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tantes que fueron la causa de que se a lte ra ra n b astan te las relaciones existentes entre los diferentes estrato s nobilia­ rios. Uno de los m ás interesantes fue el alza del prestigio social de los c a b a lle ro s38. Otro fue la extensión de p oder jurisdiccional sobre los cam pesinos, desde los grandes se­ ñores h a sta la pequeña nobleza local. Otro, p o r últim o, el cam bio en la com posición de la nobleza debido al creciente poder del E stado y, consecuentem ente, la im portancia de su patrocinio sobre quienes lo servían.

La caballería y la nobleza se h an visto íntim am ente aso­ ciadas du rante la E dad Media, h a sta el punto de considerár­ selas inseparables. E sta extendida creencia, sin em bargo, sólo h alla su justificación a p a rtir de m ediados del siglo x i i. Si bien es verdad que los varones adultos pertenecientes a la nobleza en la Alta y B aja Edad Media se consideraban no sólo gobernantes, sino tam bién guerreros, debe reco rd ar­ se que, en la Alta Edad Media, todos los hom bres libres tenían obligación de p re sta r el servicio m ilitar. Los cam pe­ sinos que trab a jab a n la tierra —aun siendo libres— no eran po r lo general los m ás adecuados p a ra desem peñar activi­ dades m ilitares, en p arte debido a la n aturaleza de su tr a ­ bajo y en p a rte a causa de sus escasos recursos. La lucha, y en p articu la r la librada a caballo, había acabado p o r con­ vertirse en u n ocupación profesional ya a m ediados del si­ glo v i i i, si bien ello no era óbice p ara re c u rrir en tiem pos de crisis a la m ilicia cam pesina, como hizo Alfredo de Wessex p a ra contener las invasiones danesas de finales del siglo ix. La nobleza, como es lógico, continuó considerando la actividad g u errera no tan to u n a profesión como un as­ pecto con natu ral a su estado.

Los caballeros del período poscarolingio, a los que se les daba el nom bre de m ilites en los escritos latinos de los

38 Para el tem a de los caballeros, véase Duby, op. cit., nota 36, y «The diffusion o f cultural patterns in feudal society», P & P, 1968; Sally Har­ vey, «The knight and the knight’s fee in England», P & P, 1970.

siglos ix a xi, se hallaro n m uy ocupados en las innum era­ bles pequeñas guerras libradas en aquellos siglos de h u ndi­ m iento político y lenta reconstrucción. Los señores reque­ rían sus servicios, pero, p o r entonces, no habían logrado todavía una equiparación social con aquéllos. En el m ejor de los casos eran pequeños terratenien tes; en el peor, m er­ cenarios sin tierras, que fo rm aban p arte del séquito del se­ ñor, vivían en la corte de éste y le acom pañaban en el cam ­ po de batalla. Fue entonces cuando, en épocas ligeram ente diferentes en diversos países, empezó a cam biar su papel social si no su papel m ilitar profesional. La función del caballero fue adquiriendo m ayor estim a en ciertas regiones de Francia a lo largo del siglo xi, en tanto que en In g laterra y el Im perio la ascensión de los m ism os no tuvo lugar h asta m ediados del siglo x n .

Una serie de factores convergentes fueron la causa de esta ascensión social. Económ icam ente, algunos, si no todos, de los terraten ientes de cuyas filas salían los caballeros me­ jo ra ro n de posición. E ste es u n fenóm eno que se observa en In g laterra en el siglo p o sterio r a la recopilación del

D omesday B ook (1086), período en que llegó a duplicarse y

h asta triplicarse la extensión de las propiedades te rrito ria ­ les del caballero medio. La Iglesia, que h asta entonces había tendido a co nsiderar a los caballeros como hom bres que hacían el trab a jo del diablo, es decir, que se dedicaban a despojar a la Iglesia y sus colonos de las tierras propiedad de aquélla, comenzó a reclutarlos p a ra el servicio de Dios a p a rtir de finales del siglo x. El servicio de Dios era un in tento de prom over la treg u a y la paz de Dios p a ra pe­ ríodos d u ran te los cuales los señores y sus caballeros ju ra ­ rían resp eta r las tierras de la Iglesia y de los cam pesinos p o b r e s 39. Tal m edida no vino a resolver el problem a del b an did aje caballeresco, p o r lo que la táctica de la Iglesia

39 H. E. J. Cowdray, «The peace and the truce o f God in the llth century», P & P, 1970.

se extendió a encauzar las actividades bélicas de los caba­ lleros con tra el enemigo exterior: los m usulm anes de Espa­ ña y Siria y los paganos eslavos de la E uropa oriental. La caballería comenzó a ad q u irir un olo r de santidad, acabando no sólo p o r ser santa sino po r ponerse de m oda, cuando la literatu ra cortesana, culm inando con los rom ances del ciclo artú rico de Chrétien de Troyes de finales del siglo x n , eligió como héroe al caballero ideal, figura que no sólo estaba dotada de valor m ilitar sino que era equiparable a reyes, duques y condes. H acia 1200, reyes, duques y condes se so­ m etían con orgullo a la cerem onia de iniciación po r la que el aprendiz de caballero (el escudero) ingresaba en la orden de caballería de form a plena.

O tro aspecto del progreso social de los pequeños y m e­ dianos terraten ientes fue el control jurisdiccional que ad­ quirieron sobre las clases bajas de la sociedad r u r a l 40. Incluso cuando la m onarquía franca daba la im presión de ser m ás fuerte, en los tiem pos de Carlomagno, los condes, en teo ría oficiales nom brados p o r el rey-em perador, eran elegidos en la práctica de en tre los principales terraten ien tes del d istrito cuyo trib u n al presidían. Al desintegrarse el po­ der central, antes en Francia que en Alemania, los condes conservaron su p o d er y continuaron ejerciendo jurisdic- ció pública, si bien ya p o r cuenta propia. De m odo sem e­ jante, los te rraten ien tes eclesiásticos a quienes los reyes- em peradores habían otorgado derechos de inm unidad res­ pecto a los oficiales reales encargados de ad m in istrar ju s ­ ticia y recau d ar im puestos, siem pre que ejercieran estos derechos en calidad de represen tan tes reales, continuaron haciéndolo en calidad de particu lares dentro de sus in m u ­ nidades. E n am bos casos estos derechos judiciales tuvieron

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