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Durante la segunda mitad del S. XIX y hasta comienzos del S. XX, investigadores como Ambrosetti (1896a, 1896b), Quiroga (1897), Boman (1904), Outes et al., (1877) o Lafone Quevedo (1908), despertaron el interés del público por el pasado precolombino en la región, sentando las bases para estudios posteriores. Sus trabajos, en general, se basaron en la utilización de documentos coloniales y tradiciones orales, vinculando los hallazgos arqueológicos con los pueblos que encontrara la conquista; ello generó que diferentes ocupaciones se superpusieran en un esquema sincrónico, resultando en una simplificación de los procesos históricos. En la base del razonamiento a cerca del cambio y la diferencia que justificara la variabilidad cultural, la idea de la difusión como mecanismo ocupaba un lugar central. Debido a la formación de muchos de estos pioneros, los trabajos -donde poesía y arqueología frecuentemente se combinaban- presentaron una visión romántica e idealizada de la vida de los pueblos prehispánicos. A pesar de las limitaciones de muchos de estos trabajos, debe rescatarse de ellos el interés puesto en el estudio de los aspectos simbólicos y religiosos de la cultura, los que fueran dejados de lado por los arqueólogos de las siguientes generaciones, hasta la aparición tardía de las corrientes post procesuales, con la excepción de algunos trabajos de González (1977, 1974 y 1992). Paralelamente, tempranas líneas de investigación, con autores formados en ciencias naturales, por lo general extranjeros, como Ten Kate (1894), Nordenskiöld (1903), Uhle (1912) o Rydén (1934, 1936), produjeron trabajos con observaciones agudas sobre cuestiones temporales y ambientales vinculadas a problemáticas arqueológicas. Sin embargo, estos trabajos no tuvieron continuidad debido a la hegemonía ejercida luego por la escuela Histórico-Cultural (Boschín y Llamazares, 1984).

A partir de los años ´50, de la mano de Rex González, con el advenimiento de nuevos métodos y técnicas (en el marco de corrientes teóricas de corte antropológico en boga durante esos años en los EEUU), se produce en la arqueología del NOA un nuevo impulso en las investigaciones. Campañas sistemáticas de excavación organizadas por universidades y los primeros fechados por el método de radiocarbono (González, 1957), permitieron discernir y caracterizar espacial y temporalmente las ocupaciones arqueológicas en el área. La secuencia temporal maestra del Valle de Hualfín realizada por González en base a sus trabajos de campo

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y a los materiales de la Colección Muñiz Barreto (seriada y calibrada por C14), recuperados durante las excavaciones de Weisser y Wolters en la década de 1920, proporcionó el esquema cronológico base que ha servido como referencia para las investigaciones en el ámbito regional hasta el día de hoy (González, 1960; González y Cowgill, 1975). Esta secuencia, afinada y corregida, sirvió luego de modelo para la caracterización de las diferentes subáreas, y permitió la visualización de relaciones entre los grupos a lo largo del tiempo. Los trabajos sistemáticos de los equipos de investigación de González (1960, 1963), Nuñez Regueiro (1974), Cigliano (1960), Raffino (1975), Berberián (1970, 1977) y Heredia (1968, 1974) entre otros, mostraron la complejidad y riqueza del panorama cultural prehispánico del área, estableciendo vínculos con culturas anteriores y contemporáneas de los Andes centrales, la Puna de Atacama, el litoral Pacífico y la foresta tropical.

