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1.3.1.1 Anselmo Martín

CÁNDIDO MARÍA TRIGUEROS

III. 1.3.1.1 Anselmo Martín

Para entender bien a este personaje, sería conveniente referirse a la teoría de las “cajas chinas” o mise en abîme, donde algo repite o reproduce otro elemento similar. En la novela que nos ocupa, Anselmo y Martín representan un mismo personaje, el progenitor de Felipe, convertido en el criado de este último con el nombre de Martín, de modo que el criado Martín es el representante moral del padre que, a su vez, no es otro que el mismo padre de Felipe.

Desde las primeras líneas de la novela, sabemos que Anselmo pertenece al estamento nobiliario, por ser un “caballero de muy apreciables y distinguidas circunstancias” 227

. También de él se sabe que es viudo, que deposita toda su esperanza en su único hijo Felipe, objeto ahora de toda su ternura, y que lo considera el narrador omnisciente como “el mejor de los padres”. El principio de esta novela de Trigueros recuerda el de un poco desconocido relato de Pablo de Olavide, titulado El incógnito o

el fruto de la ambición , con la presentación del Conde de Palencia que queda viudo

226

Vid. Título completo de la colección.

227

“con un hijo único, llamado Mauricio, á quien había procurado dar la más excelente crianza” 228.

Pero a Anselmo también lo presenta el narrador, aludiendo a hechos del pasado, como “el más tierno de los esposos” 229

, o, lo que es lo mismo, un hombre tan extremadamente sentimental, que “lloraba sin cesar la pérdida de su esposa” 230

. Es importante que señale esta carencia, pues así se justifica mejor la voluntad educadora del padre: delega en Irene la función de “materna” y él consolida la función del varón con el disfraz.

Anselmo es un padre ejemplar, capaz de profesar el amor paterno hasta límites insospechados:

“Después de haber examinado Anselmo, de acuerdo con su prudente cuñada, todos los medios que pudieran servir para hacerle perpetuo y seguro guardián de su hijo, de manera que pudiese ser preservado de todo engaño, determinó con una generosidad de corazón que no tiene exemplo, sacrificar todos sus placeres y comodidades, y hasta su propia vida, para conseguir que Felipe fuese un buen ciudadano, un hombre digno,

útil, amado de sus compatriotas y acreedor al amor de todos los demás hombres” 231.

Como puede observarse, en esta cita el padre de Felipe se hace eco del pensamiento ilustrado de Cándido María Trigueros. No cabe duda de que Martín es el prototipo de “hombre de bien”, es decir, sociable y, por lo tanto, partidario de la moderación, del buen gusto, cuyas ventajas desea enseñar a la inexperta y vulnerable

228

Pablo de OLAVIDE, El incógnito o el fruto de la ambición, en Obras narrativas

desconocidas, prólogo y compilación por Estuarto Núñez, Lima, Biblioteca Nacional del Perú,

1971, p. 1.

229

Mis pasatiempos, ob. cit., p. 2.

230

Ibid, p. 1.

231

juventud de su tiempo. Está dotado de una impresionante capacidad de disuasión como demuestra cuando consigue alejar de Laureta, a su hijo, y enseñarle cuál es el verdadero amor, que, a su juicio, no puede hallarse sino al margen de la pasión desordenada, en el seno de los compromisos adquiridos y de la legalidad institucional que representa el matrimonio. Aquél, si bien ofrece alguna resistencia al principio, acaba reconociendo sus yerros y arrepintiéndose ante su padre:

“¡Padre mío! vos sois un ángel tutelar...hablad, mandad...os debo el sacrificio de todos mis pensamientos” 232.

Anselmo, como su creador, es un personaje culto y con capacidades didácticas, ya que “su primera idea había sido ser en adelante su maestro [de Felipe]”233

. Por otra parte, en su papel de criado de su hijo, Martín se convierte en el verdadero motor de la educación de los jóvenes Felipe y Clara Orbina, sus amos. Dicho de otra forma, Anselmo representa el poder moralizador de la obra, el equilibrio y la razón.

Es un personaje demasiado entrado en años, como él reconoce, al intentar contestar a una pregunta que le formula su cuñada. Preguntándole Irene sobre cuándo ha de descubrirse a su hijo, contesta:

“Es necesario observar como se porta en el estado del matrimonio, que es la piedra de toque de todos los caractéres, á no ser que la cercanía de la muerte, o algún

232

Ibid., p. 58.

233

grave accidente imprevisto me fuercen á mudar de intento, pienso descubrirme en ocho o diez años” 234.

Una y otra vez coinciden autor y personaje. Aquél empieza a escribir novelas, según apuntábamos con anterioridad, al cumplir casi los sesenta. Y si a ello hay que añadir su precario estado de salud, no resulta nada extraño que veamos reflejadas en las preocupaciones de Anselmo las del propio Trigueros. Ya sabemos que muere en 1798, esto es, el mismo año en que, a juicio de Joaquín Álvarez Barrientos, se sitúa la fecha de composición de Mis pasatiempos.

