de la nobleza en la región de París, a expensas de los cam pesinos de la aldeas vecinas, lo que provocó la jacquerie en 1358; fueron los excesivos gravám enes im puestos p or el lugarteniente real, el duque de Berry, sobre sus súbditos de la F rancia central, en un m om ento en que se m ostró incapaz de protegerlos de los ingleses y de sus m ercenarios
routiers, la causa que originó el m ovim iento —igualm ente
im portante, aunque peor conocido— de la jacquerie de los
tuchdns; fueron las peticiones ex trao rd inarias que los seño
res de C ataluña hicieron p ara que se cum plieran los deno m inados «malos usos» lo que precipitó la larga guerra de los rem ensas, los cam pesinos de condición servil.
En ninguno de los casos aquí enunciados puede supo nerse que el incum plim iento de los usos tradicionales fuera la única causa del levantam iento. Intervenían asim ism o otros factores im portantes, esenciales, que coadyuvaban a que sucedieran los hechos. La resistencia que en Flandes se opuso a la recaudación del im puesto com pensatorio en 1323 no fue consecuencia de una decisión tom ada de repente po r parte de una población norm alm ente pasiva. Dicha pobla ción estaba com puesta en gran m edida p o r los descendien tes de pobladores libres que se asentaran en los distritos de la costa. M uchos de ellos eran m uy pobres, si bien ello no fue obstáculo p ara que sus caudillos se enco ntraran en tre los cam pesinos m ás ricos de la región, como pue de verse en la relación de las tierras y bienes de los m uertos a raíz de la d erro ta del m ovim iento en 1327 en la b atalla de Cassel. Muchos de los cam pesinos p articip ab an en el com ercio textil, que p o r esta época ya se iba exten diendo de la ciudad a las zonas rurales. Las obligaciones que tenían hacia los señores eran satisfechas principalm en te en form a de rentas m onetarias; tenían la condición de libres y propo rcio naro n un elem ento sem im unicipal al go bierno local. Aunque presididos por el bailío (generalm ente un noble) del conde de Flandes, los tribunales locales esta
ban com puestos p o r ju rad o s, keuriers o échevins, m uchos de los cuales eran cam pesinos. Cuando la revuelta alcanzó su p un to álgido a comienzos de 1325, los cam pesinos se hicieron cargo de la organización existente y colocaron al frente a sus propios hom bres en sustitución de los bailíos del conde. Desde principios de siglo era perceptible un m a r cado sentim iento de hostilidad hacia la nobleza de habla francesa y sus aliados patricios, los grandes m ercaderes de las ciudades. F ueron éstas las razones que im pulsaron a los cam pesinos a dar su apoyo al conde de Flandes en tan to opuso resistencia al soberano, el rey de Francia. Sin duda, tenían presente la b atalla de C ourtrai librad a en 1302, en la que cam pesinos y tejedores infligieron u na severa d erro ta a los caballeros franceses, pero a pesar de ello se les im puso, po r la capitulación del conde en Athis (1304), el p rim er pago com pensatorio a la Corona francesa, que su puso una pesada carga p ara ellos.
Las condiciones generales reinantes en la prim avera de 1358 en las regiones situadas al norte, nordeste y sur de París eran aún m ás idóneas que las del Flandes m arítim o para que cualquier opresión, p o r m ínim a que fuera, hiciese estallar u n a rebelión. Por espacio de un año, los m ercena rios de los ejércitos francés e inglés, tras ser acordada u n a tregua, estuvieron viviendo a costa del campo, h asta el p u n to de acabar los cam pesinos p o r no saber distinguir en tre los hom bres de uno y otro bando. La situación acabó de com plicarse con la en trad a en el juego de Carlos, rey de N avarra y posible p retendiente al trono francés, cuyas tro pas estaban dispuestas a luchar p o r la defensa de sus p ro pios intereses, los de los ingleses o los del regente de F ran cia, pues el rey estab a encarcelado en Inglaterra. Además, a p a rtir de marzo de 1358 se había declarado una g uerra civil entre el regente y sus partid ario s, p o r u n a parte, y u n a fracción reform ista acaudillada p o r E tienne Marcel, p re boste de los com erciantes de París, por otra.
