.– Sonrió encantadoramente a Caden, luego a mí. Tuve que utilizar toda la fuerza de voluntad de la que era capaz para no incrustarle el tacón de mi zapato a través del ojo.
Caden miraba a su hermano. Él se encogió de hombros. – Papá insistió.– Susurró casi. –Lo siento.
– Caden, Laurel, debo disculparme. Mi conducta la última vez que nos reunimos fue menos que cordial. No era necesario.– En mi rostro apareció aquella maldita sonrisa encantadora y forzada. –Así que, sugiero que lo dejemos atrás y tengamos una velada agradable.– Caden asintió educadamente. No dije nada, me limité a desviar la mirada.
– Bueno, ¿buscamos una mesa?– dijo Michael. Él era el que sostenía ahora mismo la patata caliente, y lo sabía. Nos llevó a todos a una mesa cerca de la pista de baile, ambos hombres nos apartaron las sillas. Me sentía ridícula, pero no dije nada. Sabía que Caden quería que yo jugara. Me senté delicada y apropiadamente, asegurándome de cruzar mis piernas y todo. La mesa era redonda, y yo estaba flanqueada por Caden a mi izquierda y Michael a mi derecha, con Troy justo enfrente de mí.
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La música se detuvo cuando alguien de la enorme mesa cercana intentó llamar la atención, comprendí que era la mesa de los padres de Caden. El Sr. Michael Lodge estaba de pie, golpeando con un tenedor su copa de vino. Era bien parecido. Su cabello apenas encanecido agregaba sofisticación y madurez a un rostro relativamente sin arrugas y juvenil.
– Hola a todos y bienvenidos. Me alegra gusto de que todos hayan podido venir a nuestro pequeño lugar.– La muchedumbre se rió entre dientes con su subestimación. –Como todos sabréis, estamos aquí para honrar a mi pequeña niña y presentarla en sociedad. Mi pequeña princesa está comenzando su tercer año de universidad en Pennsylvania, cursando medicina. Yo quería que siguiera a su hermano y a mí en el negocio, o a su abuelo en la política, pero no, no. Mi hija tiene toda la intención de convertirse en la primera doctora de la familia Lodge. Estamos muy orgullosos de ella. Una gran estudiante, la primera de su clase. Brindemos por mi pequeña niña, ¡Caden! –levantó la copa, e inmediatamente lo siguió toda la sala.
Me giré hacia mi amiga, una sonrisa de una milla por todo mi rostro, sintiéndome tan orgullosa de ella como lo estaban sus padres. Para mi sorpresa, ella miraba hacia la mesa, con los ojos cerrados y apretados, antes de levantar la cabeza, evitando mis ojos y sonriendo a los invitados que nos rodeaban, que le sonreían y la vitoreaban. Saludó educadamente a toda la estancia, poniéndose de pie mientras lo hacía y sentándose de nuevo.
– Ha sido maravilloso, Caden–. Exclamé, acercándome a ella para que pudiera oírme sobre las ovaciones. –No tenía ni idea de que tu padre te apoyara de esa forma.– Ella se giró con ojos tristes hacia mí, más húmedos de lo usual.
– No lo hace. Es una actuación, Laurel. Aborrece la idea.– Me aparté, aturdida, volviéndome hacia Michael que miraba sus manos que descansaban sobre la mesa. Troy bebía de su champán alegremente.
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Caden estaba dormitando apaciblemente en su alcoba, así que me senté en la biblioteca al lado de la chimenea con un block de papel que Mildred había encontrado para mí y un lápiz. Observé fijamente las llamas, luego miré hacia el pálido block. Nada. No podía pensar en una sola cosa que dibujar. Los días de cuando acostumbraba a llevar un block de bocetos, como la mayoría de las personas llevan un monedero, parecían tan distantes... Ahora llevaba mi cámara. La había traído conmigo a Boston.
Cerré el block, y con prisas fui hacia mi automóvil, buscando en su interior hasta que encontré la caja que contenía mi cámara Nokia de 35 mm. Con un rollo nuevo, empecé a dar vueltas por los alrededores de la bonita propiedad. Era una fuente inagotable de objetivos para fotografiar.
