Jhonatthan Maldonado Ramírez
LAS ENSEÑANZAS
CARTA DE LA CARAVANA DE L*S DISCAPACITAD*S
Siempre supimos que éramos invisibles. Estábamos acostumbrad*s a que nuestras familias nos escondan y a que nuestros vecin*s nos desprecien. Nosotr*s mism*s creíamos que, por alguna razón desconocida, merecía- mos esa condena. Inclusive l*s que no nacim*s discapacitad*s, nos con- vertíamos en invisibles de la noche a la mañana. Así sobrevivimos, ocult*s hasta de nosotr*s mism*s.
Pero cuando un indígena, medio parecido a nosotr*s porque era medio invisible, se convirtió en presidente, nos miramos y creímos que íbamos a tener el derecho a ser mirad*s, el derecho a ser iguales. Desde entonces co- menzamos a luchar nuestra propia lucha. Porque eso sí sabíamos. Éramos
l*s últimos invisibles. Dependía de nosotr*s que nos miren. Dependía de nosotr*s ser iguales. Dependía de nosotr*s conquistar las mismas opor- tunidades. Nadie nos iba a regalar una mirada. Nadie nos iba a regalar el derecho a ser iguales. Dependía de nosotros.
Lo que no nos imaginamos ni en la peor de nuestras pesadillas, y conste que estamos acostumbrados a las pesadillas, es que el Gobierno no quiera mirar- nos, que el Gobierno se esconda de nosotros, que el Gobierno se encarcele en su poder.
Y lo que tampoco nos imaginamos ni en el mejor de nuestros sueños, es que la gente común nos mire, que l*s vecin*s nos ayuden, que l*s jóvenes nos quie- ran. Porque como nosotr*s creíamos que un gobierno que sabía lo que era ser invisible nos iba a comprender, esperábamos esa ayuda. Y como nosotr*s está- bamos acostumbrad*s hasta a que nuestra familia nos esconda, no pensamos que la gente iba a venir, nos venga a hablar, nos mire, nos quiera.
Estábamos equivocad*s. Nuestra lucha no era sobre todo por una renta del Gobierno, nuestra lucha es por el derecho a ser iguales. Ahora ya sabemos que el poder vuelve cieg*s y parapléjic*s y retardad*s; ya sabemos que el poder te convierte en discapacitad*. Ahora también sabemos que nuestra lucha transforma la discapacidad en una capacidad diferente. Hay tantas cosas que solo nosotros valoramos: no vemos colores y formas, pero mi- ramos la energía de la solidaridad; no nos movemos, pero apreciamos la fuerza de la vida; no entendemos, pero comprendemos la maravilla de una sonrisa. Porque esas son las virtudes elementales del ser humano. Amar, aprender, dialogar. Y nosotros que tenemos esas capacidades diferentes valoramos como nadie la importancia de esas virtudes.
Ahora sabemos que nuestra lucha ha conquistado algo mucho más im- portante que una renta. Claro que vamos a seguir demandando esa renta porque también necesitamos condiciones mínimas para vivir con digni- dad. Pero, sobre todo, vamos a seguir luchando porque hemos aprendido que nuestra lucha es una lucha de tod*s l*s bolivian*s. Tod*s l*s bolivian*s tenemos el derecho fundamental a contar con igualdad de oportunidades. No solo nosotr*s, no solo l*s indígenas, no solo l*s obreros, no solo las mujeres, no solo los homosexuales. Tod*s.
Por eso, la lucha es de tod*s. No solo de nosotr*s. Por eso ahora le decimos a toda la gente que nos ha apoyado, que nos ha mirado, que nos ha queri- do: vamos a honrar esa responsabilidad.
Ustedes han luchado antes. Ahora también cuentan con nosotr*s. Y uste- des saben que cuando nosotros prometemos que vamos a seguir luchando, esa promesa es sagrada y vamos a respetarla. Porque ahora que tenemos su solidaridad y su cariño, no vamos a perder eso que es lo más valioso. La renta para aliviar nuestras discapacidades es importante. La igualdad es mucho más importante. Pero su solidaridad y su cariño son impres- cindibles. Y para cultivarlos vamos a sembrar la semilla de los derechos fundamentales en todo el país. Por eso nos estamos llevando muchas teas pequeñitas. Cuando volvamos a fin de año vamos a reunirlas y prender una tea enorme, la tea de la igualdad, todos juntos. Y si no alcanza, no importa, vamos a seguir, vamos a volver. Hasta que la tea de la igualdad sea la tea de tod*s l*s bolivian*s. (Mariaca Iturri, 2017).
