CAPÍTULO 2: MARCO TEÓRICO
2.1. Enfoques de análisis
2.1.3. Análisis del discurso digital
Los estudios lingüísticos se han interesado en el modo en que las mediaciones de los dispositivos y de las plataformas influyen en las formas en las que el lenguaje es usado, considerando el modo en que tanto las condiciones técnicas de producción como las condiciones de enunciación y de la situación comunicativa operan sobre las elecciones de los usuarios hablantes. Como señala Maingeneau, el análisis del discurso partió de la dicotomía oralidad/escritura (2014: 175-176) que no fue suficiente para comprender la multimodalidad de las nuevas textualidades. Sin embargo, con tradición semiológica, el autor recupera la idea de iconotexto (iconotexte) para referir a la combinación de texto e imagen (Barthes, 1990). Ampliar la discusión en torno a la oralidad/escritura debe incluir la diversidad de modo de realización que la comunicación puede adoptar: ese conjunto no acabado de imagen, sonidos, gestos, movimientos, encuadres, etc. Sistemas cuyos códigos no siempre son estables pero que, en la interacción, los hablantes activan de modo tal que el interlocutor recupera, en casi todos los casos, los sentidos subyacentes a éstos.
Las formas de tecnologizar la palabra tienen un punto en común: en todos los casos, la copresencia no es un requisito para la comunicación (Gobato, 2014: 118). Sin embargo, este aspecto ha sido uno de los más atendidos desde que se ha tenido comprensión de la diferencias entre oralidad y escritura, producidas por la era electrónica (Ong, 1997: 12). En la dimensión de los estudios lingüísticos y sociales, se señala que
92 Dado que la redundancia caracteriza el pensamiento y la lengua orales, en un sentido profundo resulta más natural a éstos que el carácter lineal escueto. El pensamiento y el habla escuetamente lineales o analíticos representan una creación artificial, estructurada por la tecnología de la escritura. La eliminación de la redundancia en una escala significativa exige una tecnología que ahorre tiempo: la escritura, que impone cierto tipo de tensión a la psique al impedir que la expresión caiga en sus pautas más naturales. La psique puede acomodarse a la tensión en parte porque la caligrafía es un proceso físicamente muy lento, por lo regular más o menos la décima parte de la velocidad del habla oral (Chafe, 1982). Con la escritura, la mente está obligada a entrar en una pauta más lenta, que le da la oportunidad de interrumpir y reorganizar sus procesos más normales y redundantes (Ong, 1997: 46).
Nuestro marco teórico se adecua a la propuesta de Herring (2000), retomada por Vela Delfa (2007: 146), para el análisis de la CMC y que nosotros aplicamos a la comunicación por SMS. Tal como se mencionó (§1.1.1), uno de los temas que han interesado en este campo es la relación oralidad/escritura. En esta línea, el estudio de la oralidad ha despertado un nuevo interés en la última década del siglo XX, a partir de la incorporación de las innovaciones tecnológicas al ámbito de la vida cotidiana. Esto no permite omitir la tradición de estudios sobre la oralidad, en función de las posibilidades de reconstruir estadios anteriores de la lengua, propios de la lingüística histórica, por ejemplo. Como bien señala Rojas (2010: 301),
el avance tecnológico propició el redescubrimiento de la oralidad por dos razones diferentes. En primer lugar, porque abrió el debate en torno al efecto de las nuevas tecnologías sobre la forma y el contenido de las manifestaciones lingüísticas (…). En segundo lugar, porque las nuevas tecnologías terminaron convirtiéndose en el soporte que la lengua oral no poseía y resultaba necesario para poder conocer sus características desde la perspectiva científica.
La comunicación, desde una perspectiva semiótica (Jewitt y Kress, 2003: 35–36), no se reduce a los modos de realización oral y escrito sino a la convergencia de diferentes códigos semióticos que operan interrelacionados. La transformación de los marcos interaccionales produce distintos tipos de comunicación (Gobato, 2014). Tal es lo que indica Walter Ong, “la escritura, la imprenta y la computadora son, todas ellas, formas de tecnologizar la palabra” (Ong, 1997: 83). Los investigadores deben definir sus objetos de estudio a partir de la hibridez y la convivencia de formas típicas de un modo de realización en el contrario (Kress, 2003; Crystal, 2006). Tal es el caso, por ejemplo, de la definición del chat como conversación escrita (Noblia, 2000), conversación tecnológica, hablada y coloquial (Sanmartín Sáez, 2007; 2009), oralización del texto escrito y conversación virtual (Yus, 2010a).
