La «lectio divina»
7. La contemplación ignaciana
7.1. Introducción
Este método supone que quien lo practica ha ejercitado antes la meditación y ha purificado su alma y las facultades de su sensibilidad espiritual. El ojo de la intención, oscurecido y ciego por sus aficiones desordenadas, no está suficientemente dispuesto para captar y dejarse penetrar por la pureza de las intenciones y sensibilidad limpia de Cristo. El ojo puro del corazón es como luz para mirar y dejarse iluminar por la Luz que es el Verbo de Dios. Y el Verbo de Dios hecho hombre es quien nos descubre el camino de la verdadera vida.
La contemplación ignaciana se sitúa en la segunda semana de los Ejercicios
espirituales. Es erróneo querer penetrar en ella sin hacerla preceder del período
purificador de la primera semana.
En la contemplación ignaciana la materia sobre la que se ora son los «misterios» de la vida de Cristo: la Encarnación, la visita de María a Isabel, el nacimiento de Jesús, etc. Los Ejercicios llaman «misterios» a los hechos de la vida de Cristo; porque en realidad así son y en cuanto tales sirven para la contemplación que el orante se propone. Cada uno de ellos tiene un carácter salvífico como la vida entera del Salvador[31]. La voluntad del Padre sobre cada uno de nosotros se nos manifiesta en la vida de Cristo: el camino de la verdadera vida, con la luz y mociones que el Espíritu despierta en cada uno, según la vocación con que nos llama a seguirle en la Iglesia. En cada uno hay contenida una llamada a que el cristiano siga a Cristo, le imite en su época, reproduciendo así una imagen de Jesucristo en las circunstancias cambiantes de su vida, diversa como diversa es su vocación y ministerio propio en la Iglesia; pero siempre semejante a Jesús, modelo de todos los que le siguen en el camino de la santificación (cf. Rom 8,28-30).
7.2. El método
La estructura es semejante a la de la meditación: preámbulos, puntos de consideración y coloquio final. Los procedimientos del ejercicio son diferentes: se ponen en actividad las mismas facultades del hombre, con actuación preponderante de la intuición purificada, los sentidos espirituales, los afectos y la capacidad de dejarse impresionar, atraer y transformar interiormente por las acciones y actitudes internas observadas en los ejemplos de Jesús.
Algunos orantes se preocupan del uso de la imaginación en este método y en la llamada «aplicación de sentidos»; pues dicen que tienen poca capacidad de imaginar esas escenas. Pero, como veremos, se trata más del uso de las facultades espirituales: de la fe,
esperanza y caridad. La imaginación, con la que el hombre proyecta su futuro a la luz de
la fe, no es necesario usarla, sino con la agudeza mayor o menor que cada uno tenga. Lo importante es ponerla al servicio del Espíritu.
Después de la oración preparatoria, que es siempre la misma en todos los ejercicios de oración, se introduce aquí el recuerdo resumido, sintetizado, del pasaje de la vida de Cristo que se va a contemplar: esa es la historia.
Luego sigue la composición de lugar: el orante ve con la imaginación y se sitúa espiritualmente en el lugar en que se realiza la historia que contempla, «como si presente se hallase». Por ejemplo: el camino a Belén desde Nazaret, las casas de la aldea, el camino, la cueva, el campo de los pastores, etc. Luego concentra su afecto en la gracia que desea obtener en su contemplación: el conocimiento interno de Jesucristo, que por su amor ha querido ejecutar ese misterio que él va a contemplar para su santificación: que más le ame y mejor le siga. Esa es su petición.
7.3. Desarrollo
Aquí comienza prácticamente el ejercicio de las facultades contemplativas. Se llaman así porque son más pasivas que activas.
«Ver las personas del misterio».
Lo primero es ver, como si estuviese presente en la escena de la vida de Cristo, dirigiendo su mirada a las diversas personas que intervienen en aquel hecho, por ejemplo: a María, a José, a los pastores, a los ángeles, etc. Trata de dejarse imprimir sus actitudes, considerando la posición, los gestos, con el significado salvífico que puedan tener. Como quien contempla el cuadro que representa la escena, pero el santo aconseja que el orante se haga presente al hecho, como viviente entre vivientes. La trascendencia salvífica del hecho allí contemplado, tal como lo narra la Palabra de Dios, llega al orante a través de la acción del Espíritu Santo al que nos hacemos disponibles al orar.
No hay prisa en ninguno de estos pasos del ejercicio, sino que el orante ha de atender en su interior a lo que el Espíritu despierta o mueve en su alma a medida que va actuando el ejercicio. Y allí se detiene donde encuentra motivo de gustar interiormente y asimilar en su dinámica vital la gracia de luz o fuerza interior que está recibiendo, sin ansia de pasar adelante.
«Oír lo que hablan las personas», «Mirar, advertir y contemplar lo que hablan».