La nobleza estaba desacreditada y era incapaz de reali zar su tradicion al función de defensa de los otros estam en tos. Los ingresos percibidos p o r las tierras eran insuficien tes, pues las ren tas eran bajas y o tro tanto puede decirse del precio del grano, m ientras que los salarios y o tro s cos tes se hallaban en alza. M uchos m iem bros de la nobleza tuvieron que ser rescatados m ediante una sum a de dinero. De aquí que los nobles y sus hom bres de arm as en los cas tillos de la Isla de Francia fueran tan capaces de saquear y m a ta r a los cam pesinos locales como las bandas capita neadas por extranjeros, como el inglés Jam es Pipe, lugar teniente del rey de N avarra, cuyo cam po de operaciones se extendía al su r de París. Si bien la explicación que ha venido dándose tradicionalm ente de la jacquerie como una revuelta co n tra la pobreza contiene una considerable dosis de verdad, la m ism a es a todas luces insuficiente. D entro del área ocupada p o r los rebeldes había villas que gozaban de gran p ro sperid ad , especialm ente las situadas al norte de París, en las que la exasperación originada po r los im pues tos y las requisas, al tiem po que la sensación de inseguri dad p or el hundim iento del orden social tradicional, se com binaron con la m ala situación económ ica de los agriculto res, de posición norm alm ente acom odada, que se veían incapaces de log rar buenos precios p o r sus productos. Mien tra s esto sucedía, las zonas m ás abandonadas y de m ayor pobreza, que se hallaban al sudoeste de la ciudad —preci sam ente allí donde cabía esp erar una explosión debido a las m iserables condiciones de vida— , quedaron práctica m ente al m argen de la rebelión.
Una com binación de saqueos llevados a cabo p o r b an das de soldados y elevados, e incluso ilegales, im puestos fue igualm ente responsable d irecta de la jacquerie poste rior, y de signo diferente, que tuvo lugar en Francia duran te de la g uerra de los Cien Años: el con trab an d id aje de los
(aunque ilusoria) de ser una p ro testa breve, b ru sca y ele m ental en co n tra de las m iserables condiciones de vida, los
Luchins constituyen el p ro to tipo de una m odalidad de p ro
testa muy diferente a cargo de los pobres, una form a a la que hem os denom inado «bandidaje social». Aquí no se tra ta ya del alzam iento en m asa de una población cam pesina injustam ente atropellada, sino de u n a ingeniosa adopción por p arte de la población residente en las m ontañas de Auvernia —los artesanos de los suburbios de ciudades como S aint F lour y los cam pesinos del alfoz— de los hábi tos de pillaje de sus antiguos opresores. Desde principios de la década de 1360 hasta m ediados de la de 1380, los
tuchins hostigaron a las au to ridades de la región, m ientras
los jacques de los alrededores de P arís eran aplastados, tran scu rrid as escasam ente dos sem anas de su levantam ien to, p o r las com pañías de nobles al m ando del rey de Na varra. De todas form as, las causas inm ediatas fueron idén ticas tan to en una como en o tra jacquerie: el pillaje de las com pañías m ilitares y los gravám enes im puestos p o r el gobierno.
Una de las guerras cam pesinas que se prolongó p o r m ás espacio de tiem po fue la de los rem ensas catalanes, o sier vos cam pesinos, que se desarrolló en el siglo xv. Catalu ña, com parada con prácticam ente el resto de los te rrito rios de España, se hallaba casi por com pleto bajo el ré gimen señorial, no gozando la inm ensa m ayoría de los cam pesinos de libertad. Aparte de las diversas rentas y ser vicios que debían satisfacer a sus señores, tenían lim itada su lib ertad de m ovim iento, habiéndose consolidado estas lim itaciones a p a rtir del siglo x m , como respuesta de los señores a la em igración hacia el sur p a ra colonizar las tie rras reconquistadas y hacia las ciudades en fase de rápido crecim iento. Después de la peste negra, hubo una reacción señorial, causada p o r la reducción de los ingresos percibi dos por las tierras, exigiéndose ren tas ex traordinarias en
especie y haciéndose obligatorias las prestaciones volunta rias de servicios.
