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Aproximaciones del acompañamiento Psicoespiritual

E. La experiencia del Self o Sí Mismo

3. LA EXPERIENCIA DE DIOS

3.4. Aproximaciones del acompañamiento Psicoespiritual

Los autores Barry & Connolly (2011), Cabarrús (1997), Sastre (2003) y el Papa Francisco, nos brindan una aproximación y una perspectiva para comprender la valoración y el objetivo del ministerio de acompañar espiritualmente. Al respecto nos señalan: “La mejor manera de llegar a ser alguien es a través de las relaciones con otros” (Barry & Connolly, 2011, p. 33). Barry & Connolly definen la dirección espiritual cristiana como la ayuda dada por un creyente a otro, que permite a este prestar atención a lo que

Dios le comunica, a responderle a Dios, a crecer en intimidad con él y vivir las consecuencias de esta relación. Por lo tanto, el centro de esta relación son las experiencias reales de la persona, y no las ideas de la dimensión religiosa. Este arte de escuchar al otro es poner el corazón en sintonía con una escucha significativa de la persona entera, y no solo en sus problemas. Finalmente, señalan los autores, la “meta final de la (dirección) acompañamiento espiritual ha sido siempre el cultivo de la unión con Dios y, por tanto, ha estado vinculada a la relación del individuo con Dios” (Barry & Connolly, 2011, p. 28).

“El acompañamiento espiritual es algo que tiene de arte y de ciencia” Cabarrús11 Para comprender esta afirmación, Cabarrús señala que el acompañamiento espiritual necesita tanto de arte como de conocimiento, para así ayudar a las personas a que en su corazón se imprima y selle una actitud solidaria, a tener un corazón como el de Jesús solidario, como lo tiene el Padre.

Cabarrús (1997) define el acompañamiento espiritual como un medio cuyo objetivo central es “ayudar a las personas a que se levanten por sí mismas y descubran el propio camino que Dios ha trazado para ellas” (p. 71). Se refiere a que puedan reconocer su profunda vocación y ser fieles a su desarrollo, por lo que el rol del acompañante es de un colaborador para que “la persona descubra la acción del Espíritu Santo en sí misma” (p. 71). En la carta de San Pablo a los Corintios les exhorta a vivir en comunión con Dios, a respetar en cada ser humano la acción de Dios, porque el “espíritu que está presente y nos hace templos de Dios, cada cual con su propio carisma” (1 Cor 12).

Para Sastre, “el acompañamiento espiritual consiste en la relación interpersonal entre acompañante y acompañado, en la que el acompañante ayuda al acompañado a reconocer, acoger y responder a la acción de Dios que pasa como salvador y señor por su vida” (Sastre, 2003, p. 45). La invitación de todo bautizado es ser una persona nueva en justicia y santidad de verdad, que pueda alcanzar la plenitud del ser humano grabada en su alma desde su creación. Esto implica un proceso de madurez humana y cristiana que demanda orientación, cultivo y aprendizaje de cómo el Espíritu Santo opera en su vida a través de la gracia presente en su historia. La madurez cristiana se manifiesta en “la estabilidad de espíritu, la capacidad para tomar decisiones y la rectitud en el modo juzgar sobre acontecimientos y los hombres (OT11)” (Sastre, 2003, p. 43).

“Ignacio seguía al Espíritu, no se adelantaba. De ese modo era conducido con suavidad a donde no sabía. Poco a poco se le abría el camino y lo iba recorriendo sabiamente ignorante puesto sencillamente su corazón en Cristo”. Nadal

