co n star el nom bre, no haciéndose m ención alguna de sus bienes.
Con todo, la inform ación así conservada es considerable. Las personas de las listas procedían de 113 parroq uias u otros lugares (incluidas las ciudades de Furnes y N ieuport). M urieron un total de 3.185, logrando escapar 675. La mayo ría de los m uertos (los únicos cuyas tierras fueron inventa riadas) poseían al m enos una parcela, pero un núm ero im p o rta n te —891, en concreto— no tenían tie rra alguna, si bien hay m otivos p ara suponer que este núm ero es algo exagerado. A pesar de todo, supone una cifra considerable de hom bres que no trab a jab a n la tie rra como m edio de vida, al m enos como trab ajad o res agrícolas; y, puesto que la pe queña escala de ios cultivos cam pesinos en el Flandes m arí tim o no nos perm ite suponer que h u biera m ucha m ano de obra asalariada en la agricultura, entre estos hom bres des provistos de tierras debían de encontrarse num erosos a rte sanos. Pero ap arte de los artesanos sin tierras hay claros indicios de que eran num erosos los artesanos, al igual que en toda la E u ro pa ru ral del medievo, que poseían tierras en las que tra b a ja b a n adem ás de desem peñar un oficio in dustrial. Podemos citar, en tre otros, los siguientes ejem plos: un h errero de Ysenberghe, en los dom inios del castillo de Furnes, tenía una casa y dieciséis m edidas de tierra (algo m ás de seis hectáreas); un carp in tero de Lenseles, en la m ism a com arca, tenía u n a casa y siete m edidas; u n b ata nero de Stavele, en la m ism a com arca, tenía diecisiete m edi das; u n tejed o r de Ser-Wellems Chapel, en la m ism a com ar ca, tenía tres m edidas; un tejero de N ieuport tenía u n a casa y trece m edidas extram uros de la ciudad; u n tejed o r de H outkerke, en los dom inios del castillo de Bergues, tenía una casa y tres m edidas; un pañ ero de H ondschoote, en la m ism a com arca, tenía tres fanegas y m edia de tierra; un b atan ero de H ondschoote tenía una fanega y m edia, en tan
to que o tro de B ram beke, en la m ism a com arca, tenía una casa, un cobertizo y seis medidas.
En general, son m uy pocas las denom inaciones de ocu paciones, pero m uchas de las personas cuya ocupación no se consigna pudieron m uy bien ser artesanos, pues sabem os que Furnes, H ondschoote, Bergues, N ieuport y otros encla ves del d istrito m arítim o trab a jab an desde hacía tiem po en la fabricación de productos textiles. En estas ind ustrias ru rales no se fab ricaban tejidos costosos, en los que precisa m ente estaban especializadas las ciudades en decadencia en aquellos m om entos, sino artículos de precio bajo o, en cual quier caso, m oderado. De ahí que los cam pesinos del Flan- des m arítim o, ap arte de co n tar con el apoyo de los artesa nos de B rujas e Ypres — que estaban tam bién enfrentados con los patricios urbanos y los nobles terratenientes de as cendencia leliaert (francófilos)—, estuvieran asociados de form a inextricable con los artesanos rurales, con quienes convivían, su frían y conspiraban.
No hay nad a sem ejante a la relación de m uertos de Cassel que nos dé una p ista de la com posición social de los
jacques en 1358. La m ayoría de las crónicas se refieren tan
sólo a los cam pesinos, si bien éste no es un dato conclu yente. A F roissart, po r ejemplo, los «villanos, de b aja esta tu ra, tez oscura y deficientem ente arm ados», debieron pare- ceríe sim plem ente u n a m asa indiferenciada de gentes de b aja extracción social. Otro cronista, Jean de Venette, que no tom a p artid o en con tra de las dem andas cam pesinas, sólo se refiere a los cam pesinos 32, aunque en Grandes Chro-
niques, o bra de carácter m ás oficial, se m enciona la presen
cia de m iem bros de la clase acom odada, como es el caso de los burgueses, en las asam bleas. Como hem os visto, las
32 La im portante Chronique de lean de Venette h a sido traducida al inglés por J. Birdsall y R. A. -Newhall, 1953. La gran m ayoría de las tra ducciones inglesas de las Chroniques de F roissart recogen la descripción com pleta de los acontecim ientos de la jacquerie. Véase la edición de G. B rereton en Penguin Classics, 1968.
