• No se han encontrado resultados

3.3 LA REFLEXIVIDAD SOCIAL COMO RESULTADO DEL CONOCIMIENTO: EL ENTRELAZAMIENTO DE LA

SOCIOLOGÍA, LA NOVELA Y EL SENTIDO COMÚN

Tras estos últimos apartados en los que hemos analizado las posibles confluencias y divergencias existentes entre sociología y novela como formas de conocimiento social específicos, centrémonos en este capítulo final en el análisis del entrelazamiento al que asistimos entre los conocimientos sociales producidos por una y otra en las actuales sociedades contemporáneas.

Una de las propuestas que recientemente redirecciona la relación entre conocimiento sociológico y de sentido común, y salta del eterno debate entre positivismo-antipositivismo para situarse en las actuales condiciones de producción y uso de la sociología, es desarrollada, entre nosotros, por E. Lamo de Espinosa. Pese a tratarse de una reflexión preliminar, que no pretende ser de superación sino de reorientación, logra arrojar luz sobre las modificaciones a las que estamos asistiendo en torno al estatuto ontológico y epistemológico de la ciencia social. Revitalizando el concepto de etnosociología157, el autor centra su mirada en la ambigüedad de las fronteras entre el conocimiento sociológico y el conocimiento de sentido común en las sociedades reflexivas contemporáneas. Jugando con la idea divulgada por Garfinkel de que existe una sociología laica (lay sociology) entre los actores comunes, que permite a la vez comprender y crear las prácticas sociales cotidianas, el sociólogo español defiende la existencia de un acoplamiento institucional entre aquellos saberes típicos de los actores sociales y los saberes formalizados y legitimados en el marco académico por los científicos sociales, de tal forma que si siempre se supo que el sociólogo es actor social se descubre ahora “que el actor social también es sociólogo158”. Partiendo de una idea desarrollada en los últimos años académicos de T. Merton159, Lamo de Espinosa defiende que "los modelos científico-sociales, al ser difundidos, alteran el estatuto

157 El sentido que el sociólogo otorga al conocimiento etnosociológico es pues, histórico, una vez que éste

sirve para caracterizar el creciente proceso de reflexividad social de los actores. Son varias las obras en las que el autor opta por esta designación; de entre ellas puede verse la ya citada Sociedades de cultura,

sociedades de ciencia, op. cit., 1996.

158 Lamo de Espinosa, E., "¿Para qué la ciencia social?" en S. Giner (coord.), op. cit., 2003, pág. 30. 159 Merton, R. K. y Wolfe, A., "The cultural and social incorporation of sociological knowledge", op. ya

ontológico pasando de ser teorías puras usadas por los científicos sociales y que modelan el mundo, a ser mapas cognitivos que, integrados en la etnociencia, orientan a los nativos quienes eventualmente los utilizan para generar estrategias, en un proceso de deslizamiento desde la teoría (científica) a la praxis (etnocientífica) sin solución de continuidad160". Este proceso de difusión de la ciencia social iniciado, primariamente, por la progresiva institucionalización y legitimación lograda dentro de la academia decimonónica, acaba por escapar a lo largo del siglo XX de ese mismo contexto universitario para pasar a incorporarse a los centros de decisión políticos, económicos y culturales161. La aceleración de este proceso de difusión de los conocimientos

científicos, posibilitada a través del aumento de los innumerables canales de comunicación social - prensa, cursos, congresos, informes, análisis empíricos, obras sociológicas -, permite no sólo la incorporación de esos mismos conocimientos a los dominios institucionales, sino también a los esquemas cognitivos de los actores sociales que pasan a integrar el lenguaje sociológico en su lenguaje ordinario para entender el mundo y hacer frente a sus prácticas cotidianas162. Con ello, la sociología actual no puede ser ajena a la progresiva incorporación y utilización (tanto implícita como explícita) de los conocimientos científicos y sociológicos por parte de los actores sociales, que contribuyen así, no sólo a la organización racional del mundo sino también a su cambio y transformación en las actuales sociedades de conocimiento163.

El divorcio entre el observador social (sociólogo) y el observado (actor social) tan valorado por la sociología decimonónica positivista, carece, a día de hoy, de fundamento, una vez que si el número de observadores sociales ha aumentado, la

160 Lamo de Espinosa, E., "¿Para qué la ciencia social?", op. cit., 2003, pág. 33.

161 De hecho, el tema de la utilización social de la sociología ha estado mayoritariamente anclado en un

debate sobre la relación entre las ciencias sociales y las decisiones políticas. Véase sobre este asunto Wilson, W. J. (ed.), Sociology and the Public Agenda, Newbury Park, Sage, 1993.

