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2. SITUACIÓN DE LA PESCA EN ESPAÑA

2.6. Andalucía Mediterránea

Cuando se dobla punta Europa se entra en otro mundo. No sólo cambia el paisaje, el clima y el mar. También el hombre que vive sobre la costa mira su mar de una manera diferente a como lo hacen los gallegos, vascos y gaditanos. Si el Atlántico es una peligrosa barrera, un medio hostil que conviene respetar, el pescador del Mediterráneo vive en su mar, cerca de él. Lo considera como una prolongación de la tierra, siempre inmóvil, sin mareas ni temporales. No trata con un imprevisible y violento océano sino con algo propio, bien conocido y familiar al que puede aplicarse el sobrenombre de Mar Nuestro, Mare Nostrum.

Atún

El norte peninsular vio, durante siglos, su costa despoblada e inhóspita. Muy al contrario, el Mediterráneo fue un mar que unía en lugar de separar, abierto hacia el horizonte. En el puerto alicantino de Santa Pola definen bien el carácter de las gentes del interior con la expresión en dins (hacia dentro), mientras que los ribereños son d’en fora (hacia fuera), abiertos a lo que el mar, el mundo, les puede traer.

Por todo el litoral se escuchan docenas de versiones acerca del común origen de tantos enclaves costeros. Gentes llegadas de no se sabe donde, no se sabe cuando, aparecieron frente a una playa con sus barcas, sus enseres y sus familias. Desembarcaron y formaron un asentamiento pesquero, a veces provisional, a menudo definitivo. Vagabundos errantes del Mediterráneo fundarían comunidades en Altafulla, en la costa gerundense, en el árido litoral almeriense.

Fuengirola puede ser un buen ejemplo porque, antes de ser conocida como la Suel romana, allí existía un poblado de chozas levantado por marengos dedicados a la pesca de la sardina y el boquerón, cuyo remoto origen se ha perdido en la profundidad de la historia. Llegaron del mar, desde alguna isla, desde la costa africana, desde el medio oriente, para quedarse.

Un mar bondadoso, y fértil en su tiempo, propició la creación de centenares de pequeños núcleos de población pesquera mucho antes de que fenicios y griegos les dieran nombre. La dispersión de los pescadores fue una constante hasta que, a comienzos del presente siglo, la construcción de puertos capaces de albergar buques de grandes dimensiones, tuviera un efecto aglutinante. No obstante, todavía se mantienen vivos ejemplos, casi arcaicos, de grupos pesqueros compuestos por un par de docenas de marengos aferrados a su playa.

La costa, entre Gibraltar y la frontera francesa, está dividida, a efectos pesqueros, en las Regiones Surmediterránea, Levante, Tramontana y Balear. Casi la mitad de la flota española está aquí (5.634 embarcaciones, de las más de 17.000 totales), tripulada por 24.700 hombres, lo que representa el 35% de nuestros pescadores. Su trabajo, su esfuerzo aplicado al Mediterráneo, sólo consigue capturar el 13% del total de peces que desembarca anualmente la flota española, según datos del año 1986.

Tres puertos mediterráneos pueden considerarse como de cierta importancia, ya que en sus muelles se desembarcan por encima de las 10.000 toneladas anuales: Alicante, Castellón y Tarragona. De cerca son seguidas por Málaga, Motril, Adra, Almería,

Torrevieja, Santa Pola, Vinaroz, San Carlos de la Rápita, Tortosa, Villanueva, Barcelona, Mataró y Rosas.

De todos los sistemas pesqueros que se conocen y practican en España, el arrastre es el dominante en el Mediterráneo. El bou como así se le conoce, prosperó en Cataluña y se extendió hacia el sur conforme avanzó el s.XVIII. No cabe duda que la naturaleza de los fondos aplacerados extendidos frente a la desembocadura del Ebro y en trono al litoral alicantino, ayudaron al paulatino asentamiento del arte. Hoy día, 1.365 buques barren con sus malletas y puestas, cada día, las plataformas costeras desde los 80 hasta los 700 metros de profundidad. Al mismo tiempo, medio millar de cerqueros, se concentran en las cosas de Málaga, Barcelona y Almería, fundamentalmente. El istmo que separa la bahía de Algeciras de la playa de la Atunara, en la Línea de la Concepción, no mide más de dos centenares de metros, insuficientes a todas luces para amortiguar, en el espacio y en el tiempo, el brutal contraste entre un rico centro pesquero y una humilde comunidad de pescadores típicamente mediterráneos.

Dominaba por el Peñón que se cubre con una boina de nubes que el levante condensa, la playa de la Atunara y el poblado pesquero que arranca desde el límite del arenal, son un mal síntoma. Unas pocas pateras almejeras despintadas, varadas sobre basura y desperdicios, mantienen a sus propietarios un poco gracias a la pesca de bivalvos, y otro poco mediante el esporádico contrabando desde la vecina colonia. Explotan un buen banco de moluscos a la sombra de la roca, aunque de poca extensión porque aquí los fondos caen vertiginosamente en profundas simas submarinas a pocos metros de la orilla, recorridas, además, por las fuertes corrientes que origina el estrecho. La orografía de estos fondos es la que fuerza a emplazar la almadraba que aquí se cala, a tiro de piedra de la playa.

