I. ANTROPOLOGÍA CRISTIANA PARA LA EDUCACIÓN
2. LA PROPUESTA DE UNA ANTROPOLÓGIA INTEGRAL
2.1. Aproximación al ser humano como un hecho concreto
Como se ha podido trabajar y mencionar la aproximación al ser humano, como una realidad concreta y un hecho se ha dado desde múltiples, diversos e incluso contradictorios puntos de vista (Por ejemplo: desde la inteligencia, la voluntad, la experiencia interior, su vida psíquica, el obrar, la experiencia de la limitación, la autoayuda, la capacidad de desarrollo, un hombre como ser social, cultural, etc.) o desde realidades externas: el universo, la naturaleza, las ciencias naturales. Algunos han partido desde enfoques teocéntricos, donde, con un Dios a la cabeza se toma al ser humano y su realidad como un ser secundario o respuesta a ese Dios. Una especia de respuesta mecánica y desprovista de propia conciencia sobre su actuar, un actor secundario de su propia historia. Y otros se han planteado en el ser humano como único centro de la existencia y razón de ser de la tierra.
La antropología que se desea proponer debe partir del hecho humano con objetividad haciendo, necesariamente, un recorrido histórico sobre los distintos cambios que ha sufrido la humanidad. A lo largo de la historia se ha dado una suma de voluntades y cambios, pero no la naturaleza de quienes la componen, el hombre es el mismo ayer y hoy. Es a partir del ser humano como centro que se puede también derivar el análisis sobre las instituciones y mecanismos que ha creado o que ha recibido, como la creación y su propia naturaleza.
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La nueva antropología para la educación debe observar al ser humano como ese ―hecho‖ concreto, terminado, consumado. La naturaleza del hombre está ya terminada, un hecho es algo «maduro, constituido» (RAE, 2010) por ende el hombre está constituido, su esencia vital, su completitud está dada, el misterio está en revelarlo, el misterio del hombre debe revelarse. La educación debe proponer en este campo, en la educación se aproxima al hombre como hecho, constituido en muchos aspectos, valorado en algunos específicos, esa es también la crisis de la educación moderna, también allí el hombre está incompleto, también se ha carecido de una integralidad del ser humano, también se ha visto reducida la madurez humana a su capacidad intelectual.
Dentro de la educación, al llegar a una nueva antropología, no se puede partir de ideas preconcebidas, sino del hecho real y concreto: se formula la pregunta ¿quién soy yo? y se debe estar atento a los contenidos existenciales de la respuesta. Es la misma existencia del hombre la que le da validez a la antropología educativa, el hombre educado es una realidad y una situación concreta del ser humano, una realidad más que ayuda a profundizar en el misterio. Si todos los que se acercan a la educación, a la formación, se cuestionan por su propia identidad existe una conciencia de la ontología propia, o de la ontologí a ajena; los padres que llevan a sus hijos ven en ellos reflejada una naturaleza, o un algo, que los hace similares, más allá del vínculo fraterno familiar, si eso lo ve cada persona y en todas las personas, el otro existe y es. Cada persona concreta se experimenta y descubre siendo, se plantee o no la pregunta por su propia identidad, en la formación y el encuentro en la educación entre pares se puede desplegar de manera más clara la identidad propia de la naturaleza humana, es ella misma quién anhela la formación y el despliegue al poder responder con mejor capacidad a los deseos y dinámicas fundamentales de la existencia.
El ser humano maduro se sigue desarrollando, no ya en su esencia y naturaleza, sino en su propia aproximación a la realidad que lo acompaña, la cultura es molde del hombre, es tan humana como quien la crea, tan concreta, real, buena y verdadera como aquellos que la observan. Así el hombre puede o no ir haciendo eco de su propia naturaleza en cada una de las construcciones culturales en las cuales se encuentra, especialmente las formativas que acompañan día a día al hombre, dentro o fuera de un plantel educativo. Las tradiciones, el lenguaje, la lengua hablada y escrita, los pasados e historias que se encuentran en un diálogo permanente deben ser resaltados y tenidos en cuenta continuamente para poder completar la mirada sobre la naturaleza del hombre, todo aquello que sucede dentro del tiempo y espacios del hombre debe poder integrarse y complementarse, en la medida de las capacidades y posibilidades. En última instancia, la antropología educativa debe referirse al ser humano en todo su aspecto
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existencial, es en la existencia donde más se observa el ser, soy por ende existo, existo luego soy.
