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3. El clima de ideas

3.1. Auge del positivismo

El siglo XIX fue un período de expansión del conocimiento científico. Ésta no surgió en el vacío, fue parte de un proceso que puede rastrearse, al menos, desde el Renacimiento en el siglo XVI (GALAFASSI, 2001). Los avances en astronomía de Nicolás Copérnico, Johannes Kepler, Galileo Galilei; el pensamiento de filósofos como René Descartes o Francis Bacon; o los descubrimientos de Isaac Newton son buenos ejemplos de cómo los modernos trataron de comprender los fenómenos naturales. Estos científicos y pensadores tenían como objetivo entender las causas de la realidad, encontrar sus regularidades y formular leyes. Para el siglo XVIII, ya había, entre los hombres ilustrados, un consenso sobre una serie de principios: la fe en la razón por encima de cualquier conocimiento heredado del pasado; la convicción de que los hombres serían capaces de dominar la naturaleza; y la confianza de que los seres humanos lograrían perfeccionarse hasta lograr la felicidad. Un ejemplo de este espíritu liberal ilustrado fue Alexander Von Humboldt, quien viajó por América del sur recabando información geográfica, botánica, zoológica, geológica, social y cultural del

continente (ETTE, 2000). Los aportes de estos naturalistas también alimentaban esta perspectiva optimista sobre el destino de la humanidad y la capacidad de la ciencia para sostener un progreso sin límites.

Esta ideología alcanzó un consenso pleno durante el siglo XIX. A ello contribuyeron en buena medida las ideas de la revolución francesa, los desarrollos científicos y técnicos, los logros de la revolución industrial, el aumento del bienestar, la comodidad y la seguridad de las elites, el liberalismo, la alfabetización y la educación, y los avances de la democracia. Como señala Jacques Le Goff (2005), estos adelantos de la ciencia generaron, primero, un gran entusiasmo en la sociedad decimonónica, luego, su aceleración provocó un cierto temor, hasta que su estancamiento hizo decaer la fe en el saber científico durante el cambio de siglo. Sin embargo, mientras duró el auge del cientificismo, éste llegó a englobar a todas las esferas del conocimiento, inclusive, el saber sobre los seres humanos y la sociedad.

La aparición de las ciencias sociales fue una ampliación de los objetos estudiados por medio del método científico. En este sentido, la ciencia era una sola y, por ende, el punto de partida era el mismo. De este modo, estas disciplinas tomaron como modelo a las ciencias naturales y se plantearon como objetivo el relevamiento de datos empíricos para encontrar leyes. Por ejemplo, Auguste Comte imaginó a la sociología como una física de lo social.

La doctrina de Comte fue una referencia entre los intelectuales latinoamericanos. Como destacó Charles Hale (1991: 14-15), este paradigma cognitivo no era novedoso para el siglo XIX, salvo por el propio término “positivismo” y su enunciación de forma explícita y ordenada, aparecida en el Cours de philosophie

positive. Según esta forma de entender el mundo, para construir un conocimiento

verdadero había que llevar adelante una observación objetiva y la experimentación en la realidad empírica, siguiendo los pasos del método científico, para alcanzar leyes generales. En el camino que iba de las ciencias simples a las más complejas, el estudio de la física social, la sociología, era una de las ambiciones del pensamiento positivista. Para Comte la sociedad era entendida como un organismo en el que los sujetos estaban determinados por el medio material y social. La metáfora organicista de lo social se combinó con el concepto de evolución. Así, existía la convicción de que las sociedades evolucionaban hacia mayores grados de civilización.

Durante el siglo XIX, el evolucionismo ganó adeptos, ocupando un lugar privilegiado dentro de la cosmovisión de los intelectuales de la época. Hasta entonces, había dominado la perspectiva del “fijismo”, que veía en la naturaleza una creación divina, la que no modificaba su esencia, y sólo bastaba describirla y clasificarla, como hizo en sus estudios el naturalista sueco Carl von Linneo (1707-1778). Para las posturas transformistas, por otra parte, el cambio tenía un valor positivo. Un ejemplo de este punto de vista lo encontramos en la obra del naturalista francés Jean Baptiste de Monet, caballero de Lamark (1744-1829), quien propuso pensar en los cambios de los seres vivos como una forma de superar los obstáculos del medio (GALAFASSI, 2001).

