El ser humano posee la capacidad y la necesidad5 de cuestionarse por todo aquello cuanto le rodea, de formular preguntas y proponer respuestas coherentes que le permitan ordenar y explicar el cúmulo de acontecimientos, de fenómenos y de procesos que acontecen a su alrededor. Este continuum de preguntas y respuestas conduce al hombre a conocer y a generar conocimiento, es decir, a indagar a partir de las facultades intelectuales sobre las cualidades y relaciones de las cosas6. Si entendido activamente, el conocimiento deviene en flujo, en proceso de adquisición de saber y pone el acento en la forma de producirlo, en el cómo, en el método que ha de emplearse para conocer lo que interesa al hombre; entendido pasivamente, el conocimiento es un stock, un caudal de saber almacenado, acumulado y aceptado como conocimiento válido7. El conocimiento como flujo es esencialmente característico de la sociedad occidental, una sociedad siempre ocupada, desde antaño, en la producción sistemática de nuevos conocimientos, pese a que, del mismo modo que los alumbra, también sistemáticamente los pone a prueba.
Es común situar el comienzo de la historia del conocimiento en el mundo griego. Desde finales del siglo XVII a.C. se produce el paso de las explicaciones míticas acerca de la realidad social a explicaciones edificadas en la razón; el paso, pues, del mito al logos en el abordaje explicativo del mundo8. La pregunta que subyace a este paso y a la que se intenta ofrecer una contestación es básicamente ésta: ¿cómo puede surgir un mundo ordenado (cosmos) de un caos originario? El uso de la razón pretendía liberar al conocimiento de lastres esotéricos, religiosos o rituales haciendo de ella la herramienta fundamental en el conocer del ser humano. A rebufo de esta estela se encuentran Platón (428-347 a.C) y Aristóteles (384-322 a. C.). El principal propósito platónico es saber qué es lo real para a partir de ahí poder fundar un conocimiento verdadero, por lo que
5 Esta necesidad es recalcada en el Cap. I de Lamo de Espinosa, L., et al, op. cit., 1994, 17-46.
6 Esta definición es una elaboración a medio camino entre la que propone la voz 'conocimiento' del
Diccionario de la Academia y la voz 'conocimiento' en Lamo de Espinosa, E., Giner, S. y Torres, C.
(Eds.), Diccionario de Sociología, Madrid, Alianza, 1998, pág. 143.
7 La distinción entre conocimiento como flujo y conocimiento como stock se encuentra en el Cap. 3 de
Lamo de Espinosa, E. et al., op. cit., 1994, 69-82.
efectúa una distinción entre un mundo de las esencias eternas e inmutables (mundo de las ideas) y el mundo que habita el hombre (mundo sensible), copia imperfecta y perecedera del mundo de las ideas. Y el conocimiento, para Platón, es recuerdo por parte del alma humana de su estancia en el mundo de las ideas, es reminiscencia; estrictamente, el aprendizaje y el conocimiento del mundo devienen pues en recuerdo. Junto a esta concepción hay que destacar que para este pensador el auténtico conocimiento es aquel que se nutre del mundo de las ideas, mientras que el conocimiento del mundo sensible es tan solo opinión o creencia. Esta distinción platónica es fundamental puesto que sienta una de las bases principales de lo que posteriormente será considerado el conocimiento por excelencia, el científico, en contraposición al conocimiento ordinario, opinativo o de sentido común9. Tras Platón, nos encontramos a Aristóteles (384 a.C-322 a.C), autor que, en contraposición a su maestro, enfatiza la validez del conocimiento proveniente de los sentidos, hasta ese momento desechados como fuente de conocimiento verdadero; de los sentidos, parte así el conocimiento del ser humano10. En el recorrido por el mundo griego el conocimiento resulta reforzado en tres aspectos: en primer lugar, la razón como elemento crucial en el conocer y en el abordaje de la realidad; en segundo lugar, establecer la diferenciación entre lo que es o no real así como la entidad de la propia realidad; y en tercer lugar, establecer la consideración de los sentidos como punto de origen válido de un conocimiento apropiado.