El significado de los gestos y actitudes de las personas del misterio nos lo ofrecen las palabras que pronuncian; por eso se propone como segundo punto oír lo que hablan las personas, advertirlo y contemplarlo en la escena que presenciamos, a la que podemos asistir activamente. Son palabras que el espíritu ha inspirado al autor sagrado para que sirvan a nuestra edificación como miembros del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia, por el ejercicio de la fe, esperanza y caridad.
Las palabras de cada escena evangélica se iluminan con las demás que la revelación nos ha transmitido en otros pasajes y con la enseñanza de la Iglesia; no pueden contradecirse entre sí, sino complementarse en la unidad de toda la Sagrada Escritura. Y por el Magisterio que ha recibido el carisma cierto de la verdad.
Sobre ellas habrá que reflexionar para sacar algún provecho. Como recuerda también la Dei Verbum (n. 8): la Tradición progresa en la Iglesia en la comprensión de las palabras transmitidas, también por la contemplación de los creyentes, que las han meditado y las meditan en su corazón.
«Mirar lo que hacen las personas». «Mirar y considerar lo que hacen».
Como tercer punto: mirar y considerar lo que hacen, pues las acciones concretan el sentido de las palabras y transmiten el ejemplo que el Espíritu Santo quiere imprimir en nuestra vida, para que sea una imagen de la de Jesucristo, en el servicio que a cada uno corresponde, según la vocación a la que es llamado. Por eso el mirar no es una simple mirada exterior, sino consideración también de los sentimientos y actitudes de los personajes sagrados que actúan en el misterio contemplado, de la intención que les mueve a dar el ejemplo que nos están dando, o la que tuvo el Espíritu al mover al escritor sagrado a comunicarnos lo que quiso que quedara escrito en el texto. Como recordaba san Pablo a Timoteo: «Toda la Escritura divinamente inspirada es útil para la enseñanza, para reprensión, para corrección, para educar a la justicia, para que el hombre de Dios llegue a la perfección, instruido para toda obra buena» (2 Tim 3,16-17).
La luz del Espíritu es la que ha de llevar al conocimiento interno de Cristo para amarlo más, al conocer los matices y profundidad de su amor; y en consecuencia poder y querer seguirlo e imitarlo mejor en el ejemplo del misterio que contemplamos.
La reflexión («reflectir para sacar algún provecho») dejará caer sobre la propia vida de la persona orante esa luz y gracia transformadora de cada misterio de Cristo que abordamos en la contemplación.
Lo que importa es que el orante dé su asentimiento a las gracias que recibe, las asimile, y aprenda el modo concreto, las actitudes internas con las que Jesús quiere que colabore con él a la realización de su Reino.
«Acabar con un coloquio».
Al final del ejercicio ignaciano de contemplación se hace de nuevo el coloquio, para pedir la gracia de dejarse guiar por el Espíritu a imitar el ejemplo de los hechos y actitudes contempladas en Cristo como voluntad de Dios sobre nuestra propia vida.
7.4. Observaciones
Puede parecer artificial que en un punto solo se vea, en otro se oiga y en otro se mire y considere. Pero nada impide que cuando uno está viendo las personas y oyendo lo que dicen en un determinado aspecto o momento de la escena narrada (por ejemplo, el anuncio del ángel a los pastores) considere también el sentido y ejemplo de lo que hacen; y luego pase a otro aspecto o momento siguiente (por ejemplo, la llegada de los pastores al encuentro con María y el Niño Jesús, san José, etc.) y se detenga allí a ver, oír, y observar o considerar…
Es lo que parece indicar el mismo san Ignacio al distribuir los puntos de cada uno de los misterios de su lista de «Los misterios de la vida de Cristo nuestro Señor» (Ej., nn. 261-312): «El primer punto es que el ángel san Gabriel, saludando a nuestra Señora, le significó… El segundo: confirma el ángel lo que dijo… El tercero, respondió al ángel nuestra Señora…» (Ej., n. 262).
La contemplación ignaciana puede ser un método muy a propósito para que el alma purificada pueda ir dejándose transformar por el Espíritu en la imagen de Cristo que ha de realizar en su vida. Y también el modo concreto de encontrar cada día la cooperación específica suya para hacer la voluntad de Dios en sus circunstancias personales[32].
Aunque en estas contemplaciones ha de irse con espíritu de humildad, sencillez y disponibilidad, esto no impide que el ejercicio concreto pueda presentar a veces a quien ora la dificultad de sus resistencias personales a cambiar el estilo de su vida, la necesidad de luz en su inteligencia, etc. Forman parte de la práctica de la oración: sentir la necesidad de esa lucha interior contra su egoísmo, de intensificar su humillación, su petición más insistente y perseverante de gracia, el provecho de la ayuda de su director o guía espiritual.
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