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APERTURA LA PRECARIZACIÓN NEOLIBERAL COMO FORMA DE GOBIERNO

Jhonatthan Maldonado Ramírez

APERTURA LA PRECARIZACIÓN NEOLIBERAL COMO FORMA DE GOBIERNO

La lógica neoliberal tiene buenos motivos para no querer nin- guna reducción, ningún fin de la desigualdad, porque juega

con esas diferencias y se apoya en ellas para gobernar. Tan solo intenta crear un equilibrio tolerable, tanto como puede soportar la sociedad, entre diferentes normalidades: entre la normalidad de la pobreza, de la precariedad y la normalidad de la riqueza.

Isabell Lorey, Estado de inseguridad. Gobernar la precariedad. El neoliberalismo define cierta norma de vida en las sociedades occidentales y en todas las sociedades que están forzadas a seguir el camino de la modernidad, el desarrollo y más ampliamente el pro- yecto civilizatorio de la colonialidad. Esta norma obliga a cada per- sona a vivir en un universo de competición generalizada, impone a l*s asalariad*s que entren en una lucha por el éxito individuante de un*s contra otr*s (meritocracia),2 fija las relaciones sociales al modelo

del mercado (capacidad de cálculo), empuja a justificar desigualdades cada vez mayores, transforma también al sujeto, que es llamado a concebirse y a conducirse como una empresa.

Desde hace más de treinta años, esta norma de existencia presi- de las políticas públicas, rige las relaciones económicas mundiales y remodela la subjetividad. Christian Laval y Pierre Dardot (2013) ex- plican que ya sea en su aspecto político (conquista del poder a través de dictaduras-represiones militares), en su aspecto económico (auge del capitalismo financiero mundializado), en su aspecto social (indi- vidualización de las relaciones sociales a expensas de las solidarida- des colectivas, con la polarización extrema entre ricos y pobres) o sea en su aspecto subjetivo (aparición de un nuevo sujeto y desarrollo de nuevas patologías psíquicas), el neoliberalismo es una racionalidad que se válida a escala global, pues lejos de limitarse a la esfera econó- mica tiende a “hacer mundo y formas de vida”: producir relaciones, comportamientos y subjetividades.

Verónica Gago lo describe como “una serie de tecnolo- gías, procedimientos y afectos que impulsan la iniciativa libre, la

2 Siguiendo la propuesta de Mauro Cabral, cuando sea inevitable generizar al su- jeto de la oración advierto el uso del asterisco (*) porque interrumpe la lectura, la vuelve incómoda y porque la generización de los cuerpos comienza también por la escritura; entiendo que para much*s es importante ubicar lo masculino y lo feme- nino de forma gramatical, sin embargo, utilizo un símbolo que permite no solo la suspensión del masculino genérico, sino también del binario heterosexual (las/los).

autoempresarialidad, la autogestión y, también, la responsabilidad so- bre sí. Se trata de una racionalidad, además, no puramente abstracta ni macropolítica, sino puesta en juego por las subjetividades y las tác- ticas de la vida cotidiana” (2014: 10). Entonces, el neoliberalismo se despliega modulando subjetividades y su racionalidad trata de anular la responsabilidad social coexistente, sustituyéndola por criterios más fríos que fomentan la responsiva moral de ser autosuficientes en un contexto que funciona sobre un modelo de privatización de derechos.

La situación es que si un* es incapaz de cumplir con la norma de autosuficiencia (principalmente económica) se convierte en potencial- mente descartable o desechable. Butler (2017) entiende que la forma-

ción del sujeto prescindible es efecto de la precarización, la cual hace

que la población se acostumbre a la inseguridad y a la desesperanza a medida que pasa el tiempo, a la vez que demanda un comportamiento propositivo y resiliente; la precarización ataca, forma y aísla la subje- tividad de la desigualdad estructural, redefiniendo una percepción op- timista hacia el mundo y la propia vida como requisito afectivo para preservar una imagen de salud, adaptación y normalidad al sujetarnos a una experiencia inestable y en recomposición continua.

