• No se han encontrado resultados

El humanismo: los sofistas

La clave para conseguir el éxito en la ateniense era la el arte de la per- suasión. El poder político dependía de la efectividad del discurso en la asamblea y, al ser los atenienses gente de carácter tenían que resolver numerosos plei- tos y formar parte jurado en los juicios. Por lo tanto, la capacidad para proponer y comprender críticamente argumentos complejos era una destreza de gran valor. Es lógico que la retórica se convirtiera en un objeto de estudio, una profesión y una forma de actuar que debía de ser Los maestros de retórica atenienses se denominaban sofistas, por la palabra (que significa «experto»), la misma palabra que da origen al término «sofisticado». Los griegos los primeros en la historia que dispusieron de profesionales remunerados, lo que supuso el inicio de la educación superior frente a la educación infantil (Clark, 1992). Las preocupaciones prácticas de los sofistas marcaron un giro importante en la filosofía, que se desvió del interés por el cosmos hacia un interés por la vida humana y por cómo debería

filosóficas importantes. Si tuviéramos que destacar una idea central de los sofistas, la que contiene la siguiente frase de Protágoras (aprox. a.C): «El hom- bre es la medida todas cosas, de las cosas que son en cuanto que son y de las cosas que no son en cuanto que no (Sprague, 1972). Este lema de Protágoras es ambiguo y sugiere todo un rango de significados que van desde lo hasta lo metafíisico, pasando por lo cultural. En el centro de todos ellos está, no obstante, el humanismo, una preocupación por la naturaleza humana y por la forma de vida del hombre frente a las típicas preocupaciones de naturalistas.

En su interpretación más estricta, al afirmar que -el hombre es !a medida de todas la.s cosas», Protágoras parece estar apoyando un empirismo una preferencia humanística por la apariencia sobre la realidad. Cualquiera que sea el constituyente último de la naturaleza (agua, fuego o átomos), el mundo que habitamos los humanos es el que se nos aparece en nuestra experiencia inmediata. La verdad para nosotros, desde un punto de vista práctico, nunca será la sino que será el mundo familiar de la gente y de las cosas. Las verdades prácticas subyacen en las apariencias y no en

EL MUNDO 51 una especulativa. Por tanto, si la verdad está en las apariencias, la verdad es algo relativo para cada perceptor: cada ser humano es el único juez cualificado de cómo percibe las cosas. Por ejemplo, dos personas entran en la misma habitación una de ellas encontrarla templada, si acabara de permanecer una ventisca, mientras la otra podría encontrarla si acabara de subir de avivar la caldera. Ninguna de las dos percepciones sino que cada una de ellas es real para el que la percibe. No existe ninguna realidad oculta de la materia.

La afirmación hombre es la medida de todas las cosas» conlleva, además del individual, un significado cultural o, por utilizar un término contemporáneo, un signi- ficado multicultural. Los griegos fueron unos chovinistas culturales. Por ejemplo, la palabra con todas sus connotaciones negativas, se aplicaba a todo el que no era griego parlante. Para tan sólo existía una manera correcta de vivir, la de los griegos, mientras que el resto de las formas conducían a la locura o a la maldad. Los sofistas cambiaron el pensamiento griego en este aspecto, al defender un relati-

vismo cultural. De la misma forma que cualquier persona sabe cual es su propia ver-

dad, las culturas pueden resolver sus propios asuntos por diversas vías, todas igual- mente válidas y satisfactorias. Los Helenos hablaban griego y los romanos latín, pero ésto no hacía que uno de los pueblos fuera superior al otro: Los griegos adoraban a Zeus, mientras que los anglosajones adoraban a y cada uno de ellos era el dios legítimo de su pueblo.