Si fructífero es el periplo del conocimiento por el mundo griego, peores resultados arroja su marcha por el largo y complicado medievo, época que combina desigualmente luces y sombras en el campo del saber. El Renacimiento es la luz al final del largo túnel medieval. Hallamos aquí el momento fundacional de la ciencia moderna creándose las condiciones de posibilidad para identificar ésta con el conocimiento y la verdad objetiva11. Comienza a pergeñarse un método científico que prescribe cómo debe conocerse la naturaleza a través de la observación y la experimentación sistemática. La aparición de un método depurado y correctamente conformado incrementará la velocidad del flujo de conocimientos y hará crecer aquellos fondos de
9 Véase Platón, Menón, Madrid, Instituto de Estudios Políticos, 1970. Una introducción al pensamiento
platónico podemos hallarla en Chatelet, F., El pensamiento de Platón, Barcelona, Labor, 1973.
10 Véase Aristóteles, Metafísica, Madrid, Gredos, 1970. Son de utilidad para acceder a Aristóteles Jaeger,
W., Paideia, México, FCE, 1982 y Rodríguez Adrados, F., Ilustración y política en la Grecia clásica, Madrid, Revista de Occidente, 1966.
saber que se encuentran en "stock". El ser humano aprende así a descubrir cómo descubrir, cómo conocer, cómo saber acerca de la naturaleza, del mundo y de la realidad, de tal forma que lo característico de esta revolución científica "no es que los hombres sabían más, sino que, sobre todo, sabían que podían saber más, aprendieron a aprender y, por vez primera, el conocimiento, que hasta entonces había sido una producción en gran medida inconsciente, pasó a ser una actividad conscientemente buscada, deseada y querida12". El siglo XVII y el comienzo del siglo XVIII se consagran pues como momentos ávidos de saber y contemplan la ubicación del tema del conocimiento como cuestión previa a cualquier otro análisis de la realidad. Dos corrientes filosóficas prácticamente simultáneas - el empirismo y el racionalismo - hacen del conocimiento el motivo de sus desvelos. El empirismo y el racionalismo, independientemente de sus especificidades, asumen como vía de conocimiento la trazada por la ciencia moderna y por el método que ésta propugna, así como conceden al hombre un puesto relevante hasta ahora no bien especificado como sujeto de conocimiento. El racionalismo parte de la consideración de las ideas fundamentales como ideas innatas, que a la postre, son quienes posibilitan el conocer para el ser humano, mientras que el empirismo rechaza tal innatismo y habla de la experiencia y de los datos de los sentidos como fuentes primordiales del conocimiento.
El empirismo surge con Francis Bacon (1561-1626) y su Novum Organum (1620), el artífice de la primera elaboración del método científico13. Bacon diseña un método que parte de la observación para que con arreglo a la experiencia obtenida y expuesta a diferentes controles pudiera conocerse la naturaleza tal y cómo ésta verdaderamente es. El método baconiano describe una trayectoria inductiva, es decir, se inicia en la experiencia y finaliza en la confección de principios generales acerca de la naturaleza, para que ésta pueda ser utilizada por el ser humano en beneficio propio. El método que propone Bacon consiste pues "en establecer diversos grados de certeza, en socorrer los sentidos limitándolos; en proscribir las más de las veces el trabajo del pensamiento que sigue la experiencia sensible; en fin, en abrir y garantizar al espíritu un camino nuevo y cierto, que tenga su punto de partida en esta experiencia misma14". Mas para Bacon no basta tan solo la observación; es imprescindible además
12 Lamo de Espinosa, E., Sociedades de cultura…, op. cit., 1996, pág. 110.
13 Bacon, F., Novum Organum. Aforismos sobre la interpretación de la naturaleza y el reino del hombre,
Barcelona, Folio, 1999.
experimentar, señalar las condiciones bajo las cuales ésta se realiza. La garantía de que esta operación va a ser correctamente emprendida debe proporcionarla la purificación de la mente y la eliminación de los prejuicios - ídola; por lo que el científico sólo accederá al ámbito de la ciencia despojado de los "ídolos" que la pueblan15.
