I. ANTROPOLOGÍA CRISTIANA PARA LA EDUCACIÓN
3. EL HOMBRE EDUCADO COMO SER HUMANO INTEGRAL
3.2 El ser humano respondiendo a su ser
3.2.2. Dinamismo de Permanencia
Este dinamismo es aquel que lleva al ser humano a asegurar la permanencia en el ser y en la propia identidad. Tiene que existir una experiencia concreta y profund a de la realidad humana, de su existencia presente, de su momento actual. El hombre quiere permanecer siendo hombre, no busca y no puede desligarse de esa realidad. En el dinamismo de permanencia el ser humano espera ser siempre y eternamente. Existe un deseo de aferrarse a esa realidad, de seguir siendo y permanecer existiendo, de ahí la duda y, en algunos casos el miedo, a la muerte como un fin de la existencia. Esto es concreto y real en la fuerza personal que surge del interior de la persona humana, así como las acciones que derivan de esta búsqueda, la acción resultante y la fuerza de la cual se deriva es lo que lleva a nombrar este impulso de permanecer un dinamismo. «Así pues, desde la experiencia de la permanencia, desde el contacto profundo con ese dinamismo, descubrimos que el ser humano es un ser abierto, en una perspectiva de encuentro, que como dirían algunos aspira a ―ser más‖.» (Figari, Nostalgia de infinito, 2002, pp. 14-15)
Dios, quién Es permanece siendo eternamente, su huella es la invitación constante al ser humano a mantenerse, desde la raíz más profunda y sembrada de su propio ser a que se encuentre de manera auténtica con este dinamismo. Cuando la realidad es percibida por el hombre educado es posible que este se experimente dentro de los dinamismos. El reto más concreto es poder poner de primero, dentro de la unidad del ser, el componente espiritual y escuchar así, de este, la voz que mueve por dentro. Antes de esto es casi imposible que el ser escuche, en una sociedad cada vez más ruidosa y con una tendencia a la
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superficialidad y la velocidad, ¿Cómo contemplar en lo más profundo, con el silencio y reverencia necesaria? El ser humano, llega a ser plenamente humano, no se convierte en una construcción sino un avance permanente hacia el interior que se va reflejando en el interior. El hombre educado, se encuentra en permanente formación de su ser integral, sea o no consciente de su integralidad, se forma o deforma en sus tres componentes, en proporciones distintas y con secuelas múltiples; pero lo hace de manera permanente a lo largo de su vida, la formación integral es a su vez continua. La persona se hace en los actos de ser humano, es persona en formación, no en construcción.
Es fundamental entender que el dinamismo de permanencia pide permanecer en quién se es y por ende debe existir una imagen previa a proteger, a mantener para siempre. El ser no se construye, así como su conocimiento, su identidad, sus ideas, tampoco lo hacen, el ser se encuentra consigo y permanece, desarrolla, responde a un dinamismo profundo y real que le habla así de la verdad sobre su existencia. Es una conservación permanente de sí, una conservación del propio amor, es asumir la ontología de la persona y así el hombre educado es aquel que ha logrado ser fiel a su propia identidad, es aquel que asume la identidad que su naturaleza le reclama y no aquel que construye con un parámetro individual y personal, no se construye sobre la arena y la subjetividad del gusto y disgusto, el ser humano es en su ser en la medida que avanza y logra encontrar, contemplar, reconciliar y actuar dinámicamente frente a la propia misión y los dinamismos fundamentales que la sustentan. La formación trascendente del ser humano se forja en un combate permanente por la autenticidad desestimando así la comodidad y ―permanencia‖ aparente que ofrece la aceptación de cualquier idea por el simple hecho de su origen humano. Lo que revela lo verdaderamente humano reposa en lo hondo del corazón y se encuentra interpelado por la figura real y humana del Señor Jesús como parámetro de hombre educado, el hombre que se sabe formado y responde a su ser, permaneciendo. «Así, pues, ser en el sentido en que hablamos va más allá de la mera experiencia de existir, para ahondar en la realidad de la mismidad y sus características aceptando la invitación divina –y la gracia que lo permite– de responder a los dinamismos fundamentales y al horizonte al que apunta». (Figari, Trinidad y Creación, 1992, p. 27)
El dinamismo fundamental de la permanencia se encuentra con una función y meta única, la persona. Ahí se sustenta la importancia de ser auténticamente de alcanzar siempre un Plan de Amor que trasciende del ser, la dirección que debe tomarse es clara, la marca el corazón, se oye el compás en el interior. La formación del hombre se encuentra sustentada en al forja de su ser con un combate permanente, contra su naturaleza y ser para responder a sus caprichos o
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contra los caprichos para permanecer en su autenticidad y deseos permanentes del espíritu.
La permanencia se puede evidenciar en la búsqueda de seguridad, la experiencia de ser amado y de tal forma entender las dos dimensiones que soportan esta idea lo sobre natural y lo natural. La primera, sobre natural, donde ser humano es ser hijo de Dios y por ende entender que «Cada uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario». (Benedicto XVI, 2005). La segunda idea, la natural, donde existe una necesidad de ser queridos, a nadie le gusta no ser querido, las relaciones afectivas que buscan realizarse con los otros, las cuales debe ser sobrias y maduras que respondan necesariamente a quién es el ser. Es en el amor donde se sustenta la seguridad.