La preocupación, el amor que tiene a Clara es índice tanto de la capacidad afectiva de Anselmo, de su generosidad y bondad, cuanto de su idea del matrimonio como vínculo que iguala y suelda a los consortes. En efecto, para Anselmo, Clara es tan hija como Felipe, por eso no escatima esfuerzos para mitigar el cruel dolor de Clara Orbina, al descubrir ésta la infidelidad de su esposo. Ante su proyecto de venganza, le recomienda moderación, prudencia y siempre constancia en el amor:

“Exâminaos atentamente, señora: miraos bien en un espejo y haceos justicia: entrad dentro de vuestro corazón, y juzgad del éxito de mis promesas por el tesoro de virtudes que se encierra en él”235.

Está claro que las palabras de Anselmo no apuntan a “proteger” a su hijo, sino a

que Clara Orbina se comporte con virtuoso decoro.

234

Ibid., p. 30.

235

Por su avanzada edad, y no obstante su condición de criado, Martín inspira a todos los demás personajes respeto, consideración y hasta veneración. Gracias a sus razonables consejos, muchos de ellos han encontrado la felicidad que antes habían dado por perdida. Fue él, por ejemplo, quien frustró los numerosos intentos de Felipe por seducir y corromper a la ingenua Laureta:

“Esta picardigüela de Felipe, á que había dado fundamento su pasión por la mencionada Laureta, hubiera quizá hecho progresos muy perjudiciales si hubiese podido escapar á la perspicaz vigilancia de Martín; pero como á ésta no se le escapaba cosa alguna que tuviese conexîon con la futura suerte de su amo, la descubrió muy desde los principios, y haciendo que Irene obrase oportunamente, logró que se

asegurase el honor de Laureta, y quedasen frustradas las asechanzas de Felipe”236.

Martín hace de “casamentero” en la historia de amor entre Felipe y Clara Orbina, y actúa de padre el día de la celebración del sacramento del matrimonio en la Iglesia. Por fin, el fruto de la unión entre su hijo Felipe y Clara Orbina le convierte, al final de la novela, en un abuelo feliz. Anselmo es, pues, la demostración de que el esfuerzo y el amor triunfan en esta historia en la que la educación, las enseñanzas, los castigos y la bondad se unen para lograr hacer de una persona que pudo corromperse, un hombre de bien.

236

III.1.3.1.2. Felipe

Este personaje es el unigénito de Anselmo, de buena familia y huérfano de madre, condición ésta que lo marca. Como “señorito”, cuenta con la asistencia de un ayo de lujo: el abate-preceptor y, también de un criado muy especial: Martín, que no es otro que su padre disfrazado. Representa en la obra a esta juventud tan agitada, tan desordenada y, por lo tanto, objeto de preocupación para los ilustrados. Con su obra pretende Trigueros divertir a estos jóvenes educándolos, y avisar a los padres para que no abandonen sus obligaciones.

Muy buenas relaciones mantiene con su tía materna Irene, a quien idealiza237 . En cambio, con Martín -cuando menos al principio del relato-, los lazos fueron más bien tensos. Muchacho engreído y orgulloso de su estirpe, Felipe mira con menosprecio a quien no pertenece a los estamentos privilegiados:

“Felipe alargó los brazos al criado de un modo algo desdeñoso y altivo: entónces llegó también el maestro; y á este salió á recibirle apresurado y haciéndole muchas caricias”238.

Este personaje, paradigma de las tentaciones y desenfrenadas tendencias de la juventud, destaca por su carácter particularmente agresivo: hiere de gravedad a un compañero suyo de colegio, 239 prende fuego al manuscrito de su preceptor 240 y, cuando su criado intenta rescatar el importante documento, le da “un puntapié en lo

237 Ibid., p. 15. 238 Ibid., pp. 6-7. 239 Ibid., p. 8. 240 Ibid., p. 16.

más sensible de la espinilla”, causándole “un dolor tan agudo al pobre Anselmo que estuvo para desmayarse”241

. Algunos rasgos psicológicos de este protagonista los proporciona su criado Martín, en una conversación con su amo e hijo:

“Ante todas cosas sois colérico: no creo que dexaréis de conocer que vuestra viveza es excesiva, y que degenera en brutalidad. [...] Pudiera haber dicho ferocidad; pero respeto de tal manera la sangre que corre por vuestras venas, que no es posible que os lisongee y os engañe. No sois solamente mas vivo que lo que conviene; pero os dexais arrastrar de una maligna inclinación que os obliga á sentir complaciencia en los males agenos. Este modo de proceder toca en barbaridad; y si todo el mundo os conociera

como yo os conozco, fuérais generalmente mirado como un monstruo”242.

