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Dentro de esta aproximación geoarqueológica y ambiental, utilizaremos como marco cronológico las categorías propuestas en el esquema de periodificación de Núñez Regueiro (1974). A diferencia de una cronología, que consiste en el ordenamiento de los datos arqueológicos en una escala temporal desprovista de cualquier tipo de hermenéutica de los

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mismos, la periodificación, destaca algún rasgo o característica del desarrollo sociocultural que considera central -lo que presupone algún tipo de análisis y valoración implícita de los datos-.

La periodificación de Nuñez Regueiro está basada en el análisis evolutivo de los “modos de producción”, tal como pueden ser caracterizados y determinados desde el presente. Aunque originalmente fue formulada con énfasis en el progresivo crecimiento de las fuerzas productivas, también “(...) se puso en primer plano la cuestión de la organización territorial de las formaciones sociales aborígenes del área Valliserrana” (Tarragó y Nastri, 1999: 259). El esquema así definido resulta coherente con la orientación y lineamientos teórico- metodológicos seguidos en este trabajo.

Dentro del esquema propuesto, haremos hincapié en los períodos Formativo y de Desarrollos Regionales (PDR), particularmente en la transición entre ambos, cuando, tienen lugar profundas transformaciones en las estructuras sociales, políticas, económicas y religiosas de los grupos que ocuparon gran parte de la región montañosa del NOA (Fig. 1). Aunque las principales transformaciones observadas median entre estos dos períodos, no obstante, muchos de los procesos se inician en momentos anteriores y se continúan con posterioridad a ellos. Por ello, muchos de los procesos de cambio deben ser analizados en una perspectiva amplia que abarque otros períodos (como el Arcaico) donde muchos de los elementos centrales, que explican en parte estos cambios, ya se encuentran presentes en forma embrionaria, o el período Hispano-indígena, donde el sincretismo cultural ha definido en buena medida la cultura de los pueblos de esta región hasta la actualidad. Se busca con esto evitar una ruptura artificial de los procesos históricos a la vez que obtener referencias que permitan la comparación de las tendencias predominantes para cada momento.

En este trabajo, el marco de referencia lo constituyen los conceptos de temporalidad conocidos tradicionalmente como períodos Arcaico, Formativo, Tardío o de Desarrollos Regionales y de Contacto Hispano-indígena.

Período Arcaico

En el área de trabajo, el período Arcaico se extiende desde ca. 8000 años AP hasta ca 3000 años AP (Cigliano, 1960; García Salemi et al., 1985; Durando et al., 1986; Caria, 2004; Somonte y Collantes, 2007; Martínez et al., 2011 y 2013; Gómez Augier y Caria, 2012; Somonte y Baied, 2013 y 2017). Este período se caracteriza por la presencia de grupos con una economía basada en la caza y la recolección; industrias líticas de tipo Ayampitín y Ampajanguense en las que se visualiza una explotación local de los recursos. Hacia finales de este período se observa una tendencia progresiva hacia una economía productiva, la

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sedentarización de los grupos y el incremento de las redes de intercambio con otras áreas como la Puna y las tierras bajas. Las evidencias materiales para el área corresponden, hasta el momento, a unos pocos hallazgos en las quebradas del río de Los Corrales (El Infiernillo) y Amaicha.

Período Formativo

En cuanto al período Formativo, el concepto fue originalmente desarrollado por los arqueólogos de los años 1940s, 1950s, 1960s y 1970s; constituyó un instrumento teórico (sustentado en una base empírica) de análisis para explicar los variados procesos que en un tiempo- espacio específico sentaron las bases del cambio sociocultural, político económico y técnico de los pueblos de América, para diferenciarlos de sus similares ocurridos en el viejo mundo (Europa y Asia) donde se denominó Neolítico (Ledergerber Crespo, 2000; Korstanje y Lazzari, 2015).

Inicialmente aplicado a Perú y el área intermedia, pronto el concepto se extendió para aplicarse al análisis de los procesos culturales de toda el área andina y gran parte de Sudamérica. Para Ford (1969) el Formativo se podía definir como los 3000 años –o menos en algunas regiones- en que los elementos de la cerámica, la molienda basada en la agricultura del maíz y el cultivo de la yuca fueron difundidos desde el Perú hasta el este de los Estados Unidos. Al inicio de este período las poblaciones poseían una economía y tecnología propias del período Arcaico; al final de él tenían ya los elementos esenciales parar lograr civilización (Meggers, 2000).