Sobre la base de estos conocimientos, con el restablecimiento del orden democrático, nuevas y diversas líneas de investigación se enfocaron en el análisis de distintas problemáticas y aspectos del registro arqueológico. Esta diversidad de enfoques, abarcó -para distintos períodos y áreas- aspectos tales como: la arquitectura del espacio construido (Berberián y Nielsen 1988; Giani y Berberián, 1997; Esparrica 1999; Scattolin, 2003, 2010; Nastri, 2003; Stenborg y Cornel, 2003; Gómez Augier, 2005; Salazar y Franco Salvi, 2009; Di Lullo, 2012), la estructura sociopolítica y la etnohistoria (Lorandi, 2003; Williams, 2003; Noli, 2003; Scattolin, 2006; Acuto, 2007), el ceremonialismo (García Azcárate, 1995; Nuñez Regueiro y García Azcárate, 1996; Nuñez Regueiro, 1998; Gordillo, 2004; Gómez Cardozo et al., 2007; Míguez, 2014), el desarrollo de los primeros poblados aldeanos (Korstanje, 2005; Scattolin, 2010; Quesada, 2006, Quesada et al., 2007; Martínez et al., 2011), la agricultura y los recursos vegetales silvestres (Sampietro, 1994, 2001b; Albeck, 2000; Korstanje, 2005, 2007; Olisewski, 2009; Caria et al., 2010; Cano, 2011), el arte rupestre y el tráfico caravanero (Korstanje, 1998; Caria et al., 2009; Adris, 2010), el análisis iconográfico y tecnológico de los estilos cerámicos (Srur, 1999; Velandia Jagua, 2005; Corbalán, 2005; Nastri, 2008; Gómez Augier y Caria, 2009; Giusta, 2017), o la teoría de la práctica y su rol en la producción de conocimiento (Haber, 1992; Arenas, 2007), por mencionar solo algunas de las temáticas principales.

4.2.1. Piedemonte occidental de Cumbres Calchaquíes

Como se señalara inicialmente, este espacio ha permanecido durante más de un siglo al margen de las investigaciones arqueológicas; sólo recientemente trabajos sistemáticos se han enfocado en su análisis, mostrando la variedad e importancia de los asentamientos pertenecientes a diferentes períodos. En la vecina Sierra de Quilmes, grandes proyectos

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provinciales, nacionales e internacionales (ej. Politis, 1992; Cornel y Stenborg, 2003) han generado un enorme corpus de conocimientos que contrastan con los que se tienen para el piedemonte de Cumbres Calchaquíes. En la base de esta asimetría deben considerarse factores tales como: ausencia a simple vista de grandes asentamientos prehispánicos, intransitabilidad y dificultad de acceso a numerosos sectores -como consecuencia de una geomorfología compleja- y el importante grado de superposición entre sitios arqueológicos y poblaciones actuales.

Por otra parte las corrientes teóricas culturalistas profundizaron en el estudio de aquellos sitios y espacios mencionados en crónicas y documentos (ej. Quiroga, 1898; Ambrosetti, 1906; Bruch, 1913). Este paradigma teórico influyó asimismo sobre estudios posteriores, que si bien enfatizaron en la cuestión cronológica extendiendo las investigaciones a momentos formativos, no obstante persistieron en el estudio de los mismos espacios, relegando otros sectores importantes, particularmente de aquellos vinculados a ocupaciones más tempranas (ej. Cigliano, 1960; Baldini, 2003 y Scattolin, 2003).

Los trabajos arqueológicos recientes en el área de estudio han puesto énfasis en los procesos de ocupación y manejo del espacio a nivel intra e inter sitios (Sosa, 1997; Rivolta, 1999, 2000 y 2007; Scatollin et al., 2001; Somonte, 2002; 2009; Gómez Augier, 2005 y 2006; Aschero y Ribotta, 2007; Gómez Augier y Caria, 2010; Di Lullo, 2010, Martínez et al., 2011), materias primas y fuentes de aprovisionamiento de recursos líticos (García Salemi et al., 1985; Somonte, 2002, 2009; Somonte y Baied, 2011; Martínez et al., 2011; Somonte y Baied, 2013) prácticas funerarias (Chiappe Sanchez, 2007); el análisis de los contextos agrícolas (Caria et al., 2006; Caria et al., 2007; Caria et al., 2009b); el manejo de los recursos locales y su relación con sitios de otras regiones como la Puna (Caria et al., 2009a; Oliszewski et al., 2017) ) y la relación entre la dinámica paleoambiental y las ocupaciones humanas (García Salemi et al., 1985; Sampietro, 2002; Caria y Garralla, 2006; Somonte y Collantes, 2007; Gómez Augier y Caria, 2010; Collantes y González, 2012; Sayago et al., 2012).