La inmersión en la realidad del presente debe ser siempre recalcada, una antropología de la existencia no puede prescindir del mundo concreto, como ya se ha dicho, así mismo no puede procurarse, dentro de la educación, un hombre ajeno a su propio tiempo ni limitado por una sola visión. No se puede llevar al hombre a falsas antinomias o a una libertad incomprendida donde prima la indiferencia antes que la tolerancia. Estas consecuencias las trae una visión centrada en aspectos únicos y concretos de la realidad humana, que pueden limitarse a una experiencia sensible o ideas importadas de otras realidades que no se ajustan con la educación; cualquiera de estas otras opciones hace tender la experiencia educativa a una realidad que es ajena a la problemática que enfrenta el ser humano en su existencia presente y por ende convierte la educación en un problema.
Para la educación y la antropología que la debe sustentar se debe hablar de un hombre integral además «se trata por tanto del hombre en toda su verdad, en su plena dimensión. No se trata del hombre ―abstracto‖ sino real, del hombre ―concreto‖, ―histórico‖…El objeto de esta premura es el hombre en su única e irrepetible realidad humana, en la que permanece intacta la imagen y semejanza con Dios mismo» (Juan Pablo II, Carta Encíclica Redemptor Hominis, 1999, p. 44). Así urgirá en el mundo una misión concreta de respetar la dignidad del hombre por su existencia misma, un hombre superior y entendido como tal del cual se pueda tener una mirada reverente y completa de sí. Una mirada del ser humano integral es una mirada completa de su realidad, que sea consciente del misterio de su existencia así como una aproximación a los diferentes componentes de la naturaleza humana. Es una perspectiva que entienda al ser humano como unidad y como un solo ser, no fragmentado ni por partes sino con una conciencia del propio universo que es cada hombre.
La educación debe preguntarse por el hombre porque es del hombre y al servicio de él, si la filosofía educativa carece de una concepción de hombre, no puede tampoco ofrecerla a quienes busquen en ella una definición o una luz que ilumine el camino. La tarea es interesante y a la vez exigente, el desafío es un cambio de paradigmas que permita remover las comodidades aparentes que los sistemas de mercado, clientes, oferta y demanda hayan logrado proponer y que la visión meramente psicológica ha podido promover. En la educación, se debe hacer propio el llamado de Krapiec al respecto de la filosofía antropológica «…debemos señalar primero el hecho que se nos ha asignado para su explicación, y después esbozar la manera en que se dará la explicación de los datos. El hecho dado para
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ser explicado es el hombre mismo, entendido a partir de sus propiedades ónticas y esenciales. La primera preocupación, entonces, es la determinación filosófica del así llamado ―hecho humano‖. » (Krapiec, 1990, p. 27) La primera preocupación de la educación es la definición explícita del ser humano, como ser educando, es la definición de un hombre educado al que se desea llegar partiendo de su madurez como creatura, es poder proponer nuevas antropologías que integren más realidades del misterio humano.
Es así como «una antropología correcta será aquella que partiendo desde el hecho humano fundamental conduzca a la comprensión cualitativamente singular del hombre, en toda su proyección teleológica trascendente» (Salazar S., 1992, p. 6). Solamente una comprensión recta del ser humano, permitirá formar y proponer a este un horizonte que responda a sus dinamismos fundamentales, una educación por y para la libertad, más allá que formación de ciudadanos, es una educación que se permita formar seres humanos, que respondan a su ser interior en el exterior.