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El avance del feminismo

In document Huysmans: identidad y género (página 88-93)

2.3. Causas de la misoginia decimonónica

2.3.2. El avance del feminismo

El imparable avance del feminismo fue uno de los principales hitos políticos del sigloXIX. En el nuevo mundo creado a partir de la Revolu-

242 E. G. Sledziewski, «Revolución Francesa. El giro», en VV.AA., Historia de las mu-

jeres, vol. 4, sigloXIX, Santillana, Madrid, 2000.

243 A. Maugue, L’identité masculine en crise au tournant du siècle, Payot, París, 2001, p. 9.

244 E. Badinter, XY. La identidad masculina, ob. cit, p. 26 y ss. Vid. también G. Mon- grécien, Les précieux et les précieuses, Mercure de France, París, 1939, pp. 149-150.

ción de 1789, los hombres observaron cómo todas las referencias ances- trales que avalaban su dominio se iban desmoronando una a una. Las mu- jeres consiguieron, bajo el telúrico impulso revolucionario, adquirir un estatus idéntico, por lo menos sobre el papel, al de sus compañeros. Bajo la denominación de ciudadano se cobijó a todos los súbditos de la nación francesa, sin exclusión por género o raza: todos fueron idénticos ante la nueva ley que proclamaba la libertad, la igualdad y la fraternidad. Como afirma Elisabeth Sledziewski,242la Revolución dio a las mujeres la idea de

que no eran niñas; les reconoció una personalidad civil que el Antiguo Régimen les negaba y se convirtieron en seres humanos completos, capa- ces de gozar de sus derechos y de ejercerlos. ¿Cómo?, convirtiéndose en individuos.

Esta transformación del reflejo en negativo de una masculinidad se- gura hasta entonces de sus valores propios empujó al hombre finisecular a redefinirse. Y la única manera que encuentra es a través de la definición, nueva definición, de las mujeres. «C’est à travers le discours sur la femme que la masculinité est contrainte de se constituer parfois explicitement comme telle, de se définir».243Se produce así una reacción redefinitoria de

lo masculino, pues, al abrir las puertas de la ciudadanía a las mujeres, la preeminencia de la virilidad sobre la feminidad queda puesta en entredicho. Como recuerda Annelise Maugue, el hombre del período post-revolucio- nario se encuentra en una encrucijada dialéctica: por una parte no renun- cia a los mitos que sostienen su dominio; por la otra no termina de creer en ellos completamente. Se debate en una continua lucha entre términos con- tradictorios, en busca de una coherencia que se reveló inalcanzable.

El comienzo no oficial del feminismo se puede datar a mediados del sigloXVII. Nos estamos refiriendo a las «Précieuses» francesas, cuyo apogeo

entre 1650 y 1660 dio lugar a la primera crisis de la identidad masculina. La «Précieuse» es, como comenta Elisabeth Badinter,244una mujer emanci-

245 Citado por S. de Beauvoir, ob. cit., vol.I, p. 187. 246 Ib., p. 88.

invierte totalmente los valores sociales tradicionales. Nacida como reac- ción a la brutalidad y grosería de los hombres de Enrique IV y los de la Fronda, la «Précieuse» parece proponer una revisión del amor cortés rena- centista: ella exige del hombre enamorado una sumisión sin límites, cer- cana al masoquismo, invirtiendo el modelo masculino dominante, que es el del hombre brutal y exigente o el del marido grosero que cree que todo le está permitido.

Posteriormente, la situación de la mujer fue tema de debate y reflexión entre muchos de los philosophes de la Francia ilustrada del siglo XVIII. En contraposición a la mujer de la nobleza —la Précieuse culta, formada, con una preclara inteligencia, y con un innegable poder en las intrigas palacie- gas—, la situación social de la mujer burguesa y del pueblo llano eviden- ciaba un doble rasero en la consideración de los individuos a la luz de la Razón. La inteligencia moderna del siglo de las Luces no podía concebir que un ciudadano cualquiera fuera considerado como de segundo orden; y lo que es más, maltratado con la normativa vigente en la mano. «¡Mujeres, os compadezco!», decía Diderot: «Dans toutes les coutumes la cruauté des lois civiles s’est réunie contre les femmes à la cruauté de la nature. Elle ont été traitées comme des êtres imbéciles».245Seres imbéciles cuya propia natura-