A esta visión evolucionista unilineal adscripta inicialmente al concepto de Formativo se impuso luego una perspectiva particularista y de evolución múltiple que proporcionó una visión más compleja de los procesos vinculados al Formativo, ampliando geográficamente también su utilización (Willey y Philips, 1950).

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Así, de acuerdo a Gould y Eldredge (1993) el Formativo ayuda a explicar los cambios, con mecanismos internos y externos de adaptación, a veces con saltos de una gran diversidad especialmente en lo que concierne al vector tiempo-espacio y a particularismos de los procesos culturales que se muestran en diversas subregiones tan vastas y diversas que incluyen a todos los países sudamericanos (Ledergerber Crespo, 2000). Los sitios entonces pasan a ser considerados con la gama de sus contextos integrales, cobrando importancia la interacción de la cultura (factores internos) con el ambiente, los procesos geológicos y los cambios climáticos. Las diferencias observables en el desarrollo de los pueblos para distintas regiones, y el grado de complejidad alcanzado se analizan a la luz de equilibrios particulares entre la base cultural y las posibilidades que ofrecen los distintos medios y su dinámica de transformación (González, 2000b).

El Formativo no puede tomarse como un período uniforme y espacialmente sincrónico. Las evidencias muestran que sus características adoptan variados matices regionales y locales. No obstante ello, el Formativo puede diferenciarse de los períodos anteriores, basados en formas de organización social igualitaria (como el Arcaico o el Paleoindio) y posteriores, caracterizados por el surgimiento de desarrollos regionales diferenciados que van a dar origen a cacicazgos o sociedades estatales en algunas áreas.

Como características generales unificadoras para el Formativo sudamericano (Ledergerber Crespo, 2000) señala entre otras: 1) contactos e intercambios de corta y larga distancia para los pueblos andinos y los de las tierras bajas orientales; 2) proliferación de asentamientos sedentarios en forma de aldeas nucleares basadas en una economía agrícola (basada en el cultivo de maíz, papa, cucúrbitas y yuca), con manejo de técnicas de irrigación y protección de suelos; 3) manejo intensivo de animales domesticados -llama (Lama glama) principalmente-; 4) incremento de la complejidad sociopolítica -surgimiento de señoríos como forma distintiva de organización-; 5) surgimiento de centros ceremoniales como base de integración posterior entre los poblados rurales y los centros proto-urbanos; 6) innovaciones técnicas y artísticas en artefactos y arquitectura.

De acuerdo a Albeck (2000), en los andes sur andinos y la región montañosa del Noroeste Argentino, la domesticación de plantas y animales, realizada por las comunidades cazadoras y recolectoras durante el Arcaico, permitió hacia entre los siglos X y VI aC el surgimiento de sociedades agropastoriles sedentarias en forma de aldeas; esta forma de organización perduró por más de 2000 años. En ese intervalo, la tecnología agrícola y el manejo ganadero fueron adaptados a diferentes condiciones ecológicas, permitiendo la

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expansión de los grupos aldeanos a una diversidad de ambientes desde la Puna hasta las selvas orientales.

En ese contexto, se desarrollan tecnologías como la cerámica, textil y metalurgia -del bronce-; la que alcanzó un notable grado de complejidad llegando a integrarse, a través de su circulación como bien suntuario (ligado a antiguos cultos andinos), a la órbita de culturas de los Andes Centrales como Tiahuanaco (González A.R, 1992, 1999; Angiorama, 2001; González, L. 2004; Nielsen, 2010). El rico mundo simbólico de este período se plasmó en objetos de extraordinaria calidad artística. El flujo de información aumenta a través del intercambio de productos y bienes. La residencia comunitaria en aldeas -sustentada en una estructura productiva e innovaciones tecnológicas- sentó las bases para el desarrollo de sociedades más complejas y populosas que caracterizaron a momentos posteriores (Desarrollos Regionales) en diversos espacios del NOA (Albeck, 2000:190).