Frente al inductivismo propugnado por Bacon, el racionalismo se distingue por la defensa del método deductivo, formalizado en el Discurso del método (1637) por obra de René Descartes (1596-1650)16. Si Bacon se empeña en establecer garantías para que los datos procedentes de los sentidos resulten veraces, Descartes se fajará en la tarea de encauzar, orientar y ordenar los mecanismos mentales en el proceso de conocimiento de tal forma que no existan inconcrecciones o pasos dados en falso: "al igual que un hombre que camina solo y en la oscuridad, tomé la resolución de avanzar tan lentamente y de usar tal circunspección en todas las cosas que aunque avanzase muy poco, al menos me cuidaría al máximo de caer. Por otra parte, no quise comenzar a rechazar por completo alguna de las opiniones que hubiesen podido deslizarse durante otra etapa de mi vida en mis creencias sin haber sido asimiladas en virtud de la razón, hasta que no hubiese empleado el tiempo suficiente para completar el proyecto emprendido e indagar el verdadero método con el fin de conseguir el conocimiento de todas las cosas de las que mi espíritu fuera capaz17". Su método deductivo presenta una serie de reglas - distinción, enumeración, análisis y síntesis - cuya correcta aplicación asegura la verdad del conocimiento alcanzado, es decir, logra precisar la distinción entre el conocimiento verdadero - conocimiento científico - y aquel impregnado de presupuestos, convenciones y asunciones de sentido común. Esta pretensión es la que le empuja a dudar de todo cuanto manifieste síntomas de no ser cierto hasta alcanzar un punto en el que ya no se pueda dudar y establecerlo como punto inicial y seguro en el
15 La gran falla de Bacon fue no admitir las matemáticas como herramienta de análisis de la naturaleza al
considerar que pertenecían al terreno de la metafísica y en consecuencia entender que no eran más que especulación ociosa. Esto le aleja de la ortodoxia científica que será definida más tarde aunque sus planteamientos tuvieron una gran influencia en el despertar y desarrollo del empirismo inglés y en la figura de Isaac Newton. Empero, no debe considerarse a Bacon de un modo aislado, una vez que forma parte de una época, el Renacimiento, en la que se forja una consideración científica de la naturaleza y una asimilación del conocimiento a la ciencia. En la interpretación que se hace de la naturaleza coexisten inicialmente tres modelos, el organicista, el mágico y el mecanicista, de los cuáles uno - el mecanicista - se impone definitivamente en el siglo XVIII. Este modelo, al sostener que la naturaleza, la realidad, el universo es un conjunto mecánico regido por leyes que deben ser descifradas a través de las matemáticas, encuentra fuerza en los trabajos de N. Copérnico (1473-1543), J. Kepler (1571-1630) y G.Galilei (1564- 1642). De entre las variadas obras que tratan de este tema puede verse Châtelet, F., A filosofia do mundo
novo - séc. XVI e séc. XVII, Lisboa, Dom Quixote, 1983.
16 Descartes, R., Discurso del método, Madrid, Alfaguara, 1981. 17 Descartes, R., op. cit., 1981, pág.14.
proceso de conocimiento. Descartes hace de la duda parte consubstancial del método hasta alcanzar el aserto definitivo y el origen del conocimiento verdadero del que no puede dudar: pienso, luego existo18.