leza les impelía a actuar con más corazón que cerebro —llevadas por la sen- timentalidad en que el interesado patriarcado las había recluido. Y en un tiempo en que tan seguro se estaba de que la Razón diferenciaba a la espe- cie humana de la animalidad, ningún ciudadano filósofo debería poder aceptar ser hijo de una criatura infrahumana. El matemático Condorcet daría en el blanco al declarar lo siguiente:

On a dit que les femmes [...] n’avaient proprement le sentiment de la jus- tice, qu’elles obéissaient plutôt à leur sentiment qu’à leur conscience[...] (Mais) ce n’est pas la nature, c’est l’éducation, c’est l’existence sociale qui cause cette dif-

férence.246

El terreno estaba abonado para que el movimiento ciudadano de libe- ración que fue la Revolución de 1789 acogiera a las mujeres en el seno de la ciudadanía. Y así fue, en efecto, aunque con limitaciones. Prueba de ello es que la activista Olympe de Gouges exigió en el mismo año de la Decla-

247 Como señala Millet en K. Millet, ob. cit., p. 158.

248 Li Dzeh Djen, La presse féministe en France de 1869 à 1914, París, 1934 (sin refe- rencia editorial en el libro de Claude Alzon, Mujer mitificada, mujer mistificada, cuyas hi- pótesis sobre la evolución del feminismo sigo a continuación, C. Alzon, ob. cit., pp. 52-73).

ración de los Derechos de l’Homme una «Déclaration des Droits de la femme», gracias a la cual, equiparando ambos géneros, se destruyeran los privilegios masculinos.

La lucha feminista nació de forma oficial en los Estados Unidos, du- rante la convención de Seneca Falls que se desarrolló entre el 19 y 20 de julio del año 1848.247El origen de dicha reunión también se remonta al

abolicionismo, ya que Lucretia Mott y Elizabeth Cady Stanton llegaron a unirse y a lanzarse a la aventura de Seneca Falls por haberse visto excluidas de la convención mundial antiesclavista que se celebró en Londres en 1840. Posteriormente, la corriente feminista alcanzó todos los puntos de la Europa industrializada para señalar una situación de opresión de la mujer trabaja- dora: víctima por ser mujer y por ser obrera.

En la Francia delXIX—que es la que, en definitiva, centra el interés de

nuestro estudio—, apareció un buen número de mujeres decididas a rom- per una lanza en favor de la (re)consideración de sus compañeras. A ellas les acompañó una cantidad no despreciable de publicaciones de corte femi- nista que, como ha señalado Li Dzeh Djen,248funcionaron a modo de ca-

talizador de las reivindicaciones feministas.

La más importante de todas estas revistas fue, sin lugar a dudas, Le

Droit des femmes, que disfrutó de una vigencia bastante amplia. En sus pá-

ginas cabían actitudes y declaraciones de todo tipo; desde el primer nú- mero, en el que Maria Deraismes clamaba por la equiparación de hombres y mujeres ante la Razón:

lo que quieren las mujeres es que se renuncie de una vez por todas a esa distri- bución arbitraria y ficticia de las cualidades humanas que afirma que el hom- bre representa la razón y la mujer el sentimiento,

hasta las intervenciones en los números 21 y 22 de Angélique Arnaud que parecen contradecir las anteriores:

249 En La Citoyenne, 17 abril 1881, «El servicio militar de las mujeres». Citada por Li Dzeh Djen, en C. Alzon, ob. cit., p. 73.

las obligaciones maternales son más numerosas, más especiales, más absolutas que las de la paternidad, y ello porque la mujer está más dotada de amor [...] En el corazón de la mujer, una voz interna dice: yo soy el socorro, yo tengo amor a la justicia, pasión por la verdad [...] Y ese deber, cosa que cabe imagi- narse, será de índole apostólica.