cartas de indulto hacen m ención de los nom bres de ciertos m iem bros de la pequeña nobleza que h abían asum ido el m ando a la fuerza o voluntariam ente. En estas lettres de
rém ission aparecen tam bién los nom bres de algunos a rte
sanos y clérigos. No obstante, este tipo de docum entos debe juzgarse siem pre con gran cautela, pues en la Edad Media era frecuente o bten er el perdón como salvaguarda contra acusaciones que podían ser falsas o no. Los levantam ientos rurales, po r consiguiente, parecen h ab er incluido, como era de esperar, a represen tantes de la m ayor p a rte de los ele m entos de la sociedad agraria, fueran o no agricultores.
Los jacques contaron tam bién con otros aliados, no pro cedentes de las filas de la sociedad rural, si bien eran a lo sumo am bivalentes en su actitu d con respecto al movimien to. París estaba en m anos de E tienne Marcel y sus p a rtid a rios; éstos eran principalm ente grandes m ercaderes que no sentían afinidad social alguna hacia los cam pesinos y des em peñaban un papel im p o rtan te en las altas esferas polí ticas, contando con aliados de la nobleza como Carlos, rey de N avarra. Pero la gran m ayoría de los m ercaderes y a rte sanos de París, atrap ad o s en la acción de M arcel con tra el regente de F rancia y sus p artid ario s, era hostil a los nobles como tales. Jean de V enette nos dice que sospechaban de Carlos de N avarra, precisam ente p or el hecho de ser noble. Asimismo nos dice que los vecinos de la pequeña ciudad de Meaux «odiaban a los nobles a causa de las exacciones y gus tosam ente les h arían la guerra». El grueso de las fuerzas de los jacques estaba presente en Meaux cuando los nobles de rro ta ro n a los sitiadores de la fortaleza, aplastando el movi m iento de Marcel. Los vecinos de Compiégne, sin em bargo, no quisieron unirse a los cam pesinos y rechazaron la oferta de negociaciones de Guillaume Cale. E staban tam bién ex cluidos de Senlis, aunque algunos de los hab itan tes de esta ciudad salieron de las m urallas p a ra ayudar a los cam pesi nos a saqu ear los castillos de los nobles en la com arca.
Marcel, que a pesar de las acusaciones hechas p o r sus enemigos no inició ni tam poco alentó el m ovim iento de la
jacquerie, era favorable a la utilización de los cam pesinos
en su cam paña para intim id ar a la nobleza de la región de París, al igual que en cierto m om ento tra tó de conseguir el respaldo de las poderosas ciudades flam encas. Al menos dos com pañías de hom bres arm ados fueron enviadas desde París p ara unirse a las filas cam pesinas en respuesta a un llam am iento de Guillaume Cale: u n a al n o rdeste en direc ción a Senlis y o tra hacia el sur. Pero después de em plear a los cam pesinos p a ra d estru ir los castillos de los p artid a rios del regente, los contingentes procedentes de París de jaro n de prestarles su ayuda e hicieron todo lo posible p o r no verse envueltos en el ataque de los cam pesinos contra la nobleza en cuanto clase social, h asta el p unto de que Etienne M arcel llegó a jactarse de que París proporcionaba refugio a más de mil m iem bros de la nobleza que habían huido de las represalias cam pesinas. Las relaciones entre la burguesía de París y el cam pesinado no llegaron siquiera a ser una incóm oda alianza de clase basada en una autén tica, aunque tem poral, coincidencia de intereses políticos y sociales, sirio más bien una situación en la que los cam pesi nos se vieron m anipulados po r los parisinos y, po sterio r m ente, abandonados.