Las primeras menciones a la arqueología del área corresponden a referencias casuales en el marco de investigaciones y trabajos realizados en el piedemonte de la sierra de Quilmes y en los valles de Santa María y Tafí. En ellos se hace referencia a la zona de la Quebrada de Amaicha como vía natural de acceso y conexión entre los valles intermontanos y la vertiente oriental y ceja de selva, sin hacer mención a sitios o rasgos arqueológicos específicos (Liberani y Hernández, 1877; Ambrosetti, 1897, Quiroga, 1896; González y Nuñez Regueiro, 1960).

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En la década del 1960, en el marco de las investigaciones sistemáticas de la Universidad Nacional del Litoral en el valle de Santa María, Cigliano y su equipo señalan la presencia de artefactos líticos con pátinas de morfología atribuible a grupos de cazadores del Arcaico (Ayaimpitín y Ampajanguense) sobre los glacís cubiertos de la zona de Amaicha.

Sobre la base de las observaciones de Cigliano, García Salemi et al. (1985a, 1985b) y Durando et al., (1986) realizan prospecciones sistemáticas de sitios superficiales en la Quebrada de Amaicha, enfocando su trabajo en los aspectos cronológicos de los artefactos líticos (variabilidad) y la evolución del paisaje.

Mediante la utilización de fotografías aéreas, Sosa (1999) realiza una teleprospección arqueológica de la zona de Amaicha del Valle, generando un mapa donde se representan las principales concentraciones de sitios arqueológicos con arquitectura visible a escala 1:50000. En función de ello, propone áreas con potencial para futuros trabajos, y plantea cronologías relativas para los conjuntos en base a los patrones observados mediante fotointerpretación; no realiza controles de campo que pongan a prueba el alcance y precisión de la metodología.

A esta primera etapa de prospección local-regional, siguió otra focalizada en el análisis de sitios particulares -de cronologías diversas-, con líneas de investigación igualmente variadas de acuerdo a las problemáticas de interés de los investigadores.

Sobre la Quebrada de Amaicha, en dirección al abra del Infiernillo se encuentra localizado el sitio de Los Cardones. Las investigaciones centradas en el análisis de la arquitectura residencial, productiva y pública del sitio, junto a la determinación -mediante fechados por radiocarbono- de la cronología de ocupación permitieron definir el carácter y rango temporal de su ocupación (Rivolta 1999, 2000, 2005, 2007; Salazar, 2006; Rivolta y Salazar, 2007). Operativo con posterioridad al primer milenio de la era y hasta momentos de contacto hispano-indígena (ca. 500 años AP), presenta un patrón arquitectónico de tipo semi- urbano con estructuras defensivas y grandes áreas destinadas al cultivo1 y eventos comunitarios, comparable a la de otros sitios tardíos como Quilmes o Fuerte Quemado (aunque es el único de este tipo registrado para el piedemonte occidental de Cumbres Calchaquíes). Su emplazamiento en un punto estratégico para el acceso desde el valle de Santa María hacia Tafí y las tierras bajas al oriente, o viceversa, refuerza la idea de una naturaleza de carácter mixto residencial/productivo/defensivo. De acuerdo a la información etnohistórica, y por su envergadura, es probable que el mismo se corresponda con algunas de las parcialidades o unidades étnicas nombradas en los documentos coloniales para la zona (ver Lorandi y Boixados, 1988; Lorandi, 1992, 1997; Cano, 2011).