Me acerqué a los establos, apoyándome sobre una de las barras del cerco, mirándolos correr y jugar. Había sólo tres caballos a pesar de que solía haber una docena o más. Me pregunté qué había pasado con todos ellos. El relinchar impregnaban el aire, su respiración y resoplidos salían en pequeñas bocanadas blancas. Saqué la cámara y comencé a hacer fotos, ajustando la lente para conseguir algunos primeros planos fabulosos. Uno poniéndose sobre sus patas posteriores, las delanteras sostenidas en el aire. Increíble. Me moví alrededor, intentando conseguir ángulos diferentes.
Bajando finalmente la cámara, con casi medio rollo gastado, contemplé durante un rato más antes de seguir. Mientras seguía caminando, vi nuestra colina. Con una sonrisa, me dirigí en esa dirección. Sería genial verla de nuevo.
Había estado, obviamente, en mejor forma a los diecinueve años de lo que estaba a los treinta. Me reí entre dientes mientras alcanzaba la cima, jadeante. No estoy envejeciendo, no estoy envejeciendo. No me parecía que mi mantra diario resultara tan bien como lo hacía antaño.
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Estaba igual, aunque el césped estaba amarillo por la venida del invierno y los árboles perdían sus hojas. Descubrí nuestro árbol y caminé hacia él, recordando en mi cabeza todo el tiempo que habíamos pasado allí aquel verano. Todos los dibujos que yo había hecho. Lo echaba de menos. Nunca me he sentido tan cercana a alguien como lo estuve entonces con Caden. Me entristeció cuando lo comprendí. Parecía ser una cercanía tan sólo reservada para los jóvenes; a esa edad las personas aún pueden abrirse a otros dado su falta de experiencia en la vida. Desconoces el dolor que puede acarrear. El fin de la inocencia.
– ¿Cómo pudiste permitir que esto pasara, Michael?– Giramos de nuevo, una y otra vez alrededor de la pista de baile. Pude sentir el calor de su mano en mi espalda desnuda, yo mantenía una sobre su hombro, y las otras mano a mano. – No tuve opción, Laurel. Lo juro. Intenté luchar contra mi padre en lo de invitar a Troy, pero él insistió. Lo que mi padre quiere, lo consigue.
– ¿Incluso a pesar del riesgo en la seguridad de tu hermana?– me empujó hacia atrás, inesperadamente, me así a su hombro, clavando casi los dedos a través del material de chaqueta.
– No vuelvas a hacer eso sin avisar o haré que seas capaz de cantar como una soprano.– Le susurré cuando me subió de nuevo. Sonrió abiertamente y asintió, guiándonos de nuevo alrededor de las otras parejas. Miré a nuestra izquierda, vi a Caden bailando con Troy. Parecía sentirse miserable mientras aparentemente charlaban. Bueno, más bien mientras él charlaba y ella asentía.
– ¿Tienes idea de lo guapa que estás esta noche?– Miré a mi compañero de baile con una mueca.
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– Pues no deberías. Estás muy bien.– Sonrió encantadoramente.
– Ni siquiera lo intentes, Michael. Déjalo de una vez.– Con enorme risotada, me inclinó de nuevo, chillé como una niña mientras le golpeaba el hombro.
Finalmente, mis oraciones fueron oídas y la canción se acabó. Salí deprisa de la pista, hacia la puerta, necesitando un poco de aire. Hacía demasiado calor en la pista por la aglomeración y me hizo bien poder alejarme de la gente.
Las puertas francesas del vestíbulo estaban abiertas. Llevaban a un pequeño patio con algunas sillas y una mesa pequeña. Parecía el lugar perfecto para esconderse. Me gustaba Gooper, pero agradecí que no me siguiera.
Caminé hacia la pared de yeso que rodeaba el patio, descansando mis manos sobre ella y levantando mi cara hacia el caluroso aire nocturno, agradeciendo la brisa fresca como si fuera una bendición.
– Es agradable estar aquí afuera, ¿verdad?– Miré por encima del hombro para ver a Caden de pie en la puerta, con las manos entrelazadas delante de sí.