No parece que se diera sem ejante tipo de m anipulación política en la región cen tral francesa d u ran te el período
tuchin. En cualquier caso, el m ovim iento tenía un carácter
com pletam ente diferente del de o tro s m ovim ientos en que particip aro n cam pesinos. Los levantam ientos de m asas en los m om entos de m ayor tensión política fueron susceptibles de m anipulación en los casos en que la clase gobernante estuvo políticam ente escindida y las diferentes facciones in ten taron cap tar partid ario s para su causa. El m ovim iento
tuchin, como m odalidad de bandidaje social —en p alabras
ta rse a los m ism os hábitos de las gentes de las m ontañas». Los cam pesinos y artesanos, que d u ran te el día trab a jab an en sus ocupaciones norm ales, se m ovían con en tera libertad al llegar la noche en su calidad de m iem bros de cuadrillas de bandidos. Llegaron a te n er casi el poder suficiente como para convertirse en m anipuladores políticos, aunque p o r no estar interesados en dicha m anipulación, lo que hacían era im pedir la m anipulación de otros, en p articu la r las treguas locales entre las autoridades u rb anas y los routiers anglo- gascones.
E n tre los m uchos ejem plos que cabe citar al respecto se en cuentra la acción llevada a cabo, en tre diciem bre de 1382 y febrero de 1383, p or u na banda de tuchins em bos cados en las proxim idades de M urat (Cantal). Acaudillados p o r un m iem bro de la burguesía de Saint Flour conocido por el nom bre de La Borgha, los tuchins se dedicaron a asa lta r a los ingleses, con el consiguiente desconcierto de los cónsules de S aint Flour que habían pactado u n a tregua con estos últim os. Pero los cónsules se veían tam bién obli gados a contem porizar con los tuchins de La Borgha, p o r que no sólo contaban con el apoyo de las o tras bandas de
tuchins, sino con el de m uchos encubiertos p artid ario s en
la ciudad m ism a. Por lo que se refiere a alianzas de clase, la n o ta peculiar de los tuchins es que la form a en que lle varon a cabo su p ro testa social, o m ejor, su autodefensa co ntra el pillaje feudal y la opresión fiscal (rasgo común a todos los cam pesinos desde la Edad Media al siglo xx), fue adop tada por artesanos y pequeños com erciantes de los suburbios. E ste aspecto del m ovim iento no tiene n ada de sorprendente. Incluso dentro del ám bito am urallado de gran núm ero de ciudades del su r de Francia había m uchos trab a jad ores dedicados a las faenas agrícolas; en los suburbios era difícil tra z a r la línea de separación existente en tre los cam pesinos que desem peñaban alguna ocupación accesoria y los artesan os con pequeñas explotaciones agrícolas.
Las guerras en que los rem ensas catalanes se vieron en vueltos du rante el siglo xv p o d rían parecer a p rim era vista un conflicto en tre la Corona y la nobleza, algo que se repi tió con frecuencia en los Estados medievales. Pero fue igual m ente una lucha social: los cam pesinos conservaron en gran m edida u na identidad pro pia por lo que se refiere a la organización de sus ejércitos y al logro de sus objetivos. C onstituían una fuerza lo suficientem ente poderosa como para m an ip ular a otro s y ser a su vez m anipulados, llegan do a alcanzar triunfos parciales. Casi en su totalidad fue un m ovim iento ru ral. El elem ento de alianza de clase en el ám bito ru ra l se da en la unión en tre los siervos remensas y los colonos libres m ás pobres, que se veían continuam ente am enazados po r las presiones de los grandes te rra ten ien tes; esto es algo que puede verse bien en la figura m ism a de V erntallat, descendiente de colonos libres p o r u n a ram a fam iliar, y de la pequeña nobleza ru ra l p o r otra. Los cam pesinos carecían prácticam ente de todo apoyo de los nú cleos urbanos. Los grandes burgueses de Barcelona, en cuan to señores feudales colectivos de tres grandes dom inios señoriales, estaban to talm ente de acuerdo con la nobleza terraten ien te y el clero. Incluso la Busca, m ovim iento de oposición de los pequeños com erciantes y artesanos frente a los patricios de Barcelona, se m ostró inesperadam ente co n traria a los remensas. Los únicos aliados de los cam pe sinos fueron el rey y sus oficiales, quienes, fueran o no sinceros sus confesados deseos de que se aboliesen los «ma los usos», necesitaban el máximo apoyo posible en su en frentam iento co n tra los nobles, sobre todo si se tiene en cuenta que algunos cam pesinos de las regiones m arítim as luchaban a favor de sus señores.
