1. El estudio cultural del suicidio desde la historia
1.3. Los suicidios en la historiografía argentina
La primera obra que hemos encontrado referida al tema del suicidio en la historia argentina es la de Lidia Parise y Abel González, La fin del mundo (1971). En su estudio, los autores destacan el clima de época durante el Centenario de 1910, momento en que la población de Buenos Aires se preguntaba si el paso del Cometa Halley contaminaría la atmósfera de la tierra y terminaría con la vida. En esa situación, se suicidaron muchas personas, dejando, en algunos casos, en sus “mensajes de adiós”, referencias no sólo a esta situación, sino también a muchas otras que angustiaban a hombres y mujeres de la época.
Si el trabajo de Parise y González estuvo enfocado en el análisis de los casos anónimos que daban cuenta de la sensibilidad romántica y decadentista (estar viviendo el final de los tiempos) de fines del siglo XIX y principios del XX, el trabajo de Jimena Sáenz (1973), que apareció publicado en la revista Todo es Historia, estuvo centrado en los casos de suicidio de algunas personalidades de la elite cultural y política que permanecieron en la memoria colectiva. En este artículo, la autora realizó un recorrido por los casos particulares de ciertas figuras reconocidas de diferentes ámbitos de la historia argentina –Leandro N. Alem, Alfonsina Storni, Leopoldo Lugones, Lisandro de la Torre, entre otros–, que terminaron con sus vidas. Sáenz sólo dio cierta información biográfica de algunas figuras célebres, sin avanzar en un análisis sistemático y riguroso de las representaciones, la sensibilidad o los discursos relacionados con el quitarse la vida. Estos casos, por tratarse de individuos destacados y conocidos de la población, habían sido el centro de debates y habían abierto, en distintos momentos, la discusión sobre los valores y el marco axiológico, implícito y explícito, que compartían quienes presenciaban el hecho.
El tema permanecería ausente en la historiografía argentina hasta 1991, año en el que Marcelo Otero publicó su tesis de licenciatura, referida al discurso médico sobre el suicidio en el ámbito intelectual porteño de entre siglos.15 Sin adscribir abiertamente a un enfoque foucaultiano, su investigación puso el foco de atención en las tesis médicas y artículos sobre el tema del suicidio en la ciudad de Buenos Aires. Para ello, problematizó los análisis realizados desde el Círculo Médico Argentino y otras instituciones, en los que identificó la preocupación que provocó el aumento sostenido de
la tasa de suicidios. Antes de que la obra de Durkheim, El suicidio (1894), fuera publicada, los médicos discutían distintos enfoques sobre el problema, debatiendo sobre las causas y factores que influían en la tasa de suicidios. En estas discusiones, aparecía la idea de que el suicidio era una enfermedad moral relacionada con el grado de civilización alcanzado por la sociedad. Los científicos, mediante su conocimiento, sentían el deber de avanzar en el estudio de estos fenómenos para continuar con la línea del progreso sin límites en la que todavía se creía a fines del siglo XIX. El interés por el suicidio comenzó a decaer en 1910, momento en que las investigaciones sobre el tema eran cada vez más infrecuentes, hasta los años treinta, período en que dicho interés, según Otero, volvió a resurgir. En su trabajo, para el análisis de los discursos y la mirada médica sobre la muerte voluntaria, utilizó algunos artículos e investigaciones que aparecieron editados entre 1880 y 1910 en publicaciones como los “Anales del Círculo Médico Argentino”, la revista “La Semana Médica”, “Archivos de Psiquiatría y Criminología” y algunas de las tesis de medicina de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Buenos Aires, de ese mismo período.
Cabe señalar que el análisis de los discursos científicos e intelectuales nos permite conocer las formas hegemónicas de entender distintos fenómenos de la cultura de un período determinado. En este sentido, los estudios sobre la muerte han dado cuenta del proceso de legitimación del saber médico y científico, así como de la figura de los profesionales de la salud, en especial, en la época que estudiamos.