La teoría más influyente sobre la evolución, y que mantiene su prestigio hasta el día de hoy, fue la de Charles Darwin. En su primera obra, El origen de las especies (1859), estudió la biología evolutiva de plantas y animales. Para explicar los cambios en los seres vivos, apeló a la combinación de una serie de variables: la variación en las características particulares, la herencia de algunas de las cualidades de una generación a la siguiente, el cambio en las condiciones ambientales (el medio) y el proceso de selección natural. Sólo los que resultaban más aptos sobrevivían en la competencia por los recursos que ofrecía el medio y transmitían sus atributos a las generaciones siguientes. Darwin estuvo inspirado en las ideas de Thomas Malthus, quien sostenía que la población crecía más rápido que los alimentos necesarios, lo que llevaba a una lucha por la vida, en la que sólo sobrevivían los más fuertes (GALAFASSI, 2001).

El concepto de evolución enunciado por Darwin contribuyó a sostener la ideología del progreso, que alcanzó un alto grado de legitimidad entre 1840 y 1890, en paralelo con el despegue económico e industrial del mundo occidental (GALAFASSI, 2001; LE GOFF, 2005). Sin embargo, el naturalista británico no aplicó sus teorías a los fenómenos sociales. Sería Herbert Spencer quien enunciaría el marco teórico de la evolución para el estudio de las sociedades humanas. Según su teoría del cambio social, los grupos humanos evolucionaban desde organizaciones simples y primitivas, atravesaban una serie de estadios, y las llevaban, de forma lineal, al punto más civilizado, como ejemplo se presentaba el caso de la Inglaterra del siglo XIX. Cada sociedad era un organismo biológico, con estructuras y funciones; la lucha por la vida era sinónimo de progreso social. De la teoría de Spencer provenía un concepto que aglutinaba las preocupaciones y problemas que aparecían en los diagnósticos y proyecciones de los intelectuales sobre la realidad latinoamericana: la raza. Este término reunía dos dimensiones principales. Por un lado, contemplaba las características

culturales de las sociedades humanas (costumbres, prácticas religiosas, instituciones políticas, por ejemplo), así como las propiedades físicas y biológicas heredadas de generación en generación en cada grupo humano. Estos caracteres, entre otros (como la historia, la literatura, la lengua y la geografía), eran los que permitían explicar el avance o el atraso de las sociedades en su proceso de evolución hacia la civilización europea. Muchos ensayos o análisis de la realidad latinoamericana estuvieron dedicados a los problemas sociales y políticos que ponían en riesgo el correcto proceso evolutivo de la raza. Así, la interpretación spenceriana de la evolución para analizar las formaciones sociales fue muy influyente en los ensayos sobre la realidad socioeconómica y política de América Latina en la segunda mitad del siglo XIX (HALE, 1991: 26).

En síntesis, el creciente prestigio de las ciencias naturales, de las teorías evolucionistas y del pensamiento de intelectuales europeos, como Comte o Spencer, contribuyó a crear la representación de la sociedad como un organismo social, que avanzaba en el camino hacia la civilización. Durante la segunda mitad del siglo XIX, el pensamiento de las elites en el poder, en América Latina, estuvo guiado por el ideario liberal. Sin embargo, como señala Hale (1991), paulatinamente, el liberalismo, sin perder todavía su prestigio y hegemonía, fue dejando lugar a otras ideas, como las del pensamiento de cuño positivista. Junto con la sensación de estar experimentando el fin de los tiempos, característica del decadentismo del final del siglo XIX, el auge de la ciencia positivista fue el marco desde el cual los intelectuales pensaron el conjunto de cambios sociales, políticos y económicos que la realidad latinoamericana estaba experimentando.