Finalmente, la frase «el hombre es la medida de todas las cosas» tiene un significa- do metafísico. Si la pretendida realidad de la naturaleza es incognoscible, también incognoscibles los dioses (Luce, 1992). No hay ninguna verdad divina o ley dada por dios a la que estén sujetos los seres humanos. Lo correcto y lo incorrecto son asuntos sobre los que debe decidir la cultura en vez de los dioses. La ciencia y la filosofía no deberían perder el tiempo en ociosas especulaciones sobre la realidad o los dioses, sino que deberían ocuparse de buscar logros prácticos que conduzcan a la felicidad humana y de proponer compromisos viables que sirvan a los seres humanos para vivir en comunidad.

El relativismo los sofistas representó una importante innovación en la historia del pensamiento occidental, aunque también trajo consigo una serie de peligros tanto para la democracia griega como para el pensamiento político y social de occi- dente, peligros que han perdurado hasta el presente. Los sofistas hicieron aún má.s marcada la división entre physis (naturaleza) y nomos (ley humana). considerar que su forma de vida era la mejor, los griegos tradicionales identificaron physis con

nomos: la forma de vida griega, su nomos, era la mejor, esto es, la forma de vida

natural (physis) ajustada a la naturaleza humana (physis). Los sofistas negaron esta identificación, haciendo del nomos un mero asunto de convención arbitraria, un conjunto de normas predominantes en cada una de las diferentes culturas, sin que ninguna de ellas fuera superior a otra. El sofista Antifón elevó la convención

(nomos) por encima de la naturaleza, al afirmar que las leyes del hombre constriñen

de forma diferente a la naturaleza humana (physis) dependiendo de la cultura pre- dominante.

El peligro para la democracia ateniense surgiría en la época de Platón, ai afirmar el aristócrata Callicles, en el diálogo de Platón nombre del sofista que goniza este diálogo) que las leyes están hechas por ciudadanos débiles e inferiores, aunque muy numerosos, para encadenar a aquellos que son superiores por naturaleza y que deberían ser los gobernantes naturales. De y, en algunos aspee-

52 HISTORIA DE LA PSICOLOGÍA

tos, Freud, estarían de acuerdo con esta afirmación. Callicles fue consecuente con sus creencias al participar en un golpe de estado que la clase aristocrática ejecutó contra la democracia ateniense. Ya desde la época de los sofistas, las preguntas sobre la natu- raleza humana y sobre qué forma de vida es la natural, si es que esta existe, cambiaron aquellos aspectos de la filosofía y de la psicofogía que la felici- dad humana. Sócrates sería el primero en enfrentarse a estos cambios.

y

Sócrates

rates se convirtió en una figura problemática en su d l h

y

Tal como él mismo deseaba, Sóc

pr

minaban su moral. Para los filósofos cristianos, y especialmente para aquellos que eran cristianos más en apariencia que por la fe, fue una figura un pobre perseguidor errante de la virtud al que le molestaban los engreídos y los farisaicos yp q perseguidor errante de la virtud al que

por los más débiles.

Por lo parece, Sócrates era un hombre pero ¿qué fue lo que ense- ñó? En cierto sentido ya que Sócrates era realidad un filósofo moral, sin nin- gún interés por la física, aunque los

EL MUNDO CLÁSICO 53 Aunque Sócrates no llegara a desarrollar ninguna doctrina su aproxima- ción filosófica contiene varias innovaciones de relevancia. La primera de ellas está relacionada con sus indagaciones en corno a la naturaleza general de Sas virtudes y de la Virtud en sí misma. De manera intuitiva, podemos reconocer que tanto el acto de devolver un lápiz que nos han prestado como el hecho de fundar una democracia son acciones pero lo que tienen en común, lo que tienen en si mismo de actos justos, es algo difícil de icientificar. Tanto una espectacular puesta de sol como una sinfonía de Mozart son enormemente bellas, aunque lo que tienen en común, o lo que es en sí misma la belleza, también se nos presenta como algo elusivo. Sócrates llevó estas cuestiones a su nivel más elevado. La justicia, la belleza, el honor, etcéte- ra, son todas cosas buenas, pero lo que tienen en o lo que es la bondad sí misma, permanece elusivo. En el ámbito la filosofía moral, Sócrates intentó enten- der el significado y la naturaleza de algunos conceptos abstractos forjados por el hombre, tales como la justicia o la belleza. Platón y Aristóteles ampliarían la búsque- da iniciada por Sócrates en el ámbito de la ética para terminar incluyendo a la totali- dad de los conceptos humanos, creando así el campo de estudio de la epistemología, la búsqueda de la verdad en sí misma, una tarea central para la filosofía y la psicolo- gía posteriores.

