Luby y Koval (2009) definen la anorexia como un trastorno en el cual los pacientes se rehúsan a comer a consecuencia del miedo a la obesidad mórbida. Pierden peso a través de la restricción calórica, realizan ejercicio excesivo, y abusan de laxantes y diuréticos. El Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales (DSM-IV, por sus siglas en inglés) describe los criterios para diagnosticar la anorexia y bulimia de la siguiente manera.
Para la anorexia:
a) Rechazo a mantener un peso corporal igual o mayor al valor mínimo normal en rela-
ción con la edad y la talla; por ejemplo, pérdida ponderal que da lugar a un peso infe- rior al 85% del esperado o fracaso para conseguir el aumento de peso normal durante el periodo de crecimiento, todo lo cual tiene como resultado un peso corporal inferior al 85% del peso esperado.
b) Miedo intenso a ganar peso o convertirse en una persona obesa, incluso si el peso es
inferior al normal.
c) Alteración de la percepción del peso o la silueta corporales, magnificación de su im-
portancia en la autoevaluación o negación del peligro que supone el bajo peso corporal.
d) En las mujeres pospuberales, presencia de amenorrea; por ejemplo, ausencia de al me-
nos tres ciclos menstruales consecutivos. (Se considera que una mujer presenta ame- norrea cuando sus menstruaciones aparecen tan sólo con tratamientos hormonales, p. ej., con la administración de estrógenos).
Para la bulimia:
a) Presencia de atracones recurrentes. Un atracón se caracteriza por: 1) ingestión de ali-
mento en un corto espacio de tiempo (p. ej., un lapso de dos horas) en cantidad supe- rior a la que la mayoría de las personas ingeriría en un tiempo similar y en las mismas circunstancias; 2) sensación de pérdida de control sobre el consumo del alimento (p. ej., imposibilidad de dejar de comer o controlar el tipo o la cantidad de comida que se ingiere).
b) Conductas compensatorias inapropiadas, de manera repetida, con el fin de no ganar
peso, como inducción del vómito; uso excesivo de laxantes, diuréticos, enemas u otros fármacos; ayuno y ejercicio excesivo.
c) Los atracones y las conductas compensatorias inapropiadas tienen lugar, como prome-
dio, al menos dos veces a la semana durante un periodo de tres meses.
d) La autoevaluación está influida de forma excesiva por el peso y la silueta corporales. e) La alteración no aparece de modo exclusivo en el transcurso de la anorexia nerviosa.
De esta manera, ambas enfermedades las considera el DSM IV como trastornos de la conducta alimentaria. La incidencia de estos problemas es mayor entre los 15 y 30 años y es 10 a 20 veces mayor en mujeres que en hombres.
La conducta alimentaria está regulada por mecanismos de los sistemas nerviosos central y periférico; se libera una serie de neurotransmisores, péptidos u hormonas que pueden ser orexigénicos (neuropéptido Y, opioides, DA, GABA, ghrelina, etc.) o anorexigénicos (leptina, serotonina, colecistocinina, entre otros).
Existe evidencia de que el sistema dopaminérgico interviene en dicha enfermedad debido a que se han encontrado concentraciones reducidas de metabolitos de DA en el líquido cefalorraquídeo tanto en individuos anoréxicos como en aquéllos con estado de recuperación (Kaye, Frank & McConaha, 1999). La disfunción dopaminérgica, en particu- lar en los circuitos estriatales, puede contribuir a alterar los mecanismos de recompensa y afectar la toma de decisiones, así como el consumo de alimento en sujetos anoréxicos (Frank, Bailer, Henry, Drevets, Meltzer, Price, Mathis, Wagner, Hoge, Ziolko, Barbarich- Marsteller, Weissfeld & Kaye, 2005).
Estudios con animales han mostrado que los receptores serotoninérgicos (5-HT2C) inhiben de manera tónica las proyecciones dopaminérgicas en el NAcc (De Deurwaerdè- re, Navailles, Berg, Clarke & Spampinatom, 2004; Di Matteo, Di Mascio, Di Giovanni & Esposito, 2000). También hay evidencia de que el sistema serotoninérgico participa en la anorexia nerviosa y se considera que puede contribuir, en parte, a la manifestación de síntomas adjuntos, como el incremento de la saciedad (Simansky, 1996), control de im- pulsos (Soubrie, 1986; Fairbanks, Melega, Jorgensen, Kaplan & McGuire, 2001) y cambios en el estado emocional (Lesch & Merschdorf, 2000).
Hay discrepancias en los estudios que analizan la relación del sistema opioide con la anorexia nerviosa y la bulimia; ciertos datos señalan que en estas enfermedades se presen- tan cantidades bajas de b-endorfinas en el líquido cefalorraquídeo (CSF, por sus siglas en inglés), mientras que las concentraciones de dinorfinas no difieren en grado significativo de los controles sanos (Brewerton, Lydiard, Laraia, Shook & Ballenger, 1992). Estas con- centraciones bajas de b-endorfinas se normalizan con la recuperación del peso corporal. En cambio, Gerner y Sharp (1982) encontraron cifras normales de b-endorfinas en CSF de pacientes anoréxicas. Estudios en animales muestran que la privación de alimento al- tera el contenido de opioides de diversos tejidos y estos contenidos varían según sean el tejido, el tipo de opioide y las condiciones de privación (Luby & Koval, 2009). Por otro lado, se ha encontrado que las concentraciones plasmáticas de b-endorfinas están elevadas en individuos anoréxicos en comparación con sujetos controles; los autores asumen que existe una disociación entre las cantidades de endorfinas en plasma y el sistema nervioso central, ya que la respuesta anhedónica ante la pérdida de peso está atenuada en estos pacientes (Melchior, Rigaud, Rozen, Fantino & Apfelbaum, 1990).
