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CAPÍTULO III: JUSTIFICACIÓN Y OBJETIVO GENERAL

1.2. Argumentos intrínsecos: el valor inherente de la participación

En este apartado voy a condensar las razones principales a las que doy más peso para sostener la idea de que nuestro sistema educativo debe funcionar democráticamente y considerar central con ello la participación del alumnado.

Para esto voy a partir de una pregunta necesaria: ¿Una sociedad democrática debe tener una escuela democrática? Lanzada de forma rápida, parece una pregunta sencilla pero sus posibles respuestas y preguntas asociadas encierran una enorme complejidad. Lo primero que tenemos que hacer es plantearnos qué quiere decir “sociedad democrática”. Simplificando mucho, y omitiendo algunas cuestiones ya esbozadas al principio de la introducción teórica, podríamos decir que hay dos posibles sentidos. Por un lado, nos encontramos con que democracia es un término que tiende a usarse como un sinónimo de una combinación de elementos oligárquicos e igualitarios que constituyen lo que se ha denominado gobierno representativo (Manin, 1998). Así, podríamos entender la democracia como una forma de gobierno que garantiza la existencia de ciertas instituciones, estructuras formales y principios. Por ejemplo, podríamos considerar que una democracia requiere de una igualdad política de la ciudadanía y de la existencia de ciertas estructuras fundamentales como un sistema electoral, un parlamento, una constitución y asociaciones autónomas (Dahl, 1999; Cotta, 1988; Sartori, 2005).

Por otro lado, la democracia tiene un sentido más profundo. Aquí volvemos a la célebre cita de Dewey (1916/2004) que decía que “una democracia es más que una forma de gobierno; es primariamente un modo de vivir asociado, de experiencia comunicada juntamente” (p.82). En efecto, la democracia también tiene que ver con cómo entendemos nuestra vida social; es una manera de entender nuestras relaciones sociales y nuestra organización social y política que va más allá de determinados mecanismos formales de gobierno. La democracia está presente en cómo vivimos, cómo trabajamos y cómo hablamos (Effrat y Schimmel, 2003). Con este enfoque la democracia se concibe principalmente como una forma de vida (Dewey, 1927/2004; Levin, 1998).

Entender la democracia de una u otra manera tiene implicaciones fundamentales para pensar cómo debe ser nuestro sistema educativo. La escuela, como una institución social destacada, tiene que ofrecer una visión coherente con el sistema político y social en el que está inmersa. Si aceptamos la premisa de que vivimos en una sociedad

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democrática, la escuela debe ser congruente con esta premisa y ser también democrática. El problema es con cuál de las dos opciones de democracia nos quedamos. Si optamos por la primera opción, nos bastaría con asegurar que la escuela cuente con estructuras y principios formales de gobierno que den ciertas garantías esenciales. En cambio, si nos quedamos, como hago yo, con la segunda opción, además de disponer de estructuras formales de gobierno sería necesario modificar nuestro modo de pensar, sentir y actuar en y sobre la escuela. Creo que este cambio debería dar respuesta a varias necesidades estrechamente vinculadas.

En primer lugar, la escuela no es sólo una preparación para la vida sino que es la vida misma; no se trata de que los alumnos y las alumnas pasen 10 o 12 años de su vida preparándose para vivir mientras hacen otra cosa (Levin, 1998; San Fabián, 1997). A este respecto Dewey (1897/1967) se expresaba así:

La educación es, pues, un proceso de vida y no una preparación para la vida ulterior. La escuela debe representar la vida presente, una vida tan real y vital para el niño como la que vive en el hogar, en la vecindad o en el campo de juego. La educación que no se realiza mediante formas de vida, formas que sean dignas de ser vividas por sí mismas, es siempre un pobre sustitutivo de la realidad auténtica y tiende a la parálisis y a la muerte (p.55).

Si aplicamos esta noción al funcionamiento democrático y la participación, podemos decir que la escuela no es sólo una preparación para participar y funcionar democráticamente en el futuro, sino que debe ser un espacio propio de vida democrática que tenga sentido por sí mismo. Aunque he señalado en numerosas ocasiones que participar en la escuela es la única vía posible de aprender a participar, no me refiero a que sea un simple medio o mecanismo de aprendizaje, ya que considero que esta idea está indivisiblemente unida con la del ejercicio de la participación, con que el propio proceso de participar en la escuela tiene un sentido social, organizativo y vital.

Tendemos a pensar sobre los niños y las niñas como lo que serán en el futuro y no como lo que son en el presente (Raby, 2008). Debemos cambiar esta imagen y empezar a ver a niños, niñas y adolescentes como ciudadanos y ciudadanas con derecho pleno y no como una ciudadanía en potencia (Davies, 1999; Devine, 2002). En este sentido, la Convención de Naciones Unidas sobre los Derechos del Niño hizo un aporte crucial reconociendo los derechos de participación de la infancia y vinculándolos a los

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de protección y provisión (Ochaíta, 2009; Osler y Starkey, 1998). Es destacable el artículo 12.1 de la Convención, que establece que:

Los Estados Partes garantizarán al niño que esté en condiciones de formarse un juicio propio el derecho de expresar su opinión libremente en todos los asuntos que afectan al niño, teniéndose debidamente en cuenta las opiniones del niño, en función de la edad y madurez del niño. De este modo, los alumnos y las alumnas son ciudadanos y ciudadanas de hecho que viven, actúan, piensan, sienten y tienen derecho a participar.

Una escuela en la que se fomente la participación de la comunidad educativa en general, y del alumnado en particular, es congruente con principios organizativos democráticos y a la vez los favorece y los fortalece. Participar permite llevar a la escuela distintas voces, para facilitar la presencia de un pluralismo de formas de vivir y de pensar. En este contexto, los alumnos y las alumnas pueden formarse como intérpretes críticos del conocimiento (Apple y Beane, 1997), siendo conscientes del carácter parcial, relativo, contingente y falible de este (Apple y Beane, 1997; Englund, 2006), y desarrollar hábitos para considerar las perspectivas de las demás personas, testar, evaluar y comparar valores y argumentos, experimentando la importancia de sus propias opiniones y aportaciones (Thornberg, 2008). Deben participar para protagonizar la realidad que viven y para comprender y construir activamente sus circunstancias (Levin, 1998; Rudduck y Flutter, 2007; Santos Guerra, 2007).

Por estas razones, prefiero hablar de “educar en democracia” en vez de “educar para la democracia” (Fielding, 2007). Educar en democracia implica educar dentro de la democracia, esto es, siguiendo una organización y unos valores democráticos. Tal y como entiendo la democracia, un sistema educativo de una sociedad democrática sin participación de las personas implicadas se refuta a sí mismo.