La socióloga boliviana Silvia Rivera Cusicanqui explica en su libro “Oprimidos pero no vencidos” (2010) que el ajuste estructural, que lle- vó a la intensificación de las condiciones de explotación del trabajo, al despido masivo de obreros (bajo el eufemismo de la “relocalización”) y a la apertura irrestricta del territorio boliviano a la rapiña de las cor- poraciones, fue recubierto así con una palabrería a medias aprendida, empedrada de buenas intenciones, en frases como “capitalización”, “desarrollo humano sostenible”, “ayuda humanitaria” y otras, que no han hecho sino ensanchar la brecha entre las palabras y los objetos que designan.
En este contexto, las vigilias y colgamientos de Cochabamba, la caravana y la protesta que se apoderó de las calles en La Paz, reflejan que la reunión es significativa más allá de lo que de ella se diga, y este modo de significación es una actuación conjunta de los cuerpos, una performatividad plural que no solo contempla exclusivamente a las personas con “discapacidad”, sino a una multiplicidad de sujetos que siguen viviendo el acontecimiento estremecedor de que el presupuesto educativo, sanitario, laboral, habitacional, no son más bienes públicos sino mercancías que se adquieren/reparten de manera desigual en el seno de la sociedad.
Tal como lo apunta Clara Valverde (2015), la necropolítica neo- liberal tiene la finalidad de dejar morir a la gente con las políticas de austeridad y exclusión, y es en esa lógica donde existe una tem- poralidad en la que las propias personas con discapacidad están exi- giendo que la discapacidad sea central en nuestra comprensión de la economía política y el desarrollo desigual; en algunos lugares, su de- manda de justicia está empezando a registrarse y resulta fundamental comprender que ese registro no niega la precariedad corporal, por el contrario, la potencia aparece cuando estos movimientos reconocen la vulnerabilidad, cuando se percibe lo que ata unas vida a otras, unos cuerpos a otros.
¿Es inútil sublevarse? Es un cuestionamiento que Michel Fou- cault (1979) evoca para indicar que cuando el sujeto dictamina “¡NO OBEDEZCO MÁS!” se encuentra articulando un acto de resistencia que expresa el deseo de preferir la muerte a la certeza de tener que obedecer. Esto implica un desplazamiento crítico de la existencia mis- ma, si bien el sujeto se constituye en la norma, nunca la encarna de manera mecánica, su relación con la norma no puede olvidar que la subjetivación se da siempre dentro de una estilización de sí.
Entonces, ¿cómo hacer de la precariedad corporal una fortale- za política que implique el ser vulnerable de todo sujeto?, ¿cómo la vulnerabilidad expresa la condición finita y dependiente del sujeto respecto a la dimensión pública del cuerpo, es decir, respecto a la
responsabilidad y el compromiso de estar atravesado por una mul- tiplicidad de otros/sujetos que sostienen o ponen en peligro mi vida?
Cuando las personas con discapacidad tornaron en grupo, asam- blea o en una colectividad organizada y se presentaron como “el pue- blo”, utilizaron el discurso en un sentido muy preciso, establecien- do sus propios presupuestos sobre quiénes están incluid*s en dicho concepto y, por lo tanto, aludiendo sin querer a una población que se mira ajena porque no cumple con la norma de la autosuficiencia/ independencia corporal que se le impone para conseguir un trabajo, una educación, un seguro médico, una vivienda, así, se convierte a la discapacidad en una experiencia específica de precaridad.
Frente al sentido individualizado de la angustia y el fracaso mo- ral que despierta la precariedad como afecto (Butler, 2015), considero que encontrar un lugar común para la reunión es fundamental para las alianzas políticas que reclaman la vulnerabilidad como práctica de resistencia que abre la posibilidad de corporeizar la insurrección.
La Caravana de las personas con discapacidad en Bolivia es ejem- plo de lisiamiento insurrecto que anida su potencia en la fuerza refe- rencial que confirma que el movimiento de mi cuerpo es la relación existente entre nosotr*s, un acto que no es mío ni tampoco tuyo, sino algo que, expresa Butler (2015), surge de la colaboración y el encuen- tro de las vidas que se ven amenazadas cuando la precaridad aumen- ta; estas expresiones suscitan distintas alianzas e insurrecciones que están profundamente ligadas a la asamblea pública.12
La asamblea, la ocupación de la calle y los colgamientos del puen- te fueron acciones donde las personas con discapacidad de Cocha- bamba ejercitaron un derecho plural y performativo de la aparición, un derecho que hace devenir al sujeto corporal en el campo políti- co que reclama una vida más vivible y a distancia de la precaridad impuesta.
Con todo lo anterior, no solo deseo que percibamos hasta qué grado la realidad llega a ser inaceptable, sino también que “la digna rabia” –concepto sugerido por el zapatismo– deja de contenerse, inte- riorizarse y se expande en acciones corporales de insubordinación y desobediencia.