93 Este desplazamiento teórico desde la Lingüística a la Semiótica radica en la versatilidad de las prácticas comunicativas que se desarrollan en las interfaces artefactuales. En investigaciones previas sobre la comunicación mediada por SMS (Cantamutto, 2007) planteamos un prisma con el propósito de explicar las influencias recíprocas en los modos de realización de la lengua (véase, además, Vela Delfa, 2007: 241). La propuesta considera tres modos de realización que reflejan el carácter pragmático y performático de algunas prácticas lingüísticas y sociales observadas: escritura/oralidad y, un tercero, tecnología (Cantamutto, 2012a). Algo similar plantean Gobato (2014: 277) –“ni acústico ni óptico, óptico y acústico a la vez”– y Yus (2010a: 35) al indicar la coexistencia de dos ejes el oral/escrito junto al visual/verbal que favorecen, en canales escritos, la aparición de marcas de oralidad (a través de estrategias visuales: uso de mayúsculas, emoticones, entre otros).
Tal como se expone, resulta pertinente verificar una tercera opción que complejice esta relación binaria entre oralidad y escritura. El discurso digital se ha encargado de resemantizar las dicotomías que han definido los usos lingüísticos (Cantamutto y Vela Delfa, 2016a). En tal sentido, aproximaciones de orden sociosemiótico favorecen una comprensión macro del fenómeno de la comunicación digital (Kress, 2003; Scolari, 2009).
En resumen, la dicotomía oralidad/escritura ha sido eje central de muchas discusiones respecto a los aspectos formales que adquieren los enunciados producidos (escritos) en alguna interfaz artefactual. Sin embargo, la mayor o menor concepción oral de un mensaje no está regida por el medio (gráfico o fónico) sino por factores propios de la situación comunicativa, así como de la mayor o menor inmediatez de la comunicación (es decir, +/- sincrónico o continuo). Esto aplica a todos los textos del discurso digital: un intercambio de correos electrónicos puede ser similar a un chat. Este ejemplo sirve para cualquier otro tipo de texto que pudiera producirse en una plataforma de interacción digital: hay mensajes cuya concepción es más hablada y otros en la que es más escrita. Es decir, la forma que adquieren los enunciados tiene mayor influencia de aspectos como la mayor o menor continuidad, el tópico del intercambio o la meta comunicativa, que por el medio en el cual se esté produciendo y recibiendo ese mensaje. El modo de realización tecnológico, a veces, se desarrolla desde lo fónico o gráfico (Koch y Oesterreicher, 2007: 358), pero opera de manera diferente, por su posibilidad de simbolización que trasciende el canal. Es multimodal, hipertextual, performático. En tal sentido, recuperamos las tempranas reflexiones de Gunther Kress (2003: 35): “tanto
94 la significación de la escritura como la significación de la lectura tienen que ser nuevamente pensados”60. Cada enunciado está condicionado por el entorno y por las
características propias del dispositivo donde se produce, pero, además, por los condicionamientos (desconocidos, en algún punto) del entorno receptor. El modo tecnológico incluye las realizaciones a través (y a partir) de dispositivos electrónicos que enuncian por el usuario su discurso y lo transforman.
En vías de caracterizar la interacción digital, abundan las aproximaciones que, desde una perspectiva comparatista, ponen en relación la comunicación en contextos presenciales con la comunicación digital (Walther, 1996; Gobato, 2014). Muchas de estas se han centrado en la identificación de las limitaciones de última frente a la primera, sobre todo en sus orígenes como el caso de Kiesler, Siegel y McGuire (1984).