– Lo es. ¿Te importa acompañarme?
– Por favor No estaba segura de si debía molestarte o no.
– Demasiado obvio, ¿eh?– Me giré para verla de frente, apoyándome contra la pared. Se acercó con una mueca y una inclinación.– Bueno, creo que mi baile con Michael me ha dejado hecha polvo.
– Te entiendo.– Se apoyó contra la pared junto a mí y soltó un suspiro.
– Así que ¿te lo estás pasando bien?– ambas perdimos la vista en la oscuridad, más allá de la luz de la mansión llegaba a iluminar. Resopló quedamente.
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– ¿Tu familia hace este tipo de cosas a menudo?
– No que estemos involucrados Michael o yo. Mis padres tienen fiestas así todo el tiempo por una razón u otra, pero el propósito de esta noche es sacarme de la universidad y casarme. Todo un esfuerzo para un heredero, ¿no crees?– Yo la miraba, aturdida.
– Eso parece.
– Debo decir, sin embargo Laurel, que no puedo expresar lo feliz que me hace tenerte aquí esta noche. Sin ti, probablemente hubiera perdido el juicio.– Me sonrió, golpeando mi hombro suavemente con el de ella. La golpeé también.
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PARTE 5.
El martillo cayó, sin alcanzar la cabeza de Caden por pocos centímetros, pero se alzó de nuevo para caer con una fuerza tan brutal como la primera vez. Caden consiguió esquivarlo de nuevo, su grito quedó silenciado por el hoyo negro que estaba a su espalda. Me extendí hacia ella, intentando cogerla de la mano, pero había desaparecido fuera de mi vista, cayendo por el precipicio…. Me desperté con un grito, saltando en la cama, con el cabello pegado a la cabeza y unas gotas de sudor que caían cerca de los ojos y me picaban. Tomando una profunda respiración miré alrededor, intentando deducir dónde me encontraba y qué estaba pasando. La desconocida habitación permanecía a oscuras, en silencio. Estaba sola.
– Por Dios.– Pasando las manos a través de mi cabello sacudí los últimos recuerdos del sueño fuera de mi cabeza. Totalmente despierta, retiré las sábanas y estiré las piernas sobre un lado de la enorme cama, tocando con los pies la alfombra de felpa.
Caden me había pedido que me quedara en su casa esa noche y que buscara un hotel más adelante. Concordé, aunque algo reluctante.
– Será divertido. Como en los viejos tiempos.– Su sonrisa venció finalmente. Miré al reloj de la mesita, solamente eran las tres de la mañana. Estaba completamente despierta y no tenía ni idea de lo que hacer al respecto. No me sentía cómoda para husmear por la casa Lodge hasta encontrar algo que me distrajese.
Encendí la luz, observando la habitación de huéspedes del segundo piso al que Caden me había llevado. Era muy bonito, y tan grande como mi primer
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apartamento, quizás más. Me dirigí al baño y allí contemplé la voluminosa y profunda bañera... demasiado tentadora. Sin pensármelo dos veces comencé a preparar un baño caliente, quitándome la camiseta y los pantalones cortos. El vapor empezó a nublar el cuarto. Cerré los ojos, respirándolo, sintiendo el calor sobre la piel desnuda. Aquella era la gloria.
Mientras estaba en el agua con los ojos cerrados y la cabeza inclinada, dejando que el calor se filtrase en cada parte de mí, tranquilizándome como si de un bálsamo se tratase, mi mente comenzó a divagar. Pensé en toda mi vida, en Carol, en mi estudio y mi casa, en mi trabajo, en la exposición que tenía en la galería Dayfield de San Francisco dentro de dos meses... Pensé en todo. ¿Estaba haciendo lo correcto con mi vida? ¿Siendo lo que se espera en todo momento, como amiga y amante? Me había esforzado tanto en hacer mi trabajo y un nombre en la profesión que no me había concentrado en mí. Sentía como si los últimos diez años hubieran acontecido bajo una densa niebla, sin que ningún resquicio de ellos se hubiera quedado en mi memoria. No había hecho ninguna amistad verdadera ni había tenido ninguna relación duradera. ¿Era así como quería que fuesen las cosas? ¿Qué quería para mi vida? ¿Por qué estaba cuestionándome aquéllas cosas a tan ridícula hora de la madrugada en una casa extraña, en una enorme y olvidada ciudad?