Felipe es el protagonista de las dos historias de amor que nos ofrece la novela: con la pequeña Laureta y con Clara Orbina. Destina a la primera, de estamento inferior, al placer y la lleva a una situación humillante, sin el menor respeto a su estado ni a su marido:

“[...] habia robado la hija del hospedero, que se habia casado poco ántes, y la mantenía secuestrada en un retirado barrio de la ciudad” 243.

241 Ibid. 242 Ibid., pp. 12-13. 243 Ibid., p. 39.

De esta cita se deduce, además, la infidelidad de Felipe, cuya inestabilidad ante el matrimonio venía manifestándose con anterioridad, a raíz del embarazo de su esposa Clara Orbina, que sólo veía al infiel esposo a la hora de comer 244.

Por fin, Felipe es un buen ejemplo de personaje redondo, por sufrir una importante transformación psicológica. Si en los comienzos de la novela brilla por su exceso de orgullo y por una conducta particularmente desordenada, al final de la misma, el lector se encuentra con un padre determinado, más que nunca, a poner orden en su vida. Se arrepiente de cuantos yerros y pecados hasta entonces llevaba cometidos, les pide perdón al marido de Laureta, así como a su madre245

y, sobre todo, a su esposa y a su padre recién descubierto. Todo ello por su hijo propio, como bien puede comprobarse en la siguiente cita donde expresa perfectamente Felipe su firme voluntad de cambio. Le dice a su hijo:

“Concédate el cielo, hijo mío [...] una virtud igual á la de mi padre, y á la de tu hermosa madre!....esto solo es lo que deseo”246.

Felipe simboliza el triunfo de la educación ya que, con amor y el método apropiado, el joven se educa, se socializa y deja aflorar los buenos instintos y sentimientos que le inculcó Irene.

244 Ibid., p. 37. 245 Ibid., p. 53. 246 Ibid., p. 60.

III.1.3.1.3. Irene

El universo femenino aparece fuertemente idealizado en esta novela trigueriana. Como no podía ser menos en la pluma de un ilustrado que desea dibujar a una mujer positiva. Irene es uno de los personajes más representativos de la obra; y es que como mujer “honrada y juiciosa” y “adornada de las mejores costumbres” 247, juega un papel relevante en la construcción de la trama argumental de la novela. En su casa vivirá y recibirá la primera educación Felipe, después del fallecimiento de su madre. Ella es también del estamento nobiliario, como lo muestran estos sabios consejos que le prodiga a su sobrino respecto del trato que debe reservarle a Martín de su parte:

“Si debemos alguna clase de respeto á los que se ven reducidos por la necesidad á servirnos: esta obligación es mucho mayor para con aquellos que se determinan á sernos útiles por su propia voluntad. Abraza al buen Martin, y no te olvides jamás de que á un hombre que tanto se esmera á favor de tu familia, no debes tratarle como á

un criado, sino como á un amigo, que merece toda tu estimación” 248.

Es, por otra parte, un personaje prudente y discreto, pues contribuye eficazmente al éxito del disfraz de Anselmo, cuyo secreto guarda hasta casi el final del relato. Buena muestra de ello es el maravilloso papel que juega el mismo día en que, por primera vez, presenta a su sobrino a Martín, dándole a entender que no es éste ningún desconocido de la familia. Son estas sus sutiles palabras, llenas de doble sentido:

247

Ibid., p. 2.

248

“[...] aquí tienes un buen criado que será muy fiel y puntual; tu madre le estimó mucho, y siempre la fué bien con su esmero. Ha consentido en volver á servir únicamente por el afecto que te profesa”249.

También es ella la encargada de pedir para Felipe la mano de Clara Orbina. A modo de recompensa por este peculiar papel desempeñado a lo largo de la historia, la honra Trigueros haciendo que ella protagonice la última escena del relato:

“Hiciéron venir á Irene para que tuviese parte en una escena tan deliciosa; y cuando vino halló que su cuñado, su sobrino y Clara estaban en el colmo de su felicidad; nadie era en el mundo tan venturoso como ellos, sino ella misma que tuvo aquel día por el mas venturoso de su vida” 250.

Por fin, Irene es un personaje muy sociable, al mantener muy buenas relaciones con sus vecinos, en especial, con la madre de Laureta, la esposa del hospedero. La prueba está en que con sus sabios y discretos consejos, logra llamar la atención de esta madre sobre la necesidad de una extrema vigilancia de su hija ante el riesgo de ser seducida por el apasionado Felipe.

Esta Irene es el envés de su tocaya moratiniana: la Doña Irene de El sí de las

niñas. La de Trigueros es la madre-educadora modelo: moldea al niño en los años

tiernos y se retira, dejando el espacio a los varones, cuando llega la edad adolescente. El no ser la madre real de Felipe, la dota de un aura mayor de generosidad y virtud.

249

Ibid., p. 6.

250