mayor parte de los filósofos medievales consideraron, a los griegos, que la razón humana tenía capacidad para alcanzar verdad eterna. Incluso llegaron a afirmar que la verdad divina y la verdad filosófica eran una sola y podían ser sinteti-
como podemos comprobar en la de Tomás de Aquino.
Esta idea fue rechazada por algunos clérigos cercanos al misticismo, como, por ejem- plo, San Bernardo de Claraval, quien negó que la filosofía pudiera aportar nada sobre Dios, al que sólo se podía acceder a través de la fe. A pesar de los místicos, la ten- dencia general del pensamiento antes del año fue favorable a la visión defendi- da por ios griegos.
Hemos abordado anteriormente este en este mismo capítulo, cuando revisa- mos el problema de los universales. La mayor parte de los pensadores medievales defendieron una versión del una creencia según la cual los conceptos uni- versales humanos corresponden a alguna forma o esencia que se conce- bía como una Idea en la mente de Dios. Esta concepción había sido compartida, a pesar de la existencia de diferencias evidentes en otros aspectos, por Platón, Aristóte- les y Tomás de Aquino. Unos pocos pensadores, denominados mante- por el que los universales no eran más que meros soplos de aire emi- tidos al pronunciar sus nombres (de aquí proviene el término nominalismo). Desde esta concepción, los universales no ostentarían realidad transcendente, sino que serían tan sólo comportamientos verbales. El nominalismo fue defendido por una minoría de pensadores.
El análisis del problema del conocimiento universal humano condujo a que los filósofos del siglo establecieran unos límites muy severos acerca de lo que el ser humano puede llegar a conocer. El primer paso lo dio, antes del comienzo de la baja Edad Media (periodo en el que se recuperó el trabajo de Aristóteles), Pedro Abelardo más importante de los filósofos medievales. Al igual que Aristóteles, Abelardo percibió lo absurdo de la aproximación que se limitaba predicar cosa a partir de otra. De acuerdo con los realistas, afirmar es
1 1 0 HISTORIA DE LA PSICOLOGÍA
un hombre» es relacionar cosas: al individuo viviente Sócrates con la forma celes- tial del hombre. Abelardo afirmó que hombre debería ser considerado como una eti- queta, o aún mejor, un concepto que aplicamos a cualquier individuo. es un concepto mental que aplicado a Sócrates en el ejemplo anterior y no algo separado o una Forma transcendente. Según los conceptos no eran más que imágenes o etiquetas puramente mentales. De esta forma, cuando estamos refi- riéndonos a los universales, en realidad estamos tratando con esras entidades menta- les y con formas eternas. La explicación que ofrece Abelardo sobre los
es lógica y psicológica, en vez de Esta posición, que podríamos denomi- nar de manera más adecuada convertiría en un precedente de las concepciones que hemos revisado más arriba.
En la baja Edad Media se consideraba que el conocimiento humano y la verdad divina estaban coordinados, de tal forma que los universales humanos correspondían a las Ideas divinas. Abelardo y Ockham destruyeron esta confianza y plantearon nue- vas cuestiones relacionadas con los fundamentos del conocimiento humano. Si los universales no reflejan las ideas divinas y si se generan a partir del conocimiento de entidades ¿cómo justificar nuestro conocimiento y demostrar que es cierto? Antes de Abelardo y Ockham el conocimiento era considerado como algo garantizado, después de estos autores el conocimiento comenzó a ser algo que debía justificarse. Los filósofos tuvieron que demostrar de qué forma se podía distinguir el conocimiento de la opinión sin hacer referencia a Dios ni a las Formas.
Es interesante señalar que la creencia en la omnipotencia de Dios obligó a los filósofos del siglo a desarrollar una actitud escéptica. Los pensadores cristianos creían que Dios era omnipotente, capaz de hacer cualquier que no fuera contra- dictoria consigo De esta manera, si estamos mirando a un árbol. Dios podría destruir ese árbol, pero conservaría en nosotros la experiencia del objeto que ya no existe. Si esto es los pensadores cristianos deben preguntarse cómo podemos estar seguros de cualquier percepción o de cualquier conocimiento.
Este problema estimuló el desarrollo de una crítica detallada del conocimiento humano entre los filósofos del siglo La más interesante de todas ellas fue la reali- zada por Nicolás (nacido en un seguidor de Ockham. Al igual que Ockham, no consideró a la psicología como una parte de la metafísica, sino que afirmó que sólo existen actos de entendimiento y de volición, en vez de las faculta- des independientes del entendimiento y la voluntad. Al igual que los empiristas pos- teriores, d'Autrecourt afirmaba que la certeza del conocimiento reside en permanecer lo más apegado posible a las apariencias. Todo aquello que podemos conocer es lo que nuestros sentidos nos transmiten, puesto que el conocimiento está asentado en la experiencia y el más perfecto conocimiento es el que permanece apegado a esa experiencia. D'Autrecourt consideró ilegítimo dar el salto desde la percepción senso- rial hasta las esencias o ideas divinas.
Nicolás d'Autreeourt rechazó igualmente la posibilidad de admitir la existencia de- una intervención divina que mantuviera la ilusión de la percepción y fundamentó el conocimiento sobre una suposición compartida con Ockham: todo que se presen- ta ante los sentidos es cierto. Esta creencia es necesaria para cualquier empíri- ca del conocimiento y Ockham la mantuvo de forma implícita. hacerla explícita, tuvo que preguntarse si estaba justificada. Concluyó, anticipándose al pragmatismo norteamericano, que no tener certeza acerca de esta suposi- ción, sino que tan sólo afirmar que algo es probablemente verdadero por-
ESPIRITUALIDAD E 1 1 1
que parece más aceptable que el supuesto contrario. D'Autrecourt, junto con otros solucionó el problema de la explicación psicológica de los universales planteado por Ockham. al llevar a cabo un análisis detallado de los fundamentos del conocimiento humano. La búsqueda de una justificación del conocimiento humano del mundo exterior se ha seguido produciendo desde entonces, y resulta un proble-
básico para la ciencia cognitiva
Además de fomentar el escepticismo, el empirismo de Ockham otras conse- cuencias: al excluir los asuntos de la fe del ámbito de la observación y de la razón, el empirismo dirigió los ojos del hombre hacia la observación del mundo que podía gar a ser conocido: el mundo físico. La ciencia física surgió, desde esta perspectiva, en el siglo