Racionalismo y empirismo consagran además una concepción del conocimiento
que hace de éste un encuentro entre el sujeto que conoce y el objeto que hay que conocer, en el que el objeto debe ser aprehendido sin distorsión para garantizar la objetividad y la verdad. Esta concepción clásica deja pues de lado el sujeto de conocimiento y considera prioritario que el objeto, en su aprehensión a la hora de conocerlo, sea reflejado sin distorsión alguna; de tal forma que "el conocimiento es el reflejo del objeto en el sujeto y en ese reflejarse el sujeto es pasivo y no cuenta. Ni añade ni quita nada al conocimiento. Y por ello puede decirse que el sujeto del conocimiento no afecta ni incide en el conocimiento19". Esta concepción, en la que el sujeto no se tiene en cuenta a sí mismo ni a su acto de conocer, es la que durante tiempo enarbolará la epistemología positivista hasta el arribo de la reflexividad y el rescate del sujeto de conocimiento en el acto de conocer por parte de la filosofía y de la sociología. Pero esto último no es más que adelantar acontecimientos.
El siglo XVIII y el mundo de la Ilustración contempla la definitiva formalización del método científico y la plena identificación del conocimiento con la ciencia. Se proclama la autonomía de la razón, su utilización crítica y técnica y se condena cualquier inferencia externa que coarte los libres dictados de la racionalidad humana. El método funciona ya a pleno rendimiento y genera resultados espectaculares y seminales como los de Isaac Newton (1642-1727) y su teoría de la gravitación universal. Con Newton el método científico se apoya definitivamente en las matemáticas y desecha las ideas "innatas" cartesianas postulando que no será posible admitir como verdadero ningún conocimiento que no provenga de la experiencia; de tal modo que su punto de partida son los fenómenos observables y el procedimiento para fijar leyes generales es la inducción, esto es, arrancar de lo observado para establecer conclusiones globales20.
Una vez asentado el método no cabe más que emplearlo y desvelar el
funcionamiento de la naturaleza para que ésta pueda ser utilizada en beneficio del propio ser humano. Hasta tal punto, el método es ya tan definitivo que un pensador
18 Cf. especialmente pp. 93-99 en Descartes, R., op. cit., 1981. 19 Lamo de Espinosa, E., op. cit., 1996, pág. 49.
como I. Kant (1724-1804) no lo cuestiona, dedicándose a fundamentar filosóficamente la ciencia y a establecer los límites del propio órgano del conocimiento, la razón, no tocando en el método sino para reafirmar sus límites y capacidades; la crítica tiene pues ahora en mira encontrar no los límites de la razón pero sí los límites en los que la razón puede actuar. Es Kant quien señala que la metafísica no es una ciencia al no emplear juicios sintéticos a priori, juicios que sintetizan lo innato y lo procedente de la experiencia, que son los empleados por la matemática y la física y que son quienes hacen avanzar verdaderamente a las ciencias. Tales juicios constituyen los límites de la razón, más allá de ellos puede estar desarrollándose cualquier actividad a la que no se puede llamar ciencia21.
Hasta aquí la ciencia ha crecido en importancia. Cada vez un mayor número de aspectos de la vida humana se localizan bajo su área de influencia, y a ella se va a recurrir en el siglo XIX, para reconducir el orden social tras el desconcierto provocado por la Revolución Francesa y la incertidumbre que trae consigo el proceso de industrialización desencadenado primero en Inglaterra y luego rápidamente extendido a toda Europa. La ciencia se masifica, se expande y se democratiza22, y parte importante de este movimiento se debe, en el terreno de las ciencias sociales, a la acción de A. Comte (1798-1857). La filosofía positiva comtiana sostiene que en el logro de la reforma de la humanidad es imprescindible servirse de la ciencia puesto que es ella la única que asegura conocimiento cierto, a la vez que abastece al hombre de medios técnicos para modificar el mundo a su antojo. El conocimiento como ciencia, como saber positivo, se aferra a los hechos observados, desecha la especulación y procura avance, progreso y dicha a la humanidad. Con Comte nace oficialmente la sociología como ciencia de las ciencias, estudiando el espíritu humano, las leyes que regulan el desarrollo de ese espíritu a través de la historia para de este modo promover un ordenamiento social positivo y libre23.