La propuesta de Federico Gobato señala que, a través de las interfaces artefactuales, ocurre otra interacción, que no es la misma que la cara-a-cara, donde igualmente “se crean y se siguen rituales, se verifica una comprensión común que refiere a un cúmulo de conocimientos compartidos, se actúa para preservar la «cara» y se confía en que así sigue” (Gobato, 2014: 141). El autor sigue la definición de face de Goffman (1970), pero ya sin el prerrequisito presencial e introduce una serie de modificaciones (en la comunicación, aunque también en el cuerpo) inherentes a la comunicación digital. El procesamiento en dos niveles (superficie y profundidad o visible e invisible) opera a través de una pantalla que nos devuelve al menos dos interacciones: hombre con la máquina y entre individuos mediada por las interfaces artefactuales. La introducción de la interactividad61 entre la comunicación masiva y la comunicación digital distingue una de otra. La revisión del concepto produce una nueva definición a partir de las operaciones permitidas por las interfaces artefactuales. En tal sentido, dentro de los géneros expresivos de nuestra época, la escritura secundaria es el siguiente giro evolutivo de las tecnologizaciones de la palabra (Gobato, 2014: 254). Con un guiño sobre la propuesta de Ong, la escritura secundaria es el siguiente estadio a la oralidad secundaria (1987) pero cuyo nodo son las innovaciones comunicativas desarrolladas a través de la escritura (Gobato, 2014: 199-200).
El mantenimiento de interacciones en coocurrencia, es decir, donde los interlocutores se involucran de forma simultánea en varios intercambios paralelos, constituye una
60 La traducción es propia.
61 El autor distingue entre interacción e interactividad y dedica un capítulo a su exploración (Gobato,
95 condición intrínseca del medio digital, que es posible gracias a la confluencia de varios factores: a) la ausencia de copresencia física, b) la persistencia textual, c) el carácter diferido del intercambio. Si bien los participantes pueden estar en el mismo espacio físico, utilizando plataformas más ricas semióticamente y comunicándose simultáneamente (por ejemplo, dos estudiantes en un mismo aula intercambiando videos e imágenes), la posibilidad de multiplicar sus interacciones solo es posible a partir de la capacidad de expandir el aquí/ahora interaccional.
Esto ocurre porque, en la interacción digital, la presencialidad no es una condición obligatoria para su desarrollo. Si bien puede suceder –y como tal es una práctica habitual en los jóvenes (Tjora, 2011) –, lo paradigmático de la comunicación mediada es la ausencia de copresencia física de los interactuantes. En particular, Gobato (2014: 119) expone cómo la mediación ha intercedido para que la coprensencia no sea un requerimiento en la comunicación en las interfaces artefactuales. En tal sentido, el autor diferencia tres momentos históricos en los que la mediación tecnológica modifica la experiencia interaccional cara-a-cara. Estos son: 1) la mediación de la escritura, 2) la de los medios electrónicos de comunicación de masas, 3) la de la comunicación digital o virtual. De este modo, tras los cambios sucesivos, los interactuantes buscan la manera de producir un nuevo orden interaccional. Al mismo tiempo, sumadas a las estrategias de los usuarios, las aplicaciones han incorporado herramientas para transmitir cierta presencialidad, que contribuyen al progresivo aumento de la retroalimentación y que alimentan la ilusión de instantaneidad (Gobato, 2014), como las marcas de
conectado/desconectado o las indicaciones de x está escribiendo, leído/recibido. Estas marcas se constituyen, algunas veces, en la intervención que completa el par de adyacencia, sin que opere, necesariamente, una elección por parte del usuario.
En este apartado, presentaremos una serie de propuestas que nos han permitido elaborar un conjunto de características definidoras del discurso digital, que han sido previamente publicadas en Cantamutto y Vela Delfa (2016a).
En primer lugar, cabe destacar las aportaciones de la Ciberpragmática de Francisco Yus, que han sido fundamentales para elaborar este modelo de análisis del discurso digital. Interesado principalmente por la pragmática cognitiva, pero adhiriendo a gran parte del entramado teórico de la pragmática general, Yus desarrolló –tanto en estudios teóricos como empíricos– esta corriente. La Ciberpragmática es una disciplina cuyo objetivo es aplicar los postulados de la pragmática, y en particular su vertiente cognitiva –en concreto, el aporte de Sperber y Wilson que integra dos modelos de comunicación:
96 el modelo del código y el modelo inferencial62–, a entornos digitales de comunicación
(Yus, 2001, 2010a, 2010b, 2016, 2017). A partir de este acercamiento, el autor logra alejarse de estudios que centran su atención en los aspectos eminentemente sociológicos o filosóficos de la interacción digital (Yus, 2010a: 11).