162 En un artículo ya clásico, Peter L. Berger se centra en cómo el conocimiento social científico es

incorporado por los actores sociales pasando a formar parte del conocimiento de sentido común. Partiendo del psicoanálisis, el autor trata de mostrar como la recepción de esta nueva ideología en EE.UU ha penetrado en el discurso habitual de los individuos, trasladando hasta el lenguaje ordinario conceptos como represión, frustración, racionalización, inconsciente así como estos mismos conceptos han influido en dominios como la sexualidad humana, el matrimonio y la educación de los hijos. Vd. Berger, P. L., "Towards a sociological understanding of psychoanalysis", Social Research, 1965, 32, 26-41.

163 Cf. Lamo de Espinosa, E., "¿Para qué la ciencia social?, op. cit., 2003, 37-39. Sobre esta idea de la

difusión e incorporación progresiva de los conocimientos sociológicos a los esquemas cognitivos de los actores sociales, puede leerse además, en línea con los planteamientos del sociólogo español, Mesny, A., "Sociology for whom? The role of sociology in reflexive modernity", Canadian Journal of Sociology, 1998, 23, 159-178, artículo en el que la autora defiende la presencia creciente de una "conciencia sociológica" en los individuos vivientes de las actuales sociedades reflexivas. Por lo demás, y para no olvidar a un autor pionero en este tema y que reiteradamente insiste en que la idea de reflexividad en las

distancia que separa al observador del observado ha disminuido. Esta nueva dinámica trae, por ello, una consecuencia importante, primero defendida por W. I. Thomas y más tarde por H. Garfinkel - "lo que los científicos sociales dicen sobre el mundo, no sólo forma parte del mundo, forma el mismo mundo164" - invirtiendo por completo la tradicional función de transparencia y de aclaración de complejidad social destinada a la sociología desde sus comienzos, para hacer de ella, lo que irremediablemente ya es, "el instrumento del que se vale la sociedad para mirarse165". Las actuales condiciones sociales de producción, difusión y recepción de la sociología borran, por ello, la línea de demarcación severamente defendida en un marco positivista ortodoxo entre el observador y el observado, para atrapar al sujeto en el objeto y dar fuerza a las consecuencias de un orden social, que desde hace años, Lamo de Espinosa, viene denominando como sociedad reflexiva, un orden creado para conocer, gestionar y modificar el mismo entorno social, pero que genera él mismo, a causa de la radicalización de la paradoja de la reflexividad, lo indescifrable y lo imprevisible166.

Pero si hablamos del proceso de difusión e incorporación del conocimiento sociológico en las sociedades contemporáneas occidentales, lo mismo es válido para la novela. Una vez que crea mundos posibles ficcionales con más o menos arraigo en la realidad social, la novela debe ser considerada como un mecanismo de conocimiento reflexivo - esto es, constitutivo - de la sociedad. Y así es posible no sólo porque el escritor forma parte de esa realidad social que observa (tal y como el sociólogo y el actor común), sino también porque esos contenidos novelísticos, al ser difundidos, al ser leídos por los actores sociales, pasan inevitablemente a formar parte de la propia realidad a través de la incorporación cognitiva (lenguaje y pensamiento) y pragmática (acciones y conductas) de todo el tipo de dinámicas y de conocimientos sobre el mundo. La ficcionalización de la vida es, pues, un mecanismo más de adquisición y de reproducción de ciertos conocimientos y dinámicas sociales por parte de los individuos reales, que usan, ellos mismos, la literatura como mapa de aclaración del mundo. Al igual que el programa sociológico de la etnometodología estadounidense llamó la atención sobre las operaciones de conocimiento de sentido común que pueden arrojar

ciencias sociales se refiere, fundamentalmente, a la circularidad entre los conocimientos sociológicos y los de sentido común, véase Giddens, A., Las nuevas reglas del método sociológico, op. ya cit., 1987.

164 Lamo de Espinosa, E., "¿Para qué la ciencia social?", op. cit., 2003, pág. 39. 165 Lamo de Espinosa, E., "¿Para qué la ciencia social?", op. cit., 2003, pág. 39.

166 Véase Lamo de Espinosa, E., La sociedad reflexiva. Sujeto y objeto del conocimiento sociológico,

luz sobre algunos aspectos de construcción de la vida social167, también la novela, en tanto proceso de generación y distribución de conocimiento sobre la sociedad puede ayudar a la comprensión de procesos de producción y de reproducción social168.

