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35 La casa sobre roca IX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

DEUTERONOMIO 11,1826-28; Romanos 3,21-25a. 28; Mateo 7,21-27 El tema de este Domingo es la palabra de Dios entendida, sin embargo, no como palabra sobre este o aquel tema particular sino en sí misma, como el hablar mismo de Dios. En cada lengua existe el diccionario, que explica el significado de las palabras, y existe la gramática, que enseña a cómo usarlas. Lo que nos viene explicado hoy es precisamente la «gramática», que es necesario aprender para entrar en diálogo con Dios. Ya en la primera lectura

escuchamos: «Meteos estas palabras mías en el corazón y en el alma, atadlas a la muñeca como un signo, ponedlas de señal en vuestra frente». Muchos al encontrarse con algún hermano hebreo, que volvía de la oración, se habrán maravillado de verle un estuche sobre su frente o en los filamentos, pendientes de sus brazos. Son un modo literal de poner en práctica estas recomendaciones de Moisés, como signo de amor y devoción a la palabra de Dios. Como siempre, la primera lectura nos prepara al Evangelio. Dos cosas caracterizan el paisaje de Palestina: las rocas y la arena. En tiempo de Jesús, todos sabían que es de necios construir la propia casa sobre arena en el fondo de los valles, más bien que en lo alto de la roca. En efecto, después de cada lluvia abundante se forma, casi de inmediato, un torrente, que se lleva por delante las pequeñas casas, que encuentra por el camino. Jesús se basa en esta observación, que quizás había hecho en persona, para construimos la parábola de hoy sobre las dos casas, que es como una parábola con dos fachadas. Por ello,

dice: «El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca». Con una simetría perfecta, variando sólo poquísimas palabras, Jesús presenta la misma escena en forma negativa: «El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se hundió

totalmente». Tenemos la suerte de poseer un comentario a esta parábola de Cristo en el mismo Nuevo Testamento; es un conocido fragmento de Santiago, también él dividido en dos cuadros, uno negativo y otro positivo: «Poned por obra la palabra y no os contentéis sólo con oírla, engañándoos a vosotros mismos. Porque si alguno se contenta con oír la palabra sin ponerla por obra, ése se parece al que contemplaba sus rasgos fisiológicos en un espejo: efectivamente, se contempló, se dio media vuelta y al punto se olvidó de cómo era. En cambio el que considera atentamente la Ley perfecta de la libertad y se mantiene firme, no como oyente olvidadizo sino como cumplidor de ella, ése, practicándola, será feliz» (Santiago 7,22-25). A las distintas suertes de las dos casas, embestidas por el agua, corresponde aquí la distinta actitud del hombre ante el espejo; pero el meollo de la enseñanza es la misma. De éstos y de otros textos análogos de la Escritura, podemos deducir las tres reglas «gramaticales», que en conjunto permiten recibir el lenguaje de Dios y sacar provecho de su hablarnos a nosotros; son: escuchar, reflexionar y practicar.

Practicar sin antes haber escuchado y reflexionado es imposible; escuchar y reflexionar sin ponerlo en práctica es inútil. Juntas estas tres operaciones nos trazan por delante un

itinerario completo de vida cristiana, que queremos ilustrar. Por lo tanto, como primer acto, escuchar. Este momento comprende todas las formas y los modos con que nos

ponemos en contacto con la palabra de Dios: escucha de la Palabra durante la liturgia, facilitado después del concilio con el uso de la lengua vulgar; cursos bíblicos;

contribuciones o artículos escritos; e, insustituible, la lectura personal de la Biblia. En esta primera fase es necesario evitar dos escollos. El primero es la árida filología, que transforma la lectura personal de la Biblia en una lectura impersonal. Esto sucede cuando la Biblia se reduce a un libro a estudiar con los métodos más avanzados de la crítica histórica y filológica, más bien que un libro, ante todo, al que acercarse con fe; a un texto a