Por un lado, asumimos la utilización de este marco teórico a partir de considerar que categorías de la interacción cara-a-cara aportan herramientas operativas para la comunicación digital. Por otro, y de manera consecuente con esto, la interpretación de la comunicación no difiere según si los enunciados formen parte de un espacio presencial, físico, real, o –por el contrario– sean parte de un espacio no presencial, virtual o digital63. La perspectiva de Yus niega visiones demasiado diáfanas respecto a lo que sucede en la comunicación digital ya que no hay diferencias en torno a los fenómenos que inciden en la comunicación siempre (presencial o no). En palabras de Yus (2010a: 12), son
atributos contextuales que siempre inciden en la comunicación humana mediando en la producción y recepción de mensajes por parte de las personas, y que siempre influyen en el resultado final de la comunicación con independencia del medio que usemos para establecerla (la cursiva es del autor).
El contexto, por tanto, es indispensable para estudiar el significado del enunciado y hay un determinado contexto mediando la interacción. Esta premisa guía nuestra investigación al dar por sentado que si bien los recursos que utiliza el hablante son (y no siempre) cualitativamente diferentes, responden a la dinámica general de la comunicación.
La teoría de la relevancia sustenta teóricamente la Ciberpragmática en la búsqueda por explicar “cómo se usa y se interpreta la información en el contexto específico de
Internet” y en cómo
los usuarios recurren a la información contextual (a veces «limitada» en comparación con otras situaciones más saturadas de información contextual (...)) para «rellenar» ese vacío que existe entre lo que los usuarios teclean y lo que realmente desean comunicar con sus mensajes (Yus, 2010a: 31).
62 Los autores señalan: “Un proceso inferencial parte de un conjunto de premisas y desemboca en una
serie de conclusiones que derivan de forma lógica de las premisas, o, por lo menos, están garantizadas por las mismas. Un proceso de descodificación parte de una señal y desemboca en la recuperación de un mensaje que es asociado a la señal por un código subyacente” (Sperber y Wilson, 1994: 24–25).
63 Para una discusión respecto a la comunicación digital, se recomienda la lectura del libro Escritura
97 Para validar estas afirmaciones, Yus utiliza una serie de supuestos que dan cuenta de cómo opera la comunicación digital. El primero refiere a que los usuarios, en tanto emisores y participantes de una situación comunicativa, tienen intenciones comunicativas y, en consecuencia, producen (diseñan, dice el autor) sus mensajes “con
la expectativa de que (…) serán intrerpretad[o]s correctamente por los usuarios destinatarios” (Yus, 2010a: 31, la cursiva es del autor). El segundo se resume en que las estrategias inferenciales no resultan diferentes a las usadas en la interpretación de enunciados en situaciones comunicativas co-presenciales: en todos los casos, se maximiza la relevancia (Yus, 2010a: 32). El tercer supuesto es que los emisores consideran que el destinatario será capaz de, en primer lugar, acceder a la información contextual requerida para, en segundo lugar, obtener “la interpretación correcta” (ibíd.). Por último, el cuarto supuesto es que cada uno de los diferentes géneros del discurso digital y las distintas plataformas poseen una influencia directa sobre la posibilidad, que los usuarios tienen, para acceder “a la información contextual, a la cantidad de información obtenida, a la interpretación elegida y el esfuerzo mental que los usuarios han de dedicar para obtener esa interpretación” (ibíd.).