La clasificación comtiana de las ciencias, que colocaba a la sociología como ciencia de todas las ciencias, apenas resultó asumida. Mucho más éxito tuvo W. Dilthey (1833-1911) entre ciencias de la naturaleza (matemáticas, física, química, biología,
21 Kant, I., Crítica de la Razón Pura, Madrid, Alfaguara, 1978.
22 Sobre el proceso de democratización e industrialización del conocimiento científico en el mundo
occidental puede leerse Lamo de Espinosa, E., op. cit., 1996, Cap. 5, 125-156.
23 Acerca del positivismo véase Comte, A., Curso de filosofía positiva, Madrid, Aguilar, 1973 y Discurso
sobre el espíritu positivo, Madrid, Alianza, 1980. Como introducción a Comte sigue siendo indispensable
astronomía…) y ciencias del espíritu (historia, filosofía, economía, derecho, psicología y sociología), clasificación que la ortodoxia científica consagra24. La distinción entre ambas no se efectúa de acuerdo con el objeto que es abordado - que podría coincidir - sino con arreglo a cómo ese objeto es estudiado; si las ciencias de la naturaleza explican, es decir, establecen conexiones causales entre los objetos externos de la experiencia sensible, las ciencias del espíritu comprenden, atienden a la reproducción de la experiencia ajena, se interesan por la subjetividad.
Si bien es posible efectuar objeciones a toda esta suerte de ejercicios clasificatorios 'taxonómicos', lo que sí es cierto es que la ciencia - más en el sentido natural por seguir utilizando a Dilthey - pese a sus flaquezas, entra en pleno siglo XX entronizada. Infiltrada en todos los rincones de la sociedad, es sinónimo de conocimiento tanto por vía de su definitiva institucionalización y profesionalización como por su incorporación a los esquemas cognitivos de los actores sociales25. La consideración comtiana que hacía de la ciencia el patrón-guía de la sociedad de un modo u otro ha venido a concretarse. Menos fortuna tuvo cuando anunció que sería la sociología - la Física Social en sus propias palabras - la ciencia en la cumbre de las ciencias. La sociología ocupó un lugar más modesto limitándose al estudio de la sociedad, no sin antes reivindicar, desde su nacimiento, la construcción de su objeto por oposición al conocimiento ordinario proveniente de los actores sociales.
24 Dilthey, W., Introducción a las ciencias del espíritu: ensayo de una fundamentación del estudio de la
sociedad y de la historia, Madrid, Alianza, 1986.
25 Esto es lo que permite hablar de la sociedad actual como una sociedad no de información sino de
conocimiento. Para esta división véase introductoriamente Lamo de Espinosa, E. et al., op. cit., 1994, Cap. I, 17-46, y más ampliamente Lamo de Espinosa, E., op. cit., 1996.
3.1.1 - La sociología y el sentido común como estrategias de conocimiento de la realidad social: dos tradiciones teóricas
La herencia positivista comtiana que se deja sentir durante los siglos XIX y XX, se manifiesta en una actitud de construcción científica concreta en el acercamiento a la realidad social, estableciendo una clara y neta distinción entre el objeto de conocimiento social - la sociedad - y el sujeto de conocimiento - el científico social - situándose éste último al margen de la misma, distanciado, para observarla desde fuera. Se trata pues de instaurar un conocimiento unidireccional que circula exclusivamente en un único sentido - desde el sujeto hacia el objeto -, con la intención de eliminar cualquier valoración subjetiva y de construir un conocimiento sociológico al uso de la ciencia natural, riguroso y objetivo. La separación del observador (sociólogo) del observado (realidad social) se impuso como la estrategia metodológica para salvaguardar la ciencia social frente a las falsas ilusiones del conocimiento de sentido común. Pues la tarea de