Período de Desarrollos Regionales o Tardío

En relación al Período de Desarrollos Regionales (PDR) abarcaba, según la bibliografía tradicional (Nuñez Regueiro, 1974; Raffino, 1988) desde el 1000 hasta el 1480 d.C.; posteriormente en base a series cronológicas obtenidas por nuevas dataciones radiocarbónicas y la calibración de las preexistentes (sitios El Pichao y Rincón Chico) su amplitud temporal fue modificada desplazando sus inicios hasta el siglo IX de la era (800 - 1480 d.C.) (Tarragó y Nastri, 1999; Tarragó 2000, 2003).

Según Nuñez Regueiro (1974) caracteriza a este período una diferenciación regional, en la que pueden seguirse con relativa facilidad las líneas de desarrollo de Santa María, Belén, Humahuaca, Angualasto, etc. en términos de tradición sociocultural. Asimismo, se produce aquí una mayor tecnificación de la agricultura, en particular mediante el mejoramiento de los sistemas de irrigación y el aprovechamiento de los recursos naturales. Concurrentemente con esto último se produce un aumento demográfico notable y la concentración de las poblaciones en centros semi-urbanos. Surgen así formas de organización socio- políticas más complejas aptas para explotar la naturaleza con los nuevos medios de producción disponibles. Las relaciones de producción van a experimentar un cambio; el intercambio de productos manufacturados, materias primas y alimentos que antes se realizaba gracias a una simple circulación de bienes o trueque, entre diversas comunidades étnicas, fue siendo progresivamente reemplazado por la explotación de pisos y nichos ecológicos por parte de la propia comunidad mediante el establecimiento de verdaderas “colonias”. Si bien el trueque no debe haberse interrumpido, el nuevo sistema posibilitó el surgimiento de nuevas formas de

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control socio- político. Cada grupo buscó expandir sus fronteras y el obtener el control efectivo de territorios y recursos. La semilla de los conflictos y luchas tribales estaba plantada; surgen así los pueblos y centros fortificados característicos de este período (Raffino, 1988).

Las pequeñas aldeas fueron desapareciendo a expensas de una concentración no planificada de viviendas a partir de uno o dos centros de aglutinamiento. Tiene lugar una especialización artesanal, particularmente en textiles y metalurgia. Se populariza el uso del bronce que sirve para confeccionar artefactos de labor o guerra, aunque continúa teniendo un uso amplio en la elaboración de objetos decorativos y ceremoniales. La cerámica presenta patrones estandarizados, particularmente en los que a estilos funerarios se refiere (Núñez Regueiro, 1974).

Coincide Raffino (1975) con Nuñez Regueiro en que este período está caracterizado por importantes transformaciones de orden socio-político y económico. Entre las causas probables de éstas, estarían la llegada de migraciones provenientes del norte y el aumento demográfico. Estas circunstancias habrían hecho necesarias la incorporación de nuevas tierras para pastoreo, cultivo y la recolección de frutos silvestres (algarroba principalmente). Los espacios ecológicamente más aptos -de superficie limitada-, con disponibilidad de agua, tierra y recursos animales tenderían progresivamente a la saturación, por el crecimiento demográfico, lo que acabaría produciendo una inevitable competencia y conflictos entre los grupos. Los patrones de asentamiento reflejarían estos cambios tanto en la faz residencial como en la productiva.

Período de Contacto Hispano-Indígena

En cuanto al período de Contacto Hispano-Indígena, en el Noroeste Argentino, abarca aproximadamente unos 60 años, desde ca. 1590 hasta ca. 1650; concluida la etapa exploratoria del territorio por parte de los colonizadores, comienza la ocupación efectiva a partir de la fundación de las primeras ciudades, junto al afianzamiento definitivo de la administración y las instituciones de la corona española10. Durante este período se establecen los primeros contactos entre los pueblos originarios y los colonos; estos contactos fueron de distinta naturaleza, desde relaciones pacíficas y de colaboración hasta sangrientos enfrentamientos armados11 (Piossek de Prebisch, 2007). La labor de las diferentes órdenes religiosas implicó también un tipo distinto de relacionamiento y probablemente haya sido, durante los primeros años, el vínculo que más impacto produjo sobre las poblaciones nativas; la introducción del cristianismo como doctrina religiosa, supuso más que un reemplazo total de

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las religiones prehispánicas, un nuevo sincretismo (Merlino y Rabey, 1993) de enorme fuerza y arraigo que perdura hasta el presente en las poblaciones campesinas de raíz indígena.