Todos aquellos cam pesinos a los que les estab a p ro hi bido ab and on ar sus explotaciones a no ser m ediante el pago de una redención de elevada cuantía, la remensa, quedaron autom áticam ente sujetos a lo que dio en denom inarse los cinco «malos usos», a saber: intestia, derecho de sucesión que consistía en un tercio de los bienes m uebles en caso de m o rir intestado el causante; exorquia, o tro derecho que gravaba la sucesión; cugucia, un tercio o la m itad de los bienes m uebles en caso de adulterio de la esposa; arsina, m ulta que debía pagarse si la casa del payés se incendiaba po r accidente, y la firm a d ’espoli violenta, penalización en cam inada a lim itar la creación de hipotecas. E stas obli gaciones no tenían nada de nuevo en el siglo xv, si bien no habían sido de aplicación universal. Fue su generalización e im posición a todos los cam pesinos sujetos a rem ensas y el m iedo de los colonos libres de que llegara a aplicárseles a ellos, lo que hizo que la población ru ra l catalana se uniera co ntra sus señores. E ste resentim iento surgió po rq ue estas obligaciones eran claras m u estras de servidum bre personal y porque económ icam ente suponían una pesada carga. Pero la búsqueda de lib ertad se vio, al parecer, exacerbada por un conflicto entablado con los señores acerca de las explo taciones abandonadas (casos ronecs). La cuestión era si és tas debían rep artirse en tre los colonos que quedaban a cam bio del pago de una pequeña renta, p asar a fo rm ar parte de la heredad señorial o ser arren d ad as a corto plazo a cam bio de ren tas elevadas.
Ya a finales de la década de 1380 habían dado comienzo revueltas a escala local que se prolongaron h asta principios del siglo xv. Los rem ensas in ten taro n por todos los medios que la Corona aboliera los «malos usos», ofreciendo cuan tiosas sum as p o r su redención. La abolición de los mism os fue aceptada p o r Alfonso V en 1455, bajo presión de los
cam pesinos, siendo la negativa p o r p arte de los nobles, acau dillados p o r el obispo de G erona y los patricios de Barce lona, lo que desencadenó la guerra de 1462, guerra en la que la nobleza reaccionaria y el patriciado urbano se en co n traron luchando no sólo co n tra los cam pesinos, sino contra el mism o rey. La reanudación de la guerra en 1483 se debió a un intento de la nobleza y los patricios de volver al estado de cosas an te rio r a 1455, pero las tensiones socia les se volvieron críticas como consecuencia, en tre o tras co sas, de la prolongada crisis económ ica que sufría Cataluña.
Las causas directas de algunos de los m ovim ientos de m asas m ás im p ortan tes fueron las acciones de los gobier nos o terraten ientes, o de am bos a la vez, que vinieron a a lterar el estado de las relaciones habituales o defraudaron las esperanzas norm ales, en detrim ento de los cam pesinos en general, tan to ricos como pobres. Si bien una carga de m asiado gravosa, u n a orden de requisa o la revocación de una concesión no eran en sí m ism as causa suficiente para provocar un levantam iento, el hecho es que llegaron a serlo en el contexto de las tensas relaciones sociales que se da b an en cada una de las áreas geográficas que hem os consi derado. Los cam pesinos veían esta tensión po r regla general desde u n a perspectiva aparentem ente conservadora. No po dían aceptar la renuncia a los papeles tradicionalm ente asignados a los diversos estam entos de la sociedad (cuya e stru ctu ra ellos no rechazaban, al menos en principio). E ste parece ser siem pre el factor m ás im portante, siendo el sig nificado de las causas que precipitan el enfrentam iento (los im puestos, por ejem plo) el de que al afectar a todos ta m bién les unen, concentrando con ello el descontento reinante.
Si bien apreciam os rasgos com unes en el origen de todos estos m ovim ientos, vemos que son m ás los contrastes que las sem ejanzas cuando nos fijam os en la form a de desarro-
liarse los acontecim ientos y la confrontación violenta. El contraste m ás notorio se da en la duración de los conflic tos. El levantam iento que ha legado a la h isto ria el nom bre m ás conocido, la jacquerie, y las características supuesta m ente típicas de la revuelta cam pesina —en concreto, extre m a violencia y m arcado odio hacia la nobleza— , fue en rea lidad el de m enor duración y peor organizado. El prim ero de los conflictos de que tenem os noticia en tre los cam pesi nos y los bandidos salteadores, los nobles, tuvo lugar en Saint Leu d ’E sserent, en las proxim idades de Senlis, el 28 de mayo de 1358, aunque lo m ás probable es que se pro d u jeran levantam ientos casi sim ultáneos hacia el oeste. El 10 de ju nio fue derrotado el grueso del ejército cam pesino, capita neado p or Guillaume Cale, p or el rey de N avarra en un lugar cercano a Mello, y los cam pesinos que h abían acu dido en ayuda de los vecinos de París, en el sitio a que se h abía som etido a los nobles realistas en la fortaleza de Meaux, fueron d errotados y pasados a cuchillo al día si guiente. La jacquerie se inició y fue derro tad a m ilitarm ente en el breve espacio de dos sem anas.