Como vemos, ya en aquellos primeros compases del pensamiento femi- nista se observaban distintas tendencias, cuyas diferencias han seguido per- durando hasta nuestros días. Una de las activistas más conspicuas del sigloXIX,

Hubertine Auclert, se encuadraría hoy en día dentro del feminismo de la di- ferencia, abogando por una psicología y una carga actitudinal distintas en hombres y mujeres. Desde las páginas de La Citoyenne, esta activa pensadora intentaba despertar la conciencia de sus compañeras recordándoles la impor- tancia de su capacidad genitora para la civilización —lo que décadas más tarde vendría a llamarse política del acercamiento. Como decía desde las pá- ginas de esa revista en 1881, Auclert plantea una alternativa al Estado mino- tauro masculino, al que sustituiría «por el Estado maternal, que asegura mediante su previsora solicitud seguridad y trabajo a los válidos, asistencia a niños, ancianos e inválidos... El Estado maternal no es opresor».249

La importancia de Auclert en el debate feminista del sigloXIXno es

poco importante. Sus habilidades oratorias, su fuga y su brío le llevaron a ser invitada por los obreros al Congreso de Marsella de 1883 como repre- sentante de la sociedad sufragista Le suffrage des femmes —que ella misma fundaría en el 73 bajo el nombre de Le droit des femmes (que no hay que confundir con la revista previamente citada).

La tendencia generalizada será la de ofrecer a la sociedad la imagen de una mujer providente y hogareña, dedicada casi exclusivamente a la insigne labor de concebir y cuidar de los hijos. Una psicología de madre que provo- caría con la fuerza del amor la transformación de la sociedad («la regeneración de la sociedad por la mujer», como decía Clémence Royer en La Fronde del 4 de septiembre de 1900). Cuando no era así, la nueva mujer presentada por las publicaciones femeninas era una convencida estudiante o militante que no había perdido por ello el gusto por la vida de familia y los deberes de la ma- ternidad. Así describía la periodista decimonónica Sévérine a las participan-

250 D. Godineau, «Hijas de la libertad y ciudadanas revolucionarias», en VV.AA., His-

toria de las mujeres, vol. 4, sigloXIX, Santillana, Madrid, 2000, p. 47.

tes en el Congreso de Derecho de la Mujer: «[…] bajo los guantes, más de un índice hubiera dado testimonio gracias a imperceptibles pinchazos, de que la aguja había librado los combates domésticos antes que la pluma». O, como muestra, de esta manera describía el semanario feminista La Française a Marie Curie en 1906: «simple y dulce, daba la mano a su hija, la pequeña Irene, a la que, como todos los días, se disponía a llevar a la escuela».

El origen de esta idiosincrasia —según señala Dominque Godineau— re- side en el convulso tiempo que vivió la sociedad del sigloXIX, constantemente

azotada por las guerras y acontecimientos de diversa índole que harían tamba- lear los índices demográficos de los países industrializados. Ante la ausencia de los hombres, las mujeres eran llamadas a asegurar la supervivencia de las fami- lias destruidas. El llamamiento que se hizo en un primer momento a las muje- res era a formarse para equipararse a los hombres —que ejemplificarían Maria Deraismes y la estadounidense Judith Sergent. Godineau ha llamado a este nuevo tipo de mujer Penélope, que es una joven pragmática, que desprecia la moda y la frivolidad, y que no construye su futuro en base a la posible llegada de un príncipe azul: «antes que cultivar los artificios de la seducción física, pre- fiere levantarse con el sol y consagrar el día al estudio, fuente de placer y de in- dependencia».250Sin embargo, conforme avanzaba el tiempo y los conflictos

bélicos se hacían cada vez más presentes en las sociedades occidentales, se reserva otro tipo de tarea para las mujeres en la construcción del país: vigilar la virtud y la moralidad, que permitieron ganar la guerra y sin las cuales la República no podía sobrevivir. Intensa contradicción que fue perfectamente asumida, como hemos visto, por la más activa militancia feminista y que haría propias las necesidades del Estado basado en la guerra y el desarrollo económico.

In document Huysmans: identidad y género (página 88-93)