refiguración, y no al revés: «Esta reformulación —dice Ricoeur— no se limita a un cambio de vocabulario, pues marca la subordina ción de la dimensión epistemológica de la referencia a la dimen sión hermenéutica de la refiguración. La cuestión de la relación de la historia con el pasado no pertenece ya, entonces, al mismo nivel de investigación que la de su relación con el relato, incluso cuan do la epistemología del conocimiento histórico incluye en su ám bito la relación de la explicación con testimonios, documentos y archivos, y deriva de esta relación la definición de Fr. Simiand que hace de la historia un conocimiento por huellas. Sólo en una refle xión de segundo grado se plantea la cuestión del sentido mismo de esta definición. La historia, como investigación, se detiene en el documento como cosa dada, incluso cuando eleva al rango de documento huellas del pasado que no estaban destinadas a apoyar un relato histórico. La invención documentaría es, pues, todavía una cuestión epistemológica. Lo que ya no lo es es la cuestión de saber lo que significa la intención por la que la historia tiene con ciencia de relacionarse con acontecimientos realmente sucedidos. Es en esta conciencia donde el documento deviene huella, a la vez un resto y un signo de lo que filé y ya no es. Es a una hermenéuti ca a la que corresponde interpretar el sentido de esta intención ontológica por la que el historiador, fundándose sobre documen tos, intenta alcanzar lo que fué pero ya no es»82.
¿Cóm o interpretar, pues, la pretensión de la historia de que sus construcciones narrativas constituyan reconstrucciones de algo efectivamente sucedido en el pasado? ¿Sobre qué base podemos identificar una construcción con una reconstrucción? Para Rico eur, el modo de hallar la respuesta a esta cuestión será confrontar la pretendida realidad de las configuraciones históricas con la irrea-
lidad de las creaciones ficticias, en busca de un paralelo, en la ficción, de lo que se entiende por realidad histórica. Este es el problema primeramente denom inado de la referencia cruzada de la historia y la ficción, objeto principal de la refiguración narrativa del tiempo. Ahora, la teminología de la teoría fregeana de la refe rencia queda definitivamente superada, en la medida en que no favorece el hallazgo de esa clave perseguida del problema de la refiguración, y finalmente encontrada en la manera en que la his toria y la ficción, conjuntamente, ofrecen a la aporética fenome- nológica del tiempo la réplica positiva de una poética de la na- rratividad que se vertebra básicamente sobre la mediación operada por la lectura entre el m undo del texto y el mundo del lector.
N o debe perderse de vista, pues, que la preocupación de Rico eur por justificar cóm o las construcciones del historiador pueden ser reconstrucciones que nos devuelven al presente la paseidad de lo ausente, está directamente supeditada al objetivo básico de ha cer ver cómo la refiguración del tiempo por el relato lleva a cabo la reinscripción del tiempo vivido en el tiempo cósmico. Este es el ámbito formal dentro del cual se resuelve finalmente, tanto el pro blema de la realidad del pasado, como el de la verdad de los relatos que refiguran el tiempo. Porque también el relato de ficción cum ple, al igual que la historia, la fucción de refigurar el tiempo y, en consecuencia, de mediar entre tiempo vivido y tiem po objetivo. Para demostrarlo, Ricoeur emplea la expresión mundo del texto, cuyo significado había sido ya explicitado en escritos diversos an teriores a TR. Lo que esta expresión pretende designar es el hecho de que un texto nunca es una estructura puramente formal y cerra da sobre sí misma, sino que desborda hacia un mundo de posibili dades que podríamos habitar para desarrollar allí un proyecto específico de ser-en-el-mundo. N o hay una referencia directa, pero sí una intención indirecta hacia una realidad resuelta en relación
mimética: «El mundo del texto es una trascendencia en la inma nencia del texto, un fuera intencionado por un dentro»83.
Supuesto esto, no es de extrañar la especial relevancia que adquieren, para Ricoeur, los relatos orientados a proyectar una experiencia en la que el tiempo, como tal, es tematizado. Su lectu ra opera entre el mundo del texto y la experiencia ficticia del tiem po que allí se expresa, por un lado, y el mundo efectivo del lenguaje, por otro, esa intersección o entrecruzamiento de referen cias a la que Gadamer ha aludido con su expresión fusión de hori zontes. De modo que sólo en el encuentro más o menos conflic tivo entre el mundo ficticio, desbordado del texto, con el mundo efectivo de la vida, él m ism o mediatizado ya por toda suerte de estructuras simbólicas, se cumple la significación verdadera del relato de ficción. La respuesta dada por Ricoeur a su hipótesis básica se contiene aquí: no hay mimesis, redescripción o refigura- a ó n del mundo efectivo de la acción o del tiempo, sin la recep ción del texto por un lector. Pues sólo bajo la condición de la apropiación, ingenua o critica, del mundo del texto por parte de un lector, las obras literarias nos enseñan a ver el mundo, ilumi nando la acción y la pasión a partir de como se nos aparecen las imágenes de la ficción: «El ver como... es el alma común a la metá fora y al relato. Metafórico se puede decir por igual de las ficciones narrativas, siempre que signifiquemos con elio sólo la acción de ver como..., ejercida por las ficciones narrativas en el ámbito de la acción y la pasión efectivas»84.
¿No puede afirmarse, pues, después de lo dicho, que historia y ficción resuelven de manera complementaria, y no contrapuesta,
83 R ic o e u r, P,: Le temps raconté. ed. cit., p. 447.
84 R i c o e u r ,P.:
o.
c.,
p .448.
la discordancia entre tiempo mortal y tiempo cósmico? Mientras la historia lleva a cabo la mediación sobre la base de conectores específicos, los relatos de ficción lo hacen mediante variaciones imaginativas construidas precisamente sobre esa reinscripción del tiempo humano en el tiempo cósm ico operada por la historia, variaciones imaginativas, por tanto, configuradas sobre el tema de la separación entre esas dos perspectivas sobre el tiempo que apa recen especulativamente irreconciliables. Cada obra ofrece formas de orientarse diversas en relación a esa heterogeneidad, de resol verla de un m odo diferente al m odo histórico, o de fracasar en el intento. Pues sin las limitaciones que imponen las obligaciones propias del conocim iento histórico, estas variaciones imaginativas son capaces de potenciar, en m ayor medida, la reapropiación de las posibilidades y los matices de la experiencia temporal. En ella radica el poder característico, descubriente-tiansformante, de la ficción. Esto no significa, sin embargo, que otras obligaciones más sutiles no actúen sobre la imaginación, en relación con la visión del mundo a la que el creador se ve, en cada caso, abocado. C on lo cual se retoma de nuevo la disimetría entre la historia y la ficción, que no debe quedar olvidada, sino resuelta en la complementarle* dad en la función refigurativa del tiem po. La ficción ofrece aspec tos que favorecen su historización, al tiem po que la historia re curre a cierta ficción en su propósito m ism o de reproducir el pasa do. El tiempo hum ano nace de este entrecruzamiento entre histo ria y ficción en su función refigurativa del tiempo.