Este fenómeno no es, ciertamente nuevo, aunque haya adquirido en la actualidad más y más presencia en el seno de las sociedades de conocimiento en las que vivimos. Como bien mostró W. Lepenies169, la institucionalización y legitimación de la literatura se ha dado en un momento anterior al nacimiento e imposición social de la sociología en Europa. Si hasta 1860 el proceso de difusión y reconocimiento cultural dentro del cual se incluye la novela se mantuvo dentro de unos límites modestos, a partir de esa fecha, se da un auge literario que arranca de un modo más o menos unitario en todos los países europeos. La transformación de la vida espiritual y literaria estuvo innegablemente marcada por el desarrollo del sistema educativo - tanto en el nivel de la escuela elemental, como en el nivel medio y la enseñanza superior - emprendido por las sociedades europeas en la segunda mitad del siglo XIX, cuyas consecuencias se hicieron sentir en el aumento del público lector, la demanda de nuevos productos culturales y literarios (aumento de la producción de libros infantiles o escolares y de literatura popular y de entretenimiento) y en la creciente diferenciación interna del campo literario. Aliado a esta progresiva alfabetización de los individuos y de la democratización en el acceso a la enseñanza, se asiste al aumento de la nueva burguesía media, y dentro de ésta, a una nueva generación lectora femenina, que al ver vetada su participación laboral, se aplica a la lectura de nuevos productos - novelas por entregas, revistas familiares, novelas sentimentales, cuentos y poesías - que pasan a conformar en gran parte la oferta literaria de finales del siglo XIX170. Y si bien el público lector decimonónico estaba mayoritariamente conformado por una élite burguesa y culta, la explosión de la educación a la que se asiste en las sociedades occidentales después de la Segunda Guerra Mundial, permite ampliar ese público a casi todas los grupos sociales, que pasan a ser parte de aquello que se empieza por entonces a designar como la nueva

167 Nos referimos, por supuesto, a la obra de Garfinkel, H., Studies in Ethnomethodology, op. cit., 1967. 168 Sin negar, en absoluto, la existencia actual de otras funciones sociales de la novela (función lúdica o

estética) que pueden determinar el consumo literario, queremos aquí tan sólo insistir en ese papel gnoseológico de la literatura como fuente de conocimiento social.

169 Cf. Lepenies, W., Las tres culturas, op. cit., 1994.

170 Según datos contenidos en un estudio sociológico coordinado por Amando de Miguel, la presencia de

la lectura femenina sigue siendo en la España actual más representativa en la lectura regular de libros cualquiera que sea la situación laboral (con exclusión del grupo de amas de casa) cuando es comparada con la masculina. Cf. de Miguel, A. y París, I., Los españoles y los libros, Madrid, Ministerio de Educación y Cultura - Dirección General del Libro, Archivos y Bibliotecas, 1997, pp. 96-97.

sociedad de masas. A este factor social se le une también la impronta de la industrialización que marca la economía europea a lo largo del siglo XIX, y que crea la posibilidad de aumentar las tiradas de productos literarios (libros y revistas), de reducir los costes de cada ejemplar y de difundirlos con mucha mayor celeridad entre individuos de composición social y geográfica muy distinta171.

Ahora bien, el público o la audiencia a la cual se dirige la novela, tanto en los días de hoy como en la Europa decimonónica, es aún más amplío que el público a que se dirige la sociología; es más, poniendo de manifiesto una obviedad que corre el riesgo de ser generalista, la gente lee novelas y no sociología. O por lo menos, las lee más, dado que las preferencias de lectura en las sociedades occidentales contemporáneas se dirigen a obras prioritariamente ficcionales y no de ciencias sociales, pese al aumento de interés por este último tipo de lectura en los últimos años172. Pero esto no implica que los sociólogos no sean también ellos lectores de ficción, por lo que encontramos que el conocimiento contenido en las novelas representa una estrategia alternativa, conocida tanto por sociólogos como por actores sociales, de adquisición de conocimiento social. Y esta cuestión se problematiza todavía más, si pensamos que también ellos, los escritores, leen, quizá con cierta frecuencia, sociología. Así que todos se leen a todos, y todos a la vez sirven para construir conocimiento sobre la sociedad acerca de la que escriben y dicen conocer, de tal forma que "el abogado, médico o ingeniero es al tiempo lector de novelas, asiduo visitante de las exposiciones e interesado analista de la realidad social y de la política nacional y mundial, temas sobre los que genera opiniones y argumentos al tiempo que los consume en diarios, revistas, simposios173".

171 Cf. Charle, C., Los intelectuales en el siglo XIX - Precursores del pensamiento moderno, Madrid,

Siglo XXI, 2000, 83-115. Para una breve historia del acceso a la lectura en Europa, puede verse Robine, N., "La lectura", en R. Escarpit et al., Hacia una sociología del hecho literario, op. ya cit., 1974, 227- 237; y para un análisis más atento léase Guglielmo Cavallo y Roger Chartier (dirs), Historia de la lectura

en el mundo occidental, Madrid, Taurus, 1998.