Suspiré, bloqueando mi cerebro.
La fiesta duró horas y finalmente a primera hora de la mañana Caden y yo nos dirigimos a su dormitorio. Yo estaba exhausta y sabía que ella lo estaba también. Había sido una velada larga y agotadora. Deseé no repetirlo en lo que me quedaba de vida.
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vestido. Parecía ausente.
– ¿Estás bien?– pregunté mientras me giraba hacia ella en ropa interior. Me miró, después bajó la mirada, asintiendo. – ¿Seguro?– posé la mano en su hombro, frotando suavemente la cálida piel con el dedo pulgar. De nuevo asintió.
– Sí. Estoy bien. Solamente cansada– . Se alejó de mí, dándome la espalda para que así le pudiera abrir la cremallera de su vestido. El aterciopelado material resbaló airosamente de su cuerpo, casi como si se estuviera derritiendo. Miré la suave extensión de su espalda, anhelando recorrer mis manos sobre ella y trazar su espina con las yemas de los dedos. Quería jugar, su carne se me antojó barro para que la moldeara y formara. En cambio di un paso atrás, dirigiéndome a mi maleta para coger el pijama. Caden fue al baño, cerrando silenciosamente la puerta tras de sí. Momentos después oí la ducha.
Me acomodé en una silla, abriendo el cuaderno de dibujo. Mordí la punta del lápiz por un momento, tratando de decidir qué dibujar. Y entonces me llegó. Me relamí mientras esbozaba, con una pequeña arruga de concentración formándose entre mis ojos. Momentos después coloqué el lápiz detrás de la oreja y pasé el dedo sobre las líneas grises y negras. La V del vestido abierto de Caden bajando justo hasta el `principio de su trasero, perfectamente sombreado. Mis ojos recorrieron su cuello y la inclinación de su cabeza, lo suficientemente erguida como para mostrar su total longitud. Podía imaginar mis labios en esa extensión de piel, sintiendo su calor y los diminutos cabellos haciendo cosquillas.
Corrí a cerrar el cuaderno cuando de repente el agua dejó de salir y la puerta de la ducha se abrió. No quería que Caden viera mi último boceto de ella. No lo entendería. Apenas lo hacía yo.
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completamente la visión. Los sentimientos que había tenido esa noche después de la fiesta habían sido intensos, como intensa fue la atracción. Ya existía por entonces. Ella invadía mis pensamientos constantemente y no podía quitarle los ojos de encima. Nunca supe si lo notó ese verano o no.
Con un bostezo decidí que estaba lo suficientemente cansada como para volver a la cama y tratar de dormir. La bañera se vació mientras me secaba, recorriendo la suave toalla sobre mi piel, ligeramente rosa por el agua caliente. Me vestí de nuevo con los pantalones cortos y la camiseta.
Tirando de la sábana y cubriéndome hasta la barbilla, cerré los ojos y me dormí.
La luz de la mañana entró a través de la gran ventana frente a la cama, brillando directamente hacia mis ojos. Con un gemido, los abrí despacio y miré alrededor. Todo estaba como la noche anterior, excepto que ahora la casa estaba bullendo con actividad. Voces y pasos por todos lados. Parecía como si Margaret Lodge ordenara a la servidumbre, mientras su voz se acercaba cada vez más hasta ubicarse justo detrás de mi puerta cerrada. A continuación oí un golpecito.
– Adelante– , me incorporé, pasándome las manos por el cabello, intentando adecentarme un poco. Cuando tienes cabello corto, ir a la cama llevándolo mojado no es algo demasiado inteligente. La puerta se abrió y la madre de Caden entró elegantemente, seguida por su omnipresente estela de perfume. Llevaba unos pantalones de seda de Capri que ondulaban a su alrededor mientras caminaba, dándole un aire casi angelical.
– Bueno días, Laurel– . Su voz era, en realidad, casi de negocios. – Me disculpo