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Distante 2,5 km al norte de Los Cardones, sobre la ladera de Cumbres se encuentra ubicado el sitio El Observatorio. Tres niveles topográficos escalonados, con algunas pocas estructuras cuadrangulares en superficie conforman el asentamiento. Sobre la base de un mapeo geomorfológico-arqueológico y de excavaciones sistemáticas, se determinó que el sitio habría funcionado, hacia 500 años AP, como un establecimiento para la cría y procesamiento de camélidos (Gómez Augier, 2005). Se propuso además que el mismo integraría una red más amplia de asentamientos satélites -para actividades específicas y complementarias- subordinados a un centro poblacional de mayor jerarquía (como el de Los Cardones); este patrón de articulación espacial intersitios se encontraba bastante difundido durante el período Tardío (Nastri, 2003).

La cuestión de la organización del espacio intrasitio fue abordada en los trabajos realizados por los sitios cercanos de El Remate, Bajo Los Cardones y El Divisadero, los dos primeros localizados en inmediaciones del actual pueblo de Amaicha del Valle2 y el tercero en la localidad de Ampimpa -piedemonte proximal de Cumbres Calchaquíes- .

Las investigaciones en el sitio El Remate, asentado sobre la terraza baja del río Amaicha (próximo al embalse de Los Sazos), pusieron al descubierto un conjunto de estructuras arqueológicas que conformaban una pequeña aldea, con espacio residencial y productivo agrícola integrado3 (Ribotta, 1997; Cohen et al., 2000; Ribotta, 2001; Aschero y Ribotta, 2007). La arquitectura y el patrón de asentamiento presentan similitudes con aquellos descriptos para los asentamientos formativos del valle de Tafí (Berberián y Nielsen, 1988), la Ciénaga (Bernasconi de García y Baraza de Font, 1985; Cremonte, 1996), y más recientemente, PV1 y PV2 en la quebrada del río de Los Corrales en el Infiernillo (Oliszewski, 2011; Di Lullo, 2012; Oliszewski et al., 2013; Caria y Oliszewski, 2015). Estructuras para el control de la escorrentía fueron registradas también para el sitio de El Remate, resultando similares a las identificadas y descriptas por Sampietro (1994) en el Cono del río Blanco (Tafí del Valle), aunque a menor escala. Los fechados radiocarbónicos sobre material óseo ubicaron al sitio El Remate hacia finales del formativo, obteniéndose dataciones para distintos momentos durante el intervalo ca. 1200-800 años AP.

Un poco más al norte, sobre el extremo distal de un extenso abanico aluvial que desde Cumbres Calchaquíes desciende hasta intersectarse con el cauce del río Amaicha, se encuentra emplazado el sitio habitacional agro-alfarero temprano Bajo Los Cardones. Allí se identificaron recintos habitacionales circulares y sub-circulares que se intercalan “con un espacio productivo compuesto por estructuras lineales destinadas al riego (acequias y canales), estructuras para

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protección del suelo (andenes, terrazas, muros de contención) y posibles corrales” (Somonte, 2007:58). También se detectaron estructuras monticulares con pircados asociados (Somonte, 2009), similares a los descriptos por Gómez Augier y Caria (2012a) para el sitio El Divisadero (ver Capítulo 6). La excavación de una de estas estructuras monticulares permitió establecer que las mismas fueron utilizadas para clausurar estructuras habitacionales pre-existentes con contextos funerarios asociados -entierros directos y cistas debajo de los pisos- (Chiappe Sánchez, 2007), a la vez que visibilizar o destacar el espacio funerario en el paisaje (Gómez Augier y Caria, 2012a). Asociado a estos enterratorios se identificaron rasgos de eventos de combustión, -con huesos quemados y cenizas- atribuidos a prácticas relacionadas con el rito funerario (Chiappe Sánchez, 2007:63). El ajuar incluía un recipiente de estilo formativo4, restos de fauna -principalmente camélidos-, entre la que se destacan varias falanges y un incisivo de ocelote (Felis pardalis), como así también restos carbonizados de semillas de Cebil

(Anadenanthera Colubrina); ambos elementos alóctonos y presentes en la ceja de selva del

piedemonte oriental. Las dataciones por radiocarbono efectuadas sobre material óseo humano (cuerpo 2 de la cista) corroboraron la cronología relativa determinada a partir del patrón arquitectónico y los estilos cerámicos, y arrojaron un fechado de 1300 años AP para el evento (Somonte, 2009).

