La «lectio divina»
6. La meditación con las tres potencias
6.1. Introducción
El método conocido con el nombre de meditación ignaciana es el que san Ignacio indica sobre todo para la «primera semana» de sus Ejercicios. Pero no es el único, ni el más empleado en los ejercicios ignacianos. Abunda mucho más el llamado «contemplación» con sus acompañantes o derivados («repetición» y «aplicación de sentidos»).
El titulo «Meditación con las tres potencias» se debe a que en este modo de orar se pone el acento en el ejercicio de las tres facultades del alma: memoria, entendimiento y voluntad. Pero, en la realidad, se ejercitan también la imaginación, el afecto, la sensibilidad, la intuición (facultades naturales), y sobre todo la fe, esperanza y caridad (virtudes sobrenaturales).
Si lo examinamos de cerca, en él no se hace otra cosa que seguir el orden más normal del funcionamiento del ser humano para asimilar en su vida un determinado comportamiento. En nuestro caso, tratándose de asimilar la voluntad de Dios, quiere poner en actividad las facultades más apropiadas y en la mejor disponibilidad posible, para que, según el «principio» que debe guiar a la persona humana, el ejercitante alcance lo que pide en su oración preparatoria: «Que todas mis intenciones, acciones y operaciones sean puramente ordenadas en servicio y alabanza de su divina Majestad» (Ej., n. 46)[28].
6.2. La práctica
a) Preámbulos
El método aconseja que cuando uno se dirige a hacer oración lleve su mente ocupada por la imaginación y sentimientos apropiados al ejercicio que va a realizar. En el caso de ir a meditar sobre el pecado, fomentando en su ánimo el sentimiento y actitud interior de vergüenza, como quien se presenta ante su superior o su padre a quien ha ofendido o defraudado, después de haber recibido de él muchos dones y favores, o como un encarcelado digno de muerte que va a presentarse delante de su juez, u otros pensamientos parecidos.
Unos pasos antes de llegar al lugar de la oración, reconociéndose en la presencia de Dios, que lo mira y lo acoge, haga una reverencia o humillación, aun corporal. La
posición corporal que ha de tomar durante la oración será, según san Ignacio, la que
más le convenga para hallar lo que desea de Dios: postrado en tierra, tendido, de pie, sentado, o de rodillas, etc. Lo que importa es que se mantenga en la posición en la que encuentra bien su dedicación a la oración que practica, y que una vez que encuentre la luz, la moción, la gracia de Dios que desea, allí se repose sin preocupaciones ni ansias de pasar adelante.
Una vez hecha la oración preparatoria antes citada, se concentra en el tema de su meditación, aplicando su imaginación al lugar (corporal o representativo) correspondiente a ese tema: si es una escena (de la vida de Cristo, por ejemplo) será el lugar material en que se encuentra Él, según la narración evangélica; si se trata de un tema abstracto como la virtud, el pecado, la envidia, la humildad, será una escena imaginada, como por ejemplo dice el santo en la materia del pecado: imaginarse desterrado en un valle y rodeado de feroces animales. Esto es lo que llama «composición viendo el lugar» [29].
A continuación concentrará su afecto por medio de la petición de la gracia que desea y se dispone a recibir mediante la meditación que piensa hacer. Si el tema es de Cristo resucitado, será pedir gozo con Cristo gozoso; si es de pasión: dolor, lágrimas y pena con los sufrimientos de Cristo, etc.
b) El desarrollo de la meditación
Con esto se da por concentrada la persona (su imaginación y su afecto) en el tema de la meditación que va a hacer. Es ahora cuando comienza el ejercicio de las tres potencias llamadas memoria, entendimiento y voluntad. El orden normal de la actividad humana, pues sin recordar el tema no se puede razonar sobre él e intentar interpretarlo o aplicarlo. Y si el tema presenta diversas facetas, épocas o episodios, hay que distribuirlo en los llamados puntos (1.º, 2.º, 3.º…). Sobre cada punto se ejercitan nuestras potencias por el orden natural ya dicho.
Ese ejercicio va iluminado por la actuación de las virtudes teologales. La memoria recuerda el hecho o verdad revelados. La inteligencia se deja iluminar por la luz de la fe, que le ofrece sus implicaciones, significados, consecuencias prácticas para la propia vida, etc., en actitud de escucha, aceptación y disponibilidad a las inspiraciones y mociones que pueda ofrecerle el Espíritu Santo, que es quien puede revelar la verdad completa, y mover al alma para configurarla con la voluntad de Dios, que se manifiesta a cada uno en las palabras y vida de Cristo.
La voluntad, los afectos, la sensibilidad humana y espiritual se dejarán mover por el bien que la inteligencia iluminada por la fe les ofrece para desearlo y pedirlo. Se podrá sentir como las mociones del Espíritu inclinan a la persona humana, la mueven y configuran hacia su futuro. Es ahí donde gusta interiormente la belleza y bondad de la comunicación divina, donde el alma se va transformando y dejando guiar por el Espíritu en el camino de su propia santificación. Así se irán formando y desarrollando los diversos miembros de la Iglesia, con sus diversas posibilidades y misiones que realizar en el cuerpo de Cristo que es la Iglesia (cf. Ef 4,11-16).
Una vez recorridos los diversos puntos de la meditación, sin prisa y deteniéndose allí donde encuentra alguna comunicación divina especial, se termina el ejercicio con un
coloquio. En él aconseja san Ignacio que la persona trate con las Personas Divinas, con
la Virgen o con los santos, como un amigo habla con un amigo o «un siervo a su señor», pidiéndole las gracias deseadas, o culpándose y pidiéndole perdón por lo mal hecho, comunicando sus cosas y pidiendo consejo en ellas, expresándole sus deseos, y acabando con un Padre nuestro, si ha tratado con Dios; con un Alma de Cristo, si hablaba directamente a Cristo; o con el Ave María, si ha tratado con la Virgen (cf. Ej., nn. 54 y 199).
6.3. Observaciones
Si reflexionamos un poco sobre lo dicho a propósito de este método, tan denostado a veces por ignorancia, no hay en él nada de meramente filosófico, o solamente racional y humano. En él actúa toda la persona, según las exigencias normales de los actos plenamente humanos y los requisitos de los frutos de la actuación de la gracia, para alcanzar las gracias sobrenaturales que en la oración meditativa se desean[30]. No tiene por qué complicarse artificialmente, ni convertirse en una gimnasia meramente psicológica; lo que simplemente intenta es poner a disposición de la gracia los elementos normales que se requieren de todo el hombre para algo que se desea seriamente como don de Dios.