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40 Aprended de mí que soy humilde de corazón XIV DOMINGO DEL

TIEMPO ORDINARIO

ZACARÍAS 9, 9-10; Romanos 8, 9.11-13; Mateo 11,25-30 En el Evangelio de hoy escuchamos a Jesús que pronuncia estas palabras: «Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso». Jesús, por lo tanto, nos dice que le imitemos en su humildad. Debo confesar que a este propósito una vez estuve tentado de hacerle una objeción a Jesús. Me pregunté: pero ¿en qué ha estado

humilde Jesús? Recorriendo los Evangelios no encontramos nunca ni la más mínima admisión o reconocimiento de culpa en su boca ni cuando habla con los hombres ni cuando habla con el Padre. Él puede hasta decir dirigiéndose a sus adversarios: «¿Quién de

vosotros puede probar que soy pecador?» (Juan 8,46). Se proclama el Maestro y el Señor; dice ser más que Abrahán, que Moisés, que Jonás, que Salomón e incluso proclama que son dichosos los ojos, que le ven. ¿Dónde está, pues, la humildad de Jesús, para poder llegar a decir: «aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón»?. Aquí descubrimos una cosa importante sobre la humildad. Esta no consiste principalmente en ser pequeños y pobres, porque uno puede muy bien ser insignificante y al mismo tiempo arrogante. No consiste tanto en sentirse pequeños y sin valor, dado que esto puede nacer también de un complejo de inferioridad o de una mala imagen de sí mismo y llevar a la depresión y a la actitud de autolesionarse o infravalorarse, más que a la humildad. No consiste ni siquiera en el declararse pequeños, porque muchos expresan no valer nada sin creerse verdaderamente lo que dicen o hasta porque este modo de hablar (llamado en inglés understatement) forma parte de la propia cultura. (¡Si la humildad consistiese en esto, los ingleses y los japoneses serían los dos pueblos más humildes de la tierra!). Por lo tanto, la humildad no consiste principalmente en ser o en sentirse o en declararse pequeños. ¿En qué consiste entonces? En hacerse pequeños; y hacerse pequeños para amar, para servir y agrandar a los demás. Así ha sido la humildad de Jesús. Él, que tenía «la forma de Dios», se ha despojado de todo, se ha humillado tomando la forma de siervo para salvamos. Por ello, tiene perfectamente razón cuando nos dice: «Aprended mí que soy manso y humilde». En verdad, humilde es sólo Dios, porque, en la posición en la que está, Dios no puede encumbrarse por encima de sí (¡no hay nada por encima de él!). Sólo puede descender, abajarse. Y es esto lo que hace durante todo el tiempo: creando el mundo, se abaja; inspirando la Biblia, hace como un padre que se adapta a balbucear para enseñar al niño a hablar; en la encarnación desciende; en la eucaristía desciende. La historia de la salvación es la historia de los descendimientos y de las humillaciones de Dios. Esta idea le

fascinaba a san Francisco de Asís, quien solía exclamar: «¡Mirad, hermanos, la humildad de Dios!» y, vuelto hacia Dios, decía: «¡Tú eres la humildad!» Por eso, en el Cántico de las criaturas él hace del agua el símbolo de la humildad cuando dice: «Alabado, sí, mi Señor, por la hermana agua, la cual es muy útil y humilde y preciosa y casta». El agua es humilde porque, abandonada a sí misma, siempre desciende, hasta llegar a alcanzar el punto más bajo posible. ¡El agua escoge siempre para sí el último puesto! Lo contrario que el vapor o los humos, que tienden por el contrario siempre a subir a lo alto y por ello justamente están asociados al orgullo. Ha habido quien ha acusado al Evangelio de Jesús de haber

«voluntad de poder» (Nietzche). Pero los frutos de este cambio se han visto. La humildad no sólo no deprime al hombre sino que lo hace auténtico y verdadero. La humildad es la verdad. Es interesante notar una cosa: la palabra hombre (homo, en latín) está emparentada con la palabra humildad (en latín, humilitas), en efecto, todas las dos provienen del latín humus, esto es, suelo. El humilde es aquel que tiene los pies en la tierra, que está enraizado en el suelo, que no se deja trajinar por las opiniones o las modas, no se engrandece por las alabanzas. Como san Pablo continuamente se dice a sí mismo: «¿Qué tienes que no lo hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿a qué gloriarte cual si no lo hubieras recibido?» (1 Corintios 4,7). Hemos de reconocer de inmediato, sin embargo, que la humildad no nos es natural. Nos gusta, sí, pero en los demás; no, en nosotros mismos. Se dice que más del 75 % del cuerpo humano está constituido por agua; pero yo digo que más del 75 % del espíritu humano está constituido por orgullo y vanidad. Enloquecemos todos por

