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2. Teoría y metodología

2.1. Aspectos teóricos y metodológicos

2.1.4. El otro significativo y la acción comunicativa

Siguiendo con lo expuesto, entendemos el suicidio como un hecho individual, pero, al mismo tiempo, social. Es decir, una acción que responde a las representaciones del sujeto como individuo y a la manera de representar a los que forman parte de su red social. Según Pierre Moron (1980), la autoagresión y la heteroagresividad (dirigida a un tercero) están conectadas. En este sentido, los suicidios y los significados que les otorgan los que se quitan la vida, en general, estarían relacionados con el vínculo con el prójimo. Según Moron, el motivo esencial es la reivindicación afectiva, es decir: “El sentido del deseo de autodestrucción es esencialmente hacer al prójimo responsable de la muerte: auto y heteroagresividad están indisolublemente ligadas” (MORON, 1980: 125).

Desde nuestra perspectiva, y a partir de lo estudiado en las fuentes, la intencionalidad puesta en el acto suicida implica otras posibilidades. Además de la revancha o venganza, a través de la culpa, consciente o inconsciente, que el suicida busca generar en el otro significativo, las situaciones que hemos observado en la documentación analizada, desde una mirada cultural, son más variadas, así como las intenciones / motivos verosímiles manifestados. Por ejemplo, en algunos casos, el otro significativo carecía de una forma específica, se trataba de alguien indefinido o colectivo, y la intención que manifestaba en la nota que dejó el que se quitaba la vida era la de expresar el sufrimiento. Por otra parte, sí consideramos que la relación con el otro significativo, la persona a la que apela el sujeto con su acción suicida (o su llamado de auxilio), debe ser tomada muy en cuenta a la hora de analizar los testimonios de los actores sociales. Así, interpretamos los suicidios y los mensajes dejados por los suicidas como interacciones con el entorno, ya sea para lograr una respuesta o una actitud en particular, para comunicar / exteriorizar dolor, o para lograr la trascendencia individual a partir del recuerdo de los que integran la red vincular del que se quita la vida. En este mismo sentido, interpretamos los pedidos de auxilio y las interacciones que el sujeto entabló con su red de contención, previo a llevar adelante el acto suicida. En palabras de Moron (1980: 28): “El suicida en potencia da señales de su intención de suicidarse, da avisos, a menudo directos, e incluso explícitos de autodestrucción”. El hombre o mujer

desesperado/a recurría a los vínculos disponibles para pedir auxilio, apelando a diversas formas de comunicar su sufrimiento.

Por esta razón, encontramos estimulante pensar las muertes por mano propia a partir de la teoría de la comunicación, en línea con lo que plantean autores como Birthe Loa Knizek y Heidi Hjelmeland (2011). Desde esta perspectiva, los suicidios son analizados como acciones comunicativas. Se parte de entender que todo lo que el ser humano hace transmite un mensaje a los demás individuos que forman parte de su contexto social, influyendo en ellos. En este sentido, al lastimarse, los que se agreden a sí mismos están comunicando algo a la red social que integran, o al colectivo. Desde este punto de vista, las muertes por mano propia son fenómenos duales: afectan al que se suicida y a los otros significativos a los que apela. Estos últimos reconstruyen luego de lo sucedido diálogos previos e interacciones. En cierta medida, la muerte por mano propia es ubicada como desenlace y encadenada con la serie de eventos previos. Como señalan Knizek y Hjelmeland (2011), la teoría de la comunicación es pertinente para pensar los suicidios en diversos contextos culturales. En este sentido, el significado de la violencia dirigida hacia uno mismo y de las muertes por mano propia puede ser diferente en distintas sociedades, así como la forma de transmitir las necesidades y los sentimientos a los otros significativos que integran la red social de contención. Hjelmeland (2010) diferencia, al seguir la tipología de L. Qvortrup, cinco categorías para clasificar los actos suicidas desde la perspectiva cultural y comunicativa, de acuerdo con el mensaje que transmiten y el interlocutor al que está dirigido: emocional hacia uno mismo, emocional hacia otros, regulativa hacia otros, regulativa hacia uno mismo y declarativas. En primer lugar, las acciones emotivas dirigidas hacia uno mismo son aquellas en las que el eje del mensaje transmitido por medio del suicidio está vinculado con la imagen negativa del propio individuo, lo que expresa una baja autoestima y falta de amor hacia uno mismo; el mensaje, en la segunda forma de expresión (emocional hacia otros), incluye las manifestaciones hacia los otros significativos y hace mayor hincapié en comunicar el malestar a los que están relacionados con el que se quita la vida. En tercer lugar, las acciones regulativas hacia otros tienen una finalidad retórica e imperativa, es decir, el suicidio es visto como un modo de condicionar a los miembros del entorno relacional; por otra parte, las regulativas hacia sí mismo, son actos característicos de personas que sienten no poder

cumplir con las demandas de su red social o de su comunidad como colectivo, e, incluso, llegan a castigarse a sí mismos. Por último, las declarativas no implican datos o información sobre los motivos o razones para quitarse la vida, tampoco hay una intención explícita de influir en el entorno, el sujeto, en estos casos, se limita a declarar que ha decidido morir.

El modelo descripto en el párrafo anterior fue desarrollado en un período muy reciente. Nuestro objetivo, a partir de la clasificación de las distintas situaciones narradas en los sumarios judiciales, es el armado de una clasificación que se ajuste a los patrones culturales de la Buenos Aires de la segunda mitad del siglo XIX. Para ello, tomamos la tipología mencionada a modo de hipótesis con el fin de corroborar qué tipo de acciones comunicativas encontramos en los relatos analizados y cuáles predominaban en las notas suicidas abordadas y en las declaraciones de los heridos, según los diferentes temas (locura, amor, honor, etc.) y tipos narrativos identificados. Asimismo, nos proponemos identificar quiénes son los otros significativos a los que dirige su mensaje la persona que se quita la vida de acuerdo con los diferentes roles (madre, padre, hijo/a, pareja, compañeros de trabajo, etc.), y cómo los representaba en las notas y cartas que dejaba. Al mismo tiempo, al clasificar las acciones comunicativas de los actos suicidas estudiados, nos proponemos interpretar las implicancias morales de los mismos y de la actitud que adoptaban los emisores (disgusto / hastío, remordimiento, tristeza, cansancio, temor, etc.). Por ejemplo, en los suicidios relacionados con el sentido de la honra, en qué circunstancias los mensajes regulativos eran hacia uno mismo (expresión de remordimiento) o hacia los otros (denuncia o exposición de una situación considerada injusta).

En síntesis, el que se agredía a sí mismo, en cierta medida, interpelaba al mundo en el que vivía y a los otros con los que interactuaba. A partir de esta perspectiva, consideramos los casos de muerte por mano propia a través de la comunicación que el individuo sin esperanzas intentaba establecer con su red social, y, dentro de esta, con los que identificaba como otros significativos. La forma de acercarse y transmitir su mensaje estaba permeada por un conjunto de principios; dicho de otro modo, estas creencias comunes daban significado a la representación de sí mismo que construía el sujeto y la imagen que tenía de las personas con las que estaba vinculado. De forma análoga, las acciones de los otros significativos ante su llamado de auxilio, o

la forma en la que estos representaban al que se quitaba la vida, estaban condicionadas por los valores morales del sentido común.