La elite política y cultural argentina también fue influenciada por este clima de época.42 Así, participaron del mismo entusiasmo y espíritu cientificista. Esto fue alentado por los desarrollos científicos en las décadas de 1870 y 1880 por parte de figuras destacadas como Florentino Ameghino. Los fenómenos sociales también fueron interpretados a partir del biologismo: los hechos del organismo social eran, en última instancia, de la misma naturaleza que los biológicos, sólo que más complejos. Si no había diferencias entre la realidad estudiada por las ciencias, el método era el mismo para las disciplinas naturales y las que estudiaban a la sociedad y la cultura, y ambas tenían el mismo horizonte: enunciar leyes generales. Estos principios también habían

42 Para un estudio de las ideas científicas, políticas y sociales en Argentina durante las décadas finales del

siglo XIX y las primeras del XX, véase, entre otros, SOLER (1968); BIAGINI (1985); HALE (1991); BOTANA y GALLO (2007) y TERÁN (2010).

estado presentes en la generación del '37, pero el contexto era diferente. Mientras que los románticos habían dedicado sus esfuerzos a fines prácticos y políticos (la construcción y consolidación del estado), los miembros de la generación del '80 tuvieron un perfil más académico y universitario y, en cierta medida, pudieron dedicar más tiempo al desarrollo de las ciencias.

Como señaló Ricaurte Soler (1968), el positivismo en Argentina fue una etapa cultural que influyó tanto en la actividad científica como en la artística y cultural en general. En este sentido, los autores literarios también fueron imbuidos por el cientificismo e inspirados por el naturalismo francés. Más que las consignas políticas de Émile Zolá, los autores naturalistas en el Río de la Plata imitaron las técnicas y las formas para describir las escenas y los espacios, en los que por momentos aparecían elementos de una sensibilidad romántica que todavía perduraba (AVELLANEDA, 1980: 145-146). El rasgo central de la novela naturalista era su vocación de dar un relato que pudiera destacarse por su objetividad y realismo en la narración de los hechos. Debido a la influencia de las ideas científicas en boga (en especial de las ciencias naturales), las obras naturalistas tendían a presentar a los sujetos determinados por el medio ambiente, en particular, por el mundo urbano finisecular. Al igual que en los estudios médicos de la época, los personajes de las obras estaban determinados por las leyes de la herencia, por sus instintos y tendencias, y no podían escapar de la influencia ineludible y aplastante del medio. Por esta razón, al realizar una descripción minuciosa de las situaciones ponían mucho cuidado, como si se tratase de un experimento científico; el relato, al recrear las condiciones que habían generado los hechos narrados, servía como una prueba o evidencia para justificar la interpretación de la realidad observada y presentada en la obra.

No hay dudas de que el evolucionismo gozaba de un importante grado de aceptación por parte de los positivistas argentinos. Sin embargo, la forma de interpretar la evolución no era la misma en todos los especialistas. En este sentido, según Soler (1968), hubo una serie de autores que representaron una corriente de positivismo rioplatense original, alejada tanto de las ideas del comtismo como del modelo teórico de Spencer. Intelectuales como Carlos O. Bunge o José Ingenieros expusieron la importancia de la experiencia individual y colectiva en el desarrollo de la evolución de las sociedades nacionales, sin apelar al intelectualismo o al determinismo mecanicista. Así, la concepción individualista del evolucionismo social de Spencer no era el marco de referencia que seguían estos renombrados científicos y escritores. Otros, como José

María Ramos Mejía, interpretaban la transformación de las sociedades a lo largo de la historia argentina de una forma más similar a la del reconocido intelectual inglés. Por ejemplo, en Las multitudes argentinas (1899), al igual que en la obra de Spencer, las metáforas organicistas eran frecuentes, refiriéndose a la multitud como el protoplasma que podía sobrevivir y regenerarse si alguna de sus partes moría o desaparecía (ya que, sin ser ninguno de los dos, tenía la resistencia de los sólidos y la fluidez de los líquidos). También, de manera análoga al individualismo metodológico spenceriano, Ramos Mejía explicaba la fisiología de la multitud partiendo del “hombre carbono”, esa unidad mínima que se agrupaba para conformar las revueltas, las turbas y las agitaciones ocurridas a lo largo del pasado argentino. En este sentido, desde una mirada determinista, entendía el proceso histórico como resultado de las acciones individuales no planificadas, dejando en segundo plano los efectos del colectivo como totalidad.

Más allá de estas particularidades, los intelectuales argentinos de fines del siglo XIX compartían la adhesión a los postulados generales del evolucionismo e imaginaban a la sociedad como un organismo que había cambiado a lo largo del tiempo. La metáfora organicista estuvo presente en los estudios sociales de la época, que intentaron comprender los problemas que surgieron como consecuencia del creciente aumento demográfico, el progreso material y el acelerado proceso de urbanización.