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E. La experiencia del Self o Sí Mismo

3. LA EXPERIENCIA DE DIOS

3.1. La identidad Cristiana

Según Galilea (1990), la identidad cristiana comprende varios componentes o factores esenciales y relacionados entre sí. Existe un factor global fundamental en la espiritualidad cristiana, que la define como una espiritualidad esencialmente trinitaria. Se construye en una relación con Dios Padre, con Jesucristo y con el Espíritu Santo. El centro de ella es Dios mismo, como referencia absoluta de la experiencia cristiana, un Dios que nos creó y salvó por su inmenso amor. Lo hace revelándose a su pueblo y a cada individuo. Galilea destaca que este amor se experimenta en la relación con un Dios que se comunica, que da su vida para que seamos verdaderos hijos suyos, participando de su alegría y cercanía.

Se puede señalar que la espiritualidad cristiana es, ante todo, una iniciativa de Dios con el ser humano, un don de Dios que busca humanizar y santificar a la creatura. Afirmamos entonces que la espiritualidad es también nuestro libre reconocimiento de la respuesta que es su amor. La fe es el hilo conductor que nos permite buscar y responder al Dios que reconocemos por medio de ella. Por ella nos relacionamos con Él.

Esta experiencia de Dios en el mundo presente no está exenta de tribulaciones y cuestionamientos. Son necesarios para la fe que busca una identificación y una relación con un Dios personal, y que actúa en medio de nuestra vida. De alguna manera, la realidad nos confronta cuando percibimos que el silencio de Dios ante las injusticias y violencias de la humanidad. ¿Cómo descubrimos al Dios de Jesucristo en medio de estas tribulaciones? ¿Nos permiten crecer en la fe que profesamos? Galilea señala que en su itinerario de búsqueda y espiritualidad, un cristiano es alguien que ha descubierto al Dios Bíblico, al Dios de Abraham, de Moisés y de los profetas. Un Dios que se reveló en plenitud en Jesucristo. Un Dios que se revela a lo largo de la historia del ser humano con un rostro de justicia, (Ex 3, 7ss), que nos invita a reconocerlo en los hermanos (Is 58, 1ss). Un Dios de misericordia. El Dios cristiano es un Dios que se deja encontrar, y que se encuentra en la medida que se busca. En Jesús, el Dios cristiano se revela con cualidades humanas. Un Dios histórico que se hace pobre y víctima de las injusticias. El Dios de la promesa, que da su vida para cumplir con la esperanza de la vida eterna (Jn1, 18), y que en Jesús nos muestra su plenitud y pureza (Tt 2, 11). Finalmente, el sufrimiento de Cristo crucificado es para el cristiano la posibilidad de reconocer a un Dios que nos libera y ama hasta dar su vida, con su muerte y resurrección. Es la máxima entrega de su verdadero amor. Como resucitado, se nos manifiesta invitándonos hoy a vivir ese mismo amor, y a permanecer en Él (Jn 15). Debemos reconocer como cristianos que es un Dios que se hace vulnerable por amor, identificándose con los más despreciados y excluidos, y que nadie queda fuera de su amor salvífico (Mt 25, 40).

Jesús de Nazaret es el camino por excelencia que tenemos para conocer a Dios Padre, que nos enseña con su vida, a través de palabras, gestos y acciones, revelándonos su inmenso amor por cada hombre y mujer. En el Jesús histórico podemos acceder a los valores de nuestra vida humana y cristiana. A través de la contemplación de los misterios de la vida de Jesús, vamos siendo modelados por su espíritu, el que nos enseña y dispone a

identificarnos con su vida. La relación de Jesús con su Padre nos va enseñando a vivir la oración con sencillez y confianza. Nos dirigimos al Padre como sus hijos, con cercanía al orar el Padre Nuestro (Mt 6, 9-15). Confiados podemos clamar en la oración: “Padre” (Abbáen arameo, o “papito querido”). Por medio del espíritu que se nos regala en la oración, hay una sana e íntima confianza, una afectuosidad hacia Él. Al clamar al Padre en su agonía del huerto (Gal, 4, 6), Jesús nos enseña que en nuestras experiencias de sufrimiento y agonía, nos sintamos en comunión con Él. Desde esta condición podemos acceder al Padre clamando ¡Abbá!9 con una actitud de total abandono, confianza y disponibilidad para vivir su voluntad. “Abbá, Padre, tú lo puedes todo, aparta de mí esta copa. Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Mc, 14, 36).

Jesús nos considera sus amigos: “ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando” (Jn 15, 14). Desde esta cercanía nos llama a corresponder a su amor, a que lo busquemos sabiendo que él nos amó primero. “A Dios le dejamos reinar en nuestra vida cuando sabemos escuchar con disponibilidad total su llamada escondida en cualquier ser humano necesitado” (Pagola, 2013, p. 269). El dinamismo de su amor nos mueve a buscarlo, hallándolo en los rostros de nuestros hermanos.

Pagola (2013) nos señala que toda la espiritualidad de Jesús está orientada a introducir vida en el mundo. La relación de Jesús con el Padre está conducida por el espíritu, que lo lleva a responder a su amor filial curando a enfermos o liberando a los cautivos. Es decir, potenciando y mejorando la vida de los seres humanos, dando incluso la suya propia: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10).

