ORDINARIO
OSEAS 6,3-6; Romanos 4,18-25; Mateo 9,9-13. En el Evangelio de hoy hay algo conmovedor. Mateo no nos narra lo que Jesús le dijo o hizo un día a alguien, sino lo que le dijo e hizo personalmente por él. Es una página autobiográfica, la historia del encuentro con Cristo, que le cambió su vida. «Vio Jesús al pasar a un hombre llamado Mateo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: “Sígueme". Él se levantó y lo siguió». Caravaggio (¡también los artistas nos ayudan a entender algo sobre el Evangelio!) nos ha dejado una tela famosa sobre esta escena. El futuro apóstol está sentado en una mesa. Sobre ella, además de las monedas, hay una pluma y un tintero (¡le servirán un día para otro fin!). Una luz parte del rostro de Cristo, sigue el movimiento de su mano y cae, iluminándolos, sobre los rostros de Mateo y de los demás, que están sentados con él en la mesa de los impuestos. Es un modo sugestivo para decir que la llamada exterior está acompañada por una luz interior. Sin ésta, por lo demás, no se explicaría la prontitud con que Mateo «se levanta», lo deja todo y sigue a Cristo, sin necesidad de explicación alguna. El diálogo invisible entre Cristo y el futuro apóstol está todo confiado al gesto de las respectivas manos. La de Cristo, de pie, va en dirección a Mateo, sin embargo, en señal más de elección que de mandato (¡no hay ningún dedo índice dirigido hacia Mateo sino sólo una mano extendida!). A este gesto corresponde el de Mateo, que se lleva la mano al pecho, como quien se maravillase de la elección, y dice: «¿Yo? ¿Estás seguro de lo que quieres precisamente de mí?». El episodio, sin embargo, no aparece en los Evangelios por la importancia personal que revestía para Mateo; es tan cierto que también Marcos y Lucas lo refieren, llamando a Mateo con su segundo nombre de Leví (Marcos 2,14; Lucas 5,27). El interés es debido a lo que sigue tras el momento de la llamada. Mateo «le ofreció en su casa un gran banquete» (Lucas 5,29) para despedirse de sus ex colegas de trabajo, «publicanos y pecadores». Se produce una inconfundible reacción de los fariseos y la respuesta de Jesús: «No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa “misericordia quiero y no sacrificios”: que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores». Que esto sea, también para la liturgia, el centro o la culminación del fragmento lo demuestra el hecho de que eso está ya anticipado en la primera lectura, en donde encontramos el texto de Oseas, que Jesús cita en su respuesta: «Misericordia quiero, y no sacrificios; conocimiento de Dios, más que holocaustos». Nosotros estamos de tal manera acostumbrados a las palabras del Evangelio que las tomamos como por descontadas y naturales, igualmente cuando ellas objetivamente son «escandalosas» y debieran, al menos, suscitarnos interrogantes. ¿Dios preferiría más a los pecadores que a los justos? Entonces, ¿para qué la Ley y los mandamientos? Son precisamente las preguntas inquietantes, que nos conducen a descubrir a veces las respuestas salvadoras o liberadoras del Evangelio. La explicación de la frase de Cristo es sencilla. Jesús no ha venido a llamar a los justos (como si hubiera justos antes de él y sin él) sino que ha venido a hacer justos. Es una coincidencia providencial que en estos domingos estemos leyendo los capítulos de la carta a los Romanos en donde esta enseñanza de Cristo ha encontrado su plena formulación. La segunda lectura del Domingo pasado decía: «La justicia de Dios, atestiguada por la Ley y los profetas, se ha manifestado independientemente de la Ley. Por
