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Antídoto y exorcismo Roberto Burgos Cantor

In document NOMBRES PROPIOS 2008 (página 59-61)

Escritor

H

asta hace pocos años uno de los miedos que se agitaba con ininterrumpida persistencia en el corazón humano era el miedo al cataclismo nuclear. Un temor colectivo surgía de la probable explosión que, por voluntad insensata o por un azar des- graciado, devolvería la laboriosa construcción de los hombres y las mu- jeres con sus sufrimientos implacables y sus felicidades orgullosas, a un estado sin testigos ni rastros anteriores donde imperaría una energía peor que la desmemoria de la muerte. La cohesión que hizo la natu- raleza en su desarrollo y no ha logrado el hombre en su obligación de convivencia estaría desperdigada y rota. Esqueletos con llagas se bam- bolearían en un desierto sin horizontes y a lo mejor el planeta como un martinete sin gravitación ni destino, se estrellaría con los planetas más queridos en una carambola imparable por universos desfondados.

A medida que ese miedo –cuyo potencial armaba pesadillas con la capacidad de las fantasías para imaginar la monstruosa tecnolo- gía de destrucción– se tornaba errático, otro miedo poderoso, in- forme, se colaba en la conciencia.

El miedo al cataclismo nuclear se difuminaba por la familiari- dad falsa con la cual los medios de comunicación lograron instalar cierta perversa asepsia de la demolición. Descomunales máquinas de guerra y catástrofes afianzaban por las imágenes de la televisión y por las ondas de la radio una expansión de luces y estallidos como si de secuencias de desecho de la estrella de la muerte se tratara. Y enseguida: números sin rostro; ruinas sin dolor; desvanecimiento de

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la humanidad y sus empeños, muchos de ellos –templos, calles, mu- seos, palacios, bibliotecas– aún tocados por el misterio de su ori- gen, por la reverencia devota de su preservación.

Esta superposición de un horror frío, que mezcla las imagine- rías de la ficción con el acabamiento criminal de pueblos enteros en una respuesta ciega de más muerte a la muerte, abrió un reducto a un miedo íntimo, personal, que se incrusta en la vida para men- guarla, disminuir su esencia de libertad.

Así de un temor colectivo, aún presente, se pasó a un miedo por la inseguridad personal, a un temor que acecha.

¿Será entonces que esa devastación encontró una manera de en- conarse y corroer los vínculos que fundan el espacio de comunidad y solidaridad?

Habría que indagar si acaso el pensamiento y la escritura tie- nen un papel en la modulación de las actitudes frente al miedo.

Para ello será necesario tener al pensamiento como una convic- ción secreta que permite resistir y soportar el absurdo de la vida, una manera de sortear la aventura más allá del código social y donde se combina la aspiración personal con los probables acuerdos colectivos. Sin embargo, a su naturaleza le es inherente una especie de fatal irre- alización. Ésta aparece cuando el pensamiento abandona su reducto y se expresa como escritura, relato o poesía, música o gesto. Tal vez en esa distancia entre lo inexpresable, reto supremo de la creación artística, y el resultado de los rasguños a algo innombrable que pro- visoriamente se llama absoluto, ese resultado cuyo deslumbramiento conduce a la iluminación, a la locura, o a la conformidad, es lo que hace del pensamiento algo triste como lo examinó el profesor George Steiner.

A pesar de la pesadumbre es deseable que en cada ser habite un pensamiento, noble o de vergüenza, por mencionarlos con una clasificación imposible mientras el pensamiento esté invisible, ya que de su existencia dependerá en mucho que el miedo no convierta al ser humano en víctima, la más aterradora de sus depredaciones. Una víctima que no reconoce el motivo que la subordina y cuyos días que- darán trastornados para siempre en esa vigilia de horror que ima- ginó más de una vez Franz Kafka.

¿Podrá entonces la literatura fortalecer la conciencia ante las aflicciones con que el miedo la atribula y debilita? ¿Podrá modular ese miedo?

La palabra modulartiene el sentido de modificar para mitigar el poder de algo, en esta reflexión la consecuencia desestabilizadora del miedo. Sin embargo, su otra acepción es fecunda en sugeren- cias: variar con fines armónicos las cualidades del sonido en el ha- bla o en el canto. ¿Será entonces que la palabra recitada o cantada podría actuar como antídoto contra el miedo? A lo mejor como los niños que atraviesan la oscuridad cantando a voz en cielo; o los lo- cos que sustituyen la falta de alas por plegarias que gritan mientras dominan el vacío al tirarse de la azotea del piso 29de un edificio que ahora tendrá historia.

Valdría la pena, antes de mostrar la forma del nuevo miedo que desplazó al miedo colectivo por el cataclismo nuclear, dejar algu- nas apreciaciones relativas a lo que se pretende en ocasiones, se es- pera en veces, del papel del pensamiento y de la escritura literaria ante las circunstancias desgraciadas que socavan el esfuerzo tantas veces contrariado por oponer a la fatalidad inexorable de la exis- tencia, un deseo desmesurado de felicidad y realización. Es decir: ¿por qué cuando los dominios propios en los cuales tienen su gé- nesis y posibilidad de solución los problemas que acosan a la vida se muestran obstruidos, se recurre entonces a asignarle al arte fun- ciones ilusorias?

En el mejor de los casos se invoca al arte para una usurpación pueril, como consuelo o como sustituto educativo. Como fortaleza o como talismán.

El miedo personal, íntimo, actual, al anidar en el corazón hu- mano, lo ata, lo paraliza, y crea tal incertidumbre que no se atreve a ser compartido. Al saberse expuesto sospecha de todo y de todos. Condenado a la soledad y a la desconfianza, es impotente. Cree que el silencio lo preserva. Este miedo se afianza en la percepción que se tiene de haber perdido los tejidos donde la intimidad es posible. Como si las reglas conforme a las cuales, durante siglos, se iba avan- zando en la construcción de convivencia se hubieran desvanecido. Una agresiva intolerancia arropada en los gritos de la religión, la raza,

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el pueblo, la patria, la nación, quiere arrasar con las diferencias y detener a los seres y al mundo en un paisaje de adhesiones forzosas donde la disidencia es castigada con la expulsión y la venganza.

El viejo pacto se trocó en la adhesión obligatoria. La voluntad libre en la imposición violenta.

Si el miedo obtura la inclinación de compartir, será improba- ble la democratización de la intimidad. Nos distanciaremos de nos- otros mismos. Allí volverá con fuerza la pregunta desamparada de Virginia Wolf: ¿quién sabe lo que somos, lo que sentimos? Y esa será la pregunta de la cual se apropiará el espía totalitario para uniformar las respuestas o reprochar al que tiene una propia.

Tal vez entonces la sustancia de libertad que guarda la natura- leza del arte permita mantener la vida secreta de los pensamientos y se oponga a que su expresión escrita, o pintada, o cantada, sea pervertida por el miedo y deformada por su amenaza.

Bogotá, agosto de 2008

Los movimientos guerrilleros

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