Marrazzi y Luby (1986) proponen que en la autoprivación de alimento, los opioides endógenos se liberan en la fase inicial de la dieta, lo cual refuerza en gran medida el pro- ceso; al final, esta alteración puede producir una adicción vinculada con la dieta. En el caso de la bulimia, se ha encontrado que la unión a receptores opioides en la corteza in- sular está disminuida en los individuos con este trastorno en comparación con los sujetos sanos. Esta unión de receptores opioides está inversamente relacionada con el periodo de abstinencia al alimento; de esta manera, parece establecerse un fenómeno cíclico, en el
cual se observa una mayor liberación de opioides endógenos vinculada con la fase en que el consumo es muy gratificante; con posterioridad, una probable subregulación de recep- tores opioides hace que decrezca su actividad en el lapso de abstinencia (Bencherif, Guar- da, Colantuoni, Ravert, Dannals & Frost, 2005).
Vigorexia
Otro trastorno que a menudo se relaciona con la conducta alimentaria es la vigorexia (Mosley, 2009), un trastorno o alteración emocional de tipo adictivo que provoca que las personas se vean a sí mismas de manera distorsionada; ante el espejo lucen débiles y con escaso desarrollo muscular. Esta percepción altera la conducta al menos de dos maneras: se extrema la actividad deportiva y la persona come de forma compulsiva para ganar peso y aumentar la masa muscular. Afecta tanto a mujeres como a hombres; empero, a diferen- cia de la anorexia, es más común en el sexo masculino entre los 18 y 35 años. La evalua- ción de la imagen corporal en estos hombres muestra disconformidad con su masa muscular y desean una mucho mayor (Pope, Gruber, Mangweth, Bureau, deCol, Jouvent & Hudson, 2000; Olivardia, Pope, Borowiecki & Cohane, 2004). En consecuencia, la pre- valencia de este trastorno en levantadores de pesas se ha calculado entre 10% y 53% (Behar & Molinari, 2010).
Estas personas poseen una personalidad muy característica, similar a la de los que pa- decen otras adicciones: tienen baja autoestima y muchas dificultades para integrarse en sus actividades sociales habituales, son introvertidos y rechazan o no aceptan con facilidad su imagen corporal. Su obsesión con el cuerpo comparte muchos rasgos con la anorexia.
Una de las actividades que parece ser en particular susceptible a las propiedades adicti- vas del ejercicio es correr. Los corredores refieren muchas veces: a) una sensación de euforia después de la realización de un ejercicio agotador, b) la necesidad de incrementar la distan- cia recorrida para alcanzar sentimientos de bienestar (tolerancia), c) dificultades en el ren- dimiento del trabajo y las relaciones interpersonales, y d) síntomas de abstinencia, incluidas depresión, irritabilidad y ansiedad, cuando no tienen oportunidad de correr (Adams & Kir- by, 2002; Aidman & Woolard, 2003; Allegre, Souville, Therme & Griffiths, 2006).
Se ha encontrado que los roedores ejecutan tareas, como presionar palancas, para tener acceso a ruedas de ejercicio y desarrollan preferencia por el medio ambiente que relacio- nan con los efectos subsiguientes del ejercicio (Belke, 1997; Iversen, 1993), lo cual puede ser bloqueado por antagonistas de receptores opioides. Esto sugiere que los péptidos opioides endógenos desempeñan una función importante en los efectos reforzadores de la conducta de correr en los roedores. Sin embargo, a largo plazo, correr puede causar cam- bios neuroadaptativos como el incremento de las concentraciones de dinorfinas en vías cerebrales de recompensa que son similares a los mecanismos adaptativos identificados después de la administración crónica de drogas adictivas (Werme, Thorén, Olson & Brené, 2000; Werme, Messer, Olson, Gilden, Thore’n, Nestler & Brené, 2002).
Kanarek, D’Anci, Jurdak y Mathes (2009) describen que el ejercicio inducido eleva las cifras de opioides endógenos, lo cual actuaría de manera similar a la administración cróni- ca de opiáceos. Por otro lado, Smith y Lyle (2006) encontraron que el ejercicio crónico atenúa la sensibilidad de los opioides µ en ratas hembras y que estos cambios en sensibi- lidad se correlacionan de forma positiva con la realización del ejercicio. De manera adicional,
la liberación de b-endorfinas a la circulación induce cambios en los mecanismos del dolor (analgesia) y en otros de índole metabólico (Goldfarb & Jamurtas, 1997), los cuales po- drían, en conjunto, estimular el deseo de efectuar ejercicio.
Debido a que es reciente la consideración de la vigorexia como un trastorno conduc- tual, su conocimiento es escaso; no obstante, tal y como se observa en la anorexia, la buli- mia y la ingesta compulsiva, comparte características de un comportamiento adictivo y cada vez es más común encontrarla en personas de edades mayores