«dominar» más bien que a ser dominados e interpelados por él. Esto ya no sería más un «contemplarse en el espejo», como recomendaba Santiago, sino un limitarse a «mirar o contemplar el espejo». Como si uno se pasase todo el tiempo examinando de qué materia está construido el marco del espejo o si hay pequeños puntos oscuros sobre su superficie, sin nunca «mirarse o contemplarse en el espejo». Debemos máxima gratitud a quienes gastan su vida estudiando la Biblia y penetrando más a fondo sobre su sentido. Cada vez que abrimos una Biblia recogemos el fruto de su trabajo a manos llenas. Sólo que no debemos pensar que con esto se ha agotado todo deber en relación con la palabra de Dios; al contrario, eso está apenas iniciado. El otro peligro, no menos grave, es el

fundamentalismo. Hay dos fundamentalismos, uno bueno y otro malo. El fundamentalismo es bueno si lo entendemos en el sentido de una constante vuelta a las cosas

«fundamentales» de la fe; es dañoso o malo cuando significa tomar, materialmente, la Escritura a la letra sin darse el mínimo pensamiento sobre el contexto, sobre los géneros literarios, en suma, sobre una sana hermenéutica. Esto es, ignorar al Espíritu para recaer en la letra. Y, asimismo, en este caso, «la letra mata» (2 Corintios 3,6). Mata la potencia del mensaje. El hombre de una cierta cultura y exigencia crítica no podrá más que rechazar un mensaje, que, bajo el pretexto de salvar la fe, contradice manifiestamente la razón y, a veces, hasta el buen sentido. Así, fácilmente la fe llega a ser irrelevante si no para cada uno al menos para la sociedad. Es verdad que Dios confunde a los sabios con la necedad; pero ¡no con «esta» necedad!. Vengamos, ahora, a la segunda operación o «regla gramatical», reflexionar. En el texto de Santiago está indicada como un «fijar la mirada» en la Palabra, un pararse largamente ante el espejo. En la parábola del sembrador, Jesús habla de la tierra buena, que acoge profundamente la semilla de la Palabra y le consiente poner raíces, en contraste con el camino o el asfalto en donde la simiente permanece en la superficie y los pájaros la picotean. Con esto, viene inculcada la misma exigencia de comprender y asimilar la palabra escuchada. La semilla, caída en tierra buena, es «el que escucha la palabra y la comprende» (Mateo 13,23). Los Padres antiguos a todo esto lo llamaban rumiar la Palabra, por analogía con lo que hacen ciertos animales, que, después de haber engullido la comida, vuelven de nuevo a masticarla durante horas, para extraerle todos los elementos nutritivos y digerirla mejor. Grandes ventajas se derivan de estar durante mucho tiempo ante el espejo de la palabra de Dios. La primera es que la persona aprende a conocerse a sí misma. Ve cuál es el plano de Dios y lo compara con la propia realidad; ve el ideal y mide su diferencia. Pongamos ejemplos concretos. Abrid el Evangelio de Mateo en el capítulo quinto con las Bienaventuranzas. He aquí que el espejo está abierto delante de ti. Comienza a leer: «Dichosos los pobres de espíritu». Inmediatamente, te surge la pregunta: ¿y yo soy pobre de espíritu?, ¿estoy distanciado de los bienes o soy esclavo de Mammon (el dios dinero) como todos los demás? «Dichosos los limpios de corazón»: ¿y yo soy puro de corazón?, ¿puro de labios, de ojos, de fantasía, de cuerpo? Abre la Escritura en el capítulo 13 de la primera carta a los Corintios. Otro espejo: «La caridad es paciente» (v. 4): ¿y yo? «La caridad no es envidiosa» (v. 4): ¿y yo? «Todo lo soporta» (v. 7): ¿y yo? Esto como se

ve no es un espejo normal, que se detiene en la superficie. Como dice san Pablo: «Viva es la palabra de Dios y eficaz, y más cortante que espada alguna de dos filos. Penetra hasta la división entre alma y espíritu, articulaciones y médulas; y discierne sentimientos y

pensamientos del corazón» (Hebreos 4,12). Es el mejor modo para hacer nuestros exámenes de conciencia, cuando queremos ir un poco más allá de los esquemas aprendidos de

