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39 Quien no toma su cruz XIII DOMINGO DEL TIEMPO

ORDINARIO

2 REYES 4,8-11.14-16a; Romanos 6,3-4.8-11; Mateo 10,37-42 «En aquel tiempo dijo Jesús a sus apóstoles:... El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí». Éstas son algunas de las palabras que leemos en el Evangelio de este Domingo. La cruz es un

acontecimiento, que ha llegado a ser un símbolo. Desde cuando Jesús la ha tomado sobre sus hombros y ha muerto en ella, la cruz, en el lenguaje cristiano, ha llegado a ser el símbolo de todo sufrimiento y dolor humano. «Llevar la cruz» es sinónimo de padecer. En este sentido, la cruz es lo que nos pone en comunión o nos iguala con todos. Yo recuerdo algunos sencillos versos, escuchados siendo muchacho, y nunca después

olvidados: «Cuando nací me dijo una voz: tú has nacido para llevar tu cruz. Yo, llorando, abracé la cruz que por el cielo asignada me fue. Después miré, miré,

miré: acá abajo todos llevan la cruz». Sí; todos nosotros llevamos la cruz. Si, a veces, nos parece que sólo las cosas nos van torcidas a nosotros, mientras que todos los demás gozan o se complacen, es sólo porque conocemos nuestra cruz y no la de los demás. Somos nosotros como aquel enfermo, descrito por Manzoni, que se vuelve y se revuelve en la cama encontrándola incómoda, y en torno a sí, fuera, ve otros lechos bien arreglados y allanados, e imagina que se debe estar muy bien en ellos. Mas, si por fin consigue cambiarse a ellos, comienza a sentir asimismo en ellos bien aquí un hueco, bien allí una agramiza, que le pincha, o bien un nudo, que le oprime. Jesús no ha venido a la tierra para llevar la cruz. Él, más bien, nos ha traído a nosotros el modo...de llevarla. Le ha dado a la cruz un sentido y una esperanza; ha revelado dónde ella conduce, si es llevada junto con él: a la resurrección y a la alegría. Pero ¿cómo hacer comprender la palabra cruz a una sociedad como la nuestra, que a la cruz opone el placer a todos los niveles; que cree haber rescatado finalmente el placer, haberlo sustraído a la injusta sospecha y a la condena, que pesaban sobre él; que ensalza himnos al placer, como en el pasado se exaltaban himnos a la cruz? ¿Una cultura que del placer (edoné en griego) ha recibido hasta el apelativo de hedonista y de la que hasta, quien más quien menos, todos formamos parte, al menos de hecho, aunque la condenemos con las palabras? Muchas incomprensiones entre la Iglesia y la así llamada cultura laica residen aquí. Nosotros, al menos, podemos intentar concretar dónde reside el verdadero nudo del problema y descubrir que posiblemente hay un punto del que partir para un diálogo sereno entre fe y cultura sobre este tema. El punto común es la constatación de que en esta vida el placer y el dolor se siguen uno al otro con la misma regularidad con que al remontarse una ola en el mar le sigue una depresión y un vacío, que arrastra detrás al náufrago, que intenta alcanzar la orilla. El placer y el dolor están

contenidos de modo enmarañado el uno en el otro. El hombre busca desesperadamente separar a estos dos hermanos siameses, aislar el placer del dolor. A veces, se ilusiona de haberlo conseguido y en la borrachera del goce lo olvida todo y celebra su victoria. Pero por poco tiempo. El dolor está allí como una bebida embriagadora, que se transforma en veneno con el pasar del tiempo. No un dolor distinto, independiente o dependiente de otra causa, sino precisamente el dolor que proviene del placer. El mismo placer desordenado es el que se retuerce contra nosotros y se nos transforma en sufrimiento. Y esto o