Las impresiones del británico Carter, al pisar tierras malagueñas en el año 1772, no pueden ser más descriptivas: “La costa de Gibraltar hasta Estepona, incluso leguas más allá, es extremadamente árida, pues la sierra corre paralela a una legua de la orilla. Esta carretera no se puede utilizar en invierno por la cantidad de ríos y arroyos

que hay que cruzar, los cuales cogen tanta fuerza después de las lluvias, que arrastran al mar hasta mulas y caballos cargados...”.

El Inglés alcanzó a ver las ruinas de Barbésula, ciudad ya destruida que se levantaba en el margen oriental de río Guadiaro. Pero no acertó a ver un solo pescador en la costa hasta llegar a Estepona. Quizás porque no los buscó o porque la actividad pesquera en esta costa, en la segunda mitad del s.XVIII, era puramente simbólica.

El aspecto del litoral ha cambiado gracias al turismo, y la hostilidad del paisaje tiene otros protagonistas. Ahora son bloques de hormigón quienes cruzan en el camino en lugar de los salvajes torrentes. Esta vez, los únicos visitantes foráneos son pacíficos turistas europeos y no los piratas berberiscos que se internaban por las sendas de la campiña para llevarse cautivos, a Argel, a los aldeanos.

En las playas de Manilva, los esteponeros calan una pequeña almadraba. Sólo pesca de revés, pero el entusiasmo de los hombres que la faenan, supera con creces la relativa escasez de capturas. Han elegido el emplazamiento más productivo, pero si el viento de levante era el enemigo a tener en cuenta en Barbate, aquí son las fortísimas corrientes que, como ríos impetuosos, resbalan por la costa en dirección al estrecho. La red del copo, casi cegada por espesas matas de algas que el mar arrastra, se hincha como un globo bajo las aguas y asoma por detrás de la barca de testa. Todas las boyas del arte dejan una estela en el mar y los grilletes crujen ante el empuje de la corriente. En el momento de máxima fuerza, si se aparta la mirada de la costa, parece que toda la almadraba navega hacia levante a buena marcha.

Las levantadas de la almadraba de Estepona se producen con metódica regularidad. El cortejo de buques auxiliares zarpa de los muelles de Estepona a las nueve de la mañana y camina una hora hasta llegar al cuadro. Mientras espera a que el mar deje de correr, el arraéz, protegido del sol con un gorro de paja, se mantiene inmóvil en la cubierta de la sacada. Los buceadores ya le han dado la mala nueva: no hay atunes. Dicen que han sido vistas algunas orcas (Orcicus orca) unas millas mar adentro y se las culpa de la

ausencia de los atunes. Sin embargo, el arraéz de espera que algún golpe acierte a pasar, caiga en la trampa y haga mas rentable la mañana.

A la una de la tarde el ritual da comienzo y la sangre caliente del Mediterráneo trasforma la levantada en una fiesta. Los peces son espantados hacia el copo por los hombres, por el procedimiento de tirarse al agua y chapotear ruidosamente. El capitán no maneja a sus almadraberos soplando un silbato sino dando sonoros zapatazos en la cubierta de la sacada.

Conforme la red matador asciende, la sacada corre hacia la testa hasta quedar situada a tan sólo diez metros de distancia de ella. El copo se convierte en una piscina familiar, con bandadas de peces voladores que saltan fuera del agua y planean con las aletas pectorales desplegadas hasta chocar contra alguna de las barcas que cierran el círculo. Después, los cloqueros se echan al agua vestidos y empiezan a atrapar a las pacíficas e inútiles Mulas lanzándolas sobre sus cabezas al otro lado de la testa para que no vuelvan a entrar en la almadraba. Los pobres animales, tras el susto de hoy, caerán mañana en la trampa de la Atunara y quizás no tengan tanta suerte. En la red han quedado atrapados un centenar de palometas y otro de gruesos bonitos, la captura más apreciada.

Hay otros presos en la cárcel de malla una gran tortuga, ya muerta, es colocada panza arriba sobre la cubierta de la sacada. Y los hombres se alertan unos a otros ante la presencia de arañas, muy venenosas, que corretean entre las piernas de los cloqueros. El mes de julio es temporada de bonito y sólo en agosto llegará la melva para llenar los copos y ensangrentar las cubiertas. Hasta ese momento, la almadraba sobrevive con pequeños túnidos, alimentando la esperanza de descubrir, una mañana, un copo repleto de hermosos atunes.

En el camino de vuelta a los muelles de Estepona, un par de Mulas, menos afortunadas que sus compañeras, son abiertas por un pescador para aprovechar la escasa cantidad

de carne comestible que puede suministrar el Pez. La afilada navaja, traza un rectángulo casi perfecto en el costado de la Mula. La porción de gruesa piel se abre como la tapadera de una lata de conservas dejando ver en el interior del animal, una acuosa sopa de blandas vísceras de la que mana un hilillo de sangre violácea. No hay apenas rastro de cusculatura, comprendiéndose la perezosa existencia del pez, mas dotado por la naturaleza con dos ineficaces alteas que le sentencias a vagar por el mar al ritmo de las corrientes.

2.7. Mediterráneo Levantino