método socrático, un tipo especial de diálogo denominado elenchus, fue tam- bién algo muy innovador. Sócrates creía que todos los seres humanos son poseedo- res de la verdad mora), incluso aquellos que no lo saben. Sócrates se consideró a sí mismo como a una «comadrona» del conocimiento de la virtud, ya que ayudaba a la gente a descubrir la virtud por medio de interrogantes en vez de limitarse a utilizar meras descripciones. Así, por solía emplear casos concretos para socavar las ideas falsas sobre la virtud: si un joven definía el valor, desde el punto de vista de la Edad de Bronce, como la capacidad de luchar honorable e intrépidamente contra los enemigos, Sócrates le replicaba con algo parecido a la Carga de la Brigada Ligera: hombres valientes pero imprudentes, que llevan a la muerte y a la derrota a sus pro- pios compañeros. Estas preguntas y estos problemas terminaban por eliminar las cre- encias falsas hasta llegar a la aporta. Sin embargo, ya que somos capaces de realizar juicios correctos sobre lo que es y lo que no es virtuoso, aunque no podamos dar razones que justifiquen estos juicios, Sócrates creyó que el conocimiento de la virtud está dentro de nosotros, pero debemos aprender a buscarlo para convertir nuestro conocimiento latente en algo consciente y explícito. En cierto sentido, podemos con- siderar al elenchus socrático como el punto de partida algunas psicoterapias pro- fundas como el psicoanálisis. Al igual que el psicoanalista mantiene que ido aprendiendo falsas creencias que nos conducen a !a aunque en algún lugar de nuestro interior existe una verdad liberadora que podemos encon- trar por medio de la búsqueda del conocimiento que denominamos psicoterapia.

Al igual que ocurre en el modelo psicoanalítico. Sócrates creía que no existe nada merecedor del nombre conocimiento o verdad a menos que nos hagamos cons- cientes de ello y explicarlo. LJna persona podría siempre hacer el pero para Sócrates esta persona no sería verdaderamente buena y justa a menos que pudiera darnos una justificación racional de sus acciones. En su búsqueda de la ver- dad pretendía encontrar algo más que buen comportamiento o intuiciones acertadas sobre lo que es correcto o equivocado. Sócrates quería elaborar una de la vir- tud (el término griego theoria significa contemplación y no acción). En el

54 HISTORIA DE LA PSICOLOGÍA

de Sócrates, le dice a éste: «¿No te das cuenta de que una opinión correcta sin la capacidad de ofrecer una explicación sobre la misma no es conocimiento?, ¿cómo podría ser conocido inexplicable?... ¿ocupa la opinión correcta un lugar interme- dio entre la sabiduría y la (202a, traducido por E. Alien).

Platón adoptaría exigencia socrática de expresar el conocimiento a través de una teoría explícitamente formulada y justificada, modelo que se en la guía de la filosofía occidental, aunque no a cuajar en otras tradiciones que preferirían intuición a la teoría abstracta. Este modelo ejerció un poderoso influjo sobre la psicología, que persigue desde entonces una teoría ideal de la mente y del miento que nunca se ha alcanzado. En el Capítulo 15 comprobaremos como el interés de Sócrates por la teoría se convertiría en un problema en el contexto de las teorías de la inteligencia artificial y de la ciencia A partir de 1960, los científicos se comprometieron a crear mentes artificiales que, algunos de ellos, pensaban que llegarían a actuar mejor que las propias mentes humanas. Se comprobó que era más difícil de lo esperado conseguir que una teoría cognitiva lograra reproducir el funcionamiento de la inteligencia humana; de hecho, las mayo- res dificultacies se produjeron ai intentar captar aquello que los seres humanos hace- mos intuitivamente, sin recurrir al pensamiento. Algunos filósofos y psicólogos con- temporáneos han desarrollado un mayor respeto hacia las intuiciones y han puesto a prueba clásica ecuación socrática según la cual el conocimiento requiere de una teoría.