A pesar de las m arcadas diferencias entre estos movi m ientos cam pesinos de la B aja Edad Media, todos ellos tie nen en com ún un rasgo destacado: la aparición de u n a con ciencia de clase entre algunos de los participantes. Con todo,
se tra ta b a de una conciencia de clase negativa, pues la de finición que daban de clase era la de sus enemigos y no la suya propia: en o tras p alabras, la de la nobleza. H enri Pirenne, al escrib ir sobre el levantam iento del Flandes m a rítim o, en la introducción que hace a la lista de incautacio nes después de la batalla de Cassel, insistió en el carácter social del mism o. Fue —escribió— «una guerra de clases en tre los cam pesinos y la nobleza» 33. E ste rasgo antinobi liario empezó a re sa ltar ya en 1323 con ocasión de un ata que a los m iem bros de los tribunales locales, los keuriers, que eran de origen noble o patricio. En 1326, bajo el caudi llaje de Jacques Peyt, después de im ponerse de nuevo —en la llam ada paz de Arques— una indem nización que había de satisfacerse al rey de Francia, este acendrado sentim iento acabó convirtiéndose en una oleada de te rro r dirigida con tra la nobleza y sus partid ario s. Según el cronista oficial de los condes de Flandes, los rebeldes cam pesinos habían am enazado de m uerte a los ricos, llegando a decirles: «que réis más a los nobles que al pueblo, a costa del cual vivís» 34. E sta hostilidad consciente hacia la nobleza alcanzó su grado máximo d u ran te la jacquerie de 1358. Sin que m edia se declaración alguna de objetivos, su existencia p o d ría de ducirse del hecho de que únicam ente fueron objeto de los ataques cam pesinos los caballeros, dam as e hidalgos, así como los castillos en que éstos habitaban. Un h isto riad o r de n u estra época, al com entar las presiones fiscales y de todo tipo ejercidas sobre los cam pesinos, que se volvieron especialm ente gravosas a raíz de la b atalla de Poitiers, llega a decir que «la repentina irritació n que Jacques Bonhom m e experim entó ante sem ejantes exacciones no fue nad a com p arad a con la ira ancestral que sentía hacia los nobles, a los que culpaba, en general, de no h ab er cum plido con el deber de protección que la tradición y la reciprocidad en las obli
33 H. Pirenne, Le soulèvem ent..., p. X X X III. « Ibid., p. XXVI, nota 2.
gaciones exigían de ello s» 35. F ro issart, al comienzo de su relato sobre la jacquerie, da cuenta de una discusión (im a ginaria, sin duda) en tre cam pesinos:
... uno de ellos se levantó y dijo que la nobleza de Francia, ca balleros e hidalgos, estaban desacreditando y traicionando al reino, y que sería bueno que se acabara con todos ellos de una vez. Al oír aquello todos se pusieron a gritar: «¡Bien dicho! ¡Bien dicho! Maldito sea quien intente impedir el exterminio de la nobleza.»
Y F roissart vuelve a decir (un ta n to ilógicam ente) que cuan do a los cam pesinos se les preguntó el porqué de sus vio lentas acciones «respondieron que no sabían; se lim itaban a im ita r lo que veían hacer a otros. Creían que de este modo podrían acabar con todos los nobles e hidalgos del m undo entero, con lo que desaparecerían p ara siem pre» y>.
Jean de Venette destaca el m ism o elem ento de odio de clases:
... los campesinos... al ver que los nobles no les otorgaban pro tección alguna, sino que les oprimían tanto como pudiera ha cerlo el enemigo se levantaron en armas contra los nobles de Francia... el número de los campesinos deseosos de acabar con los nobles y sus mujeres y destruir sus mansiones solariegas creció hasta alcanzar una cifra próxima a los cinco m il37.
El bandido social, com parado con los cam pesinos p a rti cipantes en los levantam ientos de m asas, actuaba p o r lo general con una conciencia menos precisa de su p o stu ra de antagonism o social hacia sus adversarios. Valía la pena desplum ar a cualquier pájaro que cayera en sus m anos, y si no lo hacía con los de su m ism a especie se debía a que poco o nada se podía obtener de ellos. Con todo, puede decirse que no carecía de una cierta conciencia de conflicto
35 J. d ’Avout, op. (At., p. 191.
36 J. Froissart, Chronicles, ed. de G. Brereton, pp. 151 y 153.