Estas distintas formas de contacto impactaron profundamente en la estructura socio política, económica y en la demografía de los grupos. La presencia de las colonias españolas representó en buena medida la alteración de las relaciones entre las parcialidades que aceptaron o rechazaron el dominio impuesto, generando conflictos al interior de la trama política aborigen. Por otra parte, el establecimiento de ciudades y poblados interrumpió algunos circuitos de intercambio preexistentes, reconfigurando la movilidad espacial en una nueva lógica con foco en las ciudades, alterando antiguos esquemas de complementariedad y reciprocidad. Reducciones y encomiendas conformaron progresivamente un paisaje social nuevo, extraño a las formas de organización y racionalidad prehispánicas, generando progresivamente el despoblamiento de los núcleos residenciales indígenas (Lizondo Borda, 1942; Robledo, 2016; Caria y Gómez Augier, 2017). En cuanto a la economía, la introducción del caballo, el ganado y los animales de carga, junto a la incorporación de cultígenos como el trigo y la cebada principalmente, supusieron un cambio radical en las formas de producción y movilidad para los grupos, que rápidamente los adaptaron a su economía con resultados notable en términos de eficiencia y creatividad (Palermo, 2000). A esta cara beneficiosa del contacto, se pone otra desfavorable derivada del impacto biológico de las enfermedades traídas del viejo mundo sobre las poblaciones autóctonas. Desprovistas de anticuerpos naturales, la gripe, viruela y sarampión -entre muchas otras enfermedades- diezmaron las poblaciones nativas, debilitándolas en su capacidad de resistencia y ocasionando un dramático descenso de la población (Cook, 1992).

Arqueológicamente, los contextos pertenecientes a este período contienen elementos (en un grado minoritario) que acreditan desde la materialidad el contacto entre colonos y pueblos originarios; cuentas de vidrio, artefactos de hierro, loza o granos de procedencia europea pueden hallarse en contextos funerarios o domésticos en sitios de este período (Cano, 2011; Caria y Gómez Augier, 2017); a la inversa, cerámica de filiación nativa, artefactos líticos y menos frecuentemente entierros con modalidades prehispánicas, pueden encontrarse en poblados y ciudades españolas, como por ejemplo en el caso de la antigua ciudad de San Miguel de Tucumán en el sitio de Ibatín (Monti, 2016).

50 NOTAS

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De acuerdo a Olivera et al., (2004:233) los proxy dato registran parámetros del clima a diversas escalas temporales y espaciales; al ser el proxy dato espacio-dependiente existen por lo tanto proxy de micro, meso y macro escala (las que deben adecuarse para cada caso de estudio). Por otra parte, es importante tener presente que al ser el proxy dato tiempo-dependiente, resulta inadecuado comparar proxy datos que reflejen escalas temporales distintas (ver Capítulo 5, reconstrucción paleoambiental).

2Los aspectos mentales, pueden condicionar la relación con los elementos físicos del paisaje y la naturaleza y ser o no visibles a nivel del registro arqueológico. Las diferentes categorías ontológicas otorgadas a plantas, animales y “cosas” definen las relaciones entre éstos y los grupos e individuos; las conductas derivadas de estas relaciones ideacionales-mentales (y su reflejo parcial o ausente en la materialidad) repercuten en aspectos tales como la economía, la dieta, los patrones de movilidad y la actitud ante los fenómenos naturales -magia/religión y rituales asociados- (Wilde y Schamber, 2006; Descola, 2012; Viegas, 2016). De la misma manera la significación cultural atribuida a determinados espacios puede determinar las características de la relación entre los grupos y éstos. Así, elementos sugerentes del paisaje o el medio físico y biológico pueden encontrarse cargados de significados. Arqueológicamente esta relación se manifestará en aspectos que involucran (entre otros) la territorialidad, la ocupación efectiva, el tránsito o la evasión deliberada de espacios de dimensiones variables o de lugares puntuales. Tener presente esta posibilidad resulta importante para el análisis espacial y contextual, ya que en muchos casos puede influir en la distribución de sitios y rasgos arqueológicos a lo largo y ancho de un área de estudio (Criado Boado, 1999; Curtoni, 2007). Mitos de origen, creencias y mandatos de destino poseen igualmente correlato de comportamiento espacial - como por ejemplo la migración histórica del pueblo Guaraní en búsqueda de La Tierra sin Mal-. Trabajos futuros desde una perspectiva como la de la Arqueología del Paisaje, permitirán analizar esta problemática en particular e integrarla a los resultados aquí presentados.