9P. 1839. Comentario bíblico en Evangelio según san Mateo, Biblia Schökel: En

Jesús, el símbolo se hace realidad; Dios es realmente su padre, al que llama con el diminutivo entrañable con que los niños se dirigen a la persona que les dio la vida: «Abbá», «papá» en arameo. Pero no sólo es su Padre, sino también nuestro Padre; de cada uno en particular y de todos como familia suya y hermanos de su Hijo primogénito. Todo el Nuevo Testamento es revelación de este misterio de salvación (cfr. Rom 8,15; Ef. 2,18; 3,12; Heb 10,17-20).

En toda su vida pública, Jesús proclama la Buena Nueva del reino de su Padre. A través de los evangelios podemos conocer a Jesús afectivamente, desde el corazón, tal como nos enseña San Ignacio de Loyola en los Ejercicios espirituales. Al contemplarlo, podemos reconocer el rostro de Dios en Jesucristo, que nos va develando los rasgos y la inmensidad del amor del Padre y su reino, a través de la profunda relación que se va conformando tanto en el silencio de la oración, como en el encuentro con cada hombre y mujer al ejercer su misión.

Pagola (2013) nos menciona que Dios es Padre. Jesús vive desde la experiencia de un Dios Padre. Así lo capta en sus noches de oración, y así lo vive a lo largo del día. Su Padre Dios cuida hasta de las criaturas más frágiles, hace salir su sol sobre buenos y malos, se da a conocer a los pequeños, defiende a los pobres, cura a los enfermos, busca a los perdidos. Este Padre bueno es un Dios cercano. Jesús capta su misterio insondable como un misterio de bondad. La realidad última de Dios, lo que no podemos pensar ni imaginar de su misterio, es captado por Jesús como bondad y salvación. Dios es bueno con él y con todos sus hijos e hijas. Cuando Jesús escucha la voz de su Padre “Tu eres mi hijo amado” (Mc 1, 10-11), el relato subraya el carácter gozoso y entrañable de esta revelación.

Lo más importante para Dios son las personas. Su bondad está ya irrumpiendo en el mundo bajo la forma de compasión y misericordia por sus hijos. Jesús vive esta cercanía amorosa de Dios con asombrosa sencillez y espontaneidad. Es como un grano de trigo sembrado en la tierra, que pasa inadvertido pero que pronto se manifestará como espléndida espiga. Así es la bondad de Dios: ahora está escondida bajo la realidad compleja de la vida, pero un día acabará triunfando sobre el mal.

Jesús acoge a Dios como una fuerza que solo quiere el bien, que se opone a todo mal y dolor del ser humano y que, por tanto, quiere liberar la vida del mal. Dios no bendice los abusos y las discriminaciones, sino la

igualdad fraterna y solidaria; no separa ni excomulga, sino que abraza y acoge. Frente al bautismo de Juan, acto simbólico de una comunidad que espera a Dios en actitud penitente de purificación, Jesús promueve su mesa abierta a pecadores, indeseables y excluidos, como símbolo de la comunidad fraterna que acoge el reino del Padre. “El reino de Dios exige una respuesta nueva capaz de transformar todo de raíz” (Pagola, 2013, p. 251). “El vino nuevo, en odres nuevos” (Mc 2, 21-22). Su experiencia del Dios de la vida también empuja a Jesús a desenmascarar los mecanismos de una religión que no está al servicio de la vida.

Aprender a vivir según el Espíritu, es un arte según Cabarrús y otros autores. Para la identidad cristiana significa buscar al Padre por medio del hijo, que nos llama a vivir nuestra fe encarnada, con el corazón abierto al Espíritu Santo. Esto nos invita a aprender de la docilidad de Jesús, del descubrimiento de su identidad profunda como Hijo de Dios, en el diálogo de la oración, en el encuentro con los hombres y mujeres de su tiempo, con el corazón dispuesto incondicionalmente a escuchar la voluntad del Padre, bajo la guía y acción del Espíritu Santo. Jesús, con su vida, nos enseña los criterios del reino del Padre. Revela su rostro y la manera de relacionarnos con Él. La espiritualidad en el seguimiento de Jesucristo nos invita a aprender a discernir, y llevar a cabo las realizaciones y caminos a los que Dios nos llama, y que se hacen presentes en nuestras vidas, al igual como lo hizo con Jesús.

La Iglesia es un medio eficaz para el seguimiento de la experiencia de Jesús y de sus enseñanzas. Por consiguiente, es fuente de desarrollo de la fe cristiana y de la espiritualidad vivida según el espíritu de Jesús, que se ha unido indisoluble y eficazmente con su Pueblo. La iglesia es para el cristiano alimento y experiencia del amor fraterno, para crecer en el seguimiento y discipulado, por medio de la vivencia de los sacramentos y la comunidad.

Otro medio del que dispone la Iglesia es la dirección espiritual (acompañamiento espiritual) como señala Galilea. Es entendida como la revisión de vida de una persona, que le guía en el discernimiento de la acción de Dios, y en el descubrimiento de los llamados que le presentan a lo largo de su historia.

Por último, la experiencia cristiana de Dios se da al interior de las experiencia humana. Para el creyente es el lugar privilegiado donde la espiritualidad se encarna y se vive, en el amor fraterno, y en el amor preferente por los pobres y sufrientes. El Dios escondido en el rostro de nuestros hermanos es la experiencia suprema de la encarnación de la espiritualidad cristiana (Galilea, 1990).