En el sitio de Bañado Viejo, sobre la margen izquierda del río Santa María, Scatollin et al. (2001), en base a excavaciones y datación de los materiales recuperados, presentan una secuencia de ocupación para el fondo del valle en esta área. Los fechados obtenidos muestran la presencia continua de grupos portadores de cerámica negra de estilos formativos desde ca. 1700 hasta ca. 1200 años AP. Resulta interesante observar que tanto en el caso de Bañado Viejo, como en Molino del Puesto5 (Cigliano, 1960), -ambos sitios formativos- no ha podido detectarse arquitectura visible alguna; por lo que es probable que las mismas estuvieran construidas de materiales perecibles, como madera o tapia-adobe, y por lo tanto no se conservaran.

En el sitio El Divisadero, que se extiende sobre gran parte de la superficie de un abanico aluvial -sectores medio y apical-, que por el norte fija el curso del río Ampimpa, Gómez Augier y Caria (2012a) realizan una caracterización de los complejos arquitectónicos y una primera aproximación a su cronología. Registran estructuras circulares de piedra, simples y compuestas, que combinadas con andenería y montículos artificiales -similares a los existentes en Bajo Los Cardones- conformaban un espacio complejo. El patrón de asentamiento, los estilos cerámicos presentes y las dataciones por radiocarbono ubicaron la ocupación del

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mismo durante el período Formativo (ca. 1300 años AP), resultando contemporáneo con los otros dos sitios anteriormente descriptos. Cercano a las estructuras formativas, pero desvinculado de ellas, se localizó un sector con inhumaciones de tipo secundario, fechados en ca. 4000 años AP. Bloques aislados con petroglifos en inmediaciones del sitio fueron analizados también por Adris (2010); los motivos identificados corresponderían a dos momentos diferentes, uno temprano posiblemente Arcaico y otro formativo sugiriéndose, para estos últimos, una iconografía de elementos asociados al estilo Aguada (Adris, 2010:184). Petroglifos sobre bloques rocosos fueron relevados también en el sector cumbral y ladera de Cumbres Calchaquíes6; los mismos estarían vinculados a actividades de caza de camélidos y al señalamiento de territorios y pasos (Adris, 2010).

Otra línea de trabajo en el área se enfocó en el análisis de materias primas y secuencias de producción de artefactos líticos en sitios superficiales. Desde esta perspectiva, se analizaron Los sitios de Campo Blanco (Somonte et al., 2004), Planchada de la Puntilla y río de Las Salinas -1 y 2- (Somonte, 2002, 2005; Somonte y Baied, 2011). Junto a los aspectos puramente tecnológicos, se abordaron problemáticas como la persistencia en el uso del espacio y las cronologías relativas de ocupación, lo que se realizó a través del análisis de los procesos de reclamación artefactual, el estudio de barnices del desierto y la distribución del arte rupestre móvil (Somonte, 2009; Somonte y Collantes, 2007;Somonte y Baied, 2017).

En cuanto a la problemática del espacio productivo agrícola en el área, la misma se encuentra aún en una etapa inicial. El único antecedente específico corresponde a una caracterización preliminar de las estructuras vinculadas a la producción agrícola en los sitios de Yasyamayo y El Divisadero (Caria, 2010). A fin de contextualizar la importancia de esta actividad durante el pasado, citaremos algunos antecedentes para sitios cercanos, histórica y espacialmente relacionados con el área.

