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una diversidad común Alonso Cueto

In document NOMBRES PROPIOS 2008 (página 53-56)

Escritor

L

a frase de Oscar Wilde, según la cual Inglaterra y Estados Uni- dos eran países separados por el mismo idioma, no era una ironía total. Dicha en los tiempos de Wilde, los modismos, acentos y particularidades del inglés de cada uno contribuían efec- tivamente a ciertas dificultades que con el tiempo se han borrado. Hoy, ingleses y norteamericanos se entienden a la perfección gra- cias a muchos factores, entre ellos la televisión, el turismo y los ne- gocios globalizados. No se puede decir lo mismo del francés, que separa a los canadienses de Québec de los franceses (entre los que no ha habido un circuito sostenido), pero sí del español que une a es- pañoles e hispanoamericanos. Creo que nunca ha habido un trá- fico de palabras más nutrido entre la Península y los diversos países latinoamericanos, que ha sembrado términos a ambos lados del Atlántico. Esta polinización en el lenguaje es una señal de que las relaciones entre ambas comunidades están, a mi juicio, en el mejor momento de su historia.

Y sin embargo, algunos ejemplos podrían negar esa afirmación. Siguiendo un modelo de gran escritor mexicano José Emilio Pacheco imagino un ejemplo: el de la llegada de un turista peruano a un ho- tel en Madrid.

La historia es como sigue. Apenas instalado en su pieza, el pe- ruano llama por teléfono a la recepción y le dice una frase al con- serje: “Disculpe. Como el caño de la tina se ha malogrado, le ruego

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mandar a un gasfitero para que lo arregle”. Al escucharlo, el con- serje no entiende cinco palabras de la frase, es decir no comprende lo que el pasajero le está pidiendo. El peruano recién llegado no sabe que debía haber dicho: “El grifo de la bañera se ha estropeado, le ruego enviar a un fontanero para que lo repare”.

Ejemplos de este tipo sobran. Cuando fui a vivir a Madrid a co- mienzos de 1977, recuerdo mi descubrimiento de algunas palabras españolas, entre ellas “culebrón” por “telenovela”, “el maletero de un coche” por “la maletera de un carro”, y el uso de palabras para prendas de vestir como “jersey” y “cazadora”.“Marcharse” por “irse”, “cañas” por “cervezas”, un “follón” por un lío o problema y “dar de hostias” (¿por qué ese término litúrgico?) por “dar de golpes”, for- man sólo algunos ejemplos de los interminables que unen o diferen- cian, o unen en la diferencia, a nuestros países (las diferencias entre las comunidades de cada país latinoamericano también son noto- rias). La más famosa y divertida de estas diferencias, el uso de la pa- labra “polla” como “órgano sexual masculino” en España y como “lo- tería” en la América Latina ha sido objeto de numerosas anécdotas reales o inventadas, aunque siempre divertidas. Una de ellas cuenta que un turista chileno confesó a sus anfitriones conservadores en Madrid, que se había sacado la polla en Chile para agregar: “La mi- tad de la polla se la ofrecí a la Virgen María, y con la otra mitad me vine a España”.

Sin embargo, es interesante que muchas de estas palabras di- ferentes se están volviendo comunes. Culebrón no es infrecuente en la América Latina y la palabra “ninguneo” (mirar por encima a otro, tratarlo como a ninguno), de origen mexicano ya viene usán- dose en la Península. Hace poco oí decir a una amiga española que había una expresión típica española: “ni chicha ni limonada”. Es una frase que nunca he entendido bien, aunque se que se usa en toda la América Latina, y en especial en el Perú, de donde se supone procede la chicha, aunque la limonada llegara luego.

La primera palabra americana que entra al vocabulario univer- sal es “canoa”. Desde entonces la contribución de la América Latina al castellano ha sido infinita. Términos como “chocolate” o “papa” (convertida en “patata” por su similitud con el inglés “potato”), que

se refieren a productos oriundos fueron de los primeros en univer- salizarse, pero también “cancha” por campo de juego y “cacique” por jefe. Términos de la literatura mítica europea como “California” se usaron asimismo para nombrar los nuevos lugares americanos. Sin embargo, la unidad en el idioma se ha ido formando a lo largo de los siglos en la medida en que la lengua se ha extendido gracias a los inmigrantes, el turismo, las relaciones comerciales y la televisión. La literatura ha jugado algún papel en este proceso.