la fe en Jesucristo viene la justicia de Dios a todos los que creen, sin distinción alguna. Pues todos pecaron y todos están privados de la gloria de Dios, y son justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención de Cristo Jesús, a quien Dios constituyó sacrificio de propiciación mediante la fe en su sangre» (Romanos 3,22-25). En la segunda lectura de hoy él afirma que Cristo «fue entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación», esto es, para que todos pasáramos de ser pecadores a justos. Jesús no niega que existía antes de él una cierta justicia, «en cuanto derivada de la justicia de la Ley» (Filipenses 3,6); reconoce gustoso en los fariseos tal justicia, que por ello la continúa a llamar, sin ironía, de «los justos». Sólo busca explicarles que ésta no basta para salvarse porque no puede dar la vida. Debía servir sólo para hacer «desear la gracia» y reconocerla en el momento de su venida. Habiendo fallado esta finalidad, se transforma en
pseudo-justicia, en justicia que condena más bien que salva. Fue el drama de los que se oponían a Cristo; de los dice el Apóstol tristemente que «desconociendo la justicia de Dios se empeñan en establecer la suya propia» (Romanos 10,3). Si la «justificación del pecador» es tan importante y vital, debemos buscar entender en qué consiste y cómo sucede. Acontece «por medio de la fe». Una persona escucha proclamar que Cristo ha muerto y resucitado por sus pecados y precisamente por los suyos; cree y le confía a él su vida y reconoce en él a su Salvador. Entre tanto, el Espíritu Santo «le convence de pecado en su interior»; aquella persona se arrepiente, comienza a ver su vida con otra luz y se siente como renacer, resucitar. Esto significa «morir con Cristo y resucitar con él»
(Romanos 6,8ss.). Una persona ha descrito cómo sobreviene este cambio en su vida. Se había acercado contra su voluntad a escuchar una lección, que por la tarde se tenía en Londres sobre la carta a los Romanos, cuando en un cierto punto (con la distancia del tiempo hasta recordaba la hora exacta) sucedió una cosa extraña dentro de él: «Hacia las nueve menos cuarto, mientras se leía la descripción del cambio, que Dios realiza en el corazón a través de la fe en Cristo, sentí extrañamente que mi corazón se inflamaba; sentí que volvía a poner en Cristo y sólo en él la confianza de mi salvación; y se me dio la seguridad que él había quitado o borrado mis pecados, precisamente los míos, y me había salvado de la ley del pecado y de la muerte». Vuelto a casa, en verdad, una cosa le hizo entender que su corazón había cambiado: le salía o le resultaba espontáneo poder perdonar a todos los que le habían hecho sufrir y, es más, rogaba por ellos y sentía amarles. Se trata de John Wesley, el fundador de la Iglesia Metodista. Pero ¿esto no es lo que, según la doctrina católica, nos ha ocurrido en el bautismo a nosotros? Y, entonces, ¿qué nos queda por hacer? Respondo: nada y todo. Nos falta renovar en la vida de adultos, libre y
conscientemente, lo que ya estaba implícito en el bautismo. Nos falta, por así decir, rubricar nuestra firma; pero en persona, no sólo con la boca de los padres o de los padrinos. Para que un contrato sea válido debe llevar la firma de ambos, los dos contrayentes; mientras que si falta una, el contrato no es operativo o eficaz. Nuestra alegría es saber que el otro contrayente, Cristo, jamás ha retirado su firma y si en cualquier momento de la vida nosotros decidimos añadirle la nuestra el contrato llegará a ser «operativo o eficaz». Con ello, la vida cristiana adquiere un nuevo vigor, una nueva luz, llegamos a ser criaturas nuevas. Todo esto lo vemos ya en la vida de Mateo. El encuentro con Cristo le hace de «publicano y pecador» en «justo» y haciéndole justo ha hecho de él una persona nueva, un apóstol de Cristo. Si hubiese permanecido siendo un cobrador de las tasas, Caravaggio (para señalar la más pequeña de sus glorias) no se habría interesado por él, el mundo no sabría ni siquiera que ha existido un tal Mateo, llamado también Leví. Nos falta aclarar un punto. A la luz de lo que hemos dicho, ¿qué significa la frase de Oseas, vuelta a tomar
por Cristo, «quiero misericordia, y no sacrificios»? ¿Quizás que hoy es inútil todo sacrificio y mortificación y que basta con amar para que todo esté en su puesto? No falta quien lo interpreta precisamente así y lo enseña a los demás. Con este paso se puede llegar a
rechazar todo aspecto ascético del cristianismo, como residuo de una mentalidad aflictiva o maniquea, hoy ya superada. De nuevo, una pregunta inquietante llega a ser ocasión para un descubrimiento iluminador. Ante todo, hay que notar un profundo cambio de perspectiva en el paso desde Oseas a Cristo. En Oseas, la frase se refiere al hombre, a aquello que Dios quiere de él. Dios quiere del hombre amor y conocimiento, no sacrificios exteriores y holocaustos de animales (Es el pensamiento desarrollado en el Salmo responsorial de hoy). En la boca de Jesús, la frase se refiere por el contrario a Dios. El amor, del que se habla, no es el que Dios exige al hombre sino el que él le da al hombre. «Misericordia quiero que no sacrificios» quiere decir: yo quiero usar de misericordia, no condenar. Su equivalente bíblico es la palabra, que se lee en Ezequiel: «¿Acaso me complazco yo en la muerte del malvado... y no más bien en que se convierta de su conducta y viva? (18,23). Dios no quiere «sacrificar» a su criatura sino salvarla. Con esta precisión, se entiende mejor asimismo la frase de Oseas. Dios no quiere el sacrificio «a toda costa» como si se deleitase al vemos sufrir; no quiere ni siquiera el sacrificio hecho para conseguir derechos y méritos ante él o por un malentendido sentido del deber. Quiere, sin embargo, el sacrificio que es pedido por su amor y por la observancia de los mandamientos. «No se vive en amor sin dolor», recordábamos que lo dice la Imitación de Cristo y la misma experiencia cotidiana lo confirma. No hay amor sin sacrificio. En este sentido, Pablo nos exhorta a hacer de nuestra vida entera «un sacrificio vivo, santo, agradable a Dios» (Romanos 12,1). Sacrificio y misericordia son todas las dos cosas buenas; pero pueden llegar a ser uno y otra cosas malas si están mal repartidas. Son cosas buenas, si (como ha hecho Cristo) se escoge el sacrificio para sí y la misericordia para los demás; llegan a ser ambas malas si se hace al contrario y se escoge la misericordia para sí y el sacrificio para los demás. Si se es indulgente consigo mismo y riguroso con los demás, esto es, siempre prontos a excusarnos a nosotros mismos y despiadados o crueles al juzgar a los demás. A este respecto, ¿no tenemos precisamente nada que volver a ver en nuestra conducta? No podemos concluir el comentario de la llamada de Mateo sin dedicarle un pensamiento afectuoso y reconocedor a este evangelista que nos acompaña con su Evangelio en el curso de todo este primer ciclo litúrgico. Lo hacemos con algunos versos dedicados a él por Paul Claudel: «Es Mateo, el
publicano, quien tuvo primeramente la idea, conociendo la fuerza de un escrito, de fijar en negro sobre el papel a Jesús, lo que exactamente había dicho y sus ojos habían contemplado. Por esto, volviendo a tomar el instrumento, que le servía en un tiempo para sus cálculos, consciente, sereno, imperturbable como un toro, comienza a arar su gran campo de papel blanco. Traza un surco, vuelve al comienzo, inicia otro, de tal manera, que nada sea omitido de lo que la memoria le ofrece y el santo Espíritu le dicta. No solamente para su tiempo sino para toda la Iglesia que aún
vendrá...» Caravaggio, que ha pintado la llamada o vocación de Mateo, ha dejado, asimismo, un cuadro de Mateo escribiendo su Evangelio (desgraciadamente destruido en la última guerra en Berlín). Está arrodillado sobre un taburete, la pluma en la mano y atento a escuchar al ángel (su símbolo), que le trasmite la inspiración divina. Gracias, san Mateo. Sin ti ¡cuánto más pobre sería nuestro conocimiento de Cristo!