3Esto sólo fue posible con el desarrollo de la moderna Climatología, que posee sus raíces como disciplina a partir del Renacimiento, con el renovado interés por la astronomía, la geografía y los viajes de exploración, y posteriormente durante los siglos XVIII-XIX con el desarrollo de las ciencias de la Biología, la Geología y la Geografía (Acot, 2005).

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Aunque actualmente se reconoce la necesidad de la creación de una Época que suceda al Holoceno, caracterizada por la actividad antrópica, aún hoy (2017) la misma no ha sido oficializada por la ICS (International Commission on Stratigraphy) en la tabla crono-estratigráfica Internacional; entre las dificultades encontradas para establecer un consenso al respecto se encuentra principalmente la discusión en torno al momento de su inicio. Algunos proponen como su punto de partida al establecimiento de la vida sedentaria y la domesticación de plantas y animales durante la prehistoria; otros en cambio señalan como momento de inicio a la revolución industrial o al advenimiento de la era nuclear a mediados del siglo XX (Zárate, 2017). La divergencia observada entre las curvas de temperatura y actividad solar a partir de la década de 1960 (las que se mostraban relativamente coincidentes desde el siglo XIX) apoyarían a los que ubican su punto de inicio probable alrededor de esta fecha (Lassen, K. y Friis-Christensen, 1995; Teijl y Lassen, 2000).

5Lo que resulta válido a partir de los postulados de Milankovich para el clima actual o los paleoclimas recientes (Cuaternarios), no lo es cuando retrocedemos en el tiempo algunos millones de años; resulta sumamente complejo conocer para esos momentos con exactitud los parámetros orbitales “(…) es difícil calcular la insolación, pues habría que conocer con exactitud los tres parámetros orbitales, pero el sistema solar no permite hacerlo porque es caótico, sobre todo en relación con la excentricidad. La situación es similar para la oblicuidad y la precesión, relacionadas con los movimientos de convección del manto o el reparto de masas en el globo. Existen también otros factores de variación del clima, como la cantidad de gases de efecto invernadero en la atmósfera o la superficie emergente y la posición

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de los continentes (…) Las variaciones de la insolación no rigen mecánica y directamente las variaciones del clima” (Acot, 2005: 204-205).

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La excentricidad puede variar de una órbita circular a una elíptica. Cuando es circular, la distribución del calor es homogénea durante todo el año; a medida que aumenta la elipticidad, en el perihelio (punto de menor distancia entre la Tierra y el sol) recibirá mayor radiación que en el afelio (punto de mayor distancia entre el sol y la Tierra). Un cambio total de un tipo de órbita a otro se produce cada 100.000 o cada 413.000 años (doble periodicidad). Oblicuidad de la Eclíptica: el ángulo de inclinación del eje de rotación de la Tierra, es el ángulo formado por el eje polar y la perpendicular al plano de la elíptica; el mismo puede variar cada 41.000 años entre 22º 01' y 24º 05'. La posición del eje define la ubicación de los trópicos y de los círculos polares. Cuanto más inclinado se encuentra se produce mayor contraste estacional. La Precesión de los Equinoccios es el fenómeno debido a la atracción gravitatoria del sol y la luna, que causa que la Tierra se tambalee sobre su eje de rotación, el cual va lentamente describiendo un cono, cuyo vértice se apoya sobre el plano de la eclíptica. Un ciclo completo de este movimiento tiene lugar cada 21.000 años. Este movimiento produce un desplazamiento de los equinoccios a lo largo del tiempo. Esto significa que la estación durante la cual la Tierra está más cerca del Sol (perihelio) varíe. En la actualidad, el invierno en el hemisferio norte ocurre en el perihelio, mientras que el verano ocurre