Otro interesante aporte lo entrega Sastre, afirmando que el acompañamiento espiritual se concibe desde de la Iglesia como una misión y un ministerio. “El término viene del latínministeriumque significa servicio” (Sastre, 2003, p. 41) y ha sido encomendada desde los orígenes de la Iglesia en las cartas pastorales. En la carta de San Pablo a los Efesios (cf. Ef. 4, 11), vemos la síntesis de la teología de los ministerios. Sin embargo, la fuente principal del acompañar proviene del ejemplo de Jesús y su manera de acompañar a sus discípulos en los Evangelios. Hoy lo conocemos como el estilo o pedagogía de Jesús. En la tradición de la iglesia, se reconoce este servicio desde los padres del desierto (s. I) en los primeros tiempos. Otros santos han enriquecido y sembrado modos del ministerio del acompañar. Algunos referentes importantes son; San Ignacio de Loyola (s. XIV), san Juan de la Cruz (XVI), santa Teresa de Ávila (s. XVI) y san Francisco de Sales (s. XVII).

“El punto de partida del Acompañamiento: la realidad Humana de cada uno” Decloux,12 En nuestro globalizado mundo actual, el Santo Padre Francisco, en la Exhortación Apostólica Evangelli Gaudium13, desafía a las pastorales a retomar la acción de acompañar, desde las fuentes de nuestra evangelización: el modelo de Jesús. El Papa concibe el acompañamiento espiritual como el arte de acompañar, que se presenta en el encuentro de dos personas para vivir un camino sanador, de proximidad, con respeto y compasión, que aliente al acompañado a madurar en la vida cristiana. El acompañante, sea sacerdote, religioso o laico, debe aprender “siempre a quitarse las sandalias ante la tierra sagrada del otro” (cf. Ex3, 5). Esto implica saber y desarrollar el arte de escuchar, requiere un espíritu atento que confíe en los recursos de la persona y de la acción de Dios en ella.

En el acompañamiento psicoespiritual, existen características básicas, y que son comunes a otras relaciones de ayuda: la acogida, la escucha atenta o significativa, el encuadre, el establecimiento de alianzas, de lealtades mutuas, de confianzas. Para esto se requiere un respeto profundo por la persona acompañada, de su historia y de su libertad. Se desarrolla también la empatía, la confrontación cuidadosa y la discreción entre otras características relevantes.

En este sentido, destacamos los aportes del psicólogo humanista Carl Rogers (1902-1987), que desarrolló la corriente de la terapia centrada en el cliente. A partir de esta se promueven los valores humanos de la persona. A través de su terapia, descubrió que toda persona, por muy herida que se halle, tiene potencialidades por descubrir y plenificar. Rogers comprendió que existe un impulso natural en el ser humano que lo lleva al crecimiento. En su experiencia, “el individuo posee en sí la capacidad y la tendencia, en

12(Decloux, 2005, p. 7).

algunos casos, latente de avanzar en la dirección de su propia madurez” (Rogers, 1992, p. 20).

“Resulta profundamente estimulante ver que cuando el ser humano disfruta de libertad interior, elige como la vida más satisfactoria en este proceso de llegar a ser.” Carl Rogers14 Rogers propone tres condiciones necesarias para que se desarrolle la relación de ayuda (Rogers, 1992):

 Coherencia: la persona que acompaña debe ser una persona unificada e integrada, lo que le permite ser coherente en la relación. Debe ser, él mismo, profundamente libre y aceptarse tal como es; la experiencia real de sus sentimientos debe corresponder a una percepción exacta de esos sentimientos y reacciones, a medida que se manifiestan y cambian. Esto permite que la comunicación verbal y no verbal sea coherente.

 Respeto positivo e incondicional: el acompañante debe experimentar un interés cálido hacia el acompañado, un cuidado no posesivo, que no exija gratificación personal. Un respeto y aceptación total de la persona y sus conductas para que, desde un clima de confianza y de aceptación, pueda explorar en su mundo interno.

 Comprensión empática: consiste en que el acompañante debe experimentar una comprensión precisa y empática del mundo del acompañado, tal como éste lo ve desde su propio interior. La empatía es una condición esencial para percibir los significados del mundo interno de los acompañados.