—¡La precarización neoliberal no mata, nos hace más fuertes! — diría la marca registrada del pensamiento positivo.

Llegando a este punto, habría que describir la precarización como el proceso que agudiza la precaridad acostumbrando a una determinada población a ser desprovista, abandonada y sacrificada; la población con discapacidad aparece pegada a distintas escenas de precaridad que postulan la materialidad de ciertos cuerpos en térmi- nos de deficiencias e inadecuaciones, privilegiando el cuerpo íntegra-

mente productivo como modelo y requisito necesario para el progreso

de la sociedad, no solo en términos de meritocracia, sino también de somatocracia neoliberal.

Por consiguiente, se tropieza con un gran problema si admitimos que el desempleo, analfabetismo, esterilización, pobreza, inaccesibili- dad, aislamiento, encierro, enfermedad y patologización que padecen las personas con discapacidad se debe únicamente a las “malas actitu- des” de quienes no se encuentran en la misma situación, pues se crea la ilusión de que será suficiente con un cambio actitudinal afirmati- vo para lograr una transformación de sus condiciones materiales de existencia.

De esta manera, se debe reconsiderar a la integridad corporal obligatoria (McRuer, 2006; Moscoso, 2009) como un régimen biopo- lítico y neoliberal del orden, del autocontrol y de la compostura, de la eficacia y la eficiencia, de la regeneración, la funcionalidad y la rec- titud; un dispositivo de poder que conduce a un ideal del humano

viable, estándar y deseable, donde el proceso de distinción y jerarqui- zación entre capacidad / discapacidad da materialidad a sujetos que devienen de una construcción histórica, política, económica y cultural comprometida con la normalización de conductas, movimientos, ges- tos, estilizaciones, pensamientos y relacionamientos.

La integridad corporal obligatoria produce a la discapacidad en términos de falta, degeneración, deficiencia y tragedia, la vuelve foco de acusaciones, injurias y rehabilitaciones; creando la expectativa del

cuerpo íntegramente productivo –bello, sano, completo y funcional–

como la figura válida y el capital deseable, dentro de un conjunto de decisiones económicas y políticas interesadas en ostentar los criterios de autosuficiencia, competencia, rendimiento y optimización como horizontes de sentido de la cultura capacitista.

De esta manera, postulo que una crítica anticapacitista (crip-tica) requiere desmontar el horizonte de sentido históricamente designado con el que una determinada sociedad dispone para evaluar/tratar/nom- brar a la “discapacidad”, bajo una supuesta inferioridad de atributos físicos, mentales y emocionales que justifican su exclusión estructural –inclusive, su exterminio– en contextos sociopolíticos específicos.

En consecuencia, las concepciones culturales de la discapacidad se correlacionan de acuerdo con valoraciones jerárquicas que apri- sionan su representación en la organización de la desigualdad social; esto asigna significados (identidades, experiencias, valores, privile- gios, sitios) a los procesos de subjetivación neoliberal, en el marco de principios empresariales para planificar, desarrollar y evaluar las decisiones, utilizando el criterio de eficiencia como vara.

Por ejemplo, el pasado mayo de 2017 durante una reunión de trabajo con docentes de educación especial que se interesaron en dar clases a infantes y jóvenes con discapacidad intelectual, la titular de la Secretaría de Educación Pública y Cultura en Quintana Roo (México), Marisol Alamilla Betancourt, precisó:

Tenemos un millón y medio de habitantes, y tenemos una cantidad mínima con niños con necesidades especiales, entonces, esto es un parámetro que nos determina para saber cuántos maestros necesitamos. Lo que menos queremos nosotros en el Estado es tener niños con estas condiciones, no aportan nada, sino todo lo contrario, generan un gasto al cual no le veo beneficio, pero el sec- tor salud se encargará de eso, y cada día vamos a tener menos, vamos a tratar de que cada día se requieran menos maestros porque lo que más queremos es que no existan porque lo ideal es tener un niño bien con buenas condiciones cognitivas, eso es lo que estamos buscando. (Mayo de 2017).