engendra saciedad y aburrimiento. Es una lección, que nos llega de la crónica diaria, si la sabemos leer y que el hombre ha representado de mil modos en su arte y en su literatura. «Un no-sé-qué de amargo surge de lo íntimo mismo de todo placer y nos angustia en medio de los deleites», ha escrito el poeta pagano Lucrecio. El placer es engañoso hasta en sí mismo, porque promete lo que no puede dar. Antes de ser gustado, parece como ofrecerte el infinito y la eternidad; pero una vez pasado, te encuentras con nada entre las manos. Como una flor bellísima para verla en la planta, que, apenas cortada, se desvanece. La Iglesia dice tener una respuesta que dar a esto y es el verdadero drama de la existencia humana. La explicación es ésta. Desde el principio, ha habido una elección del hombre, hecha posible desde su libertad, que lo ha llevado a orientar exclusivamente la capacidad de alegría, de la que había sido dotado para que aspirase a gozar del Bien infinito, que es Dios, hacia las cosas visibles. Dios ha permitido que al placer, escogido contra la ley de Dios y simbolizado por Adán y Eva, que gustan del fruto prohibido, le siguiese el dolor y la muerte, más como un remedio que como un castigo. Y ello para que no sucediese, que siguiendo a bridas sueltas su egoísmo y su instinto el hombre se destruyese del todo y cada uno destruyese a su prójimo (¡hoy, con la droga y las consecuencias de ciertos desórdenes sexuales, vemos más claramente que en el pasado cómo sea posible destruir la propia vida por el placer de un instante!). Así, junto al placer vemos vincularse ya, como su sombra, el sufrimiento. Cristo, finalmente, ha destrozado esta cadena. Él «por el gozo que se le proponía, soportó la cruz sin miedo a la ignominia» (Hebreos 12,2). Hizo, en suma, lo contrario de lo que hizo Adán y hace todo hombre. Resucitando de la muerte, él ha

inaugurado un nuevo género de placer: que no precede al dolor, como su causa, sino que lo sigue como su fruto; el que encuentra en la cruz su fuente y la esperanza de no terminar ni siquiera con la muerte. Y no sólo el placer puramente espiritual sino todo placer honesto; también, el que el hombre y la mujer experimentan en su donación o entrega recíproca, en el engendrar la vida y ver crecer a los propios hijos o a los propios sobrinos; el placer del arte y de la creatividad, de la belleza, de la amistad, del trabajo felizmente llevado a

término. Todo alegría. Tras el placer, que sigue al sacrificio y lo que le precede o lo evita, existe la misma diferencia que entre una bonita vacación gozada tras la fatiga y después de haber pagado con anticipo el precio y una vacación vivida antes de haberla merecido con la sensación de que la cuenta toda está aún sin pagar. ¿Qué hacer por lo tanto? No se trata normalmente de ir en busca del sufrimiento sino aceptar con ánimo nuevo el que ya existe en nuestra vida. Nosotros podemos comportamos con la cruz como la vela con el viento. Si ella lo recoge por la parte justa, el viento la hincha y hace avanzar ligera a la barca sobre las olas; si, por el contrario, la vela se pone de través, contra la corriente, el viento rompe el árbol y lo echa todo a perder en el mar. Tomada bien, la cruz nos arrastra; tomada mal, nos deja para el arrastre. No debemos malgastar nuestro sufrimiento. El sufrimiento se desperdicia si hablamos de él a diestro y siniestro, sin necesidad o utilidad alguna,

lamentándonos constantemente de nuestros males con la primera persona que se nos pone a tiro. Esto no es llevar la cruz sino ponerla sobre los hombros de los demás. Deberíamos, más bien, custodiar o guardar celosamente cualquier pequeño sufrimiento como un secreto entre nosotros y Dios, para que no pierda su perfume por ello. Saber sufrir algo en silencio es una de las cosas que más contribuyen a mantener la paz y la armonía en una familia, en una pareja o en una comunidad religiosa. Decía un antiguo padre del desierto: «Por cuanto grandes sean tus penas, tu victoria sobre ellas está en el silencio». Pero debemos igualmente sacar de todo lo que hemos dicho una segunda conclusión. Y es ésta: como cristianos no debemos tener ningún miedo al placer cuando éste viene acompañado

del cumplimiento del deber. Hay personas, que tienen miedo al placer. Les parece a ellas cometer pecado por abandonarse a él con alegría. En ciertos casos, esto es fruto de una educación religiosa deformada, a la que tal vez nosotros, los sacerdotes, hemos contribuido en el pasado con nuestra moral y nuestra predicación. En la Escritura leemos estas palabras, que nunca han sido revocadas, aunque sí fueron escritas en el Antiguo

Testamento: «Anda, come con alegría tu pan y bebe de buen grado tu vino, que Dios está ya contento con tus obras... Vive la vida con la mujer que amas» (Qohelet 9,

7-9). Igualmente el placer es de Dios y Dios no está celoso de lo que él mismo ha creado «si se toma con acción de gracias» \'7bTimoteo 4, 4). Aprendamos, por lo tanto, a aceptar de igual forma las alegrías, que existan en nuestra vida, y a agradecérselas a Dios, sin estar lamentándonos todo el tiempo por las cruces. Frecuentemente, saber alegrarse y gozar de las cosas buenas es el mejor modo de dar satisfacción y alegría a los demás: al marido o a la mujer, a los hijos o a quien vive junto a nosotros.

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