objetivos propios de la clase cam pesina en particu lar. E stá p o r com probar su radicalism o social, pues la c a rta a Adam M arsh difícilm ente puede considerarse p ru eb a suficiente de u n plan encam inado a su b v ertir el orden social, ap arte de que en los prim eros m om entos gozó del favor y protección de la reina m adre de Francia, Blanca de Castilla. A pesar de todo, en cuanto m ovim iento de las clases b ajas rurales que suponía un ataque al clero —el pilar del o rden social— no puede p asarse p o r alto, pues, con independencia de la fuerza del im pulso religioso que subyacía en el m ism o, pone de evidencia el descontento de los pastores hacia el m undo en que vivían.
En gran m edida, el entusiasm o religioso p o r las cruza das contó con la aprobación del papado y la jerarq u ía, si bien ese husm eador de herejes que fue el aristó crata Ber nardo, abad de Claraval, recelaba ya a m ediados del si glo xxi de los erm itaños errantes, como Rodolfo de Hai- nault, que en vísperas de la segunda cruzada tra ta b a de alzar a las m asas dándoles a conocer sus sueños escato- lógicos 11. F ueron tam bién num erosos los m ovim ientos de m asas heréticos que contaron con seguidores plebeyos con tem poráneos del m ovim iento de las cruzadas. Su origen pue de localizarse en los m ism os sentim ientos de privación, desorientación y desasosiego que constituyeron la base so bre la que operaron, con excelentes resultados, los predica dores de las cruzadas. Sus dogmas, seguidores e influencia se m odificaron en función del tiem po y lugar. A comienzos del siglo x i i i puede apreciarse la existencia de dos grandes tendencias, coincidentes en m u ltitu d de aspectos. Por un lado estaban los m ovim ientos inspirados en la concepción dualista, característica de los m aniqueos persas, de los pau- licianos del Asia M enor y de los bogomilos de los Balcanes a.
11 P. Alphandéry y A. Dupont, I, pp. 174-76.
12 S. Runciman, The medieval manichee, 1955; D. Obolensky, The bo-
Los m iem bros de estos m ovimientos, de los cuales los albi- genses del Languedoc son los m ás conocidos, creían en la existencia de dos dioses: un dios del espíritu y un dios de la m ateria, irreconciliables entre sí. D entro de este espectro de creencias, en u n extrem o del m ism o apenas podía decir se que los creyentes fueran cristianos, si bien había cre yentes en Cristo y su obra que seguían las doctrinas dualis tas. Por o tro lado, eran muchos los m ovim ientos, quizá de m enor com plejidad que el dualista, que se lim itaban a ins p irarse en el Evangelio y buscaban u n a vuelta del m undo y la Iglesia al estado de pobreza e igualdad de tiem pos de los Apóstoles, a la vez que seguían m ás de cerca los dicta dos de la Biblia que los de la Iglesia. Tanto los m ovim ien tos de un tipo como los de o tro criticaban la riqueza, el poder y la actividad política de la Iglesia de la época, recha zando con m ayor o m enor intensidad la institución del sa cerdocio y los sacram entos que se hallaban bajo el control del clero. Con ello, ya fuera o no intencionadam ente, ha b rían socavado todo el orden social existente.
Los herejes albigenses, respaldados p o r m iem bros de la nobleza del Languedoc, así como p o r num erosos grupos de vecinos de ciudades como Albi y Toulouse, organizaron u n a Iglesia paralela a la católica ortodoxa, dentro de la cual los obispos, m iem bros «perfectos» de la com unidad, desem peñaban las funciones sacerdotales. E sta Iglesia fue aplas tad a a comienzos del siglo x m p o r la cruzada albigense, com binación de ortodoxia respaldada po r el poder papal, am biciosos barones de la superpoblada Isla de Francia de seosos de am pliar sus dominios territo riales y la m on arqu ía expansionista de los Capetos 13. Los dualistas —«cátaros» (puros), como a veces se les llam a— siguieron activos, es pecialm ente en el n o rte de Italia. La principal co rrien te de inspiración herética en estos tiem pos fue la de los valden-
ses, seguidores de un m ovim iento en favor de la pobreza evangélica, fundado hacia 1170, que g uardaba num erosas sem ejanzas —ap arte de en contrarse fuera del m arco de la Iglesia— con la orden franciscana. El m ovim iento de los valdenses asum ió muy diferentes form as, sufrió escisiones y rivalidades internas, pero siguió siendo una de las here jías m ás persistentes y populares de la B aja Edad Media. E sta doctrina se caracterizaba p o r su gran fe en la au to ri dad de la Biblia; su hincapié en las virtudes de la pobreza y, po r tanto, de los pobres; su insistencia en una relación directa entre Dios y el hom bre, con lo que el clero y los sacram entos, las confesiones y las oraciones p o r los m uer tos, así como la intercesión de los santos, dejaban de tener im portancia; la igualdad en tre hom bres y m ujeres, y, en ge neral, una actitu d y una form a de ser que se oponían a la concepción de je ra rq u ía vigente. Los valdenses contribuye ron en gran m edida a configurar el pensam iento de los husitas de Bohem ia y, muy posiblem ente, el de los lolardos ingleses, así como el de algunos de los reform ados del si glo x v i 14.
La orden de los m enores, fundada p o r San Francisco de Asís sólo dos o tres décadas después del comienzo de la predicación de Pedro Valdo, fundador de los valdenses, su puso o tra im p ortante contribución a la h erejía popular, a p esar de la ortodoxia inicial y p o sterio r de la gran m ayoría de sus m iem bros. La insistencia en la santidad de la pobre za y el culto a una vida sencilla apenas guardaban relación alguna con la superorganizada y bien d o tada Iglesia uni versal, que, a m ediados del siglo x i i i, disponía ya de una je rarq u ía, una b u rocracia centralizada y una adm in istra ción judicial y fiscal m ás perfeccionada que la de muchos
14 D ocum entos originales que ilustran las ideas de los valdenses han