La racionalidad neoliberal es una lógica que los sujetos incorporan para significar sus prácticas, así que Marisol Alamilla pone en marcha

un lenguaje cotidiano y tolerable en muchos sentidos, pues quizá sin ironía y sin comprometerse con “lo políticamente correcto” devela el proceso de representación de la discapacidad: “improductiva”, “dis- funcional”, “degenerativa”, algo a “corregir o exterminar”; a la vez que introduce a discreción la violencia del neoliberalismo (eficacia, cál- culo, uso racional, eficiencia) montada sobre un control fascista de la población.

De esta forma, la deficiencia tiene que ser problematizada en tanto lugar naturalizado de subordinación que gestiona el neolibe- ralismo para responsabilizar al sujeto de su propia “incompetencia”, por eso pareciera que las personas con discapacidad no son rentables, educables y empleables debido a sus cuerpos y no por la negligen- cia sistemática de una gubernamentalidad centrada en la eficiencia económica.

En el proyecto de aplicar un razonamiento probabilístico, cuando Marisol Alamilla considera: “lo que más queremos es que no existan porque lo ideal es tener un niño bien con buenas condiciones cogniti- vas” (mayo 2017), está sugiriendo la constitución de un sujeto capaz de ser eficiente según el principio de capacidad de cálculo y compe- tencia como vínculos sociales primigenios de una población óptima.

Dadas las características estoy de acuerdo con los planteamientos de Laval y Dardot (2013), Gago (2014) y Valverde (2015), al considerar que el neoliberalismo en tanto “arte de gobierno” es una racionali-

dad que no puede pensarse exclusivamente impulsada “desde arriba”

(organismos financieros internacionales, corporaciones y gobiernos), pues una de sus características es la administración de la “libertad” sobre las elecciones de sujetos-individuales que promueven la respon- sabilidad sobre sí.

Desde esta perspectiva, el neoliberalismo no se deja comprender si no se tiene en cuenta cómo ha captado, suscitado e interpretado las formas de vida, las artes de hacer, las tácticas de resistencia y los modos de habitar populares que lo han combatido, lo han transformado, lo han aprovechado y lo han sufrido… En este punto, neoliberalismo es una fase (y no un mero matiz) del capitalismo. Y “desde abajo” el neoliberalismo es la prolifera- ción de modos de vida que reorganizan las nociones de libertad, cálculo y obediencia, proyectando una nueva racionalidad y afectividad colectiva. (Gago, 2015: 10).

En este sentido, la constitución misma de la gubernamentalidad está contrapunteada con las maneras en que su racionalidad es apropiada, arruinada, relanzada y alterada por quienes, se supone, solo son las “víctimas”. Por ejemplo, las personas que con alguna amputación o deformidad trabajan sobre su propia apariencia para pedir limosnas

en los cruces de las avenidas, inclusive hay distintas escenas de “falsos minusválidos” que son evidenciados en sus estrategias de vendarse las piernas para “parecer” amputados y así pedir dinero en la calle.3

Dicho con otras palabras, la discapacidad está atravesada por una pedagogía moralizante que apela a la buena voluntad de la ciudada- nía, quien se sabe en “desventaja” tiene un conocimiento práctico de su contexto y sus condiciones corporales para trabajar la posición que socialmente le ha sido asignada; así, la negligencia neoliberal se abre al consumo de la desigualdad social, en la cual los sujetos precariza- dos autogestionan sus “deficiencias”, “minusvalías” y “limitaciones” como formas de sobrevivencia, dentro de narrativas culturales siem- pre dispuestas a beneficiarse con el sufrimiento de l*s demás.

JUNTO-A LA DISCAPACIDAD: UNA FORMA DE VIDA SIEMPRE

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