sobresalir. La psicología reconoce hoy asimismo el valor terapéutico de la humildad. El psicólogo C.G. Jung dice en un libro suyo que todos los pacientes de una cierta edad que se habían dirigido a él, sufrían de cualquier cosa que se podría definir como «ausencia de humildad» y no curaban hasta que no adquirían una actitud de respeto referente a una realidad mayor que ellos, esto es, un planteamiento de humildad. Entonces, ¿todos

debemos rebajamos, renunciar a hacemos valer, a aspirar a grandes cosas? No. Un día Jesús dijo a sus discípulos: «Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos» (Marcos 9,35) y, también a este propósito, adujo el ejemplo de sí mismo, añadiendo: «de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mateo 20,28). Dijo Jesús: «El que quiera ser el primero» (Mateo 20,27); por lo tanto, es lícito querer «ser de los primeros» y sobresalir en la vida. Lo que cambia con el Evangelio es sólo el camino para realizar esta aspiración legítima. Ésta no consiste en sobresalir sobre los demás, reduciéndolos a esclavos o admiradores, sino en sobresalir sobre los demás sirviéndoles, ayudándoles a crecer. En suma, como hace un buen padre, que no desea tanto sobresalir él sobre los propios hijos sino que sobresalgan los propios hijos y hacerles llegar a ser grandes, igualmente más grandes que él. Éste no es un camino en el que uno consigue ser vencedor sobre todos los demás perdedores, sino que engrandece o eleva a todos. A la competividad salvaje,

sustituye la solidaridad. Es la vía más digna asimismo desde el punto de vista humano. Humildad no significa, por lo tanto, hacerse poner bajo los pies de los demás, no reaccionar ante la injusticia. El verdadero humilde sabe igualmente luchar por la verdad, porque él mismo es libre. Verdaderamente, sólo los santos son los magnánimos y atrevidos. Más bien, ¡cuántos con la excusa de no hacerse poner bajo los pies de nadie, no se dan cuenta que ponen continuamente a los demás bajo sus pies!. Precisamente, en el Evangelio de hoy Jesús aclara el fruto más precioso de la humildad: ella hace posible oír la revelación divina, predispone a creer. Dice: «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente

sencilla». ¿El Evangelio por casualidad sería contrario a la sabiduría y a la inteligencia y preferiría a ellas la estupidez o ignorancia? No; aquí, pequeños no significa lo contrario que inteligentes sino lo contrario de soberbios. El Evangelio no condena la sabiduría sino el orgullo. Pero ¿no hacemos nosotros también así? Voluntariamente, ¿a quién nos acercamos y confiamos nuestros secretos: al altanero, a la persona repleta de sí o a la persona discreta, humilde, capaz de escuchar y de callar? El orgullo estropea incluso las cosas más bellas. Del mismo modo, la inteligencia y la belleza física sin la modestia pierden su fascinación y exponen a la persona más al ridículo que a la admiración. Si la humildad es tan preciosa,

debemos damos trabajo para llegar a ser un poco más humildes. Un pequeño medio, que nos hace crecer en la humildad, es saber aceptar cualquier observación de los demás sin deprimirnos de inmediato o, por el contrario, reaccionar partiendo enseguida al

contraataque, antes aún de haber considerado si la observación era o no justa. No se llega a ser humilde sin aceptar cualquier humillación. Nada sirve tanto para desmontar iras y enemistades cuanto un sincero acto de humildad. Manzoni lo ha ilustrado en la escena en la que el padre Cristóbal se acerca a pedir perdón a la familia de la persona a la que había matado en duelo antes de entrar en el convento. Todos los parientes están ostentosamente dispuestos para hacer más humillante el acto del fraile. Todos están firmes y preparados para tomarse la revancha. Ante la presencia del fraile, que con la mirada en tierra les pide perdón a todos, cada vez uno a uno aquellos rostros altaneros se abajan y se avergüenzan de la propia jactancia. Y, en una conmoción general, al final, todos se estrechan abrazándose en tomo al fraile y hacen fiesta al manifestarle signos de respeto. Así sucede, también, en las pequeñas cosas. Tender la mano el primero o hacer una sonrisa después de un pleito entre marido y mujer, pronunciar una palabra de excusa entre compañeros de trabajo y hasta entre adversarios políticos, todo esto serena la atmósfera, desmonta todo

resentimiento y lo hace todo más sencillo. El verdadero vencedor es quien se ha anticipado al otro con el acto de humildad, no quien se ha hecho anticipar. Para animarnos,

volvemos a solicitar al recuerdo o a la mente la palabra de Jesús, que promete paz y

tranquilidad a quien le sigue por la vía de la humildad: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso».

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