Durante la segunda mitad del siglo XIX, en paralelo con el crecimiento de los asentamientos urbanos, las epidemias de diferentes enfermedades preocuparon a la población en general, que padecía sus efectos. En este marco, ocurrieron cambios en la sensibilidad ante la muerte, y, en especial, en el trato con los cuerpos, una posible vía de contagio, y de las prácticas funerarias, alejando los cementerios de los cascos urbanos, para evitar el intercambio promiscuo y antihigiénico entre vivos y muertos.16 La lucha
16 En la perspectiva de Philippe Ariès, el traslado de los cementerios del centro de las ciudades hacia las
afueras, como consecuencia del cambio de sensibilidad ante los cadáveres, fue un momento relevante en el proceso de formación del tabú de la muerte en el siglo XX. En el siglo XIX, muchas prácticas funerarias cambiaron junto con la transformación de la sensibilidad hacia los cadáveres y el avance del proceso de secularización. A medida que ganaba peso una concepción ilustrada e higienista de los cadáveres, perdía legitimidad la autoridad religiosa en ciertas esferas, como el entierro de los muertos. En este sentido, una de las prácticas que desapareció fue el entierro en las iglesias. Esto dio como resultado el traslado de los cementerios a lugares alejados de los centros urbanos y la prohibición de enterrar en el interior de los templos religiosos. Esta transformación de las prácticas funerarias estuvo lejos de ser un proceso lineal, por el contrario, tuvo avances lentos y sinuosos e irregulares en el tiempo, hasta que conquistaron una legitimidad en sectores amplios de la población y no sólo entre ciertas fracciones de la
antiepidémica fue el marco en el que los profesionales de la salud consolidaron su posición como actores políticos y sociales, lo que dio legitimidad a su discurso sobre distintas esferas de la vida, entre ellas, la muerte.
Un trabajo que da cuenta de este avance de la autoridad médica, para el caso de la ciudad de Córdoba, es el de Liliana V. Pereyra (1999). En su obra, La muerte en
Córdoba a fines del siglo XIX, destacó, como uno de los cambios que aparece en el final
del siglo XIX, el aumento constante del peso y la legitimidad otorgado al discurso médico en cuestiones relacionadas con la muerte, en paralelo con el proceso de consolidación del estado. Si bien, según la autora, la Iglesia conservó el monopolio de la entrada a la otra vida (de acuerdo a la ritualización, lugares y servicios que eran ofrecidos en la época), a la hora de la muerte actuaban tres discursos: el médico, el estatal y el religioso. Cuando era necesario determinar la defunción de un miembro de la comunidad, el médico era la persona autorizada para confirmar que había ocurrido una muerte, a través de la observación de los signos vitales correspondientes. Por otra parte, el especialista en medicina moderna pasó a cumplir funciones dentro del aparato estatal, como impulsor y administrador de medidas orientadas a garantizar una vida higiénica en la población. Como señala Pereyra (1999: 99): “El discurso del médico actúa en dos planos: uno, casi autónomo, frente a cada muerte, como profesional en ejercicio de su disciplina; y el otro, lo ubica frente a todas las muertes desde su creciente inserción en el aparato del Estado”.
Para nuestra investigación, creemos importante retomar el discurso médico y científico sobre el suicidio, a fin de observar lo que era considerado verosímil sobre el tema y los valores que los médicos ponían en juego a la hora de reflexionar sobre la muerte voluntaria. El estudio de los saberes en boga durante la segunda mitad del siglo XIX nos puede brindar un primer acercamiento a las representaciones del suicidio por parte de las elites políticas y culturales y los intentos de difundir esta mirada al resto de la sociedad. Nos parece interesante, también, reflexionar sobre la circulación de este discurso por fuera del espacio de sociabilidad laboral y profesional de los médicos,
elite. Algunos trabajos han analizado este proceso en diferentes lugares del territorio argentino (LÓPEZ MATO, 2002; NIEVES SOSA, 2005; CARETTA y ZACCA, 2007 y 2010; AYROLO, 2009; GERÉS, 2011). Como señalan estos estudios, las representaciones del período colonial pervivieron durante largo tiempo y los cambios no fueron ni profundos ni afectaron a todos los sectores de la sociedad hasta bien avanzado el proceso de modernización. Para un análisis de los monumentos funerarios y las características de los cementerios en Argentina y Brasil en el período que estudiamos, véase, también, DILLMANN (2014).
