La «lectio divina»
8. Aplicación de los sentidos
8.1. Introducción
El aplicar los sentidos viene a ser como un complemento y perfeccionamiento de los resultados pretendidos con la contemplación ignaciana. Este método supone que el orante ha practicado antes la contemplación ignaciana sobre el mismo misterio de la vida de Cristo al que va a aplicar los sentidos.
Ahora aplica a ese misterio concreto no solo el sentido de la vista y del oído interiores (ya lo hizo en la contemplación), sino también los del olfato, gusto y tacto. Pero conviene advertir que esta aplicación de los sentidos se hace en un modo diverso en cada uno de ellos. La vista y el oído se pueden calificar, como hace san Ignacio en sus
Ejercicios espirituales (n. 21), como «sentidos de la imaginación»; pero pienso que esa
calificación no excluía en la intención del santo lo que en su Diario espiritual llamará «sintiendo o viendo al mismo Espíritu Santo» (Diario, n.169), que puede implicar un ver más espiritual que la pura imaginación; o «locuela interna» (Diario, nn. 221ss), que implica algo superior al oír de la imaginación.
Quizás nos resulte todavía más comprensible que al hablar, en el tercer punto, de «oler y gustar con el olfato y con el gusto» (Ej., n. 124) no esté significando el olor y gusto de la imaginación, sino de los llamados en espiritualidad «sentidos espirituales»; pues no trata de que imaginemos olores de flores o perfumes atrayentes al olfato, ni de alimentos materiales más o menos gustosos a las papilas gustativas, sino de algo que supera las sensaciones materiales de los sentidos, como él mismo especifica: «la infinita suavidad y dulzura de la divinidad, del ánima y de su virtudes y de todo…» (Ej., n. 124). Al hablar de «infinita» no se refiere a nada material. Ni a la divinidad se puede aplicar el olor ni el gusto material de la imaginación, sino que se refiere a una suavidad de olor atrayente y de gusto agradable muy superiores a los sentidos, materiales y limitados, de la imaginación sensible. Se puede hablar de los «sentidos espirituales»[33].
Podríamos hacernos una idea más apropiada, si pensamos en los pasajes de la Sagrada Escritura en que san Pablo nos habla de que el cristiano es buen «olor de Cristo» (2 Cor 2,15), o cuando se dice de un santo que ha muerto en «olor de santidad»; o bien cuando el salmo nos exhorta: «Gustad y ved qué bueno es el Señor» (Sal 34,9), o nos habla de la dicha de quien se acoge a él (ibid.).
8.2. Desarrollo del ejercicio
Se comienza con los preámbulos ordinarios en los métodos anteriormente explicados para la contemplación: oración preparatoria, historia del misterio, composición de lugar y petición.
Los puntos a desarrollar pudieran decirse cinco, uno para la aplicación de cada sentido por analogía con los sentidos corporales. Pero san Ignacio indica cuatro, porque en el tercero incluye el olfato y el gusto.
El primero se asemeja al primero de la contemplación: ver las personas. La explicación particular, que hace aquí el santo, es que se mediten y contemplen «en particular las circunstancias», sacando provecho de la tal vista. Podemos pensar que el orante, después de haber visto ya varias veces esta misma escena en su contemplación o en sus repeticiones, está capacitado para gustar y contemplar con más profundidad el sentido de lo que contempla, o darse cuenta de algunas circunstancias que antes no había visto, descansar tranquilamente, y con nuevo provecho para su vida, en lo que ahora le manifieste el Señor.
El segundo, en el oír no se observan particulares diferencias; pero podemos hacer las mismas observaciones que hemos hecho anteriormente a propósito del pasar de nuevo por la misma escena evangélica.
En el tercero, para oler y gustar hemos indicado antes que se trata de aplicación analógica de los llamados «sentidos espirituales». El objeto al que se aplican el gusto y el olfato es: «la suavidad y dulzura de la divinidad, del alma y de sus virtudes y de todo». Por ello, algunos comentaristas insisten aquí en el nivel de las virtudes teologales (fe, esperanza y caridad) necesarias, aunque se apliquen también en los otros puntos de los otros sentidos y en toda la contemplación cristiana.
La novedad mayor aparece en el cuarto punto. La aplicación del tacto se refiere no a tocar las personas, sino a «abrazar y besar los lugares donde las tales personas pisan y se asientan». Se observa aquí más claramente que se trata del uso de la imaginación. Y al referirse a los lugares, se puede entender la veneración, reverencia, cariño, indirectamente referidos a las personas, quizás para evitar los engaños de los alumbrados, condenados por mezclar desviaciones carnales en lo que debe ser un ejercicio espiritual.
8.3. Observaciones
El fruto de este método está relacionado con la asimilación de los valores evangélicos en la vida del orante. Se pone a disposición de la gracia la actividad humana que influye en la elaboración de cualquier proyecto de futuro, la actividad de la imaginación. Nadie puede proyectarse en el futuro sin el ejercicio de su propia imaginación. En este caso actúa fecundada por la imagen de la vida de Cristo y el atractivo que ofrecen sus valores vividos por el orante, bajo la acción del Espíritu en el ejercicio de su contemplación, al aplicar los sentidos espirituales. La voluntad se siente fortificada por el bien contemplado y gustado como realizable en las circunstancias de su vida[34].
Por otra parte, hemos de considerar que el ejercicio de estos sentidos espirituales descubre al hombre unas posibilidades que no suele actuar de ordinario, privándose así de las ventajas espirituales extraordinarias que ello le ofrecería. El no usar estas posibilidades es dejar sin eficacia este don divino que Dios ha dado al hombre para su ejercicio en la vida espiritual, es privarse del gran provecho que tiene su actuación.
Dios quiere que utilicemos los dones que nos ha concedido y las facultades que nos ha dado, para obtener el fruto que con ellas podemos conseguir[35].