172 En una obra reciente dedicada a la lectura en España, encontramos datos que soportan esta afirmación.

Según fuentes de un estudio realizado sobre el perfil del usuario de bibliotecas públicas españolas entre 1999 y 2000 - que presenta un alto grado de coincidencia con el perfil del lector medio español -, se pudo detectar que la literatura (sobre todo las novelas) fue el género mayoritariamente preferido entre los lectores (42,7% en 1999 y 43% en 2000) frente a obras de ciencias sociales (7,4% en 1999 y 7,9% en 2000). (Cf. Hernández, H., "Lectura y bibliotecas" en José Antonio Millán (coord.), La lectura en España

- Informe 2002, Madrid, Federación de Gremios de Editores en España, 2002, 134-135). Pese a esto, se

ha verificado un aumento progresivo entre 1996 y 2000 de libros de ciencias sociales y humanidades entre los títulos disponibles en el mercado editorial español. (Cf. Ávila Álvarez, A. M., "La oferta editorial" en José Antonio Millán (coord.), La lectura en España, op. cit., 2002, pág. 73).

Sociología y novela advienen pues, en las actuales sociedades de conocimiento, en dos participantes activas en la producción y reproducción del conocimiento social, de tal forma, que es legítimo afirmar que el acoplamiento institucional inicialmente defendido por Lamo de Espinosa entre la sociología y el sentido común174, se extiende, igualmente, a la novela. Y con ello se da un entrelazamiento entre los conocimientos producidos por la sociología, la novela y el sentido común175. Tal es el caso que, si analizamos el lugar común que en las sociedades actuales comparten estos tres tipos de conocimiento, lo podríamos representar de la siguiente forma:

La observación del esquema permite destacar la existencia de un espacio de conocimiento compartido entre sociología, novela y sentido común. Y esta constatación es posible, una vez que, como hemos venido defendiendo, la distancia entre el sujeto que observa y el objeto observado se vuelve cada día más borrosa e imprecisa, bien sea por parte de la sociología, bien sea por parte de la novela. De hecho, en las sociedades occidentales contemporáneas, la información y los conocimientos provenientes de expertos sociales y de novelistas circulan rápidamente por numerosos canales de mediación (prensa, televisión, radio, libros, web), siendo rutinariamente incorporados y utilizados por los actores sociales en la explicación y conducción de prácticas frente a la incertidumbre que provoca la vida cotidiana, de tal forma que el tiempo que media entre

174 Cf. Lamo de Espinosa, E., "¿Para qué la ciencia social?", op. cit., 2003, pp. 34-39.

175 Excluímos aquí la idea - por lo menos de momento - de que lo que uno (escritor o sociólogo) escriba

se dirija a un público concreto. O incluso, si se dirige, ese público es cada vez más mayoritario una vez que si antes el saber científico iba dirigido a otros científicos, hoy en día, va dirigido a un público cada vez más experto y culto, que lee sociología y todo tipo de saberes científicos.

NOVELA

SOCIOLOGÍA SENTIDO COMÚN

la adquisición de esos conocimientos y su aplicación conductual (acciones sociales) o utilización cognitiva (lenguaje y pensamiento), se colapsa, o como dice E. Lamo de Espinosa, se acopla176. Y si esto es válido para los actores sociales, cuya naturaleza del conocimiento de sentido común que poseen es cada vez menos común y más científica, toda vez que el conocimiento social que adquieren procede, en gran parte, de las lecturas especializadas que efectúan; lo mismo se podrá decir del sociólogo, quien aparte de científico social, es también lector de novelas y actor social que participa en el mundo que vive, y por ello comparte conocimientos sociales semejantes a los del novelista o a de los cualquier otro actor social. Y, del mismo modo que sociólogos y actores sociales, también el novelista, en cuanto lector más o menos asiduo de obras sociológicas y científicas y en cuanto actor social que dedica esfuerzos y recursos a actuar de acuerdo con su experiencia en la sociedad, posee él también una acumulación de conocimientos sociales de todo tipo que se enlazan, frecuentemente, con aquellos producidos por la sociología o el saber común.

El entrelazamiento y la permanente interpenetración entre los conocimientos sociales provenientes de la sociología, novela y sentido común, no es más que el resultado de la reflexividad social - entendida aquí como el conocimiento del conocimiento - presente en las sociedades contemporáneas. La necesidad radical que los individuos tienen de saber, y la certeza de que saben y que pueden conocer más, es la estrategia de supervivencia en un mundo donde la ciencia (social y natural) se institucionaliza, se rutiniza y pasa a formar parte del imaginario común. Provenga donde provenga ese conocimiento (sociología, literatura o sentido común), las sociedades humanas lo utilizan e incorporan permanentemente como fuente de comprensión ante los procesos sociales contemporáneos opacos y cada vez más complejos.

4 - LA FICCIÓN DE EÇA DE QUEIRÓS COMO CONOCIMIENTO