sobre otras lecturas y otras formas de interpretar el fenómeno. Al mismo tiempo, cabe destacar que los profesionales de la salud, siguiendo lo expuesto por Otero, eran seguidores atentos de la prensa, una de las fuentes principales que les aportaba información sobre lo relacionado con el suicidio en la ciudad de Buenos Aires, en el territorio nacional, y en el resto del mundo. En este sentido, encontramos estimulante la comparación del discurso intelectual de las elites con los enunciados aparecidos en diarios y periódicos, a fin de observar la circulación de las ideas desde el ámbito académico hacia un público más amplio.17
También nos parece relevante recuperar las influencias intelectuales que los médicos recibieron de los centros hegemónicos a nivel mundial y cómo resignificaron esos discursos eruditos.18 Esto último es algo que Otero no desarrolló en su tesis sobre
el suicidio en Buenos Aires, al igual que los espacios de sociabilidad y producción de esos saberes, es decir, los vínculos que ligaban a los intelectuales en una red de colegas, discípulos y alumnos, y sus roles como funcionarios políticos y como profesores en las cátedras de la Universidad de Buenos Aires. Si bien Otero encontró que había una dimensión moral en el análisis del suicidio por parte de los profesionales de la salud, no profundizó el análisis del marco axiológico implícito, siendo que su objetivo era mostrar las similitudes de las ideas de los médicos de entre siglos y el pensamiento de Durkheim. En nuestra investigación, por otra parte, ese será el lente con el que
17 En esta línea de interpretación están los trabajos de Fabio Henrique Lopes, en los que analizó la
influencia del discurso médico en el imaginario de la sociedad brasileña durante el siglo XIX e inicios del XX. En su primer trabajo, O suicídio sem fronteiras: entre a razão e a desordem mental (1998), Lopes realizó un análisis del tratamiento del suicidio en la prensa de Campinas. Por medio de la elaboración de series temáticas, en base a lo publicado en el Diario de Campinas, organizó los discursos vinculados con el suicidio. El autor destacó que el objetivo de la publicación no era sólo informar, sino también interpretar, orientar y divertir. En su trabajo, Lopes (1998: 5) abordó las tres décadas finales del siglo XIX, período de importancia por la intensa actividad de la prensa local, tanto como por la constancia y la diversidad de temas y secciones. Entre estos discursos, pudo identificar el del saber médico, que integraba el suicidio al universo de las enfermedades mentales. Junto a este discurso, también encontró otros relacionados con lo ficcional, lo popular y lo místico. En su estudio, además, buscó demostrar cómo la prensa jugaba un rol central en convertir los suicidios en elementos del cotidiano de la ciudad.
18 En su segunda obra, A experiência do suicídio: discursos médicos no Brasil, 1830-1900 (2003), Lopes
se concentró, principalmente, en las tesis médicas como fuentes. La información encontrada en las mismas sobre las representaciones del discurso médico fue ordenada en cuatro series temáticas. En la primera, agrupó las referencias sobre el suicidio como enfermedad mental. La segunda serie fue elaborada reuniendo los enunciados que mostraban al suicidio como el resultado de pasiones excesivas del mundo urbano. A través de la tercera, López analizó las diferencias a la hora de explicar los casos de suicidios en hombres y mujeres. Por último, identificó una serie sobre los efectos que la literatura ejercía en los jóvenes, que, en algunos casos, podía sugestionarlos, provocando epidemias de suicidios. Además de analizar el discurso de los profesionales de la salud en Río de Janeiro, Lopes indagó las referencias intelectuales presentes en estos. Así, encontró una fuerte influencia de la psiquiatría francesa, y, en especial, de las ideas de Esquirol.
revisaremos los escritos producidos por estos intelectuales.19 Más allá de analizar su rol
como miembros de la elite cultural del período, buscaremos entenderlos como parte de la sociedad de la época, es decir, permeados por los valores y el código social presentes durante el proceso de formación de la Argentina moderna.
Mientras que los trabajos de Otero estuvieron centrados en diversas fuentes referidas al saber médico producido en la ciudad de Buenos Aires, la investigación de Diana Duart y Carlos Van Haubart buscó indagar las representaciones del suicidio en los expedientes judiciales del Departamento Capital de la Provincia de Buenos Aires.20 Estos les permitieron avanzar en un análisis de la sensibilidad de la población, a través de las notas de despedida de quienes decidieron quitarse la vida y de los testimonios de los que fueron interrogados por la policía. Dos conceptos se repetían en la mayoría de las cartas y declaraciones, honor y fidelidad. En este sentido, los testimonios relevados daban cuenta de elementos que formaban parte de las representaciones de la honra masculina y femenina a fines del siglo XIX y principios del XX. Este tipo de trabajos aportan elementos para comparar las fuentes producidas por las elites e identificar los puntos de acuerdo y las diferencias a la hora de expresar lo que era verosímil y otorgarle un valor.