Si bien Yus no dedica un apartado a los SMS en su segunda edición del libro, situación que merece una nota al pie justificatoria (Yus, 2010a: 33, nota 12) y en sus diferentes aproximaciones al discurso digital habla de red e Internet, los mensajes de texto son objetos de su comentario a lo largo de su vasta literatura. El autor señala un aspecto que en nuestra investigación se transforma en una variable de análisis: el diseño de la tecnología y el modo en que el abanico de opciones con las que cuenta el usuario influye (afecta) “la calidad de las interacciones que los usuarios puedan entablar” (ibíd.). Es decir, refiere a la mutación de las plataformas y su movimiento hacia géneros que cumplen con un mayor rango de opciones sobre el modo de realización, sobre la enunciación y sobre las relaciones interpersonales (Cantamutto y Vela Delfa, 2016a), cuestiones que desarrollaremos a continuación.
Por otro lado, nos interesa profundizar en otro aspecto que señala Yus inherente a la comunicación digital y es la del usuario como nodo (Yus, 2010a: 50–58). El modo en que los usuarios se conectan y desconectan permanentemente de las plataformas y, por lo tanto, de las interacciones, se asemeja a la práctica del zapping televisivo (Andrade Hidalgo, 2008: 30-31). Lorena Andrade Hidalgo refiere a esta práctica como un zapping
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actitudinal, tomando como parámetro la práctica televisiva de desconectar64 para
conectar otra pantalla. En ambos casos, esta intermitencia de pantallas se da dentro del mismo dispositivo: en el caso de la televisión, al optar por diferentes canales; en el caso del celular, al optar por diferentes plataformas y aplicaciones. De todos modos, el teléfono móvil se constituye, en la actualidad, como la segunda pantalla65: un dispositivo presente durante el consumo de otras pantallas (cine, televisión) para la interacción (tanto con las redes sociales personales como en relación con la pantalla primaria: uso de Twitter o SMS para participar de un programa, comentar una película) y para el consumo (búsqueda de información, por ejemplo, sobre el primer objeto de consumo). La convergencia de diferentes tecnologías produce un salto exponencial del potencial de funciones y, por tanto, de usos y prácticas sociales que no es posible anticipar (Rheingold, 2004: 20–21).
En relación con esta cuestión que plantea Yus, en cada situación comunicativa, operan diversos supuestos subyacentes a la elección de los usuarios de determinados dispositivos y aplicaciones y el rechazo a otros para llevar adelante cada una de las sucesivas interacciones. Este aspecto será retomado en §3.2.3.3.
A las contribuciones de la Ciberpragmática, se incorporan estudios que intentan definir el objeto de discurso digital. Estas actualizaciones, como por ejemplo la revisión propuesta por Yus (2010a), o, anteriormente, el trabajo de Thurlow (2004), han permitido la consolidación de la disciplina, gracias a la delimitación de su objeto de estudio y a su normalización teórica. En parte, esto se debe también a la evolución y estabilización de algunas prácticas sociales de los usuarios.
Como sucede con muchos de los fenómenos contemporáneos emergentes relativos a la eclosión digital, la denominación fluctuante se superpone constantemente. Es así que se suelen usar como sinónimos interacción digital, comunicación digital y discurso digital (además de las formas que incorporan la idea de virtual y que ponen el foco en la no presencialidad sin atender al entorno específico de estas prácticas comunicativas). Si bien reconocemos los puntos de encuentro entre estas denominaciones, en nuestras investigaciones (Cantamutto y Vela Delfa, 2016a), optamos por discurso digital para referir al resultado, frente al concepto de comunicación digital que alude más al proceso. Así, el discurso digital debe atender tanto a las interacciones desarrolladas en
64 Anular, en la terminología de Landi (1992), citado en Andrade Hidalgo (2008: 30). 65 Véase, entre otros, Giglietto y Selva (2014).
99 internet y computadoras (epítomes de la comunicación digital) como a toda la serie de dispositivos que se han desarrollado y se desarrollan (teléfonos, tabletas, relojes) y que transfieren sus datos a través de internet o redes como GSM.
En esta línea, entendemos por discurso digital aquel producido en interfaces artefactuales o entornos de mediación tecnológica, principalmente a través de internet, que suele desarrollarse a través de diversas plataformas, aplicaciones o interfaces que permiten los intercambios y que delimitan, de algún modo, las posibilidades y potencialidades comunicativas del usuario. Es decir, es posible distinguir, según el tipo de interactividad que propongan, entre tipos discursivos más dialógicos de los más