Finalmente, y debido a su interés por la virtud, Sócrates planteó algunas cuestio- nes importantes relacionadas con la motivación humana. Uno de los problemas cen- trales para cualquier filosofía moral es proponer las razones por las que la gente debería hacer lo que es correcto. debería explicar también por qué tan a menudo no lo hacen. El primero los por qué el ser humano debería ser virtuoso, nunca llegó a representar una dificultad para los filósofos y romanos, ya que asumieron sin dudar la existencia de una estrecha conexión entre la virtud y la eudaemonia e. incluso, aceptaron que pudieran llegar a ser idénticas. La traducción habitual del término eudaemonia suele ser pero eudaemonia significa algo más que el mero logro del placer, por supuesto, lo incluya.

Eudaemonia significa vivir bien o con prosperidad. Al igual que todos los griegos,

Sócrates creía que el fin adecuado de la vida era la eudaemonia que, para alcan- bastaba con ser virtuoso. Tanto Sócrates como el resto de los griegos creían que todos los hombres persiguen naturalmente la virtud, ya que todos tienden a bus- car la felicidad -la por lo que no habría que proponer motivos adicio- nales para hacer el bien en vez del mal. Platón afirma en el Symposium (205a, tradu- cido por R.E. Alien): «...los que son felices ¡o son porque poseen cosas buenas y es necesario preguntarse por qué aquel que quiere ser feliz tiene ese deseo. Por el con- trario, parece que respuesta tiene aquí su fin». Al proponer una iden- tificación entre felicidad y la virtud, los griegos se estaban diferenciando claramen- te de algunos sistemas éticos posteriores, incluyendo al cristiano, que a comportarse de forma ética, pero advirtiendo que la búsqueda de la virtud conlleva a menudo más sufrimiento que felicidad.

Al no encontrarse con ningún problema para explicar por qué los hombres buscan la los éticos griegos y romanos se centraron en el problema de porqué la gente actúa de manera inadecuada. Si la virtud y la felicidad son prácticamente lo la existencia de conductas inadecuadas se vuelve difícil de explicar. Si todos

EL MUNDO CLÁSICO 55 deseamos felices, deberíamos actuar siempre de la forma correcta. Sócrates avanzó una respuesta meramente intelectual al problema del al afirmar que los hombres actúan de manera incorrecta tan sólo cuando no conocen el bien. Esta explicación del mal comportamiento se fundamentaba en la creencia que se encuentra tras el

todos los seres humanos saben lo que es la virtud, pero algunos aprendido creencias falsas que ocultan el conocimiento del bien y al mal. Una vez que se sepa lo que es verdaderamente la virtud, la conducta a ser la adecuada de forma automática. Por ejemplo, tras abandonar su formación con Sócrates, participó en un golpe de estado aristocrático porque estaba controlado por una creen- según la la justicia consistiría en que gobernara el más fuerte. Según la explicación socrática, Callicles no sido un malvado, sino que simplemente esta- ba equivocado. De haber continuado su diálogo con Sócrates, Callicles

a la conclusión que la justicia no es el gobierno del más fuerte y no habría atenta- do contra la democracia. Para Sócrates todo lo que se necesitaba para alcanzar el com- portamiento adecuado era el conocimiento del bien, y no la buena voluntad o el amor a la virtud. Los filósofos éticos griegos y romanos posteriores, incluyendo al propio Platón y, especialmente, a los primeros encontrarían poco plausible esta explicación de carácter intelectual propuesta por que algunas personas disfrutan de forma manifiesta con la maldad e, incluso aquellos que son virtuosos, rea- lizan acciones incorrectas a sabiendas de que son malas. La lucha contra la fuente del del comportamiento humano llegaría a convertirse con el tiempo en una cuestión importante para la psicología de la motivación.

Documento similar