Por o tra parte, la revuelta arm ad a de los cam pesinos del Flandes m arítim o, que empezó en 1323, no finalizó hasta junio de 1328, año en que el rey de Francia y la nobleza flam enca d erro ta ro n en Cassel a los ejércitos de cam pesi nos y artesanos. Los tuchins iniciaron sus operaciones como grupos de «bandidos sociales» en las m ontañas de Auvernia en 1363, no siendo aniquilados en cuanto fuerza social h asta el verano de 1384. Incluso después de su d erro ta en Men- tiéres, grupos aislados estuvieron operando h asta la decla ración de la am nistía general de 1381, resurgiendo p o r breve espacio de tiem po a principios del siglo xv. La lucha de los
rem ensas tuvo una duración aún mayor, si tenem os en cuen
ta que los prim eros síntom as de la revuelta se rem ontan a 1388, extendiéndose las cam pañas de m asas de 1462 a 147Í y de 1484 a 1486 (si bien no resu lta fácil deslindar la guerra
cam pesina po r la abolición de los «malos usos» de la guerra civil en que se hallaban envueltas la Corona, la nobleza y la burguesía).
Cuando un m ovim iento cam pesino de m asas es sofocado con la rapidez con que lo fue la jacquerie, la causa hay que atrib u irla en p a rte a un fallo de organización: un fallo de organización de acuerdo con las necesidades de la situ a ción, las fuerzas del enemigo y la confianza en el respaldo de los aliados. Los jacques se reunieron en grupos de villas y actuaro n p o r separado. Debido a la sorpresa de los no bles p or esta repentin a insubordinación, los rebeldes, que contaban con la ayuda de los vecinos de París, consiguie ron d estru ir num erosos castillos, ai tiem po que los docu m entos de los propietarios en que constaban las obligacio nes contraídas p o r los cam pesinos. Al igual que otros levan tam ientos rurales, el ejem plo de la rebelión se extendió con gran rapidez de viva voz de un pueblo a otro, sin que los grupos que actu ab an p o r separado concertaran una política común. Al cabo de algún tiem po, su capitán de m ayor ex periencia, Guillaum e Cale, consiguió re u n ir una fuerza de varios miles de com batientes; pero esta fuerza num érica daba u na ilusión de poder que Cale tra tó de disipar. Sin co n tar con una experiencia m ilitar, el hecho de agruparse y p resen ta r un solo blanco ante ios caballeros y hom bres de arm as de Carlos de N avarra fue causa determ inante de su derro ta. Los cam pesinos precisaban de tácticas de lucha especiales si qu erían vencer a los guerreros a caballo en b atalla cam pal, com o dem o strarían los tab o ritas con sus carro s de com bate, hechos con sim ples carretas de lab ran za, después de 1420 en Bohem ia 21. H asta los mism os suce sores de los vencedores de C ourtrai se vieron finalm ente derrotados p o r un ejército de caballería francesa en Cassel, aunque al parecer habían logrado d u ran te algún tiem po o r
ganizarse sobre la base de la estru ctu ra ad m inistrativa del
am bachten o te rrito rio dependiente del castillo.
La organización m ilitar cam pesina que obtuvo m ayores éxitos (si excluimos a los ejércitos husitas p o r no ser p ro ducto de un m ovim iento específicam ente cam pesino) fue, sin duda, la de los rem ensas catalanes. Ya en la década de 1440 habían com enzado a reunirse en asam bleas con objeto de tr a ta r la redención de los «malos usos», y cuando se logró p or fin organizar el ejército cam pesino en la déca da de 1460, se debió a la labor desarrollada p o r su caudillo, Francisco V erntallat, que p ara form arlo reclutó a un hom b re p o r cada tres fam ilias. La retirad a al final de la prim era guerra remensa de las guarniciones cam pesinas de los cas tillos es buena prueba de que habían aprendido la im p o rtan cia de las fortificaciones, y una p osterio r prohibición real, en vísperas de la segunda guerra remensa, de que los cam pesinos y artesanos tuvieran caballos de m onta dem uestra que debían conocer tam bién este o tro aspecto del com bate arm ado medieval. El ejército cam pesino descansaba, sobre todo, en el principio de la asociación ju ra d a —el «sacra m ental»— acordado en el seno de las asam bleas cam pesinas. E sta fue, pues, una de las form as de organización: la creación de u na fuerza m ilita r b asada en una form a de ins