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2. SITUACIÓN DE LA PESCA EN ESPAÑA

2.3. Cantábrico

2.3.3. Asturias: Puertos Asturianos

El puertecillo no es demasiado seguro. O al menos, los pescadores no se fían de él porque no se ve ninguna barca a flote. Todas están varadas en la rampa o trepadas en los muelles para lo que se ayudan de una ligera grúa. Cuentan con dieciséis o veinte embarcaciones, lo que significa que tenemos la mayoría de una flota con la que se faenan artes menores, preferentemente marisqueros. En la primavera persiguen la “andarica” o nécora y hasta junio, van tras el camarón. También emplean el enmalle y el rasco ocasionalmente para la captura del rape.

La costa asturiana da albergue a casi treinta puertos, puertecillos y refugios. Para ser más exactos, todo el litoral español esta cuajado de muelles porque, de un siglo a esta parte, la política nacional portuaria decidió llevar la contraria a la practicada por las naciones vecinas, que optaron por concentrar la pesca en pocos pero grandes, equipados y bien comunicados puertos. España disperso su pesca en cientos de puertecillos con el resultado de contar, actualmente, con una impresionante infraestructura de más de 200 puertos pesqueros.

Esa política del XIX se agradece ahora, aunque los comienzos del presente siglo fueran duros y hoy requieran de un elevado presupuesto para su mantenimiento. Porque, con las malas comunicaciones de hace un centenar de años, ¿cómo se daba salida al pescado desde pueblecillos como Tazones, Viavelez, o cualquier otro de la cornisa norte y noroeste?. Solo cuando las carreteras estuvieron a punto y se generalizó el empleo del camión, las comunidades pesqueras empezaron a salir de la postración y la miseria.

Repasando la historia general de la vida marítima asturiana descubrimos épocas brillantes, seguidas de otras de pobreza y olvido y, el relato, nos servirá igual para conocer lo sucedido en todo el Cantábrico.

La memoria arranca en los siglos IX y X, cuando en este litoral no se podía apenas subsistir a causa de la escasa agricultura, si bien ya existían centros marítimos como Gijón, fundado por los romanos, o Avilés y Luarca, dotados de “cartas puebla” en el siglo X. Los normandos, únicos dueños del Atlántico, casi no se fijaron en la costa asturiana, pues les parecía demasiado escarpada como para detenerse a destruir algo. Su destino estaba en Jacobsland y, en todo caso, se aproximaban a la costa asturiana para aprovisionarse de víveres. La leyenda, grabada en la fachada de tantas iglesias de la costa europea, “De furore normandorum liberanos, Domine”, también valía aquí. Después, cuando los escandinavos dejaron de ser una amenaza, llegaron los musulmanes y la piratería berberisca, asolando el litoral hasta bien entrado el siglo XII. Solo a partir de ese momento se puede empezar a pensar en crear una vida marítima en el Cantábrico. En el siglo XIV están localizados los puertos de Lagnef, Ribadesella, Vellaviciosa, Eftazone, Gijón, Torres, Avilés, Concha de Artedo, Luarca, Navia, Cala de Porcia y Tapia.

Empiezan a transcurrir los años balleneros y el brillante comercio con el norte de Europa. Se aprovecho cada hueco de la blindada costa para instalar un punto de embarque, unos puertos atacados por las furias del Atlántico y rehechos una y otra vez. Desde Avilés, Llanes y Luarca se importaban tejidos franceses y encajes belgas, exportándose lanas castellanas, cueros, vinos y miel. Llego la riqueza... y comenzó el desquite.

Los vascos, cántabros y asturianos, eran los amos del Golfo de Vizcaya y atacaron cuando buque se cruzara en su camino, practicando un corso que inquieto a los soberanos británicos. Cuando Shouthampton y la isla de Wight fueron saqueados por marinos súbditos del rey de Castilla, ya habían llegado cartas de protesta de Eduardo II,

Eduardo III y Ricardo II de Inglaterra, en tanto que arzobispos de York y Canterbury alzaban rogativas para librar a los ingleses de la “furia de los piratas castellanos”. El pescador se queja de los que arrancan el percebe bajo el agua, buceando con botellas de aire comprimido; se revuelve contra los pescadores ocasionales que trabajan en la papelera de Navia y redondean su sueldo con lo que se sacan del mar. El pluriempleo es general en la costa y nunca fueron raras estas dobles ocupaciones. Pero cuando el mar se torna avaro, afloran los conflictos.

La esperanza para Viavelez esta en el pulpo, especie ignorada hasta no hace mucho, y que hoy se busca con ahínco pues produce beneficio.

También se hace un doble uso del rasco, un arte cada vez mas empleado en la captura de grandes crustáceos, y que se ha extendido por todo el Cantábrico. Se trata de una red de enmalle, calada a fondo, con medidas de 2 a 3 km. de longitud y cerca de 2,5 metros de altura. Las mallas son mas abiertas que en la volanta, de 28 cm, y están destinadas a capturar rape. Lo normal es levantarlas cada dos o tres días, pero algunos pescadores las dejan semanas enteras en la esperanza de que acudan bogavantes, langostas y centollas a comerse los peces trabados ya muertos.

Vemos de cerca los otros artes de red. Al lado de los rascos hay betas, de dimensiones parecidas a los primeros, pero con malla más cerrada, de solo 5 o 7 cm. Se utilizan para fanecas y salmonetes. Sólo vemos un trasmallo, y el pescador nos ayuda a desplegarlo para conocer su estructura.

No esta compuesto por una sola red, sino por tres superpuestas, lo que complica su manipulación. El paño de en medio tiene una luz de malla de 3 cm. Los dos exteriores, o mallones, la tienen de 25, 28 cm. El funcionamiento es ingenioso: se calan los riceros, redes completas compuestas por diez piezas de hasta 100 metros de largo cada una, en fondos cercanos a la costa. Los peces, cabras o julias, atraviesan el primer sin problemas, pero tropiezan con la tupida, la empujan, y forman una bolsa que queda cerrada al cruzar el siguiente.

Desde Viavelez, acudimos a un puerto que ha hecho de la nasa su forma casi exclusiva de pesca. Bajando a los muelles de Puerto de Vega, pasamos ante el discreto monumento erigido, en 1983, en memoria de D. Gaspar Melchor de Jovellanos. El prócer ilustrado, proscrito y como un naufrago, se refugio aquí para morir en paz un 27 de noviembre del año 1811, después de haber pasado sus últimos días en la casona de los Trelles, lugar de peregrinación de todo jovellanista.