La «lectio divina»
18. Dificultades en la vida de oración
18.5. La sequedad y las distracciones
a) La aridez y sequedad, la falta de gusto en las cosas espirituales, la desolación, no siempre proceden de nuestras faltas o pecados. Si fuera así, el remedio sería la sinceridad ante Dios para humillarse y pedirle perdón, cambiar de ruta en nuestros deberes con Dios y con nuestro prójimo, sacar motivo para amarle más, servirle mejor y aumentar la confianza en la infinita misericordia divina. No se ha de dejar lo que es necesario, aunque no siempre sea sabroso.
Pero nuestro Señor puede conducir al alma, en algún tiempo, por el camino del desierto para santificarla más, pues ha de acostumbrarse a que en su oración ha de buscar no la consolación de Dios, sino a Dios que da la consolación cuando y como conviene para nuestra santificación. Hay que evitar que la oración se convierta en una búsqueda de nuestros propios gustos y piadoso descanso más que en la unión cada vez más perfecta con la voluntad de Dios por amor. El egoísmo no es el camino para progresar en las cosas espirituales, sino el salir de su propio amor, querer e interés (cf.
Ej., n. 189).
Por otra parte, necesitamos reconocer que la consolación y el ardor especial que Dios a veces nos comunica no son mérito nuestro, sino don gratuito de su infinita misericordia. Cuando la devoción es poca, cuando la ruta se hace estéril, la oración puede ser mucha, y conducirnos a mayor humildad, paciencia y perseverancia en el bien obrar (cf. Ej., nn. 322-324).
b) Las distracciones pueden venir al alma en la sequedad y falta de devoción. Pues no encontrando alimento en las consideraciones de su oración, vienen a ocupar su vacío las fantasías de sus preocupaciones normales. El alma ha de aprender todavía a mantener su contacto con Dios en silencio y esperanza, o en el recuerdo pausado de las oraciones vocales habituales de su infancia, o en ofrecer su unión voluntaria a la desolación de Cristo en su pasión, por la redención del género humano.
Algún autor muy versado en cuestiones de oración distinguía dos tipos de distracciones diferentes en la oración normal[97]. Las primeras son las que provienen simplemente de la volatilidad de la imaginación, que hace que el alma, sin haber separado su voluntad ni su entendimiento de la dirección hacia Dios, se encuentre a veces que su
memoria o su imaginación vuelan de un sitio a otro, de un tema a otro diverso, muy lejanos de su recogimiento; aunque no tienen fuerza para llevar detrás de ellas la voluntad, la importunan y desasosiegan. Ante este tipo de distracciones de la imaginación, el autor dice, sobre todo a los principiantes, que, sin darle importancia, sigan adelante con su oración; que menospreciando la distracción, reconduzcan suavemente su alma al tema de la meditación. Pero yo diría que se puede hacer de la distracción oración, hablando con el Señor, como de paso: «Mira adónde me lleva la fantasía, cuando tú eres el único que me importa y tendría que estar tratando contigo de…»; y así será una desilusión para el enemigo, que se esfuerza por apartar al orante de la oración, viendo que hasta las distracciones le llevan a la oración. Aconseja santa Teresa «que no se haga caso de ella como de un loco, sino dejarla con su tema. Hemos de sufrir con paciencia…»[98].
Otro tipo de distracciones es más preocupante y sí hay que afrontar sus causas, porque desvían el espíritu y el corazón; proceden de las aficiones desordenadas, excesivas, o de temores del orante. Yo pienso que, sean personas o sean cosas el objeto de esas aficiones o temores, hay que purificar el corazón en lo que tienen de exceso o desviación, para que desaparezca ese obstáculo, ese tipo de distracción. Entretanto, conviene recurrir a algún buen libro para retener allí su atención. Pero hay que remediar a fondo: abnegación, despego, afición contraria, apertura de conciencia al padre espiritual y al mismo Señor Jesús en nuestra oración para que nos sane.
18.6. Tentaciones
Hay quienes se quejan de que precisamente en la oración les vienen tentaciones de blasfemias o de sensaciones impuras. Quizás sea el obstáculo más penoso; pero también el menos peligroso para el verdadero orante. No hay que hacer caso ninguno de esas tentaciones; pues el pecado no está en el sentir, sino en el consentir. Lo que hay que hacer es menospreciarlas y no temerlas, porque el mismo temor no venga a suscitarlas[99]. Los casos individuales habrá que consultarlos con el confesor.
18.7. El sueño
El sueño procede unas veces por necesidad, y el remedio es que hay que dar al cuerpo el sueño que le corresponde, el suyo, para que él no nos impida lo nuestro: el trabajo o la oración.
Otras veces procede de enfermedad o debilidad inculpable. El hombre deberá hacer lo que buenamente pueda para no perder la oración. La necesitamos para nuestra vida y para la alegría en nuestra actividad. Lo que no debe la persona es dejarse llevar de la pereza o de la tentación. Puede examinar las causas para evitarlas, ver si la postura que sigue tendría que cambiarla (de rodillas, de pie, sentado, en cruz, o arrimado…) y pedirle luz al Señor para encontrar el modo mejor de hacer su oración[100].