Cuando el entonces presidente de la Real Academia de la Len- gua en el Perú, el escritor Ricardo Palma, llegó a España en 1892, para pedir la incorporación de algunos peruanismos y quechuismos, la situación era distinta. Por entonces las palabras “peruanas” que pe- día se incorporaran al diccionario, fueron rechazadas, en nombre de una cierta pureza. Palma iba a publicar luego una lista de estos tér- minos en sus “Papeletas Lexicográficas” (1903), con dos mil setecien- tas voces. Sin embargo, peruanismos como “cacharpas” (trebejos o cosas) “pucho” (cigarrillo) o “candelejón” (ingenuo o tonto) han sido aceptados en posteriores ediciones. También, un equivalente de “re- ñir” que se remonta al Perú del siglo dieciséis: “resondrar”. Hoy las “Papeletas Lexicográficas” de don Ricardo Palma puede encontrarse en la biblioteca virtual Miguel de Cervantes.

Uno de los caminos para llegar a esta comunidad ha sido mar- cado por las editoriales españolas que tradujeron las novelas lati- noamericanas. Desde la década de los sesenta, cuando todavía se con- sideraba la pureza castiza como una virtud, estos editores (con Carlos Barral a la cabeza) publicaron las obras de Vargas Llosa, Julio Cor- tázar y otros en el lenguaje coloquial en el que fueron escritas, una norma que las editoriales han continuado. Hoy no nos podemos ima- ginar cómo serían los libros de Rulfo o Cortázar, si algún editor es- pañol los hubiera buscado traducir a la jerga madrileña.

La idea de la pureza o la inviolabilidad del idioma, por eso, me parece inútil y anacrónica. Hoy, algunos piensan que los escritores somos unos abanderados en una supuesta lucha contra la influen- cia del inglés. Se trata de un viejo anhelo que quedó consagrado por la dolorosa, ansiosa pregunta de Rubén Darío; “¿Todos los hombres hablaremos algún inglés?” Hoy sabemos que ese día no está próximo

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(el chino es una amenaza más concreta, por ahora). Estamos, es ver- dad, rodeados de palabras inglesas, aunque no siempre por razones culturales. El hecho de que usemos términos como “mouse” o “chip”, por ejemplo, no se debe a la influencia del inglés en nuestras vidas sino a las ventajas del monosílabo, en una era de comunicaciones rá- pidas. “Defender el español de la invasión del inglés” es tan absurdo como haber querido defenderlo del árabe en el siglo dieciséis. Hoy, las palabras en árabe (como “tarea”, “alcalde” y “acequia”) ocupan nuestro idioma y son tan españolas como cualquiera otra. Lo mismo ocurrirá con las palabras inglesas que se incorporen, porque creo que el corazón de un idioma no está en las palabras que usa sino en su gramática. En la medida en que la gramática, sus estructuras profun- das se mantengan, el idioma seguirá siendo el mismo.

La lengua, como bien sabe la Real Academia, es un organismo vivo, que avanza en el tiempo. En su proceso se pierden y se incor- poran nuevos términos. Palabras como “pardiez” (eufemismo de “por Dios”), han desaparecido. Otras, como la catalana “frazada” se usa en el Perú, pero no en la mayor parte de España donde se ha exten- dido, en el mejor sentido de la palabra, la expresión “manta”. El ha- bla coloquial es la sala de máquinas en la que la lengua se va reno- vando. Hoy en día, no nos enfrentamos al peligro de la perversión sino de la simplificación. El lenguaje de los medios de comunicación, en especial de los noticieros televisivos, ha creado un código de ex- presiones simples y neutras, con frases generales. En la mayor parte de ellas, no hay adverbios y apenas hay adjetivos. Cualquiera que vea un noticiero hoy puede comprobar que los adverbios son una es- pecie en vías de extinción en su lenguaje. Con ello, hemos perdido matices, sutilezas, riqueza en el significado, lo que no es de extra- ñar en el predominio de la estupidez, que por lo general es una ca- racterística de los medios televisivos.

Sólo quienes tienen a su cargo el castellano entre nosotros –pe- riodistas, escritores, comunicadores en general–, pueden ser capaces de intentar mantener para nuestra lengua común el brillo de su in- teligencia y el esplendor de su expresividad, con todas las palabras añadidas de otros idiomas y jergas que hagan falta. Al igual que la vida, el idioma nunca es puro o inviolable. Nuestra tarea hoy no es

defender la pureza sino la complejidad del idioma, su capacidad para servir de herramienta de comunicación con nosotros mismos. En esa tarea, felizmente, la cantidad de hablantes del castellano asegura sus recursos para el futuro. Se trata de una lengua en la que apor- tan además muchas de las lenguas nativas americanas, lo que es in- valorable para su riqueza. Creo que, como nunca antes, en España y en América Latina, existe una conciencia de una lengua común y diversa, una lengua infinita.

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