En el valle de Tafí, Berberían y Nielsen (1988) proponen un sistema clasificatorio de estructuras agrícolas, caracterizando las terrazas, los andenes, los cuadros de cultivo, las estructuras de riego y los montículos7. También, Sampietro (2002) realizó una serie de caracterizaciones en cuanto a los paleosuelos de los andenes y a la distribución espacial de las diferentes estructuras agrícolas en el cono del Río Blanco según su red hidrográfica, distinguiendo canales de riego y líneas de despedre para el control de la erosión, al igual que estructuras simples asociadas a las agrícolas. Del mismo modo, en los sitios La Costa 1 y La Costa 2, Sampietro (2007) identificó la combinación de estructuras agrarias y circulares [aunque no lo aclara, suponemos que las estructuras circulares se refieren a unidades

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habitacionales]. En el sitio El Tolar, ubicado también en dicho cono, Roldán et al. (2005) realizaron análisis geoquímicos sobre suelos agrícolas para determinar las características del uso de los mismos, proponiendo un uso sostenido a lo largo del tiempo mediante la utilización de abonos orgánicos. Por otra parte, Neder et al. (2007) señalan, en base a análisis de fotointerpretación, que los conos glacís y los abanicos aluviales fueron utilizados para asentar terrazas agrarias y residencias. En este sentido, Manasse (2007:148) observó que en las zonas de Los Cuartos o La Quebradita -en la parte noroeste del valle de Tafí- “las unidades agrícolas también se articulan en antiguos conos aluviales, especialmente por su proximidad con los cursos de agua, agregando que en líneas generales, para el valle de Tafí no se han identificado superficies muy importantes destinadas a las actividades de producción agrícola y que estos espacios agrícolas se integran con claridad a los espacios de vivienda y donde coexisten estructuras de riego relativamente sencillas”.

En la zona de El Infiernillo, Caria et al. (2006) identificaron una gran extensión de andenería (ca. 600 has) sobre las laderas denudativas orientadas hacia la entrada de los vientos húmedos provenientes del sureste, entre los cuales se ubican una importante cantidad de corrales circulares. Hasta el momento no se han localizado canales de riego artificiales, suponiéndose una agricultura por secano; la caracterización de las estructuras (Caria et al., 2010) y los análisis de microfósiles corroboraron la práctica de este tipo de agricultura en coincidencia con un momento ambiental más húmedo (Gómez Augier et al., 2008). Separados de estos espacios productivos se encuentran dos sectores denominados Puesto Viejo 1 (PV1) y Puesto Viejo 2 (PV2) (Oliszewski, 2011; Di Lullo, 2012; Oliszewski et al., 2013) en los cuales se distribuyen estructuras circulares adosadas formando una aldea perteneciente al 1° milenio de la era -ca. 1600/1500 años AP- (Oliszewski, 2011; Muntaner, 2012). También en la quebrada del río de Los Corrales, la excavación de una cueva (CC1) proporcionó granos de maíz de al menos dos variedades distintas (Capia y Pisingallo). Las dataciones de CC1 arrojaron fechados de ca. 2000, 1400 y 600 años AP; relacionándose los dos primeros con las ocupaciones del poblado próximo de PV1 Y PV2, mientras que el tercero correspondería a una ocupación efímera tardía.

Finalmente, es importante señalar que en PV1, compartiendo el espacio residencial (aunque en un sector despejado de estructuras de piedra formativas próximas), fueron localizados en estratigrafía concentraciones de artefactos líticos (proyectiles) que han sido interpretadas como parte de un taller. Las dataciones sobre restos de fauna asociados al material lítico arrojaron para los niveles inferiores cronologías tempranas de hasta ca. 7500

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años AP, ca. 3300 años AP para los intermedios y ca. 1700 años AP para los superiores (Martínez et al., 2011; Martínez et al., 2013).

4.2.2. Piedemonte Oriental y cuenca de Tapia-Trancas

Debido a las características ambientales del área, las cuales resultan en general desfavorables para la preservación de la materia orgánica, la mayoría de los elementos arqueológicos recuperados y estudiados hasta al momento corresponden a restos cerámicos