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Annales M onastici, I (Burton), RS, 1864, pp 290-99.

objetivos propios de la clase cam pesina en particu lar. E stá p o r com probar su radicalism o social, pues la c a rta a Adam M arsh difícilm ente puede considerarse p ru eb a suficiente de u n plan encam inado a su b v ertir el orden social, ap arte de que en los prim eros m om entos gozó del favor y protección de la reina m adre de Francia, Blanca de Castilla. A pesar de todo, en cuanto m ovim iento de las clases b ajas rurales que suponía un ataque al clero —el pilar del o rden social— no puede p asarse p o r alto, pues, con independencia de la fuerza del im pulso religioso que subyacía en el m ism o, pone de evidencia el descontento de los pastores hacia el m undo en que vivían.

En gran m edida, el entusiasm o religioso p o r las cruza­ das contó con la aprobación del papado y la jerarq u ía, si bien ese husm eador de herejes que fue el aristó crata Ber­ nardo, abad de Claraval, recelaba ya a m ediados del si­ glo xxi de los erm itaños errantes, como Rodolfo de Hai- nault, que en vísperas de la segunda cruzada tra ta b a de alzar a las m asas dándoles a conocer sus sueños escato- lógicos 11. F ueron tam bién num erosos los m ovim ientos de m asas heréticos que contaron con seguidores plebeyos con­ tem poráneos del m ovim iento de las cruzadas. Su origen pue­ de localizarse en los m ism os sentim ientos de privación, desorientación y desasosiego que constituyeron la base so­ bre la que operaron, con excelentes resultados, los predica­ dores de las cruzadas. Sus dogmas, seguidores e influencia se m odificaron en función del tiem po y lugar. A comienzos del siglo x i i i puede apreciarse la existencia de dos grandes tendencias, coincidentes en m u ltitu d de aspectos. Por un lado estaban los m ovim ientos inspirados en la concepción dualista, característica de los m aniqueos persas, de los pau- licianos del Asia M enor y de los bogomilos de los Balcanes a.

11 P. Alphandéry y A. Dupont, I, pp. 174-76.

12 S. Runciman, The medieval manichee, 1955; D. Obolensky, The bo-

Los m iem bros de estos m ovimientos, de los cuales los albi- genses del Languedoc son los m ás conocidos, creían en la existencia de dos dioses: un dios del espíritu y un dios de la m ateria, irreconciliables entre sí. D entro de este espectro de creencias, en u n extrem o del m ism o apenas podía decir­ se que los creyentes fueran cristianos, si bien había cre­ yentes en Cristo y su obra que seguían las doctrinas dualis­ tas. Por o tro lado, eran muchos los m ovim ientos, quizá de m enor com plejidad que el dualista, que se lim itaban a ins­ p irarse en el Evangelio y buscaban u n a vuelta del m undo y la Iglesia al estado de pobreza e igualdad de tiem pos de los Apóstoles, a la vez que seguían m ás de cerca los dicta­ dos de la Biblia que los de la Iglesia. Tanto los m ovim ien­ tos de un tipo como los de o tro criticaban la riqueza, el poder y la actividad política de la Iglesia de la época, recha­ zando con m ayor o m enor intensidad la institución del sa­ cerdocio y los sacram entos que se hallaban bajo el control del clero. Con ello, ya fuera o no intencionadam ente, ha­ b rían socavado todo el orden social existente.

Los herejes albigenses, respaldados p o r m iem bros de la nobleza del Languedoc, así como p o r num erosos grupos de vecinos de ciudades como Albi y Toulouse, organizaron u n a Iglesia paralela a la católica ortodoxa, dentro de la cual los obispos, m iem bros «perfectos» de la com unidad, desem­ peñaban las funciones sacerdotales. E sta Iglesia fue aplas­ tad a a comienzos del siglo x m p o r la cruzada albigense, com binación de ortodoxia respaldada po r el poder papal, am biciosos barones de la superpoblada Isla de Francia de­ seosos de am pliar sus dominios territo riales y la m on arqu ía expansionista de los Capetos 13. Los dualistas —«cátaros» (puros), como a veces se les llam a— siguieron activos, es­ pecialm ente en el n o rte de Italia. La principal co rrien te de inspiración herética en estos tiem pos fue la de los valden-

ses, seguidores de un m ovim iento en favor de la pobreza evangélica, fundado hacia 1170, que g uardaba num erosas sem ejanzas —ap arte de en contrarse fuera del m arco de la Iglesia— con la orden franciscana. El m ovim iento de los valdenses asum ió muy diferentes form as, sufrió escisiones y rivalidades internas, pero siguió siendo una de las here­ jías m ás persistentes y populares de la B aja Edad Media. E sta doctrina se caracterizaba p o r su gran fe en la au to ri­ dad de la Biblia; su hincapié en las virtudes de la pobreza y, po r tanto, de los pobres; su insistencia en una relación directa entre Dios y el hom bre, con lo que el clero y los sacram entos, las confesiones y las oraciones p o r los m uer­ tos, así como la intercesión de los santos, dejaban de tener im portancia; la igualdad en tre hom bres y m ujeres, y, en ge­ neral, una actitu d y una form a de ser que se oponían a la concepción de je ra rq u ía vigente. Los valdenses contribuye­ ron en gran m edida a configurar el pensam iento de los husitas de Bohem ia y, muy posiblem ente, el de los lolardos ingleses, así como el de algunos de los reform ados del si­ glo x v i 14.

La orden de los m enores, fundada p o r San Francisco de Asís sólo dos o tres décadas después del comienzo de la predicación de Pedro Valdo, fundador de los valdenses, su­ puso o tra im p ortante contribución a la h erejía popular, a p esar de la ortodoxia inicial y p o sterio r de la gran m ayoría de sus m iem bros. La insistencia en la santidad de la pobre­ za y el culto a una vida sencilla apenas guardaban relación alguna con la superorganizada y bien d o tada Iglesia uni­ versal, que, a m ediados del siglo x i i i, disponía ya de una je rarq u ía, una b u rocracia centralizada y una adm in istra­ ción judicial y fiscal m ás perfeccionada que la de muchos

14 D ocum entos originales que ilustran las ideas de los valdenses han