memoria siendo niños. Pero en el espejo de la palabra de Dios no nos vemos, por suerte, sólo a nosotros mismos; vemos (y es lo más importante) el mismo rostro de Dios o mejor el corazón de Dios. La Escritura es «una carta de Dios omnipotente a su criatura; en ella por las palabras de Dios se aprende a conocer el corazón de Dios» (san Gregorio Magno, Epístolas IV, 31). De igual forma para Dios vale el dicho de Jesús: «Porque de lo que rebosa el corazón habla la boca» (Mateo 12, 34). Dios nos ha hablado en la Escritura de lo que está lleno su corazón y lo que llena su corazón es el amor hacia nosotros. «Todas las Escrituras han sido escritas para esto: para que el hombre entienda cuánto le ama Dios y, entendiéndolo, se inflame de amor hacia él» (Agustín, De catechizandis rudibus 1,8). Y vengamos, ahora, a la operación más importante de todas: poner en práctica la palabra. Bien sea en la parábola de Jesús como en el comentario de Santiago, el mayor contraste no está entre quien escucha y quien no escucha la palabra sino entre quien escucha y la pone en práctica y quien escucha y no la pone en práctica. Este principio está cargado de enormes consecuencias. Dice que también hoy el obstáculo mayor no está entre quien conoce el Evangelio y quien no lo conoce, entre los cristianos y los no cristianos, sino entre quienes conociéndolo no lo ponen en práctica y quienes conociéndolo o no conociéndolo lo ponen en práctica. Éste es el sentido de la advertencia con que se abre el Evangelio de hoy: «No todo el que me dice "Señor, Señor" entrará en el reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo». Esto no quiere decir que la cosa más importante para los cristianos sean las obras y no la fe o la gracia de Dios. Quiere decir que la fe misma no es auténtica sino que permanece acampada en el aire, si no se traduce en el esfuerzo por vivir lo que se cree. El verdadero contraste no está entre la fe y las obras (como somos inducidos a creer como consecuencia de las conocidas polémicas con el protestantismo) sino que está entre la fe viva y la fe muerta. En esto conserva su perenne validez el conocido reclamo del mismo apóstol Santiago (Santiago 2,14-18). La palabra de Dios, como se ve, puede constituir una vía completa en sí de santificación: nos guía a la contemplación de la verdad y al ejercicio de la caridad. Es una vía teórica y práctica. Los Padres justamente han hablado de las «dos mesas» en las que nos podemos nutrir en esta vida: la mesa del pan y la mesa de la Palabra. El mismo empeño que ponemos al recibir la Eucaristía deberíamos por ello ponerlo para recibir la Palabra. Si sentimos la necesidad de purificamos antes de ir a recibir la comunión, deberíamos sentir la misma necesidad antes de una cita o reunión importante con la palabra de Dios. Sobre esto, casi con las mismas palabras, insisten bien sea la carta de Santiago como la de Pedro: «Por eso, desechad toda inmundicia y abundancia de mal y recibid con docilidad la palabra sembrada en vosotros, que es capaz de salvar vuestras vidas» (Santiago 1,21; 1 Pedro 2,1-2). El mismo cuidado, que tenemos en la comunión de no dejar caer en tierra ningún fragmento del cuerpo de Cristo, deberíamos tenerlo para no dejar caer en el vacío ninguna palabra de Dios, que escuchamos. Cierro con un magnífico texto de Orígenes a este respecto: «Vosotros que estáis acostumbrados a tomar parte en los divinos misterios, cuando recibís el cuerpo del Señor lo conserváis con toda cautela y toda veneración, para que ni una pequeña partícula caiga a tierra y no se pierda nada del don consagrado. Es vuestra la convicción (y con razón) que sea una culpa dejar caer alguna parte por descuido. Si para conservar su cuerpo

sois (y justamente) tan cautos, ¿entendéis que sea una culpa menor descuidar su palabra? (Homilías sobre el Exodo XIII, 3).

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