En este sentido, creemos importante destacar las variantes que adquiere la representación de la muerte, del comportamiento seguido, de acuerdo a la clase, el género y la edad, dentro del análisis más general de la sociedad en un período. Como señala Jacques Le Goff (1995), el nivel de las mentalidades o de lo cultural está vinculado, de forma íntima, con las características de la estructura social, con la vida material y las relaciones al interior de cada estrato y con otros grupos y actores de la sociedad de la época. Para ejemplificar estas cuestiones, nos parece oportuno presentar
19 En este sentido, si bien Jackson André da Silva Ferreira reconoció la importancia de interpretar estos
discursos en los períodos estudiados, en su trabajo sobre el suicidio en Bahía (Brasil), durante la segunda mitad del siglo XIX, relativizó el alcance del poder de los médicos en la sociedad (FERREIRA, 2004: 6). Para este autor, no sólo era importante la influencia que estos tenían en los grupos y actores sociales de la época, sino que también era fundamental pensar cómo la lectura de la prensa, entre otras cosas, construía la mirada de los profesionales de la salud. Otro punto interesante en el trabajo de Ferreira fue la atención prestada al discurso religioso sobre la muerte voluntaria. El autor recurrió a publicaciones religiosas para rescatar el punto de vista de los católicos y otros cultos en relación al tema de la muerte voluntaria y así comparar el discurso desde el punto de vista religioso con la moral del saber médico. Esto permitió a Ferreira plantear que, en las tesis médicas, además de las ideas científicas, había una fuerte influencia de concepciones morales, a veces similares a las de los discursos religiosos (FERREIRA, 2004: 10).
20 Desafortunadamente, los trabajos de Duart y Van Haubart no se encuentran en poder de sus autores y, al
día de hoy, no hemos podido acceder a una copia de los mismos. Lo único que queda es un breve artículo disponible en la Biblioteca de la Universidad Nacional de Mar del Plata.
los trabajos de Andrea Jáuregui y Lilian Diodati y Nora Liñan, aparecidos en la compilación de Cristina Godoy y Eduardo Hourcade, La Muerte en la Cultura (1993). Jáuregui abordó, por un lado, las pinturas de los Salones Nacionales entre 1911 y 1945, y, por el otro, los elementos iconográficos de las sepulturas en el Cementerio de la Recoleta. Entre los aspectos destacados por la autora en las series icónicas, encontró que la muerte del otro (retomando la tipología de Ariès) era uno de los temas más frecuentes en las pinturas, en tanto la muerte de los hijos era una de las más sufridas y, por ello, representada con mayor dramatismo. Esto también aparecía en las bóvedas del cementerio de la Recoleta dedicadas a la memoria de los hijos por parte de aquellos padres que habían encargado su construcción (JÁUREGUI, 1993: 81). Esto contrastaba con la forma en que había sido vivida la muerte durante la mayor parte del siglo XIX, como señalan Diodati y Liñan (1993). Estas abordaron el tema desde la historia de la sensibilidad colectiva y las mentalidades, centrando su análisis en el espacio rioplatense de la primera mitad del siglo XIX. Entre las particularidades que encontraron, destacaron las actitudes ante la muerte de los niños. El “velorio del angelito” constituía una fiesta y una ceremonia de gran importancia, tanto para los pobladores de la campaña como para los habitantes del mundo urbano. Entre los primeros, por ejemplo, era común que los asistentes tomaran mate y bebieran, jugaran a los naipes, tocaran la guitarra, bailaran alegremente, cocinaran pasteles, mientras velaban el cuerpo del niño (que estaba vestido de blanco). La fiesta duraba toda la noche y, al día siguiente, los padres del niño podían prestar el angelito a un vecino para continuar con el velorio un par de días más. Estas prácticas festivas se daban (con sus particularidades) entre los miembros de las elites (que en lugar de bailar el gato danzaban alegres minuetos). Si bien había diferencias a la hora de velar un notable o un miembro de los sectores populares rurales o urbanos, para todos los integrantes de la sociedad, más allá de su origen social, la muerte de un niño (un alma sin los pecados de los adultos) era algo que merecía ser recordado. Este tipo de prácticas (con matices, sincretismos y resignificaciones) están vigentes en ciertas comunidades, como Corrientes. Este caso fue estudiado por César Iván Bondar (2012a y b).21 Por otra parte, Diodati y Liñan
21 En su trabajo, Bondar analiza las prácticas en torno a los angelitos en el presente como el resultado de
un proceso de mestizaje y re-semiotización dentro de la religiosidad popular. A diferencia de los velorios narrados por los viajeros abordados por Diodati y Liñan (1993), en el caso de la provincia de Corrientes no hay festividades de varios días. Por otra parte, Bondar sí ha encontrado diferencias en los velorios y las tumbas (el uso de ciertos colores y la presencia de exvotos relacionados con la muerte en la niñez) de los
(1993) hacen hincapié en la violencia cotidiana, propia de la situación social, política y material del siglo XIX, y cómo ésta se enlaza con las representaciones de la muerte (con la imagen de la sangre y el cuchillo), ya que era una experiencia más cotidiana y presente en la vida de los pobladores, tanto urbanos como rurales. Estos estudios muestran distintas representaciones de acuerdo a la franja etaria del difunto, el grupo social al